25 Años de la Declaración de Kathmandù/ http://www.desnivel.com/deportes/alpinismo/object.php?o=1
Eduardo Martínez de Pisón nos remite este artículo en el que reflexiona sobre las diez recomendaciones recogidas en octubre del 82 por los representantes del montañismo mundial.
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Estos días se cumple el 25 aniversario de la Declaración de Kathmandú. Entre el 10 y 16 de octubre de 1982, los representantes del montañismo mundial se reunieron y redactaron una declaración que reflejaba la relación que el montañero quería mantener con la montaña, con la naturaleza. Cumplidos los 25 años, el profesor Eduardo Martínez de Pisón, catedrático de Geografía, miembro de honor del Grupo de Alta Montaña Español, Premio Nacional de Medio Ambiente en 1991 por sus estudios de geografía de la naturaleza y por la defensa de las montañas, se interroga en este artículo sobre su estado. La llamada Declaración de Kathmandu, aprobada por la Comisión para la protección de la montaña de la UIAA (Unión Internacional de Asociaciones de Alpinismo) contiene una serie de objetivos que dan respuesta no sólo a los interrogantes que suscitaba el previsible, y cumplido, incremento de visitas de los montañeros a los países en desarrollo. Continúa plenamente vigente como declaración de intenciones sobre la relación entre los montañeros y todas las zonas montañosas del mundo. 1) Proteger eficaz y urgentemente el medio ambiente de montaña y sus paisajes. 2) Prestar atención inmediata y conservar su flora, fauna y sus recursos naturales de todo tipo. 3) Reforzar las acciones para reducir el impacto negativo de las actividades humanas. 4) Respetar la herencia cultural y la dignidad de las poblaciones locales. 5) Estimular las actividades que restauren y rehabiliten el mundo de la montaña. 6) Fomentar el contacto entre montañeros de países diferentes dentro de un espíritu de amistad, de respeto mutuo y de paz. 7) Transmitir a la sociedad información y educación que mejore las relaciones entre el hombre y su entorno. 8) Utilizar sólo tecnologías que respeten el medio ambiente tanto para generar energía como para la eliminación de residuos en zonas de montaña. 9) Apoyar, tanto desde los gobiernos como desde las ONG, a los países montañosos en vías de desarrollo en materia de conservación ecológica. Y 10) Favorecer, al margen de la política, el acceso a las regiones de montaña con el objeto de promover su apreciación y estudio.
Hace muchos años pinché en la puerta de un armario en el que guardo mochila, botas, chubasquero y otros útiles desgastados por las montañas, un cartel pintado por Samivel con los puntos de la declaración de Kathmandú. Así, desde hace tiempo, cada vez que voy al monte lo veo. Lo tengo tan asumido que, en realidad, casi no lo veo. Fue tan bueno que saliera de los mismos montañeros esa civilizada propuesta, generosa para su paisaje propio, que, desde que se redactó, me ha parecido el símbolo de la actitud honesta del alpinista. Ahora, al cabo de los años, cuando en mis montañas he visto tantos atropellos al paisaje secular y he observado cómo ciertos entes montañeros miraban a otro lado o incluso participaban activamente en esos desmanes, tal vez por opacidad en su sensibilidad o por interés compartido con los promotores de las heridas a las montañas o quizás por ambas cosas, he sentido una decepción inmensa. Tengo, sin embargo, mis ideales intactos, tanto sobre la montaña como sobre el alpinismo y hasta sobre los alpinistas, porque la primera lo sigue mereciendo, porque considero al segundo una de las artes más nobles que pueda ejercer un hombre y porque hay sobradas muestras de categoría extraordinaria en la mayoría de los verdaderos montañeros en éste y en muchos otros aspectos. Al recordarme un amigo montañero, y que sí mira los hechos de frente sin compartir aquellos que dañan la montaña, que este octubre era el 25 aniversario de la declaración de Kathmandú he abierto la puerta del armario que guarda todas mis cordilleras y he releído punto por punto sus recomendaciones. Es como recibir una oleada de sensatez, de buen estilo; es escuchar una advertencia que se ha hecho más necesaria con los años. Hará pensar, no lo sé, en cuántos desvíos se han dado. Es hasta posible que su relectura haga rectificar algunos derroteros, aunque no parece probable. Este es un código de honor, sólo de honor, no obliga; es nuestra referencia moral claramente explicada, de la que se puede discrepar, cómo no, como de cualquier tabla de la ley; es fácil distanciarse de ella, incluso más que seguirla. Pero éstos son nuestros principios. En su momento fueron adoptados tácitamente por todos y, con el tiempo, nadie los ha discutido ni sustituido explícitamente por otros. Pero, si no queremos que sean sólo una ocultable referencia a nuestra hipocresía, tenemos que confrontarnos con lo que dicen. En la actualidad es más que conveniente un severo y auténtico examen de conciencia montañero frente al cartel de Samivel. | | |||||
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