Revista Literaria Periódico Cultural

21.3.2009 GMT

Caerta de una mujer, y otra de un amante temible/ Mora Torres

Perfil de María de los Milagros Torres
Vine a vivir a Buenos Aires hace 20 años y la amo, pero llevo el acento y los recuerdos de Santa Fe, mi ciudad, que tiene tanta historia, jazmines y calor y donde nació también la Constitución de la Argentina. Escribía ya en la panza de mi madre, decía mi papá, y sigo intentándolo, no voy a deponer nunca la pluma, aunque moleste mucho.

Aunque el concepto es algo antiguo, todavía resuena en forma de mensaje simbólico: detrás de todo gran hombre siempre hay una gran mujer ( La mujer ).

Es decir, una sombra ( Visibilidad - Tecnologías de la visión - Cultura visual ).

La sombra de una mano, preferentemente ( ¡Pecadora! La difamación histórica de la mujer para limitarla políticamente ).

La mano que acaricia ( Caricias del Alma - Arte Corporal ).

La mano que da un toque de “gracia”, nunca un golpe de gracia ( Libros para superarnos ).

La mano -esto es especial- que mece la cuna -que es la mano que gobierna al mundo, pero también en la sombra ( Citas y frases por personajes conocidos de la historia ).

Pero esa mano ha hablado.

Más precisamente, esa mano ha escrito.

Mejor que casi todos los grandes hombres, a veces también antes que ellos.

La literatura japonesa, para hablar de un solo caso emblemático, tiene femeninas primeras novelistas ( Lenguaje Poético ).

Japón, una tierra en donde la mujer nacía con destino de muñeca y destinada a jugar con muñecas gran parte de su vida, no cuenta en sus inicios más que con escritoras de narrativa… ¡mujeres!

¿Será que escribir es como jugar, y que lo serio, lo verdaderamente serio, es gobernar, organizar y conquistar países, hacer la guerra o ganar dinero? ( Chicos, no hagan esto en sus casas ).

Antiguamente parece que sí, pero estamos hablando de lo antiguo y, además, todavía subsisten códigos que pretenden hacer invisible -¿de tan etérea?- a la mujer ( Ciberfeminismo, Mujer y TICs: La acción Feminista en el siglo XXI ).

La mujer de un escritor, la escritora de una carta de amor

Un clásico de las devociones de Borges es el gran escritor norteamericano Nathaniel Hawthorne; yo lo leí antes aún de que JLB “me” lo recomendara, y leí sobre aspectos de su vida puritana y algo, un poco, fanática.

En cambio, no sabía nada de su mujer, Sophia, pero ahora sé mucho, porque encontré esta breve carta dirigida a Nathaniel:

Amado mío: te envío cerillas para encender la vela. Hay muy pocas pero mi índice ya no podía cumplir otros deberes. Éstas te alcanzarán, sin embargo, hasta que el herido se recobre. ¡Qué bello es ofrecerte aun esta leve comodidad, querido! No sé expresarte mi amor con esta mano contraída. Mi amor tiene la actitud contraria: se inclina hacia adelante para buscarte.

¡Qué año hemos tenido! Defino la belleza como amor, que por tanto incluye la verdad y el bien. Pero sólo quienes aman como nosotros pueden sentir la significación y la fuerza de esto.

Mis ideas no fluyen en estos torcidos trazos. Dios te acompañe. Estoy muy bien, y he caminado mucho en Danvers esta fría mañana. Estoy llena de la gloria del día. Dios te bendiga esta noche del año viejo. Ha sido el año de nuestra natividad. ¿No ha quedado atrás la vieja tierra? ¿No son nuevas todas las cosas?

Tu Sophie

Otra carta: impactante contraste

También es una carta de amor, aunque no la escribió una mujer, y aunque el tema tratado en este post enfoca la escritura amorosa de “ellas”.

Pero merece ser publicada esta misiva.

No es de San Francisco de Asís a Santa Clara.

No es de Abelardo a Eloísa.

No es ni siquiera de Sartre a su “Castor” (Simone de Beauvoir).

Es de un autor mucho más interesante, que se dirige a un personaje de la historia que es tan interesante como él mismo; que es su amor, que es su víctima…

Carta de Enrique VIII a Ana Bolena

¡Esto sí que es amor!:

Al debatir conmigo mismo el contenido de vuestras cartas he sufrido gran pena, no sabiendo cómo interpretarlas, si para desventaja mía, como aparece en algunos lugares, o para mi ventaja en otros. Ahora os ruego de todo mi corazón que me aclaréis definitivamente vuestro parecer acerca del amor que hay entre nosotros; la necesidad me obliga a reclamar una respuesta, pues hace más de un año que he recibido el flechazo del amor, y no sé a ciencia cierta si he fracasado o encontrado un lugar en vuestro corazón y afecto, lo cual me ha impedidio durante algún tiempo nombraros mi querida, pues si sólo me amáis con amor común el nombre no es apropiado, siendo posición muy alejada de lo común; mas si os place cumplir los deberes de una querida leal y una amiga fiel, y entregaros a mí en cuerpo y corazón, a mí, que he sido y seré vuestro leal servidor (si vuestro rigor no me lo impide), os prometo que no sólo el nombre os será debido, sino que también os tomaré como única querida, ahuyentando a todas las demás de mi pensamiento y afecto, para serviros a vos únicamente; os ruego déis una respuesta completa a esta tosca carta, diciéndome qué puedo esperar; y si no os place responder por escrito, indicadme un sitio donde pueda recibirla de vuestros labios, el lugar que busco con todo mi corazón. No diré más, para no ser tedioso. Escrito por la mano de quien gustosamente sería vuestro

Enrique

Yo tampoco diré nada más al respecto, porque espero que lo digan ustedes… pero, ¡qué rey tan delicado, no quiere ser “tedioso”!… si, en realidad, él jamás aburrió a sus mujeres.

Envío

Hoy quiero regalarles un “Inventario de felicidades” que hace muchos años Giovanni Papini escribió para ustedes -sí, para ustedes, para mí, para todos los que vengan en el futuro:

Recuerda en primer lugar que has nacido hombre. Aun si no creyeres que estás hecho a imagen y semejanza de Dios, has de admitir que tu suerte es inestimable. Tu suerte podría haber sido la de una culebra que se esconde en el barro, la de un topo que horada las tinieblas (…) Tú eres en cambio un hombre, un ser vertical que mira al cielo, iluminado por el espíritu, capaz de ser purificado y redimido por el mismo dolor (…) Tú eres, aun cuando nada poseas, condómino de un planeta. El viento es servidor tuyo, el fuego es tu esclavo, la fuerza de las aguas te da luz y calor, el rayo te obedece. Tú recorres con la luz del intelecto y de la fantasía el firmamento infinito, nombras y mides a las estrellas, disciernes el misterio de los gérmenes, disuelves el átomo. Posees el lenguaje articulado que te embriaga con las invocaciones de David, con los coros de Sófocles, con los vuelos de Platón, con los cánticos de Francisco, con las visiones de Dante, con las desesperadas dialécticas de un Rousseau y de un Kierkegaard, de un Dostoievsky y un Nietzsche. El verbo es tuyo, y lo puedes transmitir mediante signos y sonidos. Eres mortal como las acémilas del campo, pero sólo para ti resplandece la esperanza -que para muchos es certeza- de la final victoria sobre la muerte. Tú eres, aun en la cárcel de la carne y del tiempo, larva impaciente de Dios.

Y los abrazo emocionada, llorosa por lo que transcribí. A menudo estos italianos me devuelven algo muy íntimo e indescifrable que está en mí y que a veces se duerme, como la intensidad, y a veces una tristeza tan profunda como la de Leopardi -lean sus poemas, el del final de un día de fiesta sobre todo-, me levanta hasta el cielo, extrañamente.

¡Adelante Celeste y Osvaldo con sus blogs apenas estrenados!

Jorge, tu ausencia inexplicable merece que te convoque con tambores: te dedico esta entrada que habla de felicidades.

Mora Torres



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