Revista Literaria Periódico Cultural

13.10.2006 GMT

Cuento/ Cinco minutos Rubén Patrizi

Cinco minutos
La noche:

Brillaban las risas en la noche: La estridente música no
dejaban oír las conversaciones;sin embargo hablaban. Los gritos de sus
peroratas se despejaban cuando amainaban los compases, dándose cuenta
que
emitían alaridos.

Por instantes, el humo se hacía denso;el cansado
extractor
no se daba abasto.
Los sudorosos cuerpos se retorcían en la pista de baile,
amasándose y cotorsionándose al compás de la música.
Los cinco hombres conversaban. Sobre la mesa botellas
vacías
y vasos medio llenos que reflejaban la púrpura flama del cigarro, como
una
luciérnaga que irradia su destello en el bosque.
La luz se degrada o aumenta de acuerdo a la música,
haciéndose más oscuro a medida que disminuye el ritmo.
Los cinco hombres libaban licor, acompañados de las
mujeres,
ocho en total, unas muy jóvenes, otras de mediana edad.
Todos reían, mascullaban y de sus bolsillos, salían
fajos de
billetes que se esfumaban como arte de magia, unos iban al descote
ofrecido
como flor, allí desaparecía el dinero entre los pliegues del vestido y
el
par voluminoso de los senos.
Risas, palabras, besos, abrazos, caricias furtivas,
copas,
alcohol, humo. Cinco hombres y ocho mujeres se divertían de lo lindo,
compartiendo la noche, alargándola hasta muy tarde.

La madrugada:

Del cerro baja la niebla en forma de rocío, fría, tenue,
casi
imperceptible, trasparente, es un rocío constante que empapa las
ventanas y
los techos de los automóviles estacionados en el andén y forma una
película,
un vaho que cala, y nace un frío que se mete muy dentro entre los
huesos del
cuerpo.

Algunos ciclistas se aventuran salir a esa hora, a
pedalear
en esas avenidas desiertas, donde se refleja la luz artificial
amarillenta
de los postes. Otros transeúntes con su mono puesto salen a trotar y
otros
salen a caminar a tratar de dejar sus excesos de peso
van tratando de desesperezar sus músculos y aún hay otros que dentro de
su
afán diario ya van trajeados y listos. Van encendiendo sus autos para
ir a
iniciar una nueva jornada.
Por las calles desiertas uno que otro automovilista pasa
raudo a millón comiéndose los semáforos tratando de llegar rápido a su
casa
o quien sabe donde.

En las paradas de los microbuses empiezan las gentes a
llegar
poco a poco acumulándose y los choferes se saludan sonrientes con una
taza
de café caliente en sus manos esperando el turno.

Se ven los trasnochados que llegan apurados a sus casas,
unos
que caminan zigzagueantes con su cara roja y sus ojos hinchados, van
apresurados en llegar antes que la luz del día los enturbie, son como
murciélagos que corren veloces a sus madrigueras. Se ven a las mujeres
que
salen de sus trabajos nocturnos que entran a sus piezas a descansar del
trajín de la noche.

El día:
Y amanece, tímidamente el sol aparece aún sus rayos no
calientan, son suaves sin calor, y este se va acentuando muy despacio
en el
transcurrir de las horas, los automóviles se van acumulando uno tras
otro, y
en minutos se van formando la cola, parece que todos se pusieran de
acuerdo
para usarlo al mismo tiempo. Se trancan las autopistas y las calles. Se
enredan los semáforos con sus luces de colores que tratan de dirigir lo
indefinible, y se empieza a oír el rumor de la cuidad. Los cláxones,
las
sirenas, los pitos de los dirigentes del desorden. Se manifiesta el
caos
despertino, el de esas horas pico. Los niños que van a las escuelas y
que
permanecen en el tráfico dentro de los autobuses hasta por varias
horas. Se
ven somnolientos y ojerosos tras las ventanillas. Ya las paradas de los
minibuses están llenas de gente, y los autobuses van repletos, van como
ganado, amontonados, aglomerados, dando tumbos, aplastándose unos con
otros
en el andar de la marcha.

Solo el metro consigue caminar veloz en las arterias
subterráneas.

Hacia el mediodía.

Cómo magia todo se calma en la media mañana. Las personas
están
en sus oficinas, en los bancos, en las escuelas, en los liceos, en las
universidades, hospitales, clínicas, en su largo quehacer, ahora el
hormigueo de las gentes en las calles y aceras, en los sitios más
céntricos,
las personas casi se tropiezan unas con otras, las que vienen de allá y
van
para acullá, y viceversa, parece que nadie viene ni va a ninguna parte
yendo
todos a ninguna, este es el ir y venir de la cuidad.

Cinco hombres vigilan la entrada del banco. El sol brilla
casi en
su cenit y sus rayos ya calientan, ya hay que estar en la sombra para
no
sentir su fuerza. La brisa se deja sentir refrescado un poco y
levantando
polvo.

En una mesa cercana al banco, cuatro hombres toman café y
disertan de sus cosas, van bien vestidos, y tienen un maletín algo
grande,
miran hacia la avenida, ven los relojes, observan pasar a las mujeres,
hablan entre ellos, pasan por turistas o ejecutivos.

Uno de ellos esta parado en el andén, junto a la parada de
los
microbuses, parece que espera.

Un camión blindado se acerca zigzagueante en la avenida,
rebasando los autos que se atraviesan y retardan su paso.

Dos guardas después de la señal de costumbre, salen del
camión,
se abre la ventanilla y uno de ellos recoge un paquete forrado en
plástico.
Un hombre alto camina delante blandiendo una gran escopeta que lleva en
sus
manos como un trofeo. El otro, lleva el paquete en su mano izquierda, y
su
mano derecha la lleva sobre el arma que lleva enfundada.

Suenan disparos, el hombre del paquete gira y quiere sacar el
arma
de la funda, mas sus gestos son tardíos, cae, sin disparar un solo
tiro. El
otro hombre el de la escopeta se devuelve, pero nada, también cae al
piso
con agujeros de bala en su rostro, hilillos de sangre brotan de sus
heridas.
En el parabrisas del blindado se forman unos agujeros y rebota la
metralla
de la carrocería del camión, desde dentro disparan contestando fuego.
Un
repiqueteo se deja oír en la calle. Los transeúntes, animales y pájaros
se
detienen a observar la procedencia del ruido y reaccionando en
microsegundos
se lanzan al piso cubriéndose entre los rincones y paredes. Los pájaros
desaparecen en un aleteo veloz, y los perros se escurren entre los
autos
estacionados. Un hombre sale del camión disparando hacia donde están
los
atacantes, todos desafían las balas, están en la intemperie
resbalándose las
balas alrededor de sus cuerpos. El ruido de las armas retumba dentro
del
centro comercial haciendo eco entre los locales metiéndose el ruido mas
allá
entre las paredes.

El otro hombre cae, una gran mancha roja inunda su uniforme,
todo
pasa muy rápido los cinco hombres continúan disparando. Un ruido
ensordecedor y el camión se voltea enseñando su vientre, es como un
elefante
que cae de lado. El humo se mezcla con el de los microbuses, se forma
una
niebla entre las llamas y hierros retorcidos. El fuego creció muy alto
como
una gran fogata que era alimentada con gasolina. Se ve un gran boquete
al
lado del camión, centenares de billetes se esparcen en el aire algunos
medio
chamuscados. Unos hombres corren al interior del blindado, bolsas de
lona
salen a la calle, los hombres corren, una mano detiene a uno de ellos
asiendo su pierna, el se voltea y le dispara a quemarropa.
Todos huyen rápidamente, se esfuman en un santiamén. Queda un caos en
la
vía, se oyen frenéticas sirenas que se mezclan con las de los locales
comerciales que sé encendieron con la gran explosión.

 



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Venezuela, Venezuela

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