Revista Literaria Periódico Cultural

22.11.2006 GMT

Cuentos Para Narrar/

Cuentos—para narrar.....

Satán

Una de las lamentables equivocaciones del Creador, de la que se arrepiente vistiéndose con harapos y cenizas. Habiendo sido creado como Arcángel, Satán se volvió objetable desde múltiples puntos de vista y fue finalmente expulsado del cielo. A medio camino en su calda se detuvo, puso su cabeza en funcionamiento por un momento y finalmente regresó. “Hay un favor que quiero pedir” dijo.
“Nómbralo.”

“El hombre, por lo que sé, está a punto de ser creado. Necesitará leyes.”

“Qué, ¡maldito!, tú, su declarado adversario, que soportas desde el comienzo de la eternidad el odio de su alma; ¿tú pides el derecho de hacer sus leyes?”

“Perdón, lo que pido es que se le permita que las hagan por si mismos”.
Así fue ordenado.

El Diccionario del Diablo, Ambrose Bierce.

El otro diablo

Frente a la vidriera de Cassinelli había un niño de unos seis años y una niña de siete; bien vestidos, hablaban de Dios y del pecado. Me detuve tras ellos. La niña, tal vez católica, sólo consideraba pecado mentir a Dios. El niño, quizás protestante, preguntaba empecinado qué era entonces mentir a los hombres o robar.
“También un enorme pecado -dijo la niña-, pero no el más grande; para los pecados contra los hombres tenemos la confesión. Si confieso, aparece el ángel a mis espaldas; porque si peco aparece el diablo, sólo que no se le ve”. Y la niña, cansada de tanta seriedad, se volvió y dijo en broma: “¿Ves? No hay nadie detrás de mi”. El niño se volvió a su vez y me vio. “¿Ves? -dijo sin importarle que yo lo oyera-, detrás de mí está el diablo”. “Ya lo veo -dijo la niña-, pero no me refiero a ése”.

La Muralla China , Franz Kafka .

El precursor de Cervantes


Vivía en El Toboso una moza llamada Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchelo, sastre, y de su mujer Francisca Nogales. Como hubiese leído numerosísimas novelas de estas de caballería, acabó perdiendo la razón. Se hacía llamar doña Dulcinea del Toboso, mandaba que en su presencia las gentes se arrodillasen, la tratasen de Su Grandeza y le besasen la mano. Se creía joven y hermosa, aunque tenía no menos de treinta años y las señales de la viruela en la cara. También inventó un galán, al que dio el nombre de don Quijote de la Mancha. Decía que don Quijote había partido hacia lejanos reinos en busca de aventuras, lances y peligros, al modo de Amadís de Gaula y Tirante el Blanco. Se pasaba todo el día asomada a la ventana de su casa, esperando la vuelta de su enamorado. Un hidalgüelo de los alrededores, que la amaba, pensó hacerse pasar por don Quijote. Vistió una vieja armadura, montó en un rocín y salió a los caminos a repetir las hazañas del imaginario caballero. Cuando, seguro del éxito de su ardid, volvió al Toboso, Aldonza Lorenzo había muerto de tercianas (1).

(1) Fiebres cuyos accesos se manifiestan cada tres días

Marco Denevi.

Hombre y niño.

Llevaba años trabajando en una oficina pública, entre papeles y
papeles. Tantos que, al mirarlo de frente, uno se preguntaba: ¿Aquello era
la cara de un hombre?
Un día, un niño se le acercó y le dijo:
- ¿Has visto que tienes la cara de papel?
El hombre lo miró con ojos de honda tristeza y, lentamente, alzó su
mano hasta su rostro. Todos oyeron crujir su cara cuando, desde su nariz,
la arrugó como una pequeña pelota y la arrojó rodando hasta una papelera.
El niño tomó un lápiz, le dibujó unos ojos, una nariz y una
boca con una enorme sonrisa agradecida.
Como ya era la hora de salida, ambos se separaron. Y, cada uno
por su lado se fue silbando una canción bonita.
En tanto, por enésima vez, en el cine de aquel barrio se
proyectaba “Tiempos Modernos” de Charles Chaplin.

Fablillas, .
Armando Quintero Laplume.
Regalos
(“Agasallos”)

A Lobo Pequeño le gusta intercambiar sus juguetes. Loba Pequeña regala
cosas suyas e inventa historias.
- ¿Dónde está la caja de las piedras que recogimos del río?
- Se la regalé a Osa Gris.
- ¿Y el frasco de gotas de rocío?
- Lo tiene Ardilla Negra. Se lo cambié por su libro de pétalos.
- ¿Qué haces con ese caballito de corazón de mazorca, con plumas de paloma
y la punta de un lápiz en la frente.
Loba Pequeña miró sorprendida:
- No es un caballito, es el Unicornio Azul. Con su cuerno de oro va en
busca de paz para el bosque.

Un lugar en el bosque,
Armando Quintero Laplume.

Boca de Lobo (“Boca de lobo”)

Lobo Grande se había dormido.
En pleno sueño, abrió la boca. Y quedó así un rato.
Lobo Chiquitito se le acercó, como echando cuentas.
- ¿Qué haces ahí? – le preguntó Loba Pequeña.
- Miraba. Para estar seguro de que la noche no es tan oscura como la boca
de un lobo.

Un lugar en el bosque,
Armando Quintero Laplume.

Por un amigo (“Por un amigo”)

- ¿Qué haces con esa pinta? – preguntó Lobo Abuelo a Lobo Pequeño.
Estaba blanco de punta a rabo, y con el pelo rizado.
Y al cuello, con un lazo verde, llevaba un cencerro.
- Esta tarde quiero jugar en el prado con mi mejor amigo. Pero su padre ni
deja que me aproxime al rebaño. Dice que los lobos no pueden jugar con los
corderos.

Un lugar en el bosque, Armando Quintero Laplume.


Si encuentro la palabra Cuento - no abandonada, pero sola por ahí - me pregunto:

¿ Cuento ? : ¿Yo cuento?

¿ Cuento ? : ¿Yo enumero?

¿ Cuento ? : ¿Yo calculo?

¿ Cuento ? : ¿Yo narro un suceso?

¿ Cuento ? : Yo enumero sucesos.

¿ Cuento ? : Yo calculo mis palabras para narrar un suceso.

¿ Cuento ? : Yo cuento un cuento.

El cuento: palabras que enumeran sucesos.

Yo cuento: las palabras que nos dicen de las cosas que le pasaron a alguien, en un lugar y en un tiempo.

Las palabras prohíben, censuran, corrigen, enseñan y divierten.

Un hombre con las palabras se enreda, se aísla de los otros hombres, vacila, duda, retrocede, quizás no llegue a ninguna parte y las abandona.

Un hombre con las palabras se comunica, se apoya con los otros hombres, afirma, experimenta, avanza, quizás llegue a muchas partes y las alimenta.

Un hombre con las palabras hace poemas y cuentos .

Un hombre con los cuentos detiene, separa, divide, engaña, prohíbe, ataca, destruye y cuenta contra el hombre.

Un hombre con los cuentos mata o deja morir.

Un hombre con los cuentos avanza, une, multiplica, es veraz, admite, comparte, construye y cuenta con y para el hombre.

Un hombre con los cuentos vive y deja vivir.

Un hombre con un cuento narra para imaginar: crea la maravilla de nuevos mundos reales, sin evadir las realidades.

Traza una campana que resuena en todos, con todos, para todos.

Abre las puertas y las ventanas que liberan los pájaros enjaulados en nuestros cuerpos.

Le pone tortugas a nuestros pasos para que los guepardos, que agitan nuestras faenas diarias, también descansen.

Une sus manos con los otros hombres, para defendernos y renovar nuestros corazones abiertos.

Un hombre con un cuento narra para encontrar más cuentos .

Porque después de todo -así lo reciba como la pluma de un ángel o, simplemente, lo intente hacer por sí: para sorprender o sorprenderse, para confiar en los otros, para compartir con los demás o para amar y ser amado- ¡cada hombre creará, siempre, su cuento o su poema! ¿O no?

Tomado de Aquiles Nazca, Vida privada de las muñecas de trapo:

“En la lustrosa rueda de hierro que los pies hacían girar imprimiéndole al ancho pedal un acompasado movimiento de mecedora, ponía también la tía a rodarla rueda mágica de un tiempo que se adormecía en el fondo de su memoria. Y eran entonces los cuentos de su lejana juventud o de su niñez que volvía, con su deslumbradora población de criaturas y sucesos fabulosos. Inclinada ante su máquina de coser como un anchuroso libro de evocaciones, parecía seguir en la cascada de tela que la aguja iba punteando, los renglones de una invisible lectura, cuyas ilustraciones visualizábamos nosotros en la policromía de los retazos que embellecían el suelo. Al calor de su iluminada fantasía y de su palabra cariciosa, surgían cuentos cuyos personajes eran aguzadas tijeras que en la alta noche se salían sigilosamente del costurero o de las gavetas, para irse volando como agresivas garzas, a picotear en el cielo el granero de las estrellas. Viajábamos en su carretel de hilo al mítico país donde imponía su reinado de terror el Minotauro, en una recompuesta historia donde la bondadosa Ariadna aparecía como la primera costurera que hubo en el mundo, y tenía en la puerta de su palacio en Creta un letrero que decía se corta y se cose. Y como amaba dulcemente las cosas de su oficio, para lo que volvía la tía sobre la hazaña de Teseo, era para mostrarnos cómo una simple hebra de hilo de coser puede servir para salvar a todo un pueblo. A prendíamos junto a ella a amar lo bello del mundo en la insignificancia de unos parches de tela pintada, y nos aleccionaba en la secreta significación de los retazos.”

Tomado de Armando Quintero Laplume, Una vida en cuentos:

“Con los abuelos descubrí nuevos mundos de cuentos. Mi hermana y yo, que habíamos perdido a nuestros abuelos de sangre, “adoptamos” a una pareja de ancianos - Lucrecio y Felipa Veloz, hermanos y solterones – frente a cuya casa pasamos a vivir. Fueron los abuelos que conocimos, que reconocimos.

Ella cultivaba un jardín, el más grande de la ciudad, a donde concurría a comprar las damas y señoritas del pueblo para engalanar bautizos, cumpleaños y casamientos. También los caballeros, en menor escala, y avergonzados de ser vistos en esos menesteres, pero dispuestos a galantear con sus novias. Él, que había sido un barbero de prestigio y estaba retirado ya, jubilado, cuidaba la huerta que los alimentaba, y colaboraba en la atención del jardín.

Tenían una casa toda llena de historias sobre las constelaciones, la luna, los ríos, el viento... Con ellos aprendí a amar la música de los álamos, los sonidos del agua, el valor de los silencios... A leer a Homero, a Cervantes, a Goethe, a Shakespeare, a Tolstoi, a Quevedo…A amar “La Biblia” y a emocionarme con los “himnos de los dioses”, los “Cantares Mexicanos” y el “Popol Vuh”... Incluso, y casi lo olvidaba, a proteger a “los amigos de la huerta y el jardín”: los sapos y las lagartijas, que proliferaban por doquier.

Y, en la escuela, las lecturas del aula y el recreo. Cuentos, fragmentos de novelas y poesías de “El Tesoro de la Juventud”, “Corazón”, “Pinocho”, “Alicia” -la del País de las Maravillas y la de detrás del espejo – “Gulliver”, Julio Verne, Emilio Salgari, Sir Walter Scott, Antonio Machado, León Felipe, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Delmira Agustín, Rubén Darío, José Martí... La memorización, el recitado, el escenario escolar, y el aplauso.

Unido a lo anterior, a nuestra casa, y a sus alrededores, concurrían alumnos y pintores de la escuela del Museo Departamental, familiares cercanos - entre otros su director, Don Aramís Mancebo Rojas, que había estado casado en primeras nupcias con una prima de mi madre - y amigos que, para que no les molestáramos en su trabajo, nos entregaban cartones, telas, pinturas y pinceles. Nos daban otra mano para que abriéramos las puertas de los sueños. Y sus ventanas, también

Un hombrecito como uno

Desde la tarde de un día cualquiera, en una ciudad que uno no sabe cómo se llamaba, vivía un hombre en un sanatorio.

Era un hombrecito como tú o como yo. Era un hombrecito como uno, a veces feliz, a veces no tanto.

La casa era grande. Él recorría sus pasillos. Conversaba con otros pacientes, incluso con los enfermeros y vigilantes.

Jugaba en sus patios, en sus corredores o en sus espacios abiertos. Descansaba en sus jardines. Y se aburría de todo. Y a veces de nada.

Un día llegó un médico joven y les propuso un test de personalidad, con muchas preguntas.

El hombrecito leía y respondía. Leía y respondía. Hasta llegar a una que decía: “¿Qué es lo que más te gusta de la gente?”.

El hombrecito sintió que aquella pregunta servía para algo. Y como servir para algo puede ser importante, pensó:

- “La gente es un grupo de hombres. El hombre está hecho para los sueños. Lo que más me gusta de un hombre son sus sueños... Lo que más me gusta de la gente son sus sueños”.

Eso fue lo que respondió

Comenzó a sentir una gran alegría.

- La gente puede mirarte a través de sus sueños- se dijo

Y, cuando estaba sumido en estos pensamientos, sintió que algo lo empujaba a salirse de allí.

Esperó a que empezara la noche para ser feliz. Desde el atardecer estaba contento.

En un descuido de los guardias logró escapar del lugar donde estaba recluido.

Caminó por calles y avenidas a la espera de que la gente se durmiera. Que cada uno comenzara a soñar.

Apenas uno lo hacía, le tomaba su sueño. Lo doblaba con mucho cuidado y lo colocaba en un sobre.

De ese modo juntó varios sueños. Otros se fueron volando. O se escondieron lejos de su vista. No sabemos si por temor o, simplemente, por jugar con él.

Así pasaron días, semanas, un mes. El hombrecito regresaba al amanecer y por la noche se escapaba recorriendo la ciudad para recoger sueños.

Una noche uno de los sobres quedó mal cerrado. Y por él se asomó un sueño. Se veía triste.

Abrió los otros sobres y vio que todos los sueños estaban tristes. Muy tristes.

El hombrecito regresó al sanatorio y le dijo a uno de los pacientes, un ingeniero:

- Estos sueños están tristes. Inventa algo para que estén alegres.

El otro hizo unos aparatos muy extraños. Extrañísimos. Con poleas, manivelas, espejos y alas.

Los colocó, uno a uno entre los sueños.

Los sueños se montaron en ellos y comenzaron a volar.

El hombrecito llevó todos los sueños que había guardado.

Los sueños volaron por toda la habitación. Y por las habitaciones vecinas. Pero, aún, seguían estando tristes.

El hombrecito se sintió tan mal que se escapó.

Comenzó a caminar por la ciudad.

Caminó. Caminó. Y caminando se encontró con los otros sueños, los que se habían liberado o escondido. Y vio que volaban muy felices.

- “Cuando un sueño es de uno está solo, es un sueño triste”- pensó-. “Cuando está con otros, feliz”.

El hombrecito regresó.

- Ya sé lo que necesitan los sueños para ser felices- le dijo al ingeniero.

Y se puso a doblar sueños.

El otro le ayudaba. Hacían paqueticos de regalos y los metían en sobres.

Luego se llegaron a la oficina de correos y enviaron los sobres a diversos nombres, a distintas direcciones.

A cada sobre, junto al sueño envuelto en regalo, les colocaron un cartelito que decía : “ Libérame ”.

Así lograron que cada sueño compartiera sus sueños con los otros sueños.

Y los trocitos de sueños que lograban asomarse por los sobres tenían forma de sonrisa.

Sabían que no serían sueños tristes, que no estarían solos: juntos serían tanto como el sueño de todos.

La niña y el poeta.

Yo conocí una niña que tenía los ojos color del tiempo.

Vivía en una ciudad donde todas sus casas y sus edificios eran iguales.

Todas las casas tenían los techos rojos, las puertas y las ventanas pintadas de verde, las paredes blancas. Los edificios tenían sus muros grises, con sus ventanas y puertas grises y siempre cerradas, casi como para que nadie pueda saludar ni hablar a nadie. Como para que nadie supiera del otro.

Las mesas, las sillas, los platos, los diversos objetos, eran muy parecidos unos a otros. Los animales tan similares que, a la hora de querer saludar, acariciar o sólo jugar con el gato o el perro que era mi mascota, me pasaba mucho tiempo para diferenciarlo de los otros perros o de los otros gatos.

Las personas se parecían como en las monedas se parecen las cabezas de los héroes, o esos números rodeados de laureles que también encontramos allí.

Era una ciudad donde no pasaba nada. Todo se repetía, se repetía, se repetía. Se le conocía por ello y así se le llamaba: La Ciudad Donde No Pasaba Nada.

Cierta vez, la niña quiso asomarse al mundo. Quiso ver si fuera de su ciudad podía encontrar – aunque más no fuera – una flor que tuviera pétalos con formas, colores, y aromas diferentes. Y se fue de allí. Caminó. Caminó mucho tiempo, hasta que llegó a la casa de un señor que, casualmente, era un poeta.

El poeta estaba durmiendo pero, como buen poeta y distraído que era, ni siquiera le había puesto trancas a las puertas.

La niña empujó la puerta y entró a la casa del poeta.

Observó que la sala, como casa de poeta, estaba desordenada. Sobre la mesa de trabajo descubrió unos cuantos libros. Otros en las sillas, en el suelo, entre los más diversos objetos. Algunos pocos, dispersos en los estantes de la biblioteca.

Descubrió, además, que cada libro era diferente. Cada uno tenía portadas, ilustraciones, papeles con texturas distintas. Las letras, incluso, tenían tamaños, formas, colores diversos.

Los fue tomando amorosamente entre sus manos, uno a uno. Y los fue mirando, hojeando, leyendo... hasta que se quedó dormida.

A la mañana siguiente, cuando el poeta se despertó, encontró a la niña durmiendo en su escritorio, arropada en libros.

Le dio tanta vergüenza el desorden de aquella habitación que quiso arreglarla, sin hacer ruido, para que la niña no se despertara.

Y comenzó a colocar cada libro en las estanterías. Uno, dos, tres... En el mayor silencio. Cuidando hasta el sonido de su propia respiración.

Pero, de pronto, vio que la niña lo miraba con sus ojos color del tiempo.

No le hablaba. Se estaba poniendo débil, suave, delgada, blanca, como una hoja de papel. La niña era, ahora, una hoja de papel.

El poeta quiso escribir otro de sus cuentos sobre ella. Escribió, escribió, escribió, hasta que sintió que la niña se iba convirtiendo otra vez en una niña.

Con una sonrisa bien abierta en su rostro y una alegría muy grande en su corazón, la niña se despidió del poeta. Lo hizo con un beso y un abrazo que sonaba como el suave susurro de un roce de papeles. Con la sonoridad de un libro cuando se le hojea.

Y se regresó a La Ciudad Donde No Pasaba Nada para contarles a todos lo que le había sucedido en la casa del poeta.

A llegar, justo a la entrada de la ciudad, notó que en su brazo se comenzaba a leer, con la misma letra del poeta “Yo conocí una niña que tenía los ojos color del tiempo...”

Ella quiso leer todo lo que el poeta había escrito sobre ella. Y leyó, leyó, leyó hasta convertirse en este cuento que acabo de narrarles ahora.

Una bicicleta azul con alas

Niña Soliluna - que aún no tenía ese nombre, porque todavía no había nacido - apenas si podía dormir. Se sentía muy sola y triste porque en el vientre de su madre no encontraba una bicicleta azul con alas.

Desde que la había visto en sueños, no pensaba en otra cosa.

Para colmo, se había montado en ella y había dado unas vueltecitas por la Plaza Principal de ciudad en la que iba a nacer, bordeando sus aceras, y aromando a todos con las flores de su alegría.

Usando el cordón umbilical como un periscopio - al igual que lo había hecho otras veces - miraba hacia ese mundo de afuera ansiando encontrarla.

- ¡Ah, si la encontrase, aunque sólo fuera en sueños! - se dijo para sí, mientras le daba unas cuantas pataditas al vientre materno.

Envuelta en estos pensamientos, Niña Soliluna se durmió.

En su sueño - ¡oh, maravilla! - volaba hacia el este. Con su sol hacia el nuevo amanecer de un mundo grande, con un bosque lleno de árboles y animales.

El Pájaro de Siete Colores, pasó a su lado y le cantó:

- Si saludas a la vida, puedes encontrarla. Sonríele.

- ¿A quién?

- A la bicicleta azul con la cual sueñas. Y salúdala de mi parte, hazme el favor. Y, ¡muchas gracias, por ello!

- ¿Dónde se encuentra? – preguntó Niña Soliluna.

Pero El Pájaro de Siete Colores se desapareció del sueño, antes de lograr que ella oyera lo que pareció contestarle.

Volvió a dormirse y a envolverse en sueños y - en el nuevo sueño de su sueño - a soñar. Sintió todo el ardor del verano y se vio sumergida en el sur, en un tiempo de inocencia, de aprendizaje y crecimiento.

- Quizás, al dejarte envolver por el calor y el aroma de los frutos que nacen y por los temblores de los primeros pasos, tal vez la halles - le comentaron, a un mismo balido, La Oveja Verde y su hermanita negra.

Y la ayudaban a buscarla entre la dorada maleza crecida y los frutos madurándose. Pero ambas se fueron del sueño, aún antes de encontrarla.

- ¿Has buscado en ese lugar que se halla antes de la caída del sol? - Oyó cómo le preguntaba, con una voz tierna y ronca, El Amadillo de los Suspiros que, sin dejarse ver, por lo tímido que era, desapareció del sueño.

Niña Soliluna se dirigió hacia el oeste y lo recorrió totalmente. Pero, de la bicicleta azul con alas, nadie supo darle ni la más pequeña señal. Tampoco de su pasada.

Sintió el tierno roce de un hocico, en una de sus piernas: era El Puercoespín de las Caricias que le preguntó:

- ¿Ya lo averiguaste con El Invierno? Será frío, pero es muy sabio - y le agregó de inmediato - Como su larga y vieja cabellera blanca lo demuestra, conoce muchas cosas.

Niña Soliluna volvió a volar - en su sueño - hacia el norte, sin tener la suerte de encontrar a su deseada bicicleta azul con alas.

- No te desanimes - escuchó como le decía El Invierno, con una sonrisa blanca - Sigue buscado. Aún te faltan algunas direcciones. No desesperes: algo o alguien te indicará el lugar en donde hallarla.

Empeñosa, buscó cielo arriba. Se encontró nubes con formas y colores diversos, estrellas, asteroides, planetas y satélites. Trepó todos los delicados escalones de La Escala de la Armonía y exploró en las constelaciones del universo de sus sueños.

Pero, no. No estaba.

Buscó tierra abajo, cavando y socavando los más profundos espacios de las cavernas de su sueño y sumergiéndose en las más profundas aguas de sus mares. Se encontró unas culebras flautas, gusanos de siete luces, lombrices arpas y lagartijas arco iris. Halló peces trompeteros, hipocampos trovadores y medusas de la alegría.

Ni modo, ¡ninguna bicicleta azul con alas!

Más triste y sola que al inicio de sus sueños, ya estaba a punto de despertarse cuando oyó una voz que, con honda y profunda ternura, le mugió:

- ¿Has buscado hacia adentro? - era La Vaca Azul de los Cuentos - Es el último lugar donde se nos ocurre buscar: en el corazón. A cada ser se le olvida aquello que Los Abuelos de las Palabras que se Dicen nos enseñaron: ahí, en el corazón, habitan todas esas cosas que más deseamos. Hasta que las hacemos realidad. Mientras aún no existan - si miramos, olfateamos o escuchamos con mucha atención - veremos sus formas y colores, sentiremos sus aromas y, también, oiremos las notas de sus cantos.

En efecto, allí encontró a su ansiada bicicleta azul con alas.

De tanta alegría, Niña Soliluna no sólo despertó de sus sueños sino que, nació.

Apenas asomó su cabeza al mundo, su madre le comentó a su padre:

- Mira, nuestra primera hija. Es notorio que ella ha nacido con tantas ganas de hacerlo que, estoy segura, vino a la vida montada en una bicicleta azul con alas.

Operación Navidad

Tanto escuchó Nicolás de la Navidad que se venía que comenzó a detallar los preparativos de las fiestas.

Observó cómo se adornaban e iluminaban cada vez más las calles, los comercios, los apartamentos, los edificios todos. Cómo hasta las personas parecían caminar, hablar y sonreír diferente.

Decidió, con sus amigos del edificio, esperar a su padre cuando regresara de su trabajo. Lo abordaron a la entrada, como un mes antes de la nochebuena.

- Queremos que esta Navidad no sea la de todos los años - le dijeron, sin más.

- ¿Qué sugieren?- les respondió el padre - No podemos gastar casi nada extra. Y los padres de ellos, creo, que tampoco. No deja de ser importante. El Niño Dios nació pobre y sería un homenaje recordarlo con las cosas más sencillas. Alguna buena nueva se nos ocurrirá entre todos.

Hablaron, discutieron. Anotaron y borraron muchas ideas. Así fueron concretándolas. Hasta elegir una.

Algunos pusieron en común parte de la mesada o la quincena; otros ahorraron del dinero de sus chucherías e idas al cine o al teatro; o se propusieron para lavar los carros de los vecinos y hasta cuidarles o pasearles sus mascotas. Nicolás, por ser el de la idea, decidió hacer todas.

Con lo obtenido compraron unas resmas de papel tamaño carta, unos pliegos de papel para regalos, adornados con dibujos de ramos de flores, y varias cartulinas de colores. Consiguieron pequeñas bolsas de plástico y algunos carretes de hilo blanco. Recogieron del parque varias piedrecitas del tamaño aproximado a una canica pequeña. Eran todos los materiales necesarios.

Con el papel de cartas y las hojas de papel para regalos hicieron cientos de hombrecitos y mujercitas de papel. Con las cartulinas, otros tantos avioncitos. Y, con las bolsas de plástico, el hilo y las canicas construyeron múltiples paracaídas.

Sobre cada avioncito, cada hombrecito y cada mujercita escribieron un breve mensaje de ternura, de humor o de amistad. Inventado por cada uno de ellos o conseguidos en libros de cuentos o poemas.

Fueron días y días de preparación silenciosa. El entusiasmo era tal que no se divirtieron en otra cosa. Cuidaron todos los detalles, incluida la seguridad de no informar a nadie, que no participara del grupo, de lo que tenían planificado. Era su más amoroso secreto.

Desde la mitad de la mañana del 24 de diciembre, el padre, nunca sabremos con cuál pretexto, solicitó la llave en la conserjería. Todos, por tandas y con el mayor cuidado, subieron a la azotea. La abuela de Nicolás les había preparado varias jarras de jugo natural, y se las alcanzó hasta allí. Su madre les llevó una bandeja de emparedados.

Acomodaron sus aviones. En algunos les pegaron hombrecitos y mujercitas como pilotos. Amarraron cuidadosamente el resto de los hombrecitos y mujercitas a los paracaídas. Y aguardaron con la mejor de las paciencias.

A las doce en punto- bajo un sol radiante- descargaron hacia las áreas comunes sus mensajes de felicidad. Sin olvidar ninguno.

Hubo varios revuelos de pájaros, de mariposas, de murmullos. Sonidos de aplausos y de risas.

Luego un silencio agujereado por los píos de los pequeños pájaros que habitan el parque de juegos. Y el ruido distante de los carros que atraviesan la avenida.

Todo pareció terminar ahí.

A mitad de la tarde, recibieron una citación para una reunión urgente con la Junta de Condominio. Adultos y niños.

Cuando llegaron, algo avergonzados, supusieron un regaño general. Aún sin comentarlo, todos lo asumirían. No faltaba ninguno de los participantes de la Operación Navidad. Y estaban todos los vecinos.

Al comenzar, el presidente de la Junta reseñó la lluvia de los aviones y paracaidistas, la sorpresa generada, los revuelos ocasionados, la lectura de los mensajes y- ¡oh, maravilla!- por haber logrado que todos nos dispusiéramos a pasar una Navidad diferente, solicitó el mayor de los aplausos.

Y, así fue como Nicolás, y todos sus amigos, comenzaron una Navidad diferente a la de todos los años.

Armando Quintero Laplume

Nació en Treinta y Tres del Olimar, Uruguay, en 1944, radicado y naturalizado venezolano, vive en Caracas, Venezuela, desde 1978. Se graduó como Profesor en Literatura en Uruguay. Tiene estudios - entre otros - en el postgrado de Literatura Venezolana en la U.C.V. y especializaciones en Narración Oral y Teatro en el Celcit y otras instituciones. Es el Director Fundador de Los Cuentos de la Vaca Azul y de Narracuentos UCAB, agrupaciones dedicadas al maravilloso arte de narrar cuentos. Docente en la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas desde 1989, dicta la Cátedra TALLER DE NARRACIÓN ORAL Y ARTES ESCÉNICAS. Es Narrador Oral (Cuentacuentos), escritor e ilustrador. Ha obtenido numerosos reconocimientos nacionales e internacionales por sus aportes a la educación con la Narración Oral. Entre otros, los Premio Chamán (1991) y Caracol a la Oralidad (2004). Ha participado en numerosos Festivales de Teatro y Narración Oral en varios países de Latinoamérica (Argentina, Colombia, Cuba, España, México, Uruguay y Venezuela) Así mismo, ha dictado talleres, ponencias y seminarios en esos mismos eventos, o en diversas instituciones culturales y universitarias como docente invitado. Como ilustrador, ha expuesto en muestras individuales y colectivas, ha realizado portadas de libros para varias editoriales y colaborado en revistas y periódicos de nuestro país (Diario de Caracas, Últimas Noticias, El Nacional) Ha publicado "Los Cuentos de la Vaca Azul" (E. V. A.



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Comentarios: 15
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Esta Bien Culero No Sirve

Enviado por: Alex | 21.11.2012 GMT


jajajajjaja me encantaron pero estan deemaciodo lartgos pero son interesante los amo ajajajjaj♥♥ *-*

Enviado por: luisa | 4.7.2012 GMT


me gusto mucho wuwwuwuw ♥

Enviado por: yarisa | 4.7.2012 GMT


estan largos los cuentos

Enviado por: juli | 14.3.2012 GMT


no esta nada interesante sus narraciones. :P pffff q mall

Enviado por: arleth | 2.3.2012 GMT


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Rubén Patrizi

Venezuela, Venezuela

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