Cuento/ Cinco minutos Rubén Patrizi
| Cinco minutos La noche: Brillaban las risas en la noche: La estridente música no dejaban oír las conversaciones;sin embargo hablaban. Los gritos de sus peroratas se despejaban cuando amainaban los compases, dándose cuenta que emitían alaridos. Por instantes, el humo se hacía denso;el cansado extractor no se daba abasto. Los sudorosos cuerpos se retorcían en la pista de baile, amasándose y cotorsionándose al compás de la música. Los cinco hombres conversaban. Sobre la mesa botellas vacías y vasos medio llenos que reflejaban la púrpura flama del cigarro, como una luciérnaga que irradia su destello en el bosque. La luz se degrada o aumenta de acuerdo a la música, haciéndose más oscuro a medida que disminuye el ritmo. Los cinco hombres libaban licor, acompañados de las mujeres, ocho en total, unas muy jóvenes, otras de mediana edad. Todos reían, mascullaban y de sus bolsillos, salían fajos de billetes que se esfumaban como arte de magia, unos iban al descote ofrecido como flor, allí desaparecía el dinero entre los pliegues del vestido y el par voluminoso de los senos. Risas, palabras, besos, abrazos, caricias furtivas, copas, alcohol, humo. Cinco hombres y ocho mujeres se divertían de lo lindo, compartiendo la noche, alargándola hasta muy tarde. La madrugada: Del cerro baja la niebla en forma de rocío, fría, tenue, casi imperceptible, trasparente, es un rocío constante que empapa las ventanas y los techos de los automóviles estacionados en el andén y forma una película, un vaho que cala, y nace un frío que se mete muy dentro entre los huesos del cuerpo. Algunos ciclistas se aventuran salir a esa hora, a pedalear en esas avenidas desiertas, donde se refleja la luz artificial amarillenta de los postes. Otros transeúntes con su mono puesto salen a trotar y otros salen a caminar a tratar de dejar sus excesos de peso van tratando de desesperezar sus músculos y aún hay otros que dentro de su afán diario ya van trajeados y listos. Van encendiendo sus autos para ir a iniciar una nueva jornada. Por las calles desiertas uno que otro automovilista pasa raudo a millón comiéndose los semáforos tratando de llegar rápido a su casa o quien sabe donde. En las paradas de los microbuses empiezan las gentes a llegar poco a poco acumulándose y los choferes se saludan sonrientes con una taza de café caliente en sus manos esperando el turno. Se ven los trasnochados que llegan apurados a sus casas, unos que caminan zigzagueantes con su cara roja y sus ojos hinchados, van apresurados en llegar antes que la luz del día los enturbie, son como murciélagos que corren veloces a sus madrigueras. Se ven a las mujeres que salen de sus trabajos nocturnos que entran a sus piezas a descansar del trajín de la noche. El día: Y amanece, tímidamente el sol aparece aún sus rayos no calientan, son suaves sin calor, y este se va acentuando muy despacio en el transcurrir de las horas, los automóviles se van acumulando uno tras otro, y en minutos se van formando la cola, parece que todos se pusieran de acuerdo para usarlo al mismo tiempo. Se trancan las autopistas y las calles. Se enredan los semáforos con sus luces de colores que tratan de dirigir lo indefinible, y se empieza a oír el rumor de la cuidad. Los cláxones, las sirenas, los pitos de los dirigentes del desorden. Se manifiesta el caos despertino, el de esas horas pico. Los niños que van a las escuelas y que permanecen en el tráfico dentro de los autobuses hasta por varias horas. Se ven somnolientos y ojerosos tras las ventanillas. Ya las paradas de los minibuses están llenas de gente, y los autobuses van repletos, van como ganado, amontonados, aglomerados, dando tumbos, aplastándose unos con otros en el andar de la marcha. Solo el metro consigue caminar veloz en las arterias subterráneas. Hacia el mediodía. Cómo magia todo se calma en la media mañana. Las personas están en sus oficinas, en los bancos, en las escuelas, en los liceos, en las universidades, hospitales, clínicas, en su largo quehacer, ahora el hormigueo de las gentes en las calles y aceras, en los sitios más céntricos, las personas casi se tropiezan unas con otras, las que vienen de allá y van para acullá, y viceversa, parece que nadie viene ni va a ninguna parte yendo todos a ninguna, este es el ir y venir de la cuidad. Cinco hombres vigilan la entrada del banco. El sol brilla casi en su cenit y sus rayos ya calientan, ya hay que estar en la sombra para no sentir su fuerza. La brisa se deja sentir refrescado un poco y levantando polvo. En una mesa cercana al banco, cuatro hombres toman café y disertan de sus cosas, van bien vestidos, y tienen un maletín algo grande, miran hacia la avenida, ven los relojes, observan pasar a las mujeres, hablan entre ellos, pasan por turistas o ejecutivos. Uno de ellos esta parado en el andén, junto a la parada de los microbuses, parece que espera. Un camión blindado se acerca zigzagueante en la avenida, rebasando los autos que se atraviesan y retardan su paso. Dos guardas después de la señal de costumbre, salen del camión, se abre la ventanilla y uno de ellos recoge un paquete forrado en plástico. Un hombre alto camina delante blandiendo una gran escopeta que lleva en sus manos como un trofeo. El otro, lleva el paquete en su mano izquierda, y su mano derecha la lleva sobre el arma que lleva enfundada. Suenan disparos, el hombre del paquete gira y quiere sacar el arma de la funda, mas sus gestos son tardíos, cae, sin disparar un solo tiro. El otro hombre el de la escopeta se devuelve, pero nada, también cae al piso con agujeros de bala en su rostro, hilillos de sangre brotan de sus heridas. En el parabrisas del blindado se forman unos agujeros y rebota la metralla de la carrocería del camión, desde dentro disparan contestando fuego. Un repiqueteo se deja oír en la calle. Los transeúntes, animales y pájaros se detienen a observar la procedencia del ruido y reaccionando en microsegundos se lanzan al piso cubriéndose entre los rincones y paredes. Los pájaros desaparecen en un aleteo veloz, y los perros se escurren entre los autos estacionados. Un hombre sale del camión disparando hacia donde están los atacantes, todos desafían las balas, están en la intemperie resbalándose las balas alrededor de sus cuerpos. El ruido de las armas retumba dentro del centro comercial haciendo eco entre los locales metiéndose el ruido mas allá entre las paredes. El otro hombre cae, una gran mancha roja inunda su uniforme, todo pasa muy rápido los cinco hombres continúan disparando. Un ruido ensordecedor y el camión se voltea enseñando su vientre, es como un elefante que cae de lado. El humo se mezcla con el de los microbuses, se forma una niebla entre las llamas y hierros retorcidos. El fuego creció muy alto como una gran fogata que era alimentada con gasolina. Se ve un gran boquete al lado del camión, centenares de billetes se esparcen en el aire algunos medio chamuscados. Unos hombres corren al interior del blindado, bolsas de lona salen a la calle, los hombres corren, una mano detiene a uno de ellos asiendo su pierna, el se voltea y le dispara a quemarropa. Todos huyen rápidamente, se esfuman en un santiamén. Queda un caos en la vía, se oyen frenéticas sirenas que se mezclan con las de los locales comerciales que sé encendieron con la gran explosión. |
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