
TRAVESIA VALLE MORIN. SAN CASIMIRO
Domingo 29.0ctubre 2006-10-31
Hola amigos todos , les cuento:
Un número cabalístico de 13 personas, viajamos desde Caracas en un domingo que prometía ser de buen tiempo, con el objetivo de realizar una caminata intensa por los siempre atractivos parajes del estado Aragua.
Nuestro vehículo, una camioneta pequeña, fue suficientemente amplia para trasladarnos a todos, con sólo un pequeño detalle: el chofér tenía ínfulas de emular a un corredor de carros y había queL, cada cierto tiempo, darle un recordatorio de mesura en la velocidad que imprimía al vehículo. Habíamos salido temprano para aprovechar bien las horas del día, así que el desayuno hubo que hacerlo en un negocio (panadería) a la orilla de la carretera. Lo que es siempre agradable porque a veces se encuentra una con alguna delicia gastronómica, poco vista en la capital.
Ya reconfortados y satisfechos, seguimos camino pasando los pueblos dormidos a esa hora de Cúa y Charallave y teniendo a nuestra vista siempre como telón de fondo la imponente belleza de la Serranía del Interior, con diferentes tonos de verde contrastando con el azul impoluto del cielo, que el brillante sol acrecentaba.
Luego de algún tiempo llegamos a la zona denominada Valle Morín, pasando el sector La Gavilana, el vehículo nos dejó específicamente en El Rincón. Un concierto sonoro, estridente y vocinglero de los ladridos de varios perros nos dio la bienvenida, y desde las puertas de su casa nos saludaron sus propietarios.
Comenzó aquí nuestra caminata, a principio por una carretera de tierra donde veíamos algunas casas, pocos sembrados, bastantes flores silvestres, ganado vacuno. Pasado un trecho comenzamos a ver el río Gamelotal a un lado nuestro, empeñado en acompañarnos por bastante tiempo, y así sucedió. Algunas veces hubo que atravesarlo. Saltando sobre las piedras a principio y a medida que ascendíamos por el camino que ahora era una senda, se hacía más brioso y ancho de caudal, obligándonos a quitarnos las botas para no mojarlas, el trayecto era largo y si así sucediera, sería muy incómodo caminar con ellas.
A veces caminamos a través del bosque muy fresco, por la sombra de muchos árboles altos, la cercanía del agua y la humedad del ambiente. Bastante agradable y placentero. En algunas partes las pozas cristalinas que formaba el río, invitaban al baño, lo que fue aprovechado por algunos de los compañeros, para refrescarse del calor imperante.
Otras, atravesamos sabanas descubiertas, en algunas el ganado pastaba bajo el sol inclemente. Saliendo de esta área llegamos a un sitio, con un rancho (deshabitado en ese momento) y a su vera un corral para ganado. Allí sentados bajo la sombra de árboles, almorzamos. Uno de los amigos agradeció el ofrecimiento silencioso de un naranjal, sus frutos dulces y jugosos reconfortaron algunas fuerzas menguadas (entre ellas las mías).
De seguidas nos encontramos con una loma, encontramos subidas fuerte que me hacían pausar mis pisadas, quedándome rezagada del resto del grupo, pero el camino no es perdible y poco a poco y con el amable gesto de llevar mi pesado morral, por parte de un compañero, y contando con el contacto visual de los demás, al llegar a la parte plana, de nuevo me integraba a ellos.
Tomado con calma, el camino ascendente llega a los 1.140 s.n.m, en la fila del Cerro Curucutí en un sitio llamado “El Portachuelo”. De nuevo entramos en camino boscoso por más o menos 1 hora, el tiempo comenzó a enfriarse, empezamos a oír sonoros truenos y vislumbrar centellas..Salieron de los morrales los “ponchos”, y muy pronto la lluvia fuerte, fría, refrescante comenzó a caer sobre nosotros. Los bastones fueron colocados en posición horizontal, no fuese cosa que sirvieran de “pararrayos”. Los ríos de agua lodosa corrían por la senda, me ría sola acordándome de toda la logística que hicimos en la mañana para no mojarnos las botas, y ahora éstas se sumergían una y otra vez en charcos, resbalaban y se embarraban de tanto pantano. Oír el ruido de los truenos, ver , mejor dicho, no ver con nitidez el camino envuelto en la gruesa y blanca neblina, la sospecha escondida de ser receptor de una centella, la caída brusca de una rama, todo ello contribuía al sobresalto y algo de temor, lo que impulsó la prisa por atravesar pronto el bosque. Algunos resbalones sin consecuencias, sin embargo un tono violáceo colorea mi muslo de resultas de una caída amortiguada por él sobre una piedra lisa. Salimos al fin de allí y pasando unas instalaciones telefónicas desiertas llegamos a Cerro Peligro. Desde acá comenzamos el descenso por un camino antiguo de cemento, en desuso, continuaba lloviendo, caímos en huecos llenos de agua, las hojas de las plantas contribuían a “empaparnos” al rezumar agua. Los compañeros más rápidos se apresuraron para llegar a destino con la última luz del día, los demás bajamos a vedces, a medio trompicones a la luz de las linternas.
Llegamos al pueblo de San Casimiro, donde en el sitio acordado ya nos esperaba la camioneta contratada. Luego de tomarnos un café bien caliente y comernos una rica y deliciosa arepa., abordamos el transporte y medio adormecidos, pero alegres por la jornada realizada llegamos a Caracas en horas nocturnas.



