Revista Literaria Periódico Cultural

8.12.2006

8.12.2006 GMT

Revista voces y susurros en papel /Diciembre.

Voces Susurros

Rumor y Gritos

Director Editor: Rubén Patrizi

Noviembre2006.AÑO1#10

revistavocesysusurros@yahoo.es

Blog: Revistavoces.ohlog.com/profile

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“ En el billar se gana por carambolas”
“El fútbol, única actividad en donde se gana metiendo la pata”

Felices Pascuas y Prospero año 2007

Editorial

Caracas

La ciudad de los pobres

En la ciudad de Caracas, hay más pobres que en cualquier otra ciudad del mundo.

Pululan por doquier, hay quien pide limosna en las esquinas, en las puertas de las iglesias y quien en los autobuses y algunos otros, que van mostrando sus deformidades y heridas como trofeo de guerra por todas partes, y los que son muy menesterosos que duermen en las esquinas arropados bajo una manta de cartón y de indiferencia.

El alcohol y las drogas acaban con sus vidas. El desempeño del gobierno en atender a estas gentes deja mucho que desear. La actitud es indolente y sólo se acuerdan de los menesterosos cuando tienen elecciones y están necesitados de votos.

Estas humildes personas viven, muchas de ellas del pillaje, del robo, de la caridad en su zona de influencia y tanto la iglesia como personas anónimas son las que muchas de las veces, se encargan de paliar este flagelo.

Como una enfermedad del espíritu se puede tratar. La dejadez de estas personas es sorprendente, no se asean y andan en las calles con actitudes de confrontación describiéndose como peligrosas.

Estas personas humildes se alimentan de desechos de restaurantes, o de basura, revisando los pipotes y bolsas de basura.

Se confunden con los recogelatas y su aspecto es sucio, hediondo y abandonado, haciendo que las personas a su alrededor trate de no tomarlas en cuenta, haciendo mutis de asco.

Viven en las calles, en las plazas, duermen en sitios obscuros o alejados de las gentes, fuera de negocios que cierran sus puertas temprano, a veces amanecen bebiendo; por que el poco dinero que consiguen, que lo utilizan para gastarlo en licor.

Son llamados indigentes, muchas veces lacra de la sociedad y a veces irrecuperables.

Hay instituciones privadas; que son pocas, las que a logran alimentarlos afeitarlos darles ropa y albergue, pero muchos de ellos retornan a las calles. Son personas que se escapan o que son arrojados a las calles por sus familiares o amigos siendo esta, la solución más fácil.

En la actualidad hay un grupo de asesinos que han logrado acabar con varios de estos indigentes en forma cruel y sistemática. Logrando que la sociedad tome cuenta de ellos en un sentido. Y así el gobierno en un asomo de piedad a logrado en algún modo, paliar la vida de estas personas, que como venezolanos merecen también la rebatiña del dorado.

Y los niños:

Muchos de ellos, están ofertando su trabajo en las esquinas, recibiendo monedas de los transeúntes que son obligados a ver el espectáculo marimbero.

Con limones, naranjas, pelotas, cualquier cosa valida, éstos muchachos hacen maromas entre el tráfico, con el tiempo contado de los semáforos para recibir

Luego recibir cualquier moneda sacada del apuro.

Otros niños están de vagabundos, desorientados en la gran ciudad vistiendo harapos y viviendo en peores circunstancias. Escasa comida y dormida, por que también como los adultos, viven debajo de los puentes o en parques o en plena calle.

Poesía

En sus labios

Supe alguna vez de ti
como ese trino de la lejanía,
como esos versos escritos por el viento.
Supe y sé que esos labios eran el destello mismo,
la caricia dulce de la noche en melodía,
el festín del alba acurrucándose en el día.

Sé y soñé tus labios
como un niño palpa
el vientre en que es ungido:
El aroma y sus colores,
su textura y el sabor,
la púrpura odisea en sus contornos.

Un sueño eras
casi extinto y frágil,
el silencio mismo despertándome en tus senos.
Eras el ave en nido
asomándose al espacio
y prediciendo su aleteo.

He buscado un beso
como aquel que busca
la tierra y sus ancestros
para devolver la vida.
Y lo he soñado en brazos
de un pecho apacible,
donde guarde la dulzura
de sus besos y mis besos.

He encontrado en esos labios
la quietud del alma
que me arropa y descubre,
el sosiego profundo
y el amor que me acaricia,
la hermosura de su cuerpo
en el resplandor de sus mejillas.

He soñado y sueño en cada beso
que recibo de sus labios;
El amor del alma que percibo de su aliento,
la alegría perpetua en su sonrisa florecida,
la pasión por la fragancia
del contacto de su cuerpo.

Amo todo aquello
que refleja su ternura,
que involucra su anuencia,
que envuelve y fantasea.
Amo con delirio la soltura de su tacto,
la bondad de sus pupilas,
el afecto en que me mira.

Vivo enamorado
y vivo ardiente en su proclama.
Y la he soñado como nunca
y la pienso cada día
con un beso enamorado.

Vivo en el designio
de su labio enamorado.

Salvador Pliego


Enviado por gloria Benítez en un gracias a Dios que es viernes

No te enamores del amor, enamórate de alguien que:
te ame, que te espere, que te comprenda aún en la locura;
de alguien que te ayude, que te guíe, que sea tu apoyo, tu esperanza, tu todo.

Enamórate de alguien que no te traicione, que sea fiel, que sueñe contigo, que sólo piense en ti, en tu rostro, en tu delicadeza, en tu espíritu y no en tu cuerpo o en tus bienes.

Enamórate de alguien que te espere hasta el final, de alguien que sea lo que tú no elijas, lo que no esperes.

Enamórate de alguien que sufra contigo, que ría junto a ti, que seque tus lágrimas, que te abrigue cuando sea necesario, que se alegre con tus alegrías y que te dé fuerzas después de un fracaso.

Enamórate de alguien que vuelva a ti después de las peleas, después del desencuentro, de alguien que camine junto a ti, que sea un buen compañero, que respete tus fantasías, tus ilusiones.

Enamórate de alguien que te ame.

No te enamores del amor, enamórate de alguien que este enamorado de ti.


Entusiasmo Antonio Guizar ponce.

La palabra entusiasmo proviene del griego y significa tener un Dios dentro de sí.
La persona entusiasta o entusiasmada era aquella que era tomada por uno de los dioses, guiada por su fuerza y sabiduría, y por ese motivo podría transformar la naturaleza que lo rodea y hacer que ocurrieran cosas.

Sólo las personas entusiastas eran capaces de vencer los desafíos de lo cotidiano. Era necesario por lo tanto entusiasmarse para resolver los problemas que se presentaban y pasar a una nueva situación. El entusiasmo no es una cualidad que se construye o que se desarrolla.
Es un estado de fe, de afirmación de sí mismo.

La persona entusiasta es aquella que cree en su capacidad de transformar las cosas, cree en sí misma, cree en los demás, cree en la fuerza que tiene para transformar el mundo y su propia realidad.
Está impulsada a actuar en el mundo, a transformarlo, movida por la fuerza y la certeza en sus acciones.
El entusiasmo es lo que da una nueva visión de la vida. Entusiasmo es distinto del optimismo. Mucha gente confunde el optimismo con el entusiasmo.

Optimismo significa creer que algo favorable va ocurrir, inclusive anhelar que ello ocurra, es ver el lado positivo de las cosas, es una postura amable ante los hechos que ocurren. En cambio el
entusiasmo es acción y transformación, es la reconciliación entre uno mismo y los hechos, las cosas.
Solo hay una manera de ser entusiasta: actuando entusiasmadamente.
Si tuviéramos que esperar tener las condiciones ideales primero para luego entusiasmarnos, jamás nos entusiasmaríamos por algo, pues siempre tendríamos razones para no entusiasmarnos.

No son "las cosas que van bien" lo que trae entusiasmo, es el entusiasmo que nos hace hacer bien las cosas. Hay personas que se quedan esperando que las condiciones mejoren, que llegue el éxito, que mejore su trabajo, que mejore su relación de pareja o de familia para luego entusiasmarse... la verdad es que jamás se entusiasmarán por algo.

Si creemos que es imposible entusiasmarnos por las condiciones actuales en las que nos toco vivir, lo más probable será que jamás saldremos de esa situación.
Es necesario creer en uno mismo, en la capacidad de hacer, de transformarse y transformar la realidad que nos rodea.
Dejar de un lado toda la negatividad, dejar de un lado todo el
escepticismo, dejar de ser incrédulo y ser entusiasta con la vida, con quienes nos rodean y con uno mismo.


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Poesía de nuestros aborígenes

Guarao A-ribu

Literatura de los indios Guaraos.
Lenguaje poético de los guaraos.

Dani, dani!...
Dani seke yakera.
Dani ana,
Dani ana asida.

Dani omi narut-ine,

Narut-ine.

¡Dani, dani!…

Dani seke yakera.
Dani omi,
Dani omi asida
a-dibu era...

Dani,. Dani
Dani seke yakera...






Ubau, ubau, ¡eh, eh!;
Ubau, ubau
Tobe anoya a-Kari jae...
Ubau, ubau

Ji dima boroya;
Ji dani
Namoya.

Ubau, ubau, ¡eh, eh!

Iji onayajakore,

Tobe ji najorote.

Traducción

Traducción

¡Madre, madre...
tener madre sí que es bueno
Carecer de madre,
Carecer de madre sí que es malo

Si no está mi madre, me marcharé
Me marcharé
¡ madre, madre!...

Tener madre qué bueno es
Estar sin madre,
Estar sin madre, qué penoso...;
Todo se vuelven riñas...

Madre, madre,
Qué bueno es tener madre...






Duémete, duerme, ¡ea, ea!
Duérmete, duerme
Un tigre por la punta viene...
Duérmete duerme.
Tu padre está sacando fécula;
Y tu madre
Diluyendo almidón.

Duérmete, duerme, ¡ eh, eh!
Si lloras,
El tigre te va a comer.


Fábula Hindú

El Duelo Entre el Elefante y el Gorrión.

En un ligar de la espesa jungla, vivían un gorrión y su mujer; habían construido su nido en una rama de un árbol llamado Tamal, y al poco tiempo aumentó la familia.

Cierto día, un elefante de la selva acometido por el calor y la fiebre, llegó hasta ese Tamal en busca de sombra. Enceguecido por su mal, tiró con el extremo de su trompa de la rama en donde los gorriones tenían su nido, y la rama se rompió. Los huevos se rompieron, en tanto que los padres-que estaban destinados a sobrevivir- escaparon con vida.

Entonces el gorrión hembra se lamentó con gran pesar por la muerte de esos pollitos.

Al oír sus lamentos, acudió un pájaro carpintero gran amigo de ellos y entristecido por su pena dijo:

--Mi amiga querida, ¿para qué lamentarse en vano?

Recuerda que la escritura dice:

Por lo perdido, muerto y pasado,

El sabio no se lamenta;

Esa es justamente la diferencia

Entre el sabio y el insensato.

--Es una buena doctrina –dijo el gorrión hembra, ¿pero de qué me sirve? Ese elefante corriendo en su estado afiebrado, ha matado a todos mis bebés. Por lo tanto si tú eres mi amigo, piensa en algún plan que permita matar al gran elefante. Si así se hiciera me sentiría menos apenada por la muerte de mis criaturas.

--Señora—dijo el carpintero—tú observación es muy cierta. Pues el proverbio dice:

Amigo en el pesar, amigo de verdad

Aunque de casta distinta;

El mundo entero es su amigo ansiado

Mientras queden los favores.

“Veremos lo que mi astucia inventa. Sabe que tengo un amigo, un mosquito llamado Susurro de Laud. Con su ayuda el villano elefante será asesinado.

Luego se fue con el gorrión hembra, encontró al mosquito y dijo:

--Estimado amigo mío, esta es mi amiga la señora gorrión, pues preparo un plan para matar al elefante.

--Buen amigo-dijo el mosquito-, solo hay u8na contestación posible. Tengo un amigo íntimo, un sapo llamado Mensajero Nube. Hagamos las cosas correctamente y consultémoslo.

Y los tres juntos fueron y contaron a Mensajero Nube la historia completa; después de escucharlos el sapo dijo:

--¡Cuán débil es ese elefante desgraciado frente a un grupo grande y enfurecido!. Mosquito, tú irás y zumbarás en sus afiebrados oído, para que cierre sus ojos complacido al escuchar tu música.

Entonces el pájaro carpintero, con su pico le sacará los ojos. Una vez realizado esto, me sentaré a croar al borde del abismo. Y él, teniendo sed, me oirá y se aproximará esperando encontrar agua. Cuando llegue al borde del abismo, caerá dentro y sucumbirá.

Llevaron a cabo sus planes, y el elefante afiebrado cerró sus ojos complacido por el canto del mosquito, fue cegado por el carpintero, anduvo atormentado por la sed, llegó a un gran abismo, se cayó en él y murió.

Un carpintero y un gorrión

Con un sapito y un mosquito

Si atacan unidos

A un elefante dejarán vencido.

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"Edipo rey" Sófocles


Para Aristóteles el Edipo de Sófocles es el modelo de tragedia perfecta. En verdad es difícil hallar un héroe más trágico que Edipo, atrapado al fin en una red que él mismo anuda en una implacable investigación detectivesca que desarrolla con decisión, sin sospechar que el éxito de sus pesquisas lo destruirá, porque -¿fatalidad, castigo de sus culpas?- el asesino no es otro que el propio Edipo. Claro está que todo el mundo conoce el asunto y que no se trata de una historia de intriga normal.

La tensión radica precisamente en que el público conoce la identidad del buscado mientras que el investigador la ignora al principio, hasta que no le que queda más remedio que ponerle nombre, el suyo propio. El espectador quiere gritar a Edipo: «¡No sigas!», mientras ve sobrecogido cómo se encamina el héroe hacia su fatal destino. Sófocles ha dispuesto los hechos y el proceso de descubrimiento con una sabiduría admirable, capaz de provocar, como querían los antiguos, el temor y la compasión en grado supremo.


Nada tiene que ver este Edipo con el complejo que Freud bautizó con su nombre sin mucha justificación. Nunca ha pretendido matar a su padre ni acostarse con su madre, sino eludir precisamente ese aciago destino pronosticado por el oráculo, huyendo de Corinto y de los que él cree, erróneamente, sus padres. Tampoco ha querido matar a su verdadero padre, el rey Layo, al cual mata por azar, ni se ha sentido atraído especialmente por su verdadera madre, Yocasta, con la que se casa en un matrimonio político para ocupar el trono de Tebas después de matar a la Esfinge. Todos estos hechos quedan al margen de sus intenciones y fuera de sus impulsos conscientes o inconscientes. La perdición de Edipo y su tragedia vienen por otros cauces.


Descubridor de misterios El quieto transcurrir de la vida en Tebas se rompe con la explosión de una epidemia de peste que destruirá la entera ciudad (personas, animales, plantas) si no se purifica de una sangre vertida, mancha misteriosa y sagrada que contamina la ciudad en la que reina Edipo. El sacerdote de Zeus implora algún remedio de la sabiduría del rey: «La ciudad está demasiado sumida en la agitación y no puede levantar la cabeza ante la avalancha de muertes; se consume la tierra en los frutos de los cálices, se consume en los rebaños de bueyes que pastan y en los hijos que no llegan a nacer de las mujeres. Se ha abatido contra la ciudad un dios armado de fuego, la peste, el más cruel enemigo. Y ahora, Edipo, tú, a juicio de todos el más fuerte, halla algún remedio para nuestros males».


En efecto, ¿quién sería más capaz de averiguar el secreto de esta gran peste y hallar una solución que el rey, cuya inteligencia se midió con la Esfinge y fue capaz de adivinar sus enigmas? Si la inteligencia del héroe fue en otro tiempo la salvación de la ciudad ¿no deberá de nuevo esta inteligencia salvar a todos de la plaga? Y Edipo, el descifrador de misterios, se dispone a trabajar por el bien público, como es su obligación de rey compasivo y justo, lleno de piedad por sus súbditos. Creonte regresa de consultar el oráculo de Apolo con parte de la solución: mientras no se castigue al matador de Layo, ha prescrito el oráculo, no cesará la peste, pero ¿quién ha sido el matador del antiguo rey de Tebas? «Yo lo aclararé», promete Edipo, hallando «el rastro indiscernible de una culpa tan antigua». Interroga al adivino Tiresias, cuyas profecías lo enfurecen porque en ellas cree ver acusaciones injustas que no acaba de comprender : «El hombre al que buscas con amenazas y decretos sobre la muerte de Layo está aquí. Pasa por ser un extranjero que vive entre nosotros, pero después se verá que es tebano. Será ciego, aunque antes ha visto y pobre, en vez de rico, y tanteando ante sí con un bastón, se encaminará a extrañas tierras. Se verá que era a la vez hermano y padre de los hijos con que vivía, hijo y esposo de la mujer de que había nacido, y que asesino de su padre, en su propia mujer había sembrado». Misteriosas palabras. Pero si alguien puede descubrir el sentido de enigmas como estos es Edipo, que años atrás acertó los problemas de la Esfinge.


El trágico desenlace Nuevos datos vienen a iluminar el caso. En los interrogatorios hechos a Yocasta, a un mensajero y a un antiguo criado, Edipo va estableciendo los eslabones de una cadena que lo convierte en el protagonista del sacrilegio: no es hijo, como él pensaba, de Pólibo y Mérope de Corinto. Su fuga para evitar que se cumpliera el oráculo que vaticinó que había de dormir con su madre y matar al padre que lo engendró, solo consigue acercarlo al peligro, poniéndolo en contacto con su verdadero y desconocido padre, Layo, al cual mata en una encrucijada, y con su verdadera y desconocida madre, Yocasta, con la que se desposa. Averigua poco a poco su propia historia: cómo sus padres verdaderos, para eludir otro nefasto oráculo, ordenaron su muerte; cómo el encargado de matarlo lo abandonó en las selvas del monte Citerón, de donde fue recogido por un pastor que lo llevó a Corinto; cómo lo adoptaron Pólibo y Mérope... Al atar los cabos de todos estos antiguos sucesos, una conclusión impone con terrible claridad: el asesino de Layo fue Edipo, hijo del mismo rey y de Yocasta.

La verdad encontrada es demasiado espantosa y Edipo se perfora los ojos tras descolgar el cadáver de su madre y esposa, que se ha ahorcado desesperada: el mensajero narra la escena interior que por decoro se oculta a los ojos del espectador: «Edipo da un horrendo alarido, el miserable, afloja el nudo de que pende su madre; después cae al suelo a insoportable en su horror es la escena que vimos: arranca los alfileres de oro con que ella sujeta sus vestidos como adorno, los levanta y se los clava en las cuencas de los ojos, gritando que lo hacía para no verla, para no ver los males que sufría ni los que había causado».

Conclusión Estos ojos vacíos de Edipo seguirán, sin embargo, viendo la antigua ventura y la actual desgracia, ese atroz sufrimiento apenas visible para un hombre: gemido, ceguera, muerte y vergüenza.

¿Es culpable Edipo de nefandos pecados dignos de semejante castigo? ¿Es una víctima inocente de los designios de los dioses? ¿No ha cometido sus sacrilegios ignorante de lo que hacía? Hay, sin duda, ciertas culpas distribuidas en los personajes de la tragedia, de las cuales Edipo no está libre: la misma muerte de Layo es producto de una violenta soberbia de Edipo, cuya muerte inmisericorde, por cierto, dispusieron sus padres.

Pero la presencia de los oráculos y su cumplimiento ineluctable hacen sospechar que este miserable parricida es una víctima cuyos sufrimientos son mayores que sus culpas. Y en ese sufrimiento está quizá la lección última de la humanidad de Edipo, su condición de héroe, su dimensión trágica que lo hermana con la raza entera de los mortales. He ahí el lamento del coro, que observa compungido esta historia de dolor: «¡Ay, generaciones de los hombres, cómo calculo que vuestra vida y la nada son lo mismo! ¿Quién llega a tanta felicidad como pudo imaginar si no es para ver declinar lo que imaginó? Teniendo como ejemplo tu destino, el tuyo, sí, Edipo miserable, no hay en el mortal nada por lo que pueda llamarle feliz. Mirad aquí al famoso Edipo que descifró los famosos enigmas y era muy poderoso varón cuya fortuna ninguno podía contemplar sin envidia. Mirad a que cúmulo de desgracias ha venido. Tratándose de un mortal, hemos de ver hasta su último día, antes de considerarle feliz». O, como lo dijo, siglos más tarde -la lección es eterna- el poeta español Mira de Amescua en una de sus comedias: No hay dicha ni desdicha hasta la muerte. Edipo, el rey destronado, el vagabundo ciego, mientras tantea con un palo por los caminos, lo sabe perfectamente.



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"Edipo rey" Sófocles


Para Aristóteles el Edipo de Sófocles es el modelo de tragedia perfecta. En verdad es difícil hallar un héroe más trágico que Edipo, atrapado al fin en una red que él mismo anuda en una implacable investigación detectivesca que desarrolla con decisión, sin sospechar que el éxito de sus pesquisas lo destruirá, porque -¿fatalidad, castigo de sus culpas?- el asesino no es otro que el propio Edipo. Claro está que todo el mundo conoce el asunto y que no se trata de una historia de intriga normal.

La tensión radica precisamente en que el público conoce la identidad del buscado mientras que el investigador la ignora al principio, hasta que no le que queda más remedio que ponerle nombre, el suyo propio. El espectador quiere gritar a Edipo: «¡No sigas!», mientras ve sobrecogido cómo se encamina el héroe hacia su fatal destino. Sófocles ha dispuesto los hechos y el proceso de descubrimiento con una sabiduría admirable, capaz de provocar, como querían los antiguos, el temor y la compasión en grado supremo.


Nada tiene que ver este Edipo con el complejo que Freud bautizó con su nombre sin mucha justificación. Nunca ha pretendido matar a su padre ni acostarse con su madre, sino eludir precisamente ese aciago destino pronosticado por el oráculo, huyendo de Corinto y de los que él cree, erróneamente, sus padres. Tampoco ha querido matar a su verdadero padre, el rey Layo, al cual mata por azar, ni se ha sentido atraído especialmente por su verdadera madre, Yocasta, con la que se casa en un matrimonio político para ocupar el trono de Tebas después de matar a la Esfinge. Todos estos hechos quedan al margen de sus intenciones y fuera de sus impulsos conscientes o inconscientes. La perdición de Edipo y su tragedia vienen por otros cauces.


Descubridor de misterios El quieto transcurrir de la vida en Tebas se rompe con la explosión de una epidemia de peste que destruirá la entera ciudad (personas, animales, plantas) si no se purifica de una sangre vertida, mancha misteriosa y sagrada que contamina la ciudad en la que reina Edipo. El sacerdote de Zeus implora algún remedio de la sabiduría del rey: «La ciudad está demasiado sumida en la agitación y no puede levantar la cabeza ante la avalancha de muertes; se consume la tierra en los frutos de los cálices, se consume en los rebaños de bueyes que pastan y en los hijos que no llegan a nacer de las mujeres. Se ha abatido contra la ciudad un dios armado de fuego, la peste, el más cruel enemigo. Y ahora, Edipo, tú, a juicio de todos el más fuerte, halla algún remedio para nuestros males».


En efecto, ¿quién sería más capaz de averiguar el secreto de esta gran peste y hallar una solución que el rey, cuya inteligencia se midió con la Esfinge y fue capaz de adivinar sus enigmas? Si la inteligencia del héroe fue en otro tiempo la salvación de la ciudad ¿no deberá de nuevo esta inteligencia salvar a todos de la plaga? Y Edipo, el descifrador de misterios, se dispone a trabajar por el bien público, como es su obligación de rey compasivo y justo, lleno de piedad por sus súbditos. Creonte regresa de consultar el oráculo de Apolo con parte de la solución: mientras no se castigue al matador de Layo, ha prescrito el oráculo, no cesará la peste, pero ¿quién ha sido el matador del antiguo rey de Tebas? «Yo lo aclararé», promete Edipo, hallando «el rastro indiscernible de una culpa tan antigua». Interroga al adivino Tiresias, cuyas profecías lo enfurecen porque en ellas cree ver acusaciones injustas que no acaba de comprender : «El hombre al que buscas con amenazas y decretos sobre la muerte de Layo está aquí. Pasa por ser un extranjero que vive entre nosotros, pero después se verá que es tebano. Será ciego, aunque antes ha visto y pobre, en vez de rico, y tanteando ante sí con un bastón, se encaminará a extrañas tierras. Se verá que era a la vez hermano y padre de los hijos con que vivía, hijo y esposo de la mujer de que había nacido, y que asesino de su padre, en su propia mujer había sembrado». Misteriosas palabras. Pero si alguien puede descubrir el sentido de enigmas como estos es Edipo, que años atrás acertó los problemas de la Esfinge.


El trágico desenlace Nuevos datos vienen a iluminar el caso. En los interrogatorios hechos a Yocasta, a un mensajero y a un antiguo criado, Edipo va estableciendo los eslabones de una cadena que lo convierte en el protagonista del sacrilegio: no es hijo, como él pensaba, de Pólibo y Mérope de Corinto. Su fuga para evitar que se cumpliera el oráculo que vaticinó que había de dormir con su madre y matar al padre que lo engendró, solo consigue acercarlo al peligro, poniéndolo en contacto con su verdadero y desconocido padre, Layo, al cual mata en una encrucijada, y con su verdadera y desconocida madre, Yocasta, con la que se desposa. Averigua poco a poco su propia historia: cómo sus padres verdaderos, para eludir otro nefasto oráculo, ordenaron su muerte; cómo el encargado de matarlo lo abandonó en las selvas del monte Citerón, de donde fue recogido por un pastor que lo llevó a Corinto; cómo lo adoptaron Pólibo y Mérope... Al atar los cabos de todos estos antiguos sucesos, una conclusión impone con terrible claridad: el asesino de Layo fue Edipo, hijo del mismo rey y de Yocasta.

La verdad encontrada es demasiado espantosa y Edipo se perfora los ojos tras descolgar el cadáver de su madre y esposa, que se ha ahorcado desesperada: el mensajero narra la escena interior que por decoro se oculta a los ojos del espectador: «Edipo da un horrendo alarido, el miserable, afloja el nudo de que pende su madre; después cae al suelo a insoportable en su horror es la escena que vimos: arranca los alfileres de oro con que ella sujeta sus vestidos como adorno, los levanta y se los clava en las cuencas de los ojos, gritando que lo hacía para no verla, para no ver los males que sufría ni los que había causado».

Conclusión Estos ojos vacíos de Edipo seguirán, sin embargo, viendo la antigua ventura y la actual desgracia, ese atroz sufrimiento apenas visible para un hombre: gemido, ceguera, muerte y vergüenza.

¿Es culpable Edipo de nefandos pecados dignos de semejante castigo? ¿Es una víctima inocente de los designios de los dioses? ¿No ha cometido sus sacrilegios ignorante de lo que hacía? Hay, sin duda, ciertas culpas distribuidas en los personajes de la tragedia, de las cuales Edipo no está libre: la misma muerte de Layo es producto de una violenta soberbia de Edipo, cuya muerte inmisericorde, por cierto, dispusieron sus padres.

Pero la presencia de los oráculos y su cumplimiento ineluctable hacen sospechar que este miserable parricida es una víctima cuyos sufrimientos son mayores que sus culpas. Y en ese sufrimiento está quizá la lección última de la humanidad de Edipo, su condición de héroe, su dimensión trágica que lo hermana con la raza entera de los mortales. He ahí el lamento del coro, que observa compungido esta historia de dolor: «¡Ay, generaciones de los hombres, cómo calculo que vuestra vida y la nada son lo mismo! ¿Quién llega a tanta felicidad como pudo imaginar si no es para ver declinar lo que imaginó? Teniendo como ejemplo tu destino, el tuyo, sí, Edipo miserable, no hay en el mortal nada por lo que pueda llamarle feliz. Mirad aquí al famoso Edipo que descifró los famosos enigmas y era muy poderoso varón cuya fortuna ninguno podía contemplar sin envidia. Mirad a que cúmulo de desgracias ha venido. Tratándose de un mortal, hemos de ver hasta su último día, antes de considerarle feliz». O, como lo dijo, siglos más tarde -la lección es eterna- el poeta español Mira de Amescua en una de sus comedias: No hay dicha ni desdicha hasta la muerte. Edipo, el rey destronado, el vagabundo ciego, mientras tantea con un palo por los caminos, lo sabe perfectamente.



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Crónicas de este mundo.........

El Colmo Rubén Patrizi


Distraído, pensando de todo y en nada, montado en mi yegua y acompañado con mi hijo en otra, me despabiló una voz, que chillona y estentórea gritaba diciendo:”Bájense de la mula”.


Inmediatamente mi imaginación voló y pensé.¡”Cual mula si estos son dos yeguas!. Dos muy bien cuidados corceles”.

Unos de ellos, un muchacho con un pantalón a la rodilla y unos zapatos deportivos relucientes y unas medias blanquísimas, nos repitió “ Bájense de la mula.”. Se veían dos criaturas imberbes allá abajo.”Me dan todo el dinero que tienen en sus carteras” Ladró de nuevo el otro de ellos. Apuntándonos con esas armas tan sui generis que me daban risa.
Un par de Chinas, Ligas, Hondas. Estoy atónito con la arrogancia de este par.
No sé que otro nombre darles a este par de ligas que portan armados estos filibustanes cada una con soberana piedra.

Mi hijo me observa, y yo a él. Lo miro y pienso” Le damos dinero a este par, hago encabritar el caballo y los atropello. Esto me pasa por no portar mi arma. Huir a galope y esperar una pedrada en la espalda. ¡Menudo lío!...

Pero en todo momento esta situación tan especial me hace reír, apuntado por dos zagaletones y con esas armas ¡.Por Dios!.”

Es el colmo de vivir en este país, en donde estamos al amparo del hampa. Donde los ladrones pululan como moscas. Cuando se roba hasta los pegados de olla.
¡Que baina!.”

Casi le oía decir a ese par de filibusteros, como en la expresión de una película de Robín Hood.”Bajaos de esas mulas y dadnos el dinero que portáis o seréis engarzados con nuestras armas....

El campo se ha contaminado. Aquí nunca hubo una refriega, ni reyerta ni robo; a sí una vez hace como diez años, el comisario puso preso en la sala de su casa por un día, a un señor que se robó una gallina..... ¡Fin de mundo!


"-Dime, ¿te gustaría vivir?
-Sólo un necio puede hacer semejante pregunta —respondió el cimmerio con voz jadeante."


Robert E. Howard, Nacerá una bruja


Procopio por

Cesar Rubio Aracil

Argumento

Procopio es un pobre viejo cuya labor ordinaria es la del campo, la cría de ganado menor y de otras tareas rurales que necesita desarrollar para la subsistencia de su familia. Tiene fama en el pueblo de ser un "viejo verde", juicio éste que él no comparte en absoluto y por el que está condenado a sufrir las lógicas consecuencias, siempre perniciosas, de tal malevolencia. Su mujer, Engracia, le tiene limitada su exuberante tendencia sexual por causa de los celos, siendo éste el motivo principal de la acción escénica del viejo, único personaje visible.

Elementos escénicos

El vestuario de Procopio consistirá en un atuendo cómico (deliberadamente concebido pese a estar casi en desuso): calzoncillos largos (hasta los pies) y una camiseta de franela, de manga larga. Irá descalzo. También portará en la mano izquierda un quinqué (en la izquierda, porque habrá de persignarse en algún momento).

Quizá sea necesaria una silla donde poder sentarse (a juicio del director), y una pequeña mesa.

Efectos

El escenario quedará a oscuras, o a lo sumo débilmente iluminado, para que el candil pueda tener su efecto.

Acción previa

Antes de que Procopio aparezca en escena se escuchará como a modo de una trifulca proveniente del fondo del escenario, en la que el pequeño estruendo (algún objeto lanzado, voces, etc.), justifique la aparición precipitada del actor

DESARROLLO

(Procopio sale precipitadamente al escenario portando en la mano izquierda un candil. Está, más que alterado, furioso).

MONÓLOGO

(Sin dar voces, en tono bajo pero enfadadísimo, volviendo a cabeza hacia el fondo del escenario).

-¡¡Me cagu en tug mulas, japuta!! ¡Así te coman los puercos el pitiminí! ¡Me caguen diole...! "¡Que soy un viejo verde! ¡Será desgraciá la tía! (Vuelve otra vez la cabeza, mirando al fondo del escenario y haciendo un gesto obsceno).

-¡El viejo verde será tu padre, que en gloria esté, el pobre! (Se persigna.) Él sí que fue un verderón de los de cuidao; que tú me contaste una vez que quiso meterte mano, de chica, junto a la alberca. Menos mal que mismamente pasaba por allí don Feliciano, el cura, y el muy... salío le pidió al sotanas que lo bendijese para seguir siendo buen padre. ¡Vaya güevos que tenía el genares! Endespués me quedó un regomello...

"¡Yo, viejo verde...! (Dirigiéndose a los espectadores.) Y to porque le he pedido que se quite el trapico, ya ves. Me dice la tía:

"No, Procopio, que hoy estoy endispuesta. "¿Endispuesta?, le contesté asombrao. ¿Acaso te ha bajao el cuerpo?

"El cuerpo, no, mi amor; pero tengo escaldauras en el chirri - me dijo. "Pos nese caso... (volví a contestarle) déjame que te ponga un supositorio de miraguano...

"No me dejó acabar, la muy... ¡Ay, si no fuera mi mujer! ¡La que me iba a salir de la boca si no fuera mi "santa"! (santa, con sarcasmo).

"... no, mi amor; pero tengo escaldauras en el chirri (remedando la voz de Engracia).

"¡Mi amor! ¡Ya, ya...! A patás me ha tirao de la cama. Pa que endespués nos venga la ricura de Gemma diciéndonos que los hombres somos tos unos no sé qué; que si esto y que si lo otro... ¡Vara es lo que les hace falta a las mujeres! Y a mi Engracia... A mi Engracia ..., untarle el rulé, el chirri y la sobaquera con salivilla de merengue, pa que si no es por alante que sea por atrás, o si no por la sisa, que no pare el dengue. Mismamente ayer noche: "Engracia, ¿vamos al dengue? " ¡Calla, calla! -santiguándose mientras se ponía el trapico-. ¡Ni dengues ni panderetas, que mañana tienes que recoger la oliva y eso cansa tanto como lo otro.

"¡Tanto como lo otro! Y to porque ayer le chivaron que estuve platicando con la Matilde, la hija de la panadera que, eso sí, a sus quince años está como fabricá con silicona en un molde de madalenas; porque la tía huele... Si te arrimas a ella una miajica, del escote le sale un olorcico a tahona que ya me dirás. Pero bueno, si la Engracia no quiere dengue, o me cepillo a una cabra o hago palmas con una sola mano. No hay más remedios que los mentaos; porque en el pueblo, por eso de ser yerno del tío Frasquito, a mí no hay quien me quite de encima el sambenito que m’han colgao del cuello..., y de donde sale el chorro. ¡Vaya que sí!

(Una voz femenina, en off)

- ¿Procopio? Venga, amor, no te enfades, que yo y tú vamos a arreglar las cosas.

PROCOPIO (haciéndose la víctima y el estrecho; riéndose en sordina y a la vez gesticulando con obscenidades) -. No, Engracia, que esto ya s’ha acabao pa siempre; que me las sé toas más tres. Si quieres que vaya tienes que quitarte antes el trapico.

VOZ EN OFF (cadenciosa) - No me seas malo, amor...

PROCOPIO (aire triunfante, dirigiéndose a los espectadores en voz muy baja, como para que no la escuche su mujer, y abriéndose el ojo con un dedo para dar a entender que él es muy astuto) - Al dengue..., y sin vaselina. (Se aleja en dirección al fondo del escenario, quinqué en mano.)

(Estruendo y voces airadas en el interior.) (Aparece de nuevo Procopio, en la mano el quinqué)

PROCOPIO (como derrotado, dirigiéndose al respetable) -. Ya lo tengo claro. Lo que os dije antes: o la cabra... o a hacer palmas con una sola mano. A partir de mañana, a ligarme a la Matilde (lo jura besando la cruz, que hace con los dedos) ¡Por mi José! (Saluda a los espectadores.)

Mirta l Urdiroz. Argentina


Madrugada

Si felicidad es

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Las citas de soñadores

Los encuentros porque sí

Si esto es felicidad

Entonces



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Rubén Patrizi

Venezuela, Venezuela

Las personas que adornan una esquina, dando colorido a su lucha diaria en su eterno vivir, para ellos,...

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