Revista Literaria Periódico Cultural

18.9.2006

18.9.2006 GMT

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Los colores de mi hijo

Indira Páez

Yo nací en una casa de lo más multicolor. Y no, no me refiero a las paredes. Esas eran blancas, como las de cualquier casa de Puerto Cabello en los setenta. Mi casa era multicolor por dentro. Y es que mi mamá es de piel tan clara, que sus hermanos la bautizaron “rana platanera”. Y mi papá era de un trigueño agresivo, con bigote de charro, sonrisa de Gardel y cabello ensortijado, estirado a juro con brillantina. La vejez lo ha desteñido, a mi papá. Como si la melanina se acabara con el tiempo. Como si los años fueran de lejía.

De esa mezcla emulsionada salimos nosotros, cinco hermanos de lo más variopintos. Mi hermano mayor, vaya usted a saber por qué, parece árabe. Ojos penetrantes, nariz aguileña, frente amplia y cabello rizado (cuando existía, pues ahora ostenta una calvicie de lo más atractiva). Le sigue una hermana preciosa, nariz perfilada, pecas, ojos inmensos, sonrisa como mandada a hacer. Castaña clara y de cabello cenizo. Se ayuda con Kolestone, vamos a estar claros. Pero le queda de un bien que parece que hubiera nacido así. Al tercero, extrañamente, le decían “el catire”. Nunca entendí por qué, con ese cabello de pinchos rebeldes que crece hacia arriba. Eso sí, tan rana platanera como la madre. Yo soy trigueña como mi padre, y mi nariz delata algún ancestro africano por ahí. Y mi hermana menor es pecosa y achinada, como si en algún momento los genes se hubieran vuelto locos y por generación espontánea hubieran creado una sucursal asiática en la casa.

Así, los almuerzos en mi casa parecían más una convención de las naciones unidas que otra cosa. Claro que yo jamás me di cuenta de eso. Para mí eran almuerzos, punto. Con el olor inenarrable de las caraotas negras de mi mamá y las tajadas de plátano frito que se hacían por kilos.

De chiquita nunca entendí por qué en el colegio de monjas un día una niñita me preguntó si mi papá era el chofer. Tampoco supe por qué no lo habían dejado entrar a cierto local nocturno muy de moda en los ochenta. Yo jamás me fijé en los colores de mi familia. Mi papá, mi mamá y mis hermanos, siempre fueron exactamente eso: mi papá, mi mamá y mis hermanos.

Cuando yo era chiquita pensaba que los colores los tenían las cosas, no la gente. No entendía por qué a algunos les decían negros si yo los veía marrones, y a otros les decían blancos si yo los veía como anaranjado claro tirando a rosa pálido. Y menos aún entendía por qué aparentemente y para muchos adultos, era mejor ser “blanco” que “negro”. Una vez mi papá se comió un semáforo y alguien le gritó: “¡negro tenías que ser!”. Yo me quedé estupefacta al descubrir que los “blancos” jamás se comían los semáforos.

Así las cosas, comenzó en mi adolescencia una suerte de fascinación por aquello de los colores de la gente, las etnias, las razas y esos asuntos que parecían importar tanto a la humanidad. Tanto, que hasta guerras entre países generaba. Tanto, que se mataba la gente por asuntos de piel. De genes. De células. De melanina.

Yo buscando vivencias reales, y con lo enamorada que soy, tuve novios marrones, rosados, amarillos y uno hasta medio verdoso. Me casé con un italiano y tuve una hija que parece una actriz de Zefirelli. Y finalmente me enamoré hasta los huesos y me casé otra vez. Con un marrón. Un marrón de esos que la gente llama “negro”.

Una tía abuela me dijo cuando me casé: “ni se te ocurra tener hijos con ese hombre, porque te van a salir negritos”. A mí no me cabía en la cabeza que a estas alturas de la historia universal, alguien pudiera hacer un comentario como ese. Pero mi tía tiene 84 años, y uno, a la gente de 84 años, le perdona todo. Hasta el racismo.

Como soy bien terca salí embarazada de mi esposo marrón. El embarazo fue una montaña rusa total, así que cuando nació mi hijo, sano, con diez deditos en las manos y diez en los pies, un par de ojos, orejas, boca, nariz y gritos, yo estallaba de felicidad. Y cuando uno estalla de felicidad, no escucha nada.

Pero resulta que han pasado cinco meses, y aunque sigo felicísima, se me ha ido pasando la sordera. Y como soy tan bruta, no termino de entender cómo es que tanta gente, que no solo mi tía la de 84, me pregunta “¿y de qué color es el niño?”. Sí, sí, así mismo. “¿De qué color es?”. Les importa muchísimo ese detalle a algunos. Tal vez a demasiados. Una amiga de España. Una antigua vecina. Una ex compañera de colegio. Una gente cualquiera que no tiene 84 años. Una gente que, que yo sepa, no pertenece al partido Neo Nazi, ni milita en el Ku Klux Klan, ni es aria, ni tiene esvásticas en la ropa. Una gente que se ofende si uno les dice racista. Llegan así, llaman, escriben. Y lo primero que preguntan, antes de esas típicas preguntas de viejita (“¿Cuánto pesó?” “¿Cuánto midió?” “¿Lloró mucho?”), es “¿y de qué color es?”.

Y la verdad, lo confieso, a riesgo de quedar como una madre desnaturalizada, es que yo no me había fijado de qué color era mi hijo. Porque cuando nació mi hija la italianita nadie me preguntó eso. Entonces no pensé que era tan importante saberse el color del hijo. Yo me sabía la fecha de su primera sonrisa. Me sabía cuándo se le puso la triple, cuándo comió papilla por primera vez. Sabía que tenía tres tipos de llanto (uno de hambre, uno de sueño y uno de ñonguera). Sabía que por las noches le gustaba quedarse dormida en mi pecho. Cosas, pues, intrascendentes. Igual con mi bebé. Ya me sé sus ojos de memoria, por ejemplo. A veces están a media asta y es que tiene sueño, pero lucha porque no quiere perderse nada. Me sé sus saltos cuando quiere que lo cargue. La temperatura de su piel, el olor de su nuca.

Pero el domingo pasado me encontré a una ex compañera de trabajo que no veía desde mi preñez, y ¡zuás!, me lanzó la pregunta. “¿Ya nació tu hijo? ¿Y de qué color es?”. Me agarró desprevenida, y no supe qué responderle, pero me prometí a mí misma averiguarlo, ya que a tanta gente parece importarle el asunto. Debe ser que es algo vital, y yo de mala madre no he prestado atención a la epidermis de mis críos.

Así que ante tanta curiosidad de la gente, me he puesto a detallar los colores de mi hijo. Y resulta que mi bebé es un camaleón. Sí, de verdad. Cambia de colores. A las cinco y media de la mañana, cuando se despierta pidiendo comida, es como rojo. Un rojo furioso y candelero. Después se pone como rosadito, y se ríe anaranjado. A veces pasa el día verde manzana, y me provoca darle mordiscos por todos lados. Cuando lo baño, y chapotea con el agua, se vuelve como plateado, una cosa increíble. Cuando se le cierran los ojitos del sueño, es amarillo pollito y provoca acunarlo y meterlo bajo las dos alas acurrucadito. Finalmente se duerme y, lo juro por Dios, se pone azul. Y brilla en la oscuridad.

Ese es mi hijo, multicolor. Sé que va a ser un poco difícil llenarle la planilla del pasaporte, o contestarles a las ex compañeras de colegio cuando pregunten de qué color es mi hijo. Pero eso es lo que hay. Lo juro. Mi hijo es color arcoiris.    

Indira Páez



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18.9.2006 GMT

Poesia/ silhs Argentina

 SOMBRA
    
      
Esa arpía  
   que amanece
       conmigo
   apoyada en
      mis pasos
   que come
      de mi boca
   y tuerce
      perspectivas
   no cesa
      de inferirme
         su verdad
      cuando
         la observo
      encorvarse
   despacito
      sobre
            paredes
            blancas
         con su
       mueca 
   chinesca
      hacia el 
          último
            acto
         previo
              a su
                de
                  sin
               te
            gra
          c
         i
         ó
             n.

© Silsh

(Silvia Spinazzola)

Argentina




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18.9.2006 GMT

Rompimiento del glaciar el calafate/ Fotos

ROMPIMIUENTOS DEL GLACIAR.....

La descarga del tiempo en el mar infinito....



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18.9.2006 GMT

El mundo no existe /ARTICULO

EL MUNDO NO EXISTE PARTE I

Por Jacobo Grinberg



"La realidad es solamente una ilusión,

aunque una muy persistente."



Albert Einstein



Uno de los más grandes misterios a los que actualmente se enfrenta la ciencia es la manera en la cual el cerebro participa en la percepción del mundo visual.



Se sabe que para que aparezca una imagen visual en nuestro campo de percatación consciente, se activan miles de millones de procesos cerebrales que se inician con la puesta en marcha de los receptores retinianos localizados en la parte posterior de nuestros ojos y que terminan en la activación de millones de neuronas en la corteza cerebral.



El primer misterio que no ha podido ser resuelto se refiere a la diferencia cualitativa existente entre los procesos cerebrales

y el carácter luminoso de cualquier imagen.



Nada y en ningún nivel de la actividad cerebral existe la cualidad luz

y quien estudia la actividad cerebral no podría suponer la experiencia cualitativa de la luz si él mismo no la experimentara.



Al mismo tiempo, la destrucción de la corteza visual conlleva a la desaparición de toda posibilidad de experimentarla.



Por otro lado, la luz como tal, tampoco existe en los campos electromagnéticos que emanan de o se reflejan de objetos.



Por ello, no existe forma alguna para explicar el carácter cualitativo de la luz ni en el interior del cerebro ni en los campos energéticos que lo impactan.



Lo único que se puede afirmar con seguridad es que la cualidad luminosa es una creación que aparece cuando un cerebro interactúa con campos energéticos de cierta frecuencia.



Desde un punto de vista puramente psicofisiológico, lo anterior implica que la percepción visual es un proceso activo de creación de una cualidad.



Por otro lado, nosotros, los creadores de imágenes no tenemos acceso a su proceso de creación sino únicamente a su resultante final;la imagen visual.



Estamos, como observadores, situados al final de un proceso activo de creación y como resultado de nuestra falla de percatación de este proceso, lo suponemos inexistente.



En otras palabras, tenemos la sensación de que existe un mundo visual

"allí afuera" al que observamos en forma pasiva.



Ese mundo visual posee texturas colores formas y nosotros "únicamente" las vemos sin participar activamente en tal percepción.



No hay espacio suficiente como para explicar el funcionamiento fisiológico cerebral asociado con la percepción visual y aunque lo hubiese, lo que se conoce del proceso es mínimo.



Sin embargo, es necesario reflexionar acerca de la percepción de los objetos.



En este sentido, nuestro sistema activa la percepción de objetos concretos a partir de procesos que no poseen la solidez que paradójicamente resulta de los mismos.



Cada milésima de segundo cambia la configuración de patrones que se activan en nuestro cerebro.



Existen técnicas modernas de registro de la actividad cerebral, que permiten observar campos eléctricos complejos en la corteza que cambian de instante en instante.



Con procedimientos complejos de análisis matemáticos, se ha visto que existen patrones coherentes de estos cambios que poseen duraciones mayores;de decenas y hasta centenas de milisegundos.



En otras palabras, a pesar de que la realidad cerebral está en continuo cambio, existen patrones relativamente estables que poseen una estructura.



Existen investigadores que hablan de la existencia de "microestados" de actividad cerebral asociados con pensamientos que no son otra cosa más que el reflejo de estos patrones de coherencia.



Si reflexionamos acerca de nuestra experiencia subjetiva, podemos constatar que existe una especie de "ruido mental" de fondo que parece estar en un estado de ebullición constante y que, de pronto,

como surgiendo de ese ruido de fondo, aparecen pensamientos, ideas, juicios o emociones que se mantienen un cierto tiempo para después desaparecer.



Sin querer afirmarlo con seguridad, es posible pensar que el ruido mental de fondo está asociado con esos campos corticales complejos en constante cambio y que un pensamiento pudiera ser la percatación de un patrón de coherencia con cierta estructura y duración que lo hacen sobresalir del ruido de fondo del sistema.



Si ahora reflexionamos acerca de la percepción de objetos visuales, podemos postular que estos también se asocian con procesos cerebrales

que poseen cierta coherencia y duración.



La roca o la silla que aparecen ante nosotros como objetos sólidos,

estables y concretos, a nivel cerebral son procesos complejos,

cambiantes y sutiles pero con cierta estructura, coherencia o persistencia que hacen que sobresalgan del ruido de fondo del sistema

y aparezcan en el campo de percatación como objetos.



Se repite, para la percepción visual, un similar proceso que para los pensamientos o las ideas pero activando una imagen con un grado de solidez mayor.



Puesto que para los procesos cerebrales que dan como resultado la percepción de objetos tampoco poseemos acceso, concluimos que existe "allí afuera" un objeto sólido y que nosotros simplemente lo percibimos en forma pasiva.



En realidad, tanto para el objeto como para el pensamiento, únicamente nos percatamos de la resultante final de un proceso que está vedado para la conciencia.



Por ello, interpretamos la realidad visual en la forma en la que lo hacemos;es decir, constituida por objetos sólidos separados unos de los otros y de uno mismo.



Pero existe un nivel de estructura aún mayor que el relacionado con la existencia de objetos visuales concretos y éste se relaciona con patrones de coherencia cerebrales de duraciones también mayores que las de los patrones interpretados como objeto.



Me refiero a la sensación de la existencia de un yo.



Si se realiza un análisis matemático de la actividad cerebral que promedie los cambios de la misma durante varias decenas de segundos, lo que se obtiene es un patrón invariante;es decir, una estructura que se mantiene estable día tras día.



Es posible pensar que estos patrones cerebrales invariantes son percibidos como objetos yoicos por llamarlos de alguna manera.



Estos yoes son interpretados en forma similar al de los objetos visuales concretos, es decir, como con una existencia separada y sólida cuando en realidad resultan de un proceso.



Es posible utilizar una tecnología cognitiva que permita vislumbrar el carácter de la realidad visual y de la realidad yoica como lo que verdaderamente son: procesos y no objetos.



Este tecnología se ha conocido desde hace milenios y se le denomina "meditación"



En la meditación, lo que estaba vedado para la percatación consciente deja de estarlo y el sujeto de la experiencia se percata de que la relidad no está basada en objetos y yoes concretos y separados unos de los otros sino en procesos fluidos y cambiantes en donde todo se encuentra ligado.



En conclusión, lo que percibimos de la realidad es la resultante final

de un proceso complejo al cual normalmente no tenemos acceso.



Por esta falta de percatación concluimos que existe una realidad externa, separada de nosotros y constituida por objetos sólidos y concretos.



En realidad, confundimos procesos por objetos incluyendo a nuestra experiencia yoica.



Técnicas como la meditación, pueden abrir el campo de percatación y en ese apertura cambia la percepción.



No sabemos cómo se origina la cualidad de las imágenes visuales pero empezamos a entender la existencia de patrones coherentes de actividad cerebral posiblemente asociados con los objetos de la percatación.



Posiblemente, la cualidad luminosa sea parte de una cualidad básica o fundamental que se encuentra en todo y que no puede ser reducida a ningún campo energético.



Si lo anterior es cierto, al percibir una cualidad estamos percibiendo una porción de la naturaleza básica que se encuentra en el fundamento de todo lo conocido.



Quizá por ello, una de las técnicas de meditación más profundas, el Dzogchen tibetano, afirma que existe una naturaleza original y que ésta se puede hallar en toda experiencia.



Una cualidad específica, como la luz, es vista (desde el Dzogchen) como un adorno de esta naturaleza esencial.





EL MUNDO NO EXISTE PARTE II





El neurólogo Karl Príbram, de la Universidad de Stanford, y el físico David Bohm, de la Universidad de Londres, han adelantado teorías que parecen dar cuenta de toda experiencia trascendental, de los acontecimientos paranormales e incluso de las rarezas perceptivas «normales».



La teoría, resumida, viene a decir esto:



Nuestros cerebros construyen matemáticamente la realidad «concreta» al interpretar frecuencias de otra dimensión, una esfera de realidad primaria significativa, pautada,que trasciende el espacio y el tiempo.



El cerebro es un holograma que interpreta un universo holográfico.



Los fenómenos alterados de la conciencia (que reflejan estados modificados del cerebro) pueden deberse a una armonización literal con la matriz invisible que genera la realidad «concreta».



Esto tal vez permita la interacción con la realidad a un nivel primario, dando así cuenta de la precognición, de la psicokinesis, de la distorsión temporal, del aprendizaje rápido... y la experiencia de la «unidad con el universo», la convicción de que la realidad ordinaria es una ilusión,

las descripciones de un vacío paradójicamente lleno, como en el dicho taoísta:



«Lo real es vacío y lo vacío es real».



Las personas interesadas en la conciencia humana han estado hablando durante varios años del «paradigma emergente», una teoría integral que recogería toda la maravillosa vida salvaje de la ciencia y del espíritu.



He aquí, al fin, una teoría que casa la biología con la física en un sistema abierto:

el paradigma paradójico y sin fronteras que nuestra ciencia esquizofrénica ha estado pidiendo a gritos.



En el libro You and Your Brain, publicado en 1963, Judith Groch observó que los acontecimientos paranormales podían ignorarse precisamente porque no convenían al marco de nuestro conocimiento.



Einstein, incapaz de reconciliar las inconsecuencias de la física de Newton, «abrió una puerta teórica a través de la cual los científicos se lanzaron en persecución de un conocimiento situado al otro lado».



Groch dio a entender que el cerebro se hallaba a la espera de su Einstein.



Es apropiado decir que este paradigma radical, satisfactorio, ha surgido de Pribram, neurocirujano e investigador del cerebro, amigo del maestro de zen occidental Alan Watts... y de Bohm, físico teórico, amigo íntimo de Krishnamurti y antiguo colaborador de Einstein.



¿Qué es la holografía?



La holografía es un método de fotografía sin lente en donde el campo de onda de luz esparcido por un objeto se recoge en una placa como patrón de interferencia.



Cuando el registro fotográfico -el holograma- se coloca en un haz de luz coherente como el láser se regenera el patrón de onda original.



Aparece entonces una imagen tridimensional.



Como no hay ninguna lente de enfoque, la placa aparece como un patrón absurdo de remolinos.



Cualquier trozo del holograma reconstruirá toda la imagen.



El físico David Bohm dice que el holograma es el punto de partida de una nueva descripción de la realidad: el orden plegado.



La realidad clásica se ha centrado en manifestaciones secundarias

-el aspecto desplegado de las cosas-, y no en su fuente.



Estas apariencias se abstraen de un flujo intangible, invisible, que no se compone de partes.



Se trata de una interconexión inseparable.



Bohm dice que la ciencia que pretende separar el mundo en sus partes no puede descubrir las leyes físicas primarias.



Existen implicaciones interesantes en un paradigma que dice que el cerebro utiliza un proceso holográfico para hacer abstracciones de un dominio holográfico.



Los parapsicólogos han buscado en vano la energía que puede transmitir la telepatía, la psicokinesis, la curación, etcétera.



Si estos sucesos provienen de frecuencias que trascienden el espacio y el tiempo, no tienen por que ser transmitidos.



Son potencialmente simultáneos y están en cualquier parte.



Los cambios efectuados en los campos magnéticos, electromagnéticos o gravitacionales y los efectuados en los patrones eléctricos del cerebro

no serían sino manifestaciones superficiales de factores subyacentes aparentemente inconmensurables.



J. B. Rhine, pionero de la parapsicología moderna, no creía que pudiera encontrarse una energía.



El psicologo Lawrence LeShan, autor de Alternative Reality, cree que la energía es un concepto menos útil en la curacion psiquica que cierta fusión de identidad, tal vez una resonancia.



¿Es la realidad producto de una matriz invisible?



«Creo que nos hallamos en medio de un cambio de paradigma que abarca toda la ciencia», dijo Karl Pribram en una conferencia reciente de Houston, New Dimensions in Health Care.



En ella expuso una poderosa teoría polifacética que podría dar cuenta de la realidad sensorial como ury «caso especial» construido por las matemáticas del cerebro, pero sacado de un dominio situado más allá del tiempo y del espacio y donde sólo existen frecuencias.



La teoría podría dar cuenta de todos los fenómenos

que parecen contravenir la «ley» científica existente

al demostrar que tales restricciones

son producto de nuestros constructos perceptuales.



La física teórica ha demostrado ya que los acontecimientos no pueden describirse en términos mecánicos a niveles subatómicos.



Pribram, famoso investigador del cerebro, ha reunido durante una década pruebas de que la «estructura profunda» del cerebro es esencialmente holográfica, de modo análogo al proceso fotográfico sin lente por el que Dennis Gabor recibió el premio Nóbel.



La teoría de Pribram ha recibido más y más apoyos y nadie la ha contestado en serio.



Un cuerpo impresionante de investigación efectuada en muchos laboratorios ha demostrado que las estructuras del cerebro ven, oyen, gustan, huelen y sienten mediante un sofisticado análisis matemático de las frecuencias temporales y/o espaciales.



Una de las propiedades misteriosas del holograma y del cerebro estriba en la distribución de información a través del sistema, con cada fragmento codificado para producir la información del todo.



Aunque el modelo holográfico ha tenido respuestas fructíferas, ha suscitado una cuestión que obsesiona a Pribram.



¿Quién miraba el holograma?



¿Quién era el «pequeño hombre dentro del pequeño hombre», lo que Arthur Koestler llamaba «el fantasma dentro de la máquina»?



Tras sufrir angustiosamente con este problema durante cierto tiempo, Pribram decidió, según sus propias palabras, que si la cuestión había fastidiado a todo el mundo desde Aristóteles hasta hoy, ello se debía,

tal vez, a que la cuestión era falsa.



«Así que me pregunté:



¿Y si el mundo real no está hecho después de todo con objetos?



¿Y si es un holograma?"»



La conversación de Pribram con su hijo, un físico, lo llevó a las teorías recientes de David Bohm.



Se emocionó al descubrir que Bohm especulaba con que la índole del universo podría parecerse más a un holograma, un campo de frecuencias y potencialidades subyacente a la ilusión de concreción.



Bohm señalaba que, desde Galileo, la ciencia había objetivado la naturaleza al contemplarla a través de lentes.



Pribram se sobrecogió ante el pensamiento de que las matemáticas del cerebro pudieran ser «una forma más cruda de lente.



Tal vez la realidad no sea lo que vemos con nuestros ojos.



Si no tuviésemos esa lente es posible que conociésemos un mundo organizado en el campo de frecuencia.



Ni espacio ni tiempo, sino únicamente acontecimientos.



¿Puede "leerse" esa realidad en ese campo?».



La experiencia trascendental sugería que hay acceso al dominio de la frecuencia, la realidad primaria.



«¿Y si existe una matriz que no objetiva a menos que le hagamos algo?»



Cabe que las propias representaciones del cerebro, su abstracción,

sean idénticas a un estado del universo.



Pribram apuntaba las extraordinarias intuiciones de los místicos y de los antiguos filósofos durante siglos, anteriores a la verificación científica.



Un ejemplo lo constituye la descripción de la glándula pineal como «tercer ojo».



Últimamente se descubrió que la glándula pineal podría ser una especie de superglándula maestra, puesto que su secreción de melatonina regula las actividades de la pituitaria, considerada desde hace tiempo la glándula maestra del cerebro.



El filósofo del siglo XVIII Leibniz describió un sistema de «mónadas»

que coincidía sorprendentemente con el nuevo paradigma, apuntaba Pribram.



Su descubrimiento del cálculo integral le permitió a Gabor inventar el holograma doscientos años más tarde.



«¿Cómo surgieron estas ideas durante milenios antes de que dispusiéramos de las matemáticas para comprenderlas? -se preguntó Pribram-.



Tal vez porque en el estado holográfico, en el dominio de la frecuencia,

hace 4.000 años sea mañana.»



La filosofía oriental llegó en el pasado al pensamiento occidental.



Cada cierto tiempo tenemos estas intuiciones que nos remontan al infinito -dijo a su audiencia-.



El que esta vez se mantenga o que le demos una vez más un rodeo es algo que depende de nosotros.



El espíritu del infinito podría devenir parte de nuestra cultura y no "algo excesivo".



La investigación y la teoría de Karl Pribram abarcan todo el espectro de la conciencia humana:



el aprendizaje y los trastornos de aprendizaje,

la imaginación,

el significado,

la percepción,

la intención,

las paradojas de la función del cerebro.





EL MUNDO NO EXISTE PARTE III





Las manifestaciones de la vida provienen de un único manantial de causalidad que incluye cada átomo del universo.



De las partículas subatómicas a las galaxias gigantes, todo es al mismo tiempo parte infinitesimal y totalidad del todo.



Para decirlo en palabras simples:

no existe.



Esta concepción es el elemento base de las filosofías orientales, donde en sustancia el mundo material es una ilusión, en donde por ejemplo los procesos de curación de las enfermedades dependen de cada uno de nosotros mismos, y las mismas curaciones milagrosas podrían ser en realidad debidas a un cambio de estado de conciencia que provoca cambios en el holograma corpóreo.



En 1982, Alain Aspect (físico de la universidad de París) y su equipo

descubren que sometiendo a determinadas condiciones a las partículas subatómicas como a los electrones, ellas son capaces de comunicarse instantáneamente unas con otras independientemente de la distancia que las separa, sea 10 metros o 10 mil millones de kilómetros.



Es como si cada partícula individual supiera exactamente qué cosa están haciendo todas las demás.



Este fenómeno puede ser sólo explicado de dos modos:

o la teoría de Einstein que excluye la posibilidad de comunicaciones más veloces a la luz, estaría errada, o bien las partículas subatómicas son conectadas no-localmente.



La hipótesis más acreditada es la segunda.



Bohm, sostiene que eso es debido al hecho de que la separación es una ilusión, y que en realidad cada cosa estaría conectada a otra existente ya que conforman parte de un mismo organismo.



El paradigma holográfico, el más esmerado modelo de la realidad hasta ahora alcanzado por la ciencia, ha entusiasmado a los científicos - que, sin saberlo, y eso aumenta el valor del descubrimiento, - han confirmado todo lo que la doctrina esotérica desde siempre ha afirmado.



David Bohm, con quien Krishnamurti tuvo muchas conversaciones y ya fallecido, opinó que los descubrimientos de Aspect implican que la realidad objetiva no existe.



A pesar de su aparente solidez, el universo es en realidad un fantasma,

un holograma gigantesco y espléndidamente detallado.



El ya mencionado holograma es una fotografía tridimensional

producida con la ayuda de un láser.



Es difícil de imaginar a menos de que veamos una demostración.



Para crear un holograma, el objeto a fotografiar es primero sumergido en la luz de un rayo láser, luego a un segundo rayo láser se lo hace rebotar sobre la luz refleja del primero y el esquema resultante de la zona de interferencia donde los dos rayos se encuentran es impreso sobre la película fotográfica.



Cuando la película es revelada resulta visible solo un enredo de líneas claras y oscuras, pero, al iluminar con otro rayo láser aparece el sujeto original.



La tridimensionalidad de las imágenes no es la única característica interesante de los hologramas.



En efecto, si el holograma de una rosa es cortado a medias y luego iluminado por un láser, se descubrirá que cada mitad todavía contiene la imagen entera de la rosa.



Si seguimos dividiendo las dos mitades, veremos que cada minúsculo fragmento de película siempre contendrá una versión más pequeña,

pero intacta, de la misma imagen.



De otra manera, como las fotografías normales, cada parte de un holograma contiene todas las informaciones poseídas por el holograma íntegro.



Esta característica de los hologramas nos provee una manera totalmente nueva de comprender los conceptos de organización y orden.



En casi todo su transcurso la ciencia occidental ha actuado bajo el prejuicio de que el modo mejor de entender un fenómeno físico, se trate de una rana o de un átomo, fue seccionando y estudiando cada parte.



Los hologramas nos enseñan que algunos fenómenos pueden exceder a este tipo de aproximación.



La intuición le sugirió a Bohm una dirección diferente para así poder comprender el descubrimiento del doctor Aspect.



Se convenció de que el motivo por el cual las partículas subatómicas quedan en contacto, independientemente de la distancia que las separa,

reside en el hecho de que su separación es una ilusión.



En un cierto nivel de realidad más profunda, tales partículas no son individuales sino extensiones de un mismo organismo fundamental.



Para explicar su teoría, Bohm utilizó este ejemplo:

Imaginen un acuario conteniendo a un pez.



También imaginen que el acuario no es directamente visible, que sólo se lo ve por dos telecámaras, una situada frontalmente y la otra lateralmente, con respecto al acuario.



Mientras miramos los dos monitores televisivos podemos pensar que los peces visibles sobre los dos monitores son dos entidades separadas,

la posición diferente de las telecámaras nos dará en efecto dos imágenes levemente diferentes.



Pero, siguiendo con la observación de los dos peces, al final nos percataremos de que hay cierta unión entre ellos:

cuando uno se vuelve, también el otro se volverá, cuando uno mira frente a si, el otro mirará lateralmente.



Si las partículas subatómicas nos aparecen separadas es porque somos capaces de sólo ver una porción de su realidad, ellas no son partes separadas, sino tallas de una unidad más profunda y básica, que resulta por fin igualmente holográfica e indivisible como nuestra rosa.



Y ya que cada cosa en la realidad física es constituida por estas imágenes, se comprueba que el universo mismo es una proyección, un holograma.



Si la separación entre las partículas subatómicas es solo aparente, eso significa que, a un nivel más profundo, todas las cosas son conectadas infinitamente.



Los electrones de un átomo de carbono del cerebro humano están conectadas a las partículas subatómicas que se encuentran en cada salmón que nada, cada corazón que late y en cada estrella que brilla en el cielo.



Cada subdivisión necesariamente resulta artificial y toda la naturaleza no es otra cosa que una inmensa red interminable.



En un universo holográfico hasta el tiempo y el espacio no serían más que principios fundamentales, ya que conceptos como la localidad (ubicación) son quebrantados en un universo donde nada está realmente separado del resto:

también el tiempo y el espacio tridimensionales como así también las imágenes del pez sobre los monitores de tv, debería ser interpretados

como simples proyecciones de un sistema mucho más complejo.



A un nivel más profundo, la realidad no es otra que un superholograma, donde el pasado, el presente y el futuro coexisten simultáneamente.



Esto implica que, teniendo los instrumentos apropiados, un día podríamos entrar en aquel nivel de la realidad y recoger las escenas de nuestro pasado por largo tiempo olvidado.



Qué otra cosa podría contener el super-holograma queda como una pregunta sin respuesta.



Hipotéticamente, admitiendo que ello exista, debería de contener cada individual partícula subatómica que sea, que haya sido y que será,

además de cada posible configuración de materia y energía:

desde copos de nieve a estrellas, de ballenas grises a los rayos gama.



Deberíamos imaginarlo como un tipo de almacén cósmico de Todo lo que Existe.



Si es verdad que el universo está organizado según principios holográficos, cada partícula existente contendría en sí misma la imagen entera.



Trabajando en el campo de investigación sobre las funciones cerebrales, también el neurofisiólogo Karl Pribram, de la universidad de Stanford, se ha convencido de la naturaleza holográfica de la realidad.



Numerosos estudios en los años '20, demostraron que los recuerdos permanecen en determinadas zonas del cerebro;nadie logró explicar cuál es el mecanismo que permite al cerebro conservar los recuerdos,

hasta que Pribram aplicó a este campo los conceptos de la holografia.



El Pribram cree que los recuerdos no son almacenados en las neuronas, o en pequeños grupos de neuronas, sino en los esquemas de los impulsos nerviosos que se entrecruzan por todo el cerebro.



Por lo tanto, el cerebro mismo funciona como un holograma.



La teoría de Pribram también explica de qué manera este órgano logra contener una tan amplia cantidad de recuerdos, en un espacio tan limitado.



Ha sido calculado que el cerebro de nuestra especie tiene la capacidad de almacenar cerca de 10 mil millones de informaciones, durante el transcurso de la vida media, más o menos el equivalente a cinco ediciones de la enciclopedia Trecani.



Se ha descubierto que también los hologramas poseen una sorprendente capacidad de memorización:

en efecto, sencillamente cambiando el ángulo de los dos rayos láser

que golpean una película fotográfica, se puede acumular mil millones de informaciones en un centímetro cúbico de espacio...



Y también correlacionar ideas y decodificar frecuencias de distinto tipo.



Nuestra asombrosa capacidad de recobrar velozmente cualquier información del enorme almacén de nuestro cerebro resulta explicable más fácilmente, si se supone que ello funciona según principios holográficos.



No es necesario hojear el gigantesco archivo alfabético cerebral, ya que cada fragmento de información semeja siempre estar instantáneamente correlacionado al todo.



Y esta es otra particularidad típica de los hologramas.



Se trata quizás del más elevado ejemplo en la naturaleza, de un sistema de correlación cruzada.



Otra característica del cerebro, explicable con base en la hipótesis de Pribram, es su habilidad en traducir el alud de frecuencias luminosas,

sonoras, etc, que recibe por los sentidos, en el mundo concreto de nuestras percepciones.



Codificar y decodificar frecuencias es exactamente lo que un holograma sabe hacer mejor.



Tal como un holograma suple, por así decir, a un instrumento de traducción, capaz de convertir un montón de frecuencias faltas de sentido en una imagen coherente, así el cerebro usa los principios holográficos

para matemáticamente convertir las frecuencias recibidas

en percepciones interiores.



Hay una impresionante cantidad de datos científicos que confirman la teoría de Pribram, compartida por muchos otros neurofisiólogos.



El investigador italo-argentino Zucarelli ha aplicado el modelo holográfico a los fenómenos acústicos, despertando la curiosidad

por el hecho que los humanos podrían localizar el manantial de un sonido sin girar la cabeza, habilidad que conservan los sordos de una oreja.



Ha resultado que cada uno de nuestros sentidos es sensible a una variedad de frecuencias mucho más amplias que lo supuesto.



Si el mundo concreto no es otro que una realidad secundaria, y lo que existe no es otra cosa que un torbellino holográfico de frecuencias y,

si el cerebro sólo es un holograma que selecciona algunas de estas frecuencias, transformándolas en percepciones sensoriales, ¿que cosa seria la realidad objetiva?



En otras palabras:

no existe.



Nosotros mismos creemos ser entidades físicas que se mueven en un mundo físico;pero todo ésto es parte del campo de la pura ilusión.



En realidad somos un tipo de receptores que flotan en un caleidoscópico mar de frecuencias y lo que extraemos de ello lo transformamos mágicamente en realidad física:

uno de los mil millones de mundos que existen en el super-holograma.



Este impresionante nuevo concepto de la realidad ha sido bautizado paradigma holográfico y aunque muchos científicos lo hayan acogido con escepticismo, ha entusiasmado a muchos otros.



Un pequeño pero creciente grupo de investigadores está convencido de que se han liberado del modelo de realidad hasta ahora alcanzado por la ciencia, dónde los así llamados estados alterados de conciencia podrían ser sencillamente el paso a un nivel holográfico más elevado.



También la medicina y todo lo que conocemos sobre el proceso de curación, serían transformados por el paradigma holográfico.



En efecto, si la aparente estructura física del cuerpo no es otra cosa que una proyección holográfica de la conciencia, resulta claro que cada uno de nosotros es mucho más responsable de la misma salud de lo que reconozcan los actuales conocimientos en el campo de la medicina.



Las que nosotros consideramos ahora curaciones milagrosas podrían ser en realidad debidas a un cambio del estado de conciencia que provoca cambios en el holograma corpóreo.



Del mismo modo, podría darse que algunas controvertidas técnicas de curación alternativa como la visualización resulten eficaces, porque en el dominio holográfico del pensamiento las imágenes son reales.



Quizás estemos todos de acuerdo que, exista o no exista, lo que consideramos realidad consensual ha sido formulada y ratificada a un nivel de conciencia humana en el que todas las mentes están ilimitadamente unidas entre sí.



La más profunda e importante de las consecuencias conexas al paradigma holográfico implicaría que los milagros no son más habituales por el mero hecho de no haber programado nuestras mentes con las convicciones adecuadas para que se produzcan.



En un universo holográfico no hay límites a los cambios que podemos aportar a la sustancia de la realidad, porque lo que percibimos como realidad es solamente una tela en blanco en espera a que se la pinte con cualquier imagen que querramos.



Todo es posible, desde el doblar cucharas con el poder de la mente,

a los fantasmagóricos acontecimientos vividos por Carlos Castaneda durante sus encuentros con Don Juan, el chamán Yaqui descrito en sus libros.



Todo esto no será, ni más ni menos milagroso que la capacidad que tenemos de plasmar la realidad a nuestro agrado durante los sueños.





Graciela E. Prepelitchi
No tratéis de guiar al que pretende elegir por sí su propio camino.
Shakespeare





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