Copia ejemplar revista edición papel julio 07/Pintor Juna Vicente Fabbiani
JUAN VICENTE FABBIANI
Mangos
1983 | óleo sobre tela | 38 x 46 cms.
Rumor y Gritos
Garrafa Inclinada con Dos Frutas (Martinicas)
1948 | óleo sobre tela | 60 x 76 cms.
Haikus
Por Gloria E.Benìtez
Argentina
En la penumbra
del viejo monasterio
todo murmullo.
..............................................
Entre la niebla
chimeneas de invierno
tras el cristal.
..............................................
No ha visto el hombre
afortunadamente
bosque salvaje.
....................................................
¡ Un gran escape
remolinos de plumas
y ojos de gato !
...............................................
Se han escapado
flores en multitud
de la paleta.
JUAN VICENTE FABBIANI
Cocos y Zapotes
1947 | óleo sobre tela | 60 x 76 cms
Poesía
Por Mirta L Urdiroz
Argentina
De nuestro pasado
De nuestro pasado retiro
las miles de horas hechizadas
a tu lado
las jóvenes risas jugadas
en nuestro escondite secreto
También
las níveas miradas
de nuestros cuerpos desnudos
y los besos que en ellos
se detuvieron
Y sólo dejo
un recuerdo
un mañana
Cuándo dejaste de amarme?
Cuándo dejaste de amarme
¿Fue en el tiempo aquel
en el cual yo
ya no te amaba?
ó ahora
cuando tu estar
es vacío
de cada instante
Mirta L. Urdiroz
Mi secreto Os contaré un secreto... no consigo entender lo que las líneas cuentan justo detrás de lo que escribo. Soy lo contrario de lo que pretenden, un confuso lector desubicado, lamido por la sed de la incultura. He llegado a pensar que soy testigo de alguna posesión inexplicable, que soy oscuridad y solo me sostiene la luz desorientada de mi flexo. Todo lo que mis manos no sujetan lo sujetan mis manos. ¡Cómo puedo explicar lo que no entiendo! La vida está desnuda de razones cuando visto las horas de palabras, todo lo que me queda se traduce a un idioma transparente, como el aire del beso que lanzamos al aire. Os contaré un secreto ahora que no soy completamente dueño de mi mismo; la poesía desprecia lo que soy, se despoja de mí cuando la pienso y me obliga a existir mientras escribo. Luis Oroz. Enviado portal www.Poesía pura.com
El poeta mira el mar
Por Salvador Pliego
Mexico
Buzo ciego, el mar te mira.
Estela incandescente de vetas, nutrias y moluscos.
Puerto abierto en que la noche sucumbió
y la mano perforó aquel pozo negro
en que la joya brotó como su aliento.
Alguien que vino, en el mar picado, en la ola brava,
en la orilla de serpientes corredizas,
se acercó y dijo: “!Yo soy poeta!.
!Buzo ciego, el mar te mira!”.
Y el mar miróle recostándose en la orilla.
No sé de donde vino o nació ese grito.
Si en plena cordillera, latitud o simple brisa;
Si en las aguas confrontadas
o en la vela rota que nunca perdonó al marino.
“!Yo soy poeta!”
Y salí a gritar mi pedrería.
Salí a las olas a encontrarlas
y a rondar el agua oscurecida.
Era un nudo en la garganta.
Era la palabra de agua, el rincón del soplo,
la ciénega de algas, la planta bronquial de los escualos,
el viento que golpeaba mi cara adormecida.
Ven a mí, torrente de agua,
cristal de Urano,
joya de ave, pulcritud de espacio engrandecido.
“!Yo soy poeta!”
Aquel que sucumbió en tu mar de brillo
y alzó el puño en frenético delirio.
Náufrago ciego, arrodillado y en la arena esculpido.
Copa en mano y salpicando el verso en su bramido.
“!Yo soy poeta!”
Buzo ciego, el mar te mira.
La Criolla
1945 | óleo sobre tela | 51 x 46 cms
Los ojos del sol
Carmen María Camacho adarve.
España
Érase una vez un príncipe llamado Sakaya Macias que viajaba por placer. Y he aquí que llegó a una ciudad en un día de feria.
Al apearse de su caballo oyó a un viejo que voceaba:
-¿Quién quiere, por una jornada de trabajo, ganar cien monedas de oro?
Sakaya se acercó al anciano y le dijo:
-Yo estoy dispuesto a trabajar todo un día por ese salario.
El viejo era un guinarú que frecuentaba los mercados con el único propósito de engañar a algún forastero y llevárselo a su choza para comérselo.
Respondió:
-Pues bien, Sakaya Macias. Deja tu caballo aquí y ven conmigo hasta el pie de aquella alta montaña. Allí encontrarás la faena que has de hacer.
Sakaya siguió, sin pronunciar palabra, al guinarú, que había tomado el camino de la montaña indicado. Así que llegaron a las estribaciones del monte altísimo, el guinarú dijo:
-Sube a la cúspide. Arriba hallarás a tus compañeros ocupados ya en la labor.
-Pero, ¿por dónde puedo escalar la cima? -preguntó Sakaya-. No veo la posibilidad. ¡Si está cortada casi a cuchillo!
-Yo te proporcionaré una montura que te llevará a destino -respondió el viejo guinarú.
Palmoteo éste y al punto apareció una tórtola gigantesca ensillada.
-Monta este corcel -ordenó el viejo.
Sakaya obedeció y el pájaro se elevó hasta la cima de la alta montaña. Una vez allí, depositó a su jinete sobre una enorme roca y desapareció.
Sakaya miró en derredor y vio una choza amarilla. Esta choza era de oro puro.
Se aproximó y con asombro observó a un anciano cuyos ojos eran tan grandes y amarillos como el sol de mediodía.
Y divisó, cuando se dirigía hacia este viejo, a lo lejos y por encima de él, el Universo entero, pues la montaña sobre la cual se encontraba era la más alta de toda la tierra.
Muy cerca de este viejo de "los ojos de sol" vio una gran cantidad de cráneos humanos esparcidos por el suelo.
Preguntó al viejo de quién era la choza de oro y quién había matado a los dueños de aquellos cráneos.
Le preguntó también por qué razón un hombre tan viejo como él se encontraba en un lugar tan espantoso, mayormente cuando, según todas las apariencias, era el único ser que moraba en aquella soledad altísima.
-Sakaya Macias -respondió el anciano- yo soy el guardián de esta choza. Los que aquí habitan son yébem, devoradores de hombres. ¡He aquí que tú estás en poder de ellos y no te escaparás! El padre de ellos te ha encontrado en el mercado y te sedujo con la esperanza de poseer el oro que te ofreció por un jornal. En consecuencia, espera aquí tu fin, porque dentro de un instante caerás en sus manos, donde hallarás la muerte. Te devorarán tan pronto el yébem que te ha encontrado esté de regreso. ¡Y no tardará mucho!
-¿Tú también eres un devorador de hombres? -le preguntó Sakaya.
-¿Yo? -exclamó el anciano-. ¡No! Yo soy un yébem, pero en ningún modo de los devoradores de hombres. Yo pertenezco a otra raza diferente. Me obligan a permanecer aquí en virtud de un sortilegio que me priva del uso de las piernas; a no ser por esto, hace mucho tiempo que habría regresado al lado de los míos. Delante de la choza les sirvo de guardián y me es imposible escapar.
-Muy bien, anciano. ¿Y dónde están en este momento esos ogros propietarios de la choza de oro y dueños de tus piernas?
-Están de caza y volverán al mismo tiempo que su padre, a quien tú ya conoces.
-Entonces, ¿ahora no hay nadie en la vivienda?
-Nadie, a excepción de unos yébem muy jóvenes que se distraen jugando a las conchas.
-Entraré, pues, y me esconderé en algún granero, en espera de la noche para escapar.
-Te suplico que no hagas tal cosa -gritó el viejo-. Tú serías la causa de mi perdición, pues los yébem, a su regreso, me matarían sin compasión al oler carne humana en su casa.
Sakaya, que sabía que el guinarú de los "ojos de sol" no podía nada contra él, porque el sortilegio le impedía el uso de las piernas, entró precipitadamente, sin hacer caso de sus advertencias y súplicas.
Al ver al intruso, los jóvenes yébem, que estaban jugando y se habían quitado las alas para estar más desembarazados, se asustaron y se metieron de un salto en un gran agujero que había en el centro de la guarida. Pero tuvieron tiempo de recoger sus alas.
Tan sólo la hermana, una muchacha muy jovencita, abandonó las suyas en la precipitación de la huida.
Cuando ella se encontró en medio de sus hermanos, éstos le dijeron:
-Pequeña, has dejado tus alas a la discreción del intruso. Anda por ellas, aunque ello te cueste la libertad. Debes intentar recuperarlas, pues jamás se ha dado el caso de que una yébem haya dejado sus alas en poder de un humano.
La joven yébem, a pesar de su espanto, regresó a la choza y, dirigiéndose a Sakaya, le dijo:
-¡Humano, yo te suplico que me devuelvas mis alas!
-Te las devolveré con una condición -respondió el príncipe-. Quiero que me lleves a mi pueblo.
-Te lo prometo -dijo ella.
Entonces Sakaya le devolvió las alas y ella se las puso en lugar adecuado. Hecho esto, el príncipe montó sobre la espalda de la joven yébem y voló tan alto, tan alto, que ya no podía distinguir siquiera la tierra.
Ella lo depositó delante de la puerta del palacio del rey y quiso, inmediatamente, regresar a la choza de la alta cumbre, pero Sakaya la retuvo a la fuerza. Para lograrlo, le quitó las alas y las escondió en los almacenes del rey.
Y acaeció luego, que la tomó por esposa. Desposados, vivieron así algunos años, y la joven yébem dio a luz tres hijos, todos derechos como un huso y lindos como flores.
A pesar de la alegría que ella sentía de ser madre, la yébem tenía el corazón apesadumbrado. Añoraba y sentía nostalgia de la soledad de las altas cumbres.
Una noche, mientras su marido y sus hijos dormían, se transformó en un ratoncillo y, por un diminuto agujero, penetró en el almacén de su suegro el rey. Cogió las alas y se las ajustó en los hombros. Luego, volvió para buscar a sus hijos, los ocultó bajo sus alas y, remontando el vuelo, se dirigió rauda hasta la montaña la más alta de toda la tierra.
El muerto
Texto de: Alfonso Castro
Colombia
C laro que las salidas nocturnas de don Félix traían cavilosos y parloteantes a los peones, mujeres y chicos de La Cristalina porque en medio de esos campos de vida monótona, de pequeños chismorreos y envidias, y tratándose del patrón, cualquier hecho que de los límites de la normalidad saliera, debía dar rienda suelta a la curiosidad y hasta engendrar el encanto de la conseja lugareña con su marco de romanticismo. Pero pretender alguien descifrar el misterio, que ya volaba deformado de labio en labio, era asunto de otro orden.
Don Félix no gastaba intimidades con nadie y mucho menos con sus inferiores. Pareo de palabra, sus órdenes - eran enérgicas y concisas como las de un general en el campo de batalla. Siempre enseriado, mirando intensamente con sus ojos de un gris de acero, el bigote entrecano y erecto y la figura procera, imponía respeto a cuantos se le acercaban. Era uno de esos tipos nacidos para el mando, que muy ocultos mantienen los sentimientos afectuosos y ante quienes nunca se está tranquilo. Sus hazañas de jefe de gue. rrillas en el Tolima, durante la guerra de los tres años, lo habían rodeado de un prestigio de valor y resistencia, superado por muy pocos.
Por la noche, a las diez, después de cerrar la novela de aventuras en que se entretenía pasada la comida, o de conversar con los viejos peones de confianza, o con los mayordomos, sobre cuestiones referentes a ganados y labranzas, daba la orden consabida:
- Cirigüelo, ensíllame el macho.
Y el muchacho, renegrido como un idolillo del Africa y con la dentadura muy blanca, siempre alerta a la voz del amo, corría a la pesebrera a enjaezar el Retinto.
Se conocían y estimaban bien Cirigüelo y el Retinto. Cuando aquél abría la cancilla, alumbrándose con un farol de tela blanca, la bestia, que pastaba tranquilamente, levantaba la cabeza, paraba las orejas con gallardía y daba una especie de resoplido de satisfacción o de cariño.
- Ay estás de zalamero- decía - el muchacho; y después de darle suaves palmadas en el cuello y en el anca, empezaba a ensillarlo con sumo cuidado, sin omitir el menor detalle de seguridad, convencido de que el señor al montar repasaría todo: cinchas, grupa, freno. El señor, como jinete de verdad, prestaba gran atención a lo relacionado con los arneses y la cabalgadura.
El Retinto era un primor en su género. Brioso, de magnífica estampa, de pelo fino y afelpado, rucionegruzco, ágil y manso, daba placer al mirarlo, cuando, bien enfrenado, partía a trote largo e inacabable por esas breñas montañesas.
Contábanse de él episodios admirables en asuntos de resistencia y en habilidades cabrunas. Esquivaba los peligros de pantanos y malos pasos con la prudencia reflexiva y mañosa de los felinos. Jamás dio un traspié y nunca supo el horror de hundirse hasta los pechos en esos tragadales inmensos, donde viera sucumbir a tantos congéneres flojos y plebeyos.
Don Félix le profesaba entrañable afecto, y sobre sus lomos se creía más seguro que sobre el propio suelo. Ni el potro Azabache, ni la yegua Gacela, con ser lo que eran, ni con los garbos y andares de pura raza que sacaban a relucir en cuanto sentían el peso del jinete, valían lo que el Retinto. Al marchar sobre él por caminos y veredas, sentíase más valiente que nunca, con franca confianza en sus empresas y capaz hasta de ostentar las olvidadas donosuras bélicas.
Y lo curioso era que, cuando cabalgaba, a su memoria acudían las acciones de guerra en que había intervenido, llenas de peripecias y arrojo, y la imaginación se le enredaba cálidamente en estrategias y planeamientos de combate, desarrollados en los repechos y rastrojos por donde transitara.
No hay para qué decir que mozas y varones contemplaban con gesto entre admirativo y temeroso,el paso del caballero. Tocado éste con un suaza fino, de alas desplegadas hacia adelante, para favorecer un poco el rostro del resistero; enfundadas las piernas en amplios zamarros de cuero de león y con un puro en un ángulo de la boca, recorría los senderos de la finca en silencio, correspondiendo apenas Ios saludos de los trabajadores, pero escrutándolo todo con la sagacidad de quien sabe administrar su hacienda.
Por cierto que en tales andanzas no era muy grato para un peón, cuando el señor, refrenando el bruto, se le plantaba delante. Seguro estaba de que se le venía encima la reprimenda seca y justa, que alejaba toda réplica.
Ese noche, al recibir Cirigüelo la orden de ensillar, sintió el alma presa de un amago de angustia. A su manera quería a don Félix con un afecto filial, y lo apesadumbraba el pensar que con semejante tiempo pudiera el señor aventurarse por esos caminos. Era una pura temeridad.
El cielo estaba negro y bajo, cargado de electricidad y de amenazas. Un cielo de esos agresivos, pesados, que oprimen el pecho, pues parece que ha de faltar el aire para respirar porque muy próximas a la tierra se sienten las nubes preñadas de tormenta. Rachas de viento frío soplaban repentinamente de las sierras, produciendo un bramido sordo para luégo dejar todo sumido en un silencio espectante. A ratos el flechazo de un relámpago rayaba de fuego las tinieblas, y después el traqueteo del trueno roncaba de monte en cañada. Algunas gotas de lluvia explosivas, fuertes, grandes, azotaban el suelo y las ramas. Parecía como si la naturaleza se contorsionara en los senos de la atmósfera.
- ¿ Qué hubo, Cirigüelo? interrogó don Félix desde el corredor, introduciendo una después de otra las piernas dentro de los zamarros. Hoy estás vuelto una posma.
-Ya está, señor... Pero francamente... Usté me perdona....
Y el pobre muchacho volvíase un lío, acariciando el animal y sin encontrar expresión precisa para dar forma a lo que en el magín se bullía.
- ¡Qué diablos estás diciendo, zopenco! Acába, que tengo prisa... ¿No ves que el agua está encima?
- Precisamente, ese es mi cuento- arguyó Cirigüelo, cogiendo - el macho por la rienda y haciéndose a un lado para que el señor montara. La noche está terrible, y con el aguacero que va a caer - esos caminos se ponen imposibles... Me da miedo que al patrón le pase algo....
- ¡Miedo... miedo!... Ni yo ni el Retinto lo conocemos. No seas bestia. El miedo es para las hembras y los sacristanes... Cabalmente que estas noches así son las buenas para andar. Se siente úno más hombre.
Montó el caballero, enfrenó el macho que resopló jubiloso, con rápido movimiento del brazo derecho doblóse la ruana sobre el hombro, y aplicando las espuelas en los ijares del animal, partió a trote corto, no sin antes advertir al sirviente que estuviera listo, para cuando de madrugada llegase.
Era rítmico y seguro el paso del Retinto por el camino en sombras. Don Félix, como de ordinario, hilvanaba sus sueños bélicos, cruzados de momento en momento por el recuerdo vívido y fresco de los ojos pícaros y la boca sabrosa como fruta reventona y roja de puro madura, de Natalia... ¡Ah! Natalia.
Le había prometido, una sortija con monograma esmaltado en letras azules, y allí la llevaba en un bolsilIo del chaleco, en un pequeño estuche, cuyo bulto palpó para cerciorarse de que no la había olvidado. ¡Qué tal!... Capaz mil veces de devolverse por la prenda, pues por nada del mundo se hubiese privado del gusto de ver la cara festiva de la muchacha al tenerla bajo los ojos... Las mujeres vuelven al hombre un pelele... El, a sus años, peinando canas, tan serio y dueño de sí, y por más de quince días había estado preocupado con el asunto, como de un negocio urgente. Sonrióse con complacida lástima de sí mismo y para descargo murmuró en sus adentros: ¡si es tan querida esa negra!
Por la millonésima vez la vio en el fondo del recuerdo: morena, de un moreno sonrosado y tibio; de pecho levantado; con los dientes muy blancos y sonreídos; con los ojos muy negros y mimosos, de esos que cuando miran parecen humedecerse de lágrimas o abrillantarse de sonrisa; con el cabello de raya perfectamente en el centro, lustroso, puro azabache, oloroso como a musgo o a tierra florecida; con un lunar bandido en el brazo torneado y prieto, junto al hombro, como un goterón de tinta...
Aguijoneado por el deseo, espoleó el macho, queriendo robarle al tiempo las dos leguas que aún le separaban de la hechicera del anillo.
Acentuábase la lluvia. Las tinieblas se apelmasaban por todas partes, Y, trágico, a intervalos, fulguraba el relámpago y detonaba el trueno en las inmensidades de los cielos. El Retinto, alargando el trote por el espolazo, bajaba la pequeña cuesta de La Paja, enmarañada y sombría, aun a pleno sol, como para una leyenda. Muy cerca se oían ya los rugidos del arroyo que la separaba de la pendiente del frente y cuyas orilla,formaban una explanada donde moría La Paja y se empinaba la otra falda tallada en el otero, honda y sinuosa, como una serpiente que ascendiera en busca de la cueva. Por fortuna era también de Poco trecho, y en la cima se hallaba el rancho cuidado y limpio de mano Juan Bedoya, agregado del señor de «La Cristalina».
- Al diablo con la noche, pensó don Félix, sintiendo arreciar el temporal, en tanto que el macho, mañosamente, cruzaba las aguas rebotadas y turbios del arroyo, que empezaban a crecer y a reventar en furias y en espumas. Apenas en un animal como éste y teniendo en perspectiva el cariño de aquella negra, puede úno aventurarse en estos andurriales. Razón tenía Cirigüelo. ¡Pobre muchacho!... Pero, hombre, cualquiera diría que me voy a poner nervioso porque llueve más o menos o porque no se ve ni jota. ¡Como si no fuera lo mismo la noche que el día para eso de romperse úno la crisma!... ¡Arriba, Retinto! gritó con fuerza- no tanto para dar ánimo a su cabalgadura que no lo necesitaba, cuanto para purificarse él mismo de cualquier temor.
Y es que, francamente, el sitio y la hora eran para doblegar un - espíritu menos enhiesto que el de don Félix. Aquello inquietaba como un comienzo de conflagración cósmica. El vendaval desgajaba los bosques de que estaba sembrado el camino a lado y lado. Los torrentes se hinchaban estrepitosos e iban a engrosar el arroyo que cada minuto se tornaba más altanero. De repente, a la luz del rayo, la luz convertíase en una tupida red de oro que aprisionaba todo lo existente. El sér viviente, ante la hosquedad y tragedia de la noche, era un deshecho desamparado, algo minúsculo e infeliz que podía desaparecer sin dejar rastro y sin que nadie ni nada oyera su mísero grito en demanda de auxilio.
Iba el Retinto a subir la falda, cuando de repente se paró en seco, dando un resoplido. Al mismo tiempo empezó a mover las orejas y como a sondear el misterio de la sombra. Temblaba todo. ¿Algo indefinible, presentido, antes que sentido, acechaba o amenazaba? ¿ Un precipicio, un mal paso quizás? No. Eso no produce la sensación única que causa lo que sólo se cuaja en el alma pávida de la noche... El caballero dio un tirón a las riendas y rastrilló la piel del bruto con las espuelas, por dos y tres veces. Nada. Este no se movía; continuaba temblando. Diríase arraigado al suelo por una fuerza excepcional. Don Félix se desesperaba y un ligero escalofrío recorría la epidermis. ¡Demonios! ¿Qué podría ser aquello? Si nunca el Retinto, por ningún motivo, por más peligro que advirtiera, había hecho una jugada semejante. ¡Si era una saeta ante el espolazo! Algo muy grave presentía cuando tan rehacio se mostraba.
La fiera alma de don Félix se encogía ahora, y el cuero cabelludo parecía crecérsele por instantes bajo la copa del sombrero. Una oleada de pavor le martilló la columna vertebral haciéndole estremecer. Sintió las amenazas invisibles de las tinieblas, de donde puede salir la muerte o el horror bajo múltiples formas, que en un segundo, como descarga eléctrica, conmovieron sus nervios por repetidas ocasiones.
Pero no era el hombre para perder la serenidad por mucho tiempo. En casos peores se había visto y con bríos los había afrontado. Por su imaginación, en rápida cinta, pasaron asaltos nocturnos en la guerra, siendo él unas veces agresor y otras ofendido, desnudos los cuerpos de la cintura hacia arriba para poder distinguir los compañeros en la oscuridad, los machetes implacables y afilados, triturando cráneos y miembros de hombres sorprendidos en el sueño, los ayes angustiosos de los que caían, los insultos, soeces de los vencedores, el chapoteo y la viscosidad de la sangre en el suelo, perceptible fastidiosamente en el bailoteo de lucha... Cuadros de espanto aquellos que, después, bajo la luz del sol, aparecían más sanguinarios y horribles dejando decenas de cadáveres mutilados, que pronto empezaban a importunar las moscas, unas moscas negras y verdes... Y él había presenciado tales - escenas sin que ningún músculo de su rostro se contrajera, sin que el ánimo vacilara presa de miedo. ¿Por qué aflojar a las diez y última? Insistió aún con golpes e interjecciones de cólera, pero el animal permanecía firme, petrificado de espanto.
- Esta no es conmigo, pensó el caballero, y rápidamente echó pie a tierra y puso mano en el revólver. No se dirá que me dejo asustar por cualquier carajada... Lo que sea, aquí aparece.
Y sin más, con tiento, dióse a investigar alrededor, palpando la oscuridad, con el brazo izquierdo alargado, en tanto que con la mano derecha empuñaba el arma amartillada sin hacer caso de la lluvia ni de los charcos en que a cada paso &e hundía.
- ¿Quién va?, ¿quién va? - gritó con voz desaforada, por dos o tres veces, dominando los ruidos de la noche, sin obtener respuesta.
Silbaba el aire con alarido desapacible; removíanse las ramas con fuerza; rugían las aguas de las vertientes y del arroyo próximo.
De repente, a la luz de un relámpago, allí recostado al barranco, algo había inquietante, macabro. No era una alucinación de la fantasía; no era un brote de terror. ¡Qué diablos! Había visto claro. Tenía seguridad... Si brillara otra vez para convencerse...
Don Félix vacilaba en acercarse, con el revólver siempre listo para disparar.
De nuevo el relámpago iluminó la tierra, y el trueno, como un cañonazo, conmovió cielo y montes. Don Félix, con los ojos muy abiertos y con el ánimo suspenso, se convenció de la realidad: aquello era un muerto. Sí, un muerto amarrado a una barbacoa, recostado al barranco.
¿Por qué estaba allí?
Sin pérdida de tiempo, y en un impulso súbito de hombre que nada teme, se acercó al cadáver. Lo palpó con la mano, izquierda; tocó la cara fría, dura y mojada, de barba crecida y áspera, que le produjo una impresión desagradable; se enredaron sus dedos en los cabellos desordenados que destilaban agua; le estrujó el pecho con fuerza, temeroso de que respiraba....
Una idea pasó por su mente: este prójimo no me deja pasar el Retinto, y Natalia me espera. Guardó el revólver, tercióse la ruana de ambos lados y, haciendo un esfuerzo, agarró la rústica camilla por el centro y se la echó al hombro. Quería librarse del estorbo, que pesaba como un fardo y chorreaba tanta agua como, las nubes. Por lo demás, no era cristiano, dejarlo a la intemperie con semejante noche. Aún recordaba las obras de misericordia.
A buen paso y con mucho rastrillar de espuelas subió la cuesta hasta que llegó al rancho de mano Bedoya. Oyó ruido de voces adentro, y por las rendijas mal unidas del tabique vio, a la escasa luz de una vela de sebo, varias personas sentadas, fumando. Llamó y le abrieron. Avanzó el caballero con su carga, y ante los circunstantes atónitos, la depositó en media sala.
- Aquí traigo este amigo que no me dejaba pasar el macho- exclamó, enjugándose el rostro.
- Don Félix, por Dios, ese es el difunto José Loaiza- dijo uno de los del corrillo. Murió esta tardecita y lo llevábamos pal pueblo a enterrarlo mañana, pero como nos cogió el temporal, resolvimos dejarlo a la orilla de la quebrada para madrugarnos con él.
- ¡Buena la han hecho! Otra vez que se les ocurra, procuren guardar los difuntos donde no impidan el paso. ¡Le han pegado un susto tan bestial al Retinto!... Allá lo dejé plantado en la quebrada.
Y agregó, dirigéndose a un mozo que estaba acurrucado en un rincón de la sala, en el suelo, con voz que no admitía réplica:
- Vaya usted, Zacarías, tráigamelo de cabestro y cuidado con montarse
JUAN VICENTE FABBIANI
Campesino
1932 | óleo sobre tela | 80 x 65 cms.
Burocracia en 4
Venezuela
Rubén Patrizi
Después de estar en una soberana cola de más de 16 personas, me toca al fin, el turno de conversar con el señor que está detrás de la taquilla.
-Buenos días señor, solo quisiera actualizar la fecha de éste documento, como usted ve, ya están cancelados los impuestos y hechos todos los trámites requeridos por ustedes, acá están las formas, planillas, bauches, que corresponden a.....
-¡Debe traer la PN4 !.
-Cómo?.
-¡Sí. Debe traer la forma PN4!
-¡Pero yo solo quiero...Acá deben tener en sus archiv...
-¡La Dn4!...¡El que sigue!.
Al día siguiente.....(En la taquilla)
-Vine ayer, para actualizar la fecha de éste documento, todo está bien y en orden pero, solo quiero la fech....
-¡Debe traer la forma PG3!
-¡Pero vine ayer y me dijeron sobre la DN4, y acá está, solo quiero actual..
-¡Señor!. ¡Tiene que traer la forma PG3!
Al día siguiente ( De nuevo en la taquilla...)
-Buenas señor, ayer vine a actualizar la fecha del documento y me pidieron la forma PG3, acá están y las solvencias, el derecho de frente, el catastro, le...
-Falta la P11.
-¿Cómo la p11, Pero qué es esto?. ¡Ustedes tienen que tener en sus archivos todo esto, yo hice todos los trámites hace menos de un mes, solo quiero...
-Falta la P11.
Al cuarto día en la taquilla...
-Buenos días señor, para actualizar la fecha de éste documento que he realizado en menos de un mes y me han pedido las formas. DN4, PG3, P11, bueno acá esta todo esto y además he traído una fotocopia de mi culo por si necesitan algo más.....
JUAN VICENTE FABBIANI
Naturaleza M
Guacara
Municipio Guacara: Capital Guacara, con sus dos parroquias urbanas: Guacara, Ciudad Alianza y su parroquia no urbana Yagua capital Yagua.
Situación Geográfica: Situado al Oeste de Carabobo, Longitud 67'.57' 30" y Latitud 10º
En: No Categorizado
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