Revista Literaria Periódico Cultural

14.8.2007

14.8.2007 GMT

Serie Cuento/Venezuela/ El Niño Inquieto/ Agustín Berzares M./

CARLOS OTERO
Paisaje
1905 circa | óleo sobre tela | 42 x 55 cms

El Niño Inquieto

“¡Evancito si es inquieto!”, dice la vecina, colocada en un mirador, porque tiene frente a nuestra casa su negocio de peluquería y puede con soltura, hacer el comentario anterior.

¿Sí!. Es un adolescente inquieto; pero no porque lo vean salir y entrar por la puerta del garaje, sobre todo en horas de la tarde, porque en la mañana suele ir conmigo a trotar en el polideportivo y después seguimos para la finca hasta después el almuerzo.

Evancito es inquieto, porque la mente le camina muy de prisa y no le gusta almacenar problemas, las soluciones las busca sobre la marcha a como de lugar, pero no se estancan las respuestas por difíciles que sean.

Evancito es inquieto, porque no le gusta ver el equipo de computación inoperativo por un repuesto que se puede conseguir, no le importa donde sea, no le importa que Oscar, un ahijado mío, que se aplica en éstos menesteres, no atienda su demanda de ayuda, el busca en un técnico que conoce y que es amigo, una respuesta. Hoy no pudo venir, pero insiste y por fin el señor técnico se presenta con una solución que es viable, posible y queda en espera, hasta que la reparación se concrete.

Evancito es inquieto, porque desea comprar la colección de Age of Empire, pero los Compac, no los consigue. En el negocio de un amigo está un chico que trafica con este tipo de mercancía y él decide abordarlo para que le consiga la colección. Desde ese momento empieza un constante ir y venir hasta obtener una respuesta firme y el negocio se realiza. ¡Ah!. Pero eso no es todo, Evancito recibe su Compac y comienza el período de prueba; al final se queda con aquellos que satisfagan sus demandas, los otros los cambia o sencillamente pide devolución del importe.

Y así y todo, Evancito abre la nevera y ve los niveles de bebidas y charcutería, quesos, etc. Revisa igualmente los renglones de la despensa, entonces comenta. “ Es hora de hacer mercado”. Y desde ese momento, no desperdicia ocasión para que le den una definitiva. “Mañana Hijo”. Le digo. “¿Dijiste mañana?.¡Sí ¡, ¡sí!....”

“¿Dónde vamos primero, a Carnes Carnes?. ¡Mira papá!, ésta es la línea de espaguetis, si pero en el otro supermercado scar, unOscar, aaaazzs

son más económicos y tenemos después que ir para allá”.

“Así es hijo”. “ ¿Oye papá, que te parecen esas hamburguesas de pollo?, ¡Oh! Y el pan de hamburguesas ¡no!, las empanaditas, ¡no!, están muy caras y los Tequeños, ¡si!, pero hay que freírlos y las frituras no son muy aconsejables”.

Y así, llegamos al Supermercado. “!Mira!. ¡Que buena colección de ofertas!, oye acá están los espaguetis, pero no tienen precio, espera” Y agarra un paquete para consultar en la máquina disponible para este fin.... “Es mucho más barato que en Carnes Carnes”. Exclama, como un triunfo a su capacidad de observación. Y así seguimos cotejando precios, seleccionando economías en los productos que nos son necesarios, mirando, comparando, riendo, comentando. De pronto dice” Mamá también es muy cuidadosa, le saca provecho a las comparaciones con economías de pobre” Y se ríe......

Nirgua, Agosto 15 del 2007. Agustín Belzares M.



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14.8.2007 GMT

Cuento Venezuela/ Roque el perro cazador / Rubén Patrizi

Vendida

FRANCISCO NARVÁEZ
La Barloventeña
1930 | bronce, edición 2/8 | 84 x 26 x 23 cms.

Roque el perro cazador

“Roque, Roque, Roque”, gritan los niños. El pequeño can hace carantoñas, mueve la cola y tropieza con sus largas orejas, dando un traspié, muchas risas. “Es todo un payaso”. Comentan alborozados.

Los perros aullaban como el que más. Una carrera, después de salir disparados como catapultados, todo nervios, excitantes, aullantes llenos de vida, como muchachos adolescentes que se preparan para una carrera y con una avidez de sangre digna de su raza. Uno solo empezó el barullo y los demás en un impulso ciego, lo siguieron dando tumbos por el monte como diablos.

El perro pequeño, el más joven, se quedó atrás, ladra si, pero no como los demás, no se deja llevar por el entusiasmo y la algarabía de sus congéneres. Parece que no quiere seguir la corriente de esa jauría de campeones.

Ellos buscaban y conseguían, poseían un olfato muy fino, los venados corrían asustados por entre los arbustos, los báquiros se encuevaban, las lapas se lanzaban al agua y los picures, corrían, saltaban, se ocultaban, pero siempre eran atrapados, y los cachicamos a pesar de enrollarse en esa armadura propia que llevan a cuestas a modo de piel, también caían en el haber de éstos animales inmisericordes.

Pero Roque era indiferente a esos menesteres, a veces dormitaba en la alfombra, otras se subía a los sofás y por último se arrellanaba en la cocina, repantigándose en algún rincón esperando que Gloria la cocinera, le tirara cualquier cosa para saciar su gula.

--Éste perro es malo. Sí señor.—Decía el peón más viejo acostumbrado a cazar y a tener perros de raza.—No quiere cazar como los demás, a veces se adelanta, otras se atrasa y la mayoría de las veces, empieza a latir, pero es para perseguir a matos o cualquier lagartija que se encuentre oculta por allí. Se parece a su padre, que por perseguir a lagartos lo pico un día una mapanare y no se murió. --Miraba a todos los oyentes y aquel que tuviese cara de asombrado, le replicaba continuando. –Sí. Al padre de éste lo pico una culebra cuatro narices la que mentan cuaima, mapanare, tigra, y quien sabe cuantos nombres más que tiene la condenada. Si, le zampó tres veces, yo mismo vide cuando le tiró el primero, él andaba husmeando por entre el matorral y zuas, le lanzó el mordisco, el perro chillo y yo volteé a ver, enseguida me di cuenta de que era una serpiente, y de nuevo, zuas el otro y el otro, la culebra se ensaño con el pobre perro, y el terco, no salía de ese sitio, tuve que correr hacia allí y de un machetazo mate a la culebra, era así de grande.—comenta señalando y escupiendo al mismo tiempo un salivazo impregnado de chimó, y continua contando su historia --El perro quedo un poco hinchado y me lo llevé al rancho, allí estuvo quieto, no se movía, estaba solitario, calladito con un poco de fiebre. El señor Emilio lo trato y el perro se sanó. ¡Ah son duro esos perros! y por allí anda un poco viejón ya, correteando con los otros, pero solo sirve para hacer bulto y ladrar. Pero a éste, se le queda mirando con ojos llenos de sorna, –el perro como sabiendo que están hablando de él, mete su hocico detrás del mecedor y entorna los ojos como haciéndose el loco, quizás pensando que esas palabras no eran para él. –A éste yo lo veo muy mal, muy mal.-- y se aleja riéndose con burla.....

El comportamiento de Roque, deja mucho que desear, por eso las habladurías. Él corre detrás de los lagartos, tuqueques, hormigas y todo animal que se arrastre y se oculte allí mismo. También tiene otra especialidad, y esta, es la perseguir a las gallinas, parece que le gusta la algarabía y escándalo que hacen ellas cuando son correteadas por un animal

Le encanta perseguirlas en cuanto se asoman por allí. Un plumero brincando y saltando, correteando por todo el patio. Y de pronto una voz --¡Sale perro!-- Una piedra o un palo le lanzan y el se va rápido para las piernas de Gloria la cocinera que lo tiene muy mimado, ese es el premio recibido por su infantil actuación.

Un día empezaron a escasear los huevos en el corral de las gallinas, y ahora el cazador de lagartos era vigilado, y pobre de él si era encontrado en esos extraños menesteres, comiéndose los huevos dentro del corral de las gallinas. La última vez que a un perro se le ocurrió tamaño vicio, lo agarraron dentro del corral y atándolo le dieron una soberana tunda, el pobre perro daba lástima, aullaba de dolor por cada correazo que le propinaban, después de tamaño castigo, el perro desistió de comer huevos y cada vez que veía a una gallina, el efecto era desaparecer del sitio para no ser acusado de ni siquiera de mirar mal a la criatura. Y un día el perro desapareció.

El amo miraba al perro sobre los anteojos, él, estaba escondido detrás del sillón, y con una voz muy seria le decía. –Espero que no seas tú el que se coma los huevos, porque te va a ir muy mal, sí, muy mal.

En vez de salir a cazar, Roque se iba con los muchachos a bañarse al río, se zambullían de lo lindo y retozaban en el agua, así pasaban toda una mañana jugando y haciendo travesuras hasta la hora del almuerzo cuando los muchachos iban contando las maravillas de una mañana feliz.

Por las tardes salían a cazar a las iguanas, las conseguían en los palos altos descansando del sol, éstos con sus hondas en la mano iban sigilosos para ver si atrapaban a alguna para la cena. Las iguanas veían a los muchachos llegar y se lanzaban a tierra para escapar de ellos, pero esa idea, era su muerte, allí estaba Roque, porque de un brinco lograba atraparlas, no les daba tiempo de huir.

Al anochecer llegaban los muchachos cargados de iguanas y comentando maravillas del perro, pero los hombres se reían de él, porque no era una cazador de pelo.

En uno de los viajes de los muchachos al monte, un tigre se apareció, era viejo y estaba herido, además de hambriento, pero no dejaba de ser feroz y peligroso, los muchachos se llenaron de pánico, un tigre y ellos sin armas, solo unas hondas, ni siquiera un machete, iban muy confiados y todo pasa de repente. Algunos los más pequeños empezaron a llorar, los más grandes se llenaron de pánico, todos quedaron estáticos sin movimiento. De pronto el perro se apareció, ladraba, aullaba, emitía unos rugidos extraños, que los muchachos quedaron sorprendidos con tamaña actuación, Roque enfrentaba al tigre, parecía un boxeador de esos tipo mosca, de los que se mueven en el ring de un lado para otro lanzando golpes a diestra y siniestra, los muchachos lograron huir y llegar gritando a la casa.

El perro ladraba y ladraba, tenía acorralado al tigre, éste le gruñía le mostraba sus enormes colmillos, rugía como lo que era, un feroz tigre, y el perro se seguía moviéndose de un lado a otro y continuaba ladrando, desafiando al animal, y también le mostraba sus fieros colmillos.

Los hombres llegaron con sus escopetas al sitio indicado por los muchachos y acabaron con el tigre.

Desde ese día dejo de ser el perro zoquete del que todos se burlaban, después de curarse de unos cuantos rasguños hechos por las garras del tigre, el animal muy elogiado se convirtió en un héroe y desde allí en adelante, acompañaría a la peonada a las cacerías mayores.

A la cacería del tigre.



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