EL FARO WEHITTOM
EL FARO WEHITTOM
Autor: © Jesús Alejandro Godoy
“¿...Estás seguro de lo que estás pensando? –me pregunto mentalmente, mientras mi mano se revela a mi cuerpo, y empieza a agitarse furiosamente en el vacío-. Y muy cerca de ahí, muy cerca de mí, el pasillo sé que se entrega a esas luces que parpadean, y esos pasos que van subiendo sigilosamente por las escaleras... uno tras otro”
Miro a través de los cristales de la vieja ventana, fuera se mece una de las hojas de madera golpeada por un violento torrente de ventisca, que lo veo inteligente, como si tratar de arrebatarme de esta habitación lúgubre y desconfiada, que se encuentra toda repleta de humedad, moho, y un extraño polvillo que se desprende de las paredes y se te mete en los ojos y en la nariz haciéndote estornudar, y que de vez en cuando te deja los ojos rojos y vidriosos como un vampiro.
-¿Estás seguro que esta vez es verdad? –murmuro y entrecierro los ojos, antes de atajarme la mano temblorosa con mi otra mano que sostiene mi Gold Leafe recién encendido-.
Mientras hago eso, miro el mar embravecido a través de la ventana. Solamente vislumbro esporádicamente la silueta de alguna ola, cuando la ilumina la luz del faro Wehittom, que se levanta a lo lejos como un testigo irreverente que de algo está sucediendo. De que algo está por suceder.
Miro el cieloraso. Una cucaracha de enorme porte se escabulle por una grieta muy cerca de donde cuelga la araña principal de la habitación; tiene varios plásticos que giran muy lentamente, símil cristales de cuarzo, que se lo vendieron –según sé- a la dueña anterior de la casa. Una de las bombillas se ha quemado recién con un sonido mudo, y la otra titila ferozmente.
“A veces sucede –pienso- pero no me dejo alterar. Tengo cosas más importantes de que preocuparme”
Entra una ventisca que me sorprende tratando de ser algo estoico, pero no lo logro, por que recuerdo todo lo que sucedió en este lugar... las rodillas me tiemblan un poco.
Despejo mi mente y suspiro. Paso mi mano por mi frente y me masajeo la sien derecha por un instante.
Vuelvo a mirar el cieloraso.
Pienso qué aventurero vendedor, vendría a ofrecer luminarias de baja calidad a este sitio tan apartado de toda presencia...
Pienso en la dueña anterior de la casa... ¿Cómo se llamaba?
-¡Ahhh sí! ¡La señora Yolanda Gurubía! –murmuro. Le doy una leve pitada a mi cigarrillo pero no aspiro el humo, por que el quejido de uno de los escalones de madera de me hace volver a la realidad de las cosas una vez más-.
“Está aquí” pienso.
Farfullo algo, y me doy cuenta que estoy más nervioso de lo que calculaba estar.
-La señora Yolanda Gurubía –suspiro-. La seriedad se está volviendo agobiante y un tanto pesada creo, pero es mejor pensar en eso, que en otra cosa.
La marea rompiente me distrae un poco, pero no tanto como para no pensar en la antigua dueña de esta casa de dos plantas.
-y sus “compañeras” –digo quedamente-.
Ésta vez sí aspiro un poco de humo.
La mano me ha empezado a temblar nuevamente, pero no importa tanto como el hecho de que sé que alguien se está acercando; y eso, me asusta ferozmente y me incomoda tanto a la vez, como para mirar intensamente la puerta de la habitación, imaginando que algo extraño ingresará por ahí a arrebatar todo lo que existe aquí…
Inclino un poco la cabeza y me froto la nuca. Tengo miedo.
“Estoy sudando” pienso.
Miro mi brazo. Mi piel se crispa.
-Escalofríos –murmuro.
Otra paso más y otro de los escalones que cruje bajo un peso que no logro dilucidar.
Ahora mi respiración se entrecorta. Me invade la extraña sensación de un llanto melancólico como un vendaval, pero no dejo que me importune.
La imagen de Yolanda Gurubía surca mi mente.
“¿Cómo era ella?” me pregunto.
Trato de recordar.
La luz del faro golpea el cristal de la ventana e ilumina nuevamente mi lugar por un instante... ésta habitación tan ajada por el tiempo y olvidada por todo aquello que se precie de llamarse esperanza.
-Yolanda Gurubía –digo quedamente. Aspiro un poco de humo y pienso en ella.
Era una mujer un tanto mayor cuando se largó de esta casa. Aún conservo una fotografía sepia, de esas que tienen los bordes dentados, en la que alguien la está abrazando por detrás, como si la quisiese estrangular; pero ella, sonríe con sorpresa y sus ojos marrones se abren llenos de vida arrebatando ese momento fugaz.
No siempre usaba el cabello largo. Tenía una sonrisa amable y un lunar bastante grande por arriba del labio, que en vez de destacar su sensualidad la hacía parecer ya una mujer un tanto vieja a los treinta y nueve años; una de esas tías “buenas” a las que uno siempre va a visitar cuando un día domingo no tiene nada que hacer, o cuando necesita un consejo que nadie más de los allegados puede responder.
“Creo que fue por eso que jamás se casó” pienso.
Puede ser que haya sido por eso, o por que según comentaban despectivamente algunos familiares: “Parece que la chica juega para el bando contrario”
No lo sé, y ciertamente no era importante para mí.
Lo único que importaba –por lo menos a mí parecer-, era que Yolanda había sufrido demasiado el hecho de elegir el quedarse al cuidado de una madre postrada y una sobrina abusadora que solamente sabía hacer dos cosas: pedir dinero y parir críos.
Supongo –y estoy muy seguro que no hay que ser muy inteligente para dilucidar esto- que toda esta situación la llevó a sufrir esa maldita enfermedad que la fue secando por dentro como una uva pasa.
Internamente me había dolido su muerte; pero más, me había dolido el hecho de no saber donde habían llevado o depositado su cuerpo. Sinceramente tenía infinitas ganas de verla, aunque fuese por un instante, para despedirme, para agradecerle tanto momentos de compañía. Recuerdo que el día que expiró yo estaba atendiendo otros asuntos en un lugar un tanto alejado de aquí.
Ése recuerdo siempre me acongoja. Suspiro y el semblante se me vence un poco. Lo noto.
“¿Dónde habrán llevado su cuerpo? –me pregunto-. Tal vez al cementerio de la ciudad de Ituzaingó”
-O tal vez al cementerio de Merlo, en la provincia de San Luis. –murmuro exhalando un poco de humo que hace una pirueta extraña delante de mis ojos antes de desaparecer forzosamente-. Ella amaba San Luis –agrego-, tal vez algún día saldré a buscarla –digo. Tal vez un día...
Un leve “crack” interrumpe mis pensamientos de libertad. Y un seguido y arrastrado frufrú me dice que alguien está deslizando algo no muy pesado por la alfombra del pasillo.
Mi respiración se entrecorta una vez más. Mi estómago se vacía de sangre y creo que hasta puedo ver en él, un enorme hueco por donde pasaría, si me lo propongo, mi mano abierta con mis dedos extendidos como saludando a alguien que no veré en mucho tiempo.
Miro una vez más a través de la ventana. A lo lejos se ve una luz trémula que esporádicamente se esconde detrás de las olas grises.
“Será un velero o un barco arenero” pienso.
Recuerdo entonces que hace muchos años atrás, había presenciado una luz similar en el mar en el momento exacto en el que este sitio se reveló a mis sentidos, para construir mi casa, mi santuario, mi hogar...
Bajo la vista. Aprieto mi puño derecho más de lo debido, hasta hacer sonar mis dedos, “crick”.
Me alejo. Sin darme cuenta, estoy apretando mi mandíbula como una prensa. Mi labio inferior está sangrando.
“¿Cómo había sido esa noche?” me pregunto.
-¡Sííí! –afirmo exultante y sonrío-.
Muy cerca de mí, el sonido de pasos se detiene, como quien no desea cruzar un portal.
Me paso la mano temblorosa por los labios; la dejo por un instante ahí.
Sé que estoy alterado y tal vez estoy hablando a un volumen al que no estoy acostumbrado. Estoy alzando la voz y sé que eso para mí es contraproducente.
“¿Cuándo fue la última vez en la que había elevado de esa manera?” pienso mientras inhalo una bocanada de humo y paso nuevamente mi mano sosa por mi cabello.
-¡Claro! –exclamo y sonrío de lado-.
Había sido una de las últimas cenas que había disfrutado en este lugar; cuando... cuando...
“¿Cuándo?” me pregunto y río de mí mismo al sorprenderme tan idiota del tiempo de mis recuerdos, y tan extraño a estar situación que sé, no puedo dominar, sino, solamente admitirla y esperar lo mejor de mi nuevo visitante.
Escucho voces. Murmullos.
“Alguien murmura –pienso- pero no es un solo murmullo, son varios; ¿Qué están murmurando?”
La luz del faro atraviesa nuevamente la habitación.
“Algún día la pintaré” pienso y miro las paredes destartaladas, cubiertas de manchas de moho.
No sé por qué, pero siento la imperiosa necesidad de reír a carcajadas.
-¿Será por que sé, que jamás pintaré este lugar? –murmuro y aspiro otro poco de humo-.
Un recuerdo fugaz y doloroso pasa por mi mente como un ladrón, y me deja casi ciego de momentos por venir.
“Un libro” pienso.
-¿Un libro? –me pregunto-. Sé que sigo elevando la voz, pero ya no me interesa. Miro las olas que rompen y pienso en esa luz que navega libremente sobre las olas furiosas, y que intermitentemente se va alejando de mis ojos.
Escucho otros murmullos.
“Ella está aquí –pienso y sonrío-. Bienvenida señora Goncalves... Laura Goncalves”
La puerta se abre violentamente, y alguien al tanteo apaga y reenciende las luces. Lo veo.
Con una reverencia los saludo. Mis rodillas tiemblan.
-¿Es aquí donde falleció la anterior dueña de la casa? –pregunta una mujer de baja estatura enfundada en un sobretodo beige. Tiene el rostro un poco enjuto que está atravesado por una expresión de incredulidad-.
-Así es señora Goncalves... aquí falleció mi tía Yolanda –responde una mujer que recientemente parece haber sufrido alguna pequeña golpiza, por sus moretones en la frente y en los brazos. Está embarazada-. Es por eso que vendo la propiedad... –el muchacho que está detrás de ella la empuja levemente y la mira con el ceño fruncido-,... y... y se la entrego con todos los muebles originales con los que mi tía la compró, y con la biblioteca completa –agrega nerviosamente frotándose las manos, mira de reojo al muchacho y seguidamente mira expectante a la posible compradora-.
Laura Goncalves deja entrever su satisfacción con una sonrisa y enseguida dice:
-¡La compro! –ríe, y suspira mirando alrededor, arrastrando levemente su equipaje de mano-.
La sobrina de Yolanda Gurubía también sonríe un tanto aliviada, y se encoge de hombros mirando al muchacho, que mira la habitación y a la compradora con gesto magro e impaciente.
-Disculpe –dice Goncalves mirando a la mujer, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja-.
-¿Sí?
-Dicen que en esta habitación… se ve el espectro del escritor Alex Good... ¿es verdad?
La mujer embarazada sonríe y se toma la barriga. El muchacho también sonríe y levanta un poco el ceño develando un tic; tiene un diente de oro y se mueve torpemente arrastrando su pie derecho.
-Eso dicen –aclara el chico.
-Eso dicen –dice la muchacha-. Mi tía también decía, que veía al escritor mirando el mar desde aquella ventana, y siempre fumando uno de sus cigarrillos.
-Interesante... –dice Goncalves mirando la ventana.
-¿Es usted fanática del escritor...? –pregunta el muchacho-.
-Sí –responde Goncalves secamente-. ¿Podemos seguir el recorrido?
-¡Cómo no! –exclama la muchacha acariciando su panza y agrega mientras cierra la puerta-: ¡Sí...! Mi tía Yolanda había elegido esta habitación, por que decía que disfrutaba de la compañía del escritor; que sabía, había muerto en esta casa que había mandado construir para escribir sus libros... creo que murió luego de una cena en la casa; y nunca ¡Pero nunca ehhh! supieron porqué se murió el escritor ése... Axel... –Laura Goncalves mira a la muchacha pacientemente. Y ésta prosigue-: la cuestión es que murió hace muuucho, y mi tía me contaba que a veces, lo veía cuando la luz del faro...
Voces que se alejan y silencio.
Espero hasta que se alejan para tratar de darle otra pitada a mi cigarrillo.
Niego con la cabeza y elevo las cejas.
Suspiro.
-Bienvenida señora Goncalves –digo, y vuelvo a encender otro Gold Leafe-.
Mi mano empezó a temblar una vez más. Entrecierro los ojos y me pierdo entre mis recuerdos, mirando la luz del faro Wehittom.
“¿...Estás seguro de lo que estás pensando? –me pregunto mentalmente, mientras mi mano se revela a mi cuerpo, y empieza a agitarse furiosamente en el vacío-. Y muy cerca de ahí, muy cerca de mí, el pasillo sé que se entrega a esas luces que parpadean, y esos pasos que van subiendo sigilosamente por las escaleras... uno tras otro”
Miro a través de los cristales de la vieja ventana, fuera se mece una de las hojas de madera golpeada por un violento torrente de ventisca, que lo veo inteligente, como si tratar de arrebatarme de esta habitación lúgubre y desconfiada, que se encuentra toda repleta de humedad, moho, y un extraño polvillo que se desprende de las paredes y se te mete en los ojos y en la nariz haciéndote estornudar, y que de vez en cuando te deja los ojos rojos y vidriosos como un vampiro.
-¿Estás seguro que esta vez es verdad? –murmuro y entrecierro los ojos, antes de atajarme la mano temblorosa con mi otra mano que sostiene mi Gold Leafe recién encendido-.
Mientras hago eso, miro el mar embravecido a través de la ventana. Solamente vislumbro esporádicamente la silueta de alguna ola, cuando la ilumina la luz del faro Wehittom, que se levanta a lo lejos como un testigo irreverente que de algo está sucediendo. De que algo está por suceder.
Miro el cieloraso. Una cucaracha de enorme porte se escabulle por una grieta muy cerca de donde cuelga la araña principal de la habitación; tiene varios plásticos que giran muy lentamente, símil cristales de cuarzo, que se lo vendieron –según sé- a la dueña anterior de la casa. Una de las bombillas se ha quemado recién con un sonido mudo, y la otra titila ferozmente.
“A veces sucede –pienso- pero no me dejo alterar. Tengo cosas más importantes de que preocuparme”
Entra una ventisca que me sorprende tratando de ser algo estoico, pero no lo logro, por que recuerdo todo lo que sucedió en este lugar... las rodillas me tiemblan un poco.
Despejo mi mente y suspiro. Paso mi mano por mi frente y me masajeo la sien derecha por un instante.
Vuelvo a mirar el cieloraso.
Pienso qué aventurero vendedor, vendría a ofrecer luminarias de baja calidad a este sitio tan apartado de toda presencia...
Pienso en la dueña anterior de la casa... ¿Cómo se llamaba?
-¡Ahhh sí! ¡La señora Yolanda Gurubía! –murmuro. Le doy una leve pitada a mi cigarrillo pero no aspiro el humo, por que el quejido de uno de los escalones de madera de me hace volver a la realidad de las cosas una vez más-.
“Está aquí” pienso.
Farfullo algo, y me doy cuenta que estoy más nervioso de lo que calculaba estar.
-La señora Yolanda Gurubía –suspiro-. La seriedad se está volviendo agobiante y un tanto pesada creo, pero es mejor pensar en eso, que en otra cosa.
La marea rompiente me distrae un poco, pero no tanto como para no pensar en la antigua dueña de esta casa de dos plantas.
-y sus “compañeras” –digo quedamente-.
Ésta vez sí aspiro un poco de humo.
La mano me ha empezado a temblar nuevamente, pero no importa tanto como el hecho de que sé que alguien se está acercando; y eso, me asusta ferozmente y me incomoda tanto a la vez, como para mirar intensamente la puerta de la habitación, imaginando que algo extraño ingresará por ahí a arrebatar todo lo que existe aquí…
Inclino un poco la cabeza y me froto la nuca. Tengo miedo.
“Estoy sudando” pienso.
Miro mi brazo. Mi piel se crispa.
-Escalofríos –murmuro.
Otra paso más y otro de los escalones que cruje bajo un peso que no logro dilucidar.
Ahora mi respiración se entrecorta. Me invade la extraña sensación de un llanto melancólico como un vendaval, pero no dejo que me importune.
La imagen de Yolanda Gurubía surca mi mente.
“¿Cómo era ella?” me pregunto.
Trato de recordar.
La luz del faro golpea el cristal de la ventana e ilumina nuevamente mi lugar por un instante... ésta habitación tan ajada por el tiempo y olvidada por todo aquello que se precie de llamarse esperanza.
-Yolanda Gurubía –digo quedamente. Aspiro un poco de humo y pienso en ella.
Era una mujer un tanto mayor cuando se largó de esta casa. Aún conservo una fotografía sepia, de esas que tienen los bordes dentados, en la que alguien la está abrazando por detrás, como si la quisiese estrangular; pero ella, sonríe con sorpresa y sus ojos marrones se abren llenos de vida arrebatando ese momento fugaz.
No siempre usaba el cabello largo. Tenía una sonrisa amable y un lunar bastante grande por arriba del labio, que en vez de destacar su sensualidad la hacía parecer ya una mujer un tanto vieja a los treinta y nueve años; una de esas tías “buenas” a las que uno siempre va a visitar cuando un día domingo no tiene nada que hacer, o cuando necesita un consejo que nadie más de los allegados puede responder.
“Creo que fue por eso que jamás se casó” pienso.
Puede ser que haya sido por eso, o por que según comentaban despectivamente algunos familiares: “Parece que la chica juega para el bando contrario”
No lo sé, y ciertamente no era importante para mí.
Lo único que importaba –por lo menos a mí parecer-, era que Yolanda había sufrido demasiado el hecho de elegir el quedarse al cuidado de una madre postrada y una sobrina abusadora que solamente sabía hacer dos cosas: pedir dinero y parir críos.
Supongo –y estoy muy seguro que no hay que ser muy inteligente para dilucidar esto- que toda esta situación la llevó a sufrir esa maldita enfermedad que la fue secando por dentro como una uva pasa.
Internamente me había dolido su muerte; pero más, me había dolido el hecho de no saber donde habían llevado o depositado su cuerpo. Sinceramente tenía infinitas ganas de verla, aunque fuese por un instante, para despedirme, para agradecerle tanto momentos de compañía. Recuerdo que el día que expiró yo estaba atendiendo otros asuntos en un lugar un tanto alejado de aquí.
Ése recuerdo siempre me acongoja. Suspiro y el semblante se me vence un poco. Lo noto.
“¿Dónde habrán llevado su cuerpo? –me pregunto-. Tal vez al cementerio de la ciudad de Ituzaingó”
-O tal vez al cementerio de Merlo, en la provincia de San Luis. –murmuro exhalando un poco de humo que hace una pirueta extraña delante de mis ojos antes de desaparecer forzosamente-. Ella amaba San Luis –agrego-, tal vez algún día saldré a buscarla –digo. Tal vez un día...
Un leve “crack” interrumpe mis pensamientos de libertad. Y un seguido y arrastrado frufrú me dice que alguien está deslizando algo no muy pesado por la alfombra del pasillo.
Mi respiración se entrecorta una vez más. Mi estómago se vacía de sangre y creo que hasta puedo ver en él, un enorme hueco por donde pasaría, si me lo propongo, mi mano abierta con mis dedos extendidos como saludando a alguien que no veré en mucho tiempo.
Miro una vez más a través de la ventana. A lo lejos se ve una luz trémula que esporádicamente se esconde detrás de las olas grises.
“Será un velero o un barco arenero” pienso.
Recuerdo entonces que hace muchos años atrás, había presenciado una luz similar en el mar en el momento exacto en el que este sitio se reveló a mis sentidos, para construir mi casa, mi santuario, mi hogar...
Bajo la vista. Aprieto mi puño derecho más de lo debido, hasta hacer sonar mis dedos, “crick”.
Me alejo. Sin darme cuenta, estoy apretando mi mandíbula como una prensa. Mi labio inferior está sangrando.
“¿Cómo había sido esa noche?” me pregunto.
-¡Sííí! –afirmo exultante y sonrío-.
Muy cerca de mí, el sonido de pasos se detiene, como quien no desea cruzar un portal.
Me paso la mano temblorosa por los labios; la dejo por un instante ahí.
Sé que estoy alterado y tal vez estoy hablando a un volumen al que no estoy acostumbrado. Estoy alzando la voz y sé que eso para mí es contraproducente.
“¿Cuándo fue la última vez en la que había elevado de esa manera?” pienso mientras inhalo una bocanada de humo y paso nuevamente mi mano sosa por mi cabello.
-¡Claro! –exclamo y sonrío de lado-.
Había sido una de las últimas cenas que había disfrutado en este lugar; cuando... cuando...
“¿Cuándo?” me pregunto y río de mí mismo al sorprenderme tan idiota del tiempo de mis recuerdos, y tan extraño a estar situación que sé, no puedo dominar, sino, solamente admitirla y esperar lo mejor de mi nuevo visitante.
Escucho voces. Murmullos.
“Alguien murmura –pienso- pero no es un solo murmullo, son varios; ¿Qué están murmurando?”
La luz del faro atraviesa nuevamente la habitación.
“Algún día la pintaré” pienso y miro las paredes destartaladas, cubiertas de manchas de moho.
No sé por qué, pero siento la imperiosa necesidad de reír a carcajadas.
-¿Será por que sé, que jamás pintaré este lugar? –murmuro y aspiro otro poco de humo-.
Un recuerdo fugaz y doloroso pasa por mi mente como un ladrón, y me deja casi ciego de momentos por venir.
“Un libro” pienso.
-¿Un libro? –me pregunto-. Sé que sigo elevando la voz, pero ya no me interesa. Miro las olas que rompen y pienso en esa luz que navega libremente sobre las olas furiosas, y que intermitentemente se va alejando de mis ojos.
Escucho otros murmullos.
“Ella está aquí –pienso y sonrío-. Bienvenida señora Goncalves... Laura Goncalves”
La puerta se abre violentamente, y alguien al tanteo apaga y reenciende las luces. Lo veo.
Con una reverencia los saludo. Mis rodillas tiemblan.
-¿Es aquí donde falleció la anterior dueña de la casa? –pregunta una mujer de baja estatura enfundada en un sobretodo beige. Tiene el rostro un poco enjuto que está atravesado por una expresión de incredulidad-.
-Así es señora Goncalves... aquí falleció mi tía Yolanda –responde una mujer que recientemente parece haber sufrido alguna pequeña golpiza, por sus moretones en la frente y en los brazos. Está embarazada-. Es por eso que vendo la propiedad... –el muchacho que está detrás de ella la empuja levemente y la mira con el ceño fruncido-,... y... y se la entrego con todos los muebles originales con los que mi tía la compró, y con la biblioteca completa –agrega nerviosamente frotándose las manos, mira de reojo al muchacho y seguidamente mira expectante a la posible compradora-.
Laura Goncalves deja entrever su satisfacción con una sonrisa y enseguida dice:
-¡La compro! –ríe, y suspira mirando alrededor, arrastrando levemente su equipaje de mano-.
La sobrina de Yolanda Gurubía también sonríe un tanto aliviada, y se encoge de hombros mirando al muchacho, que mira la habitación y a la compradora con gesto magro e impaciente.
-Disculpe –dice Goncalves mirando a la mujer, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja-.
-¿Sí?
-Dicen que en esta habitación… se ve el espectro del escritor Alex Good... ¿es verdad?
La mujer embarazada sonríe y se toma la barriga. El muchacho también sonríe y levanta un poco el ceño develando un tic; tiene un diente de oro y se mueve torpemente arrastrando su pie derecho.
-Eso dicen –aclara el chico.
-Eso dicen –dice la muchacha-. Mi tía también decía, que veía al escritor mirando el mar desde aquella ventana, y siempre fumando uno de sus cigarrillos.
-Interesante... –dice Goncalves mirando la ventana.
-¿Es usted fanática del escritor...? –pregunta el muchacho-.
-Sí –responde Goncalves secamente-. ¿Podemos seguir el recorrido?
-¡Cómo no! –exclama la muchacha acariciando su panza y agrega mientras cierra la puerta-: ¡Sí...! Mi tía Yolanda había elegido esta habitación, por que decía que disfrutaba de la compañía del escritor; que sabía, había muerto en esta casa que había mandado construir para escribir sus libros... creo que murió luego de una cena en la casa; y nunca ¡Pero nunca ehhh! supieron porqué se murió el escritor ése... Axel... –Laura Goncalves mira a la muchacha pacientemente. Y ésta prosigue-: la cuestión es que murió hace muuucho, y mi tía me contaba que a veces, lo veía cuando la luz del faro...
Voces que se alejan y silencio.
Espero hasta que se alejan para tratar de darle otra pitada a mi cigarrillo.
Niego con la cabeza y elevo las cejas.
Suspiro.
-Bienvenida señora Goncalves –digo, y vuelvo a encender otro Gold Leafe-.
Mi mano empezó a temblar una vez más. Entrecierro los ojos y me pierdo entre mis recuerdos, mirando la luz del faro Wehittom.
En: No Categorizado
Permaenlace: EL FARO WEHITTOM
Comentarios: 0
Leído 1734 veces.

