| | Ambientalistas coinciden en que El Caura es el pulmón más importante del trópico (Cortesía UNEG) | | | | | on error resume next plugin = ( IsObject(CreateObject("ShockwaveFlash.ShockwaveFlash.3"))) if ( plugin | Por unas onzas El mito de El Dorado está vivo. Al menos al norte de Bolívar, donde los resquemores de la Conquista vuelven para advertir que el oro es buen caldo de cultivo para enfrentar a mineros y aborígenes. Por Joseph Poliszuk CASO MARIPA Una parábola ye'kwana aconseja no sacar el oro y los diamantes de la tierra so pena de despertar la furia de una serpiente emplumada a la que llaman Wiyu. La tradición oral narra una suerte de Goliat, que prometió venganza si los seres humanos se metían con los minerales que le pertenecen. De eso hace ya varios siglos, pero justo en la casa de esa y otras etnias indígenas están retando a un gigante: la fiebre del oro anda de vuelta por la cuenca del río Caura del estado Bolívar, el único pulmón vegetal intacto que asilan estas fronteras. Más de 500 personas acaban de ser desalojadas de un territorio que sólo habitan cerca de 5.000 indígenas. El Teatro de Operaciones Número 5 del Ejército nacional desmontó los campamentos mineros la última semana de febrero, pero en algunos puntos ya hay un daño ambiental. Donde había árboles y animales quedan pendientes maltrechas de barro y arenas movedizas. Lo verde se volvió arcilla. Las fotos que tomaron los efectivos militares son la mejor prueba que sustentan las alarmas de los chamanes, la preocupación de los ambientalistas por conservar uno de los ecosistemas menos intervenidos del planeta, y, viejos y nuevos rencores que saltan entre mestizos y aborígenes del noroeste de Bolívar. ´Todo comenzó a mediados del año 2006. En el pueblo de Maripa, capital del municipio Sucre, comenzaron a preguntarse de dónde salía el oro que unos indígenas negociaban a espaldas de sus comunidades. Despejada la pregunta, las llamadas bullas mineras que convocan a los cazadores de fortunas penetraron las más de 4,5 millones de hectáreas que serpentea el río Caura. Varios contingentes de personas así cruzaron por primera vez el albergue de casi 1.500 especies animales y 2.600 variedades vegetales. Mineros del estado Bolívar, Brasil, Colombia, Guyana y hasta Centroamérica llevaron sus máquinas a Maripa para iniciar un viaje de más de 12 horas en lancha y otras tantas a pie, que les permitió estrenar los yacimientos del Caura. Ese fue el inicio de una serie de afrentas entre "criollos" e "indígenas" que continúan hasta hoy. Humo y caucho quemado Agrupados en la Organización Indígena de la Cuenca del Caura Kuyujani, los representantes de 52 comunidades ye'kwanas y sanemas alertaron a las autoridades. Las tribus que habitan la zona desde antes de la Conquista solicitaron el despeje. Y la respuesta llegó, pero acompañada de una cadena de abusos militares que dejó a varios mineros aislados en medio de la selva. Los testimonios que reposan en el Tribunal Séptimo de Control de la circunscripción militar de Ciudad Bolívar dan cuenta de torturas contra hombres arrastrados por el fango y mujeres que fueron desnudadas para despojarlas de las onzas de oro que escondían bajo la ropa. Los mineros entonces contraatacaron con más violencia. Una cortina de humo y caucho quemado cercó al pueblo por tres largos días que empezaron el 21 de septiembre de 2006. Los mineros que alcanzaron a llegar al muelle saquearon cuatro casas de indígenas y quemaron dos de ellas junto con la del alcalde Juan Carlos Figarella, a quien también responsabilizaron de lo ocurrido. "Las amenazas hacia los indígenas que tienen casas en Maripa fueron subiendo de tono durante el día, al punto que no podían salir por temor a los mineros", recuerda la minuta de una reunión que varios ye'kwanas y sanemas de Kuyujani sostuvieron el 25 de septiembre de 2006. La única carretera que cruza a esa villa de 5.000 habitantes fue bloqueada por los disturbios. Mientras tanto, la noticia de cuatro ahogados que habían huido de los militares terminó de estallar el conflicto: "Queremos la cabeza de... ", decía una pancarta al pie del atracadero seguida de los nombres de siete representantes ye'kwanas. La vehemencia de esos días se disipó, pero el clima de entonces decantó en un escenario de fricciones que muestra brechas raciales. Es un problema latente que se manifiesta en momentos como este, cuando los indígenas han vuelto a advertir una segunda incursión en el Caura. Amenazas y resentimientos Aunque la historia de Venezuela habla de uno de los mejores mestizajes del continente, el oro ha creado fricciones al norte de Bolívar y es algo de lo que ni siquiera se han percatado en el resto del país. "Hay un problema de racismo que creíamos superado y que vuelve a raíz de la minería", advierte Alberto Rodríguez, uno de los coordinadores de Kuyujani. El representante indígena añade que se trata de un fenómeno que jamás había ocurrido antes de 2006 y que se manifiesta entre personas que han sido vecinos y antiguos compañeros de clase: "Día a día no hay inconvenientes pero sabemos que nos ven con resentimiento cuando caminamos por Maripa", asegura. "Un grupo de criollos incluso intentó golpear el mes pasado a un ye'kwana que logró escaparse". Rodríguez reconoce que los propios aborígenes abrieron la Caja de Pandora. Algunos de los ye'kwanas y sanemas establecidos en Maripa comenzaron la explotación de oro, pero seguro de que en toda sociedad hay transgresores pide todo el peso de la ley para ellos y el resto de los responsables, pues interpreta la minería como una traición a la cultura y las comunidades que se mantienen selva adentro. En esta historia, sin embargo, no hay héroes ni mártires; en el Caura no hay una película en blanco y negro. Lo dice el sacerdote René Bros, que vive en las comunidades ye'kwanas y sanemas de la zona desde los años 70: "Es necesario defender la cuenca pero también entender el problema, porque Maripa y sus alrededores son pueblos y caseríos sin perspectivas de futuro". En algún momento hubo siembra de arroz, maíz y algodón, recuerda. También promesas de una planta procesadora de yuca y algún tipo de movilidad social que ofrecía otra clase de trabajos en Ciudad Bolívar y Puerto Ordaz. Ahora no. De cualquier forma, Bros suma su voz a la de los ambientalistas que advierten que lo imperativo es preservar el Caura. Mucho más tratándose de una zona del sur del país en las que nunca se habían registrado explotaciones mineras. Migraciones y desalojos El Ejército nacional ha ejecutado en los últimos siete meses tres desalojos de minas a lo largo de todo el estado Bolívar, aún así los ambientalistas advierten que no es suficiente. El mapa de la minería ilegal está cambiando pero la deforestación del sur del país no ha parado, explica Nalúa Silva, docente del Centro de Investigaciones Antropológicas de la Universidad Nacional Experimental de Guayana. Los controles que el Gobierno de Brasil ha aplicado al norte de su territorio y las operaciones militares que en Venezuela han cerrado algunas de las minas que rodean lugares como La Paragua, permiten concluir a Silva que "hay una migración de capitales". Los mineros se están desplazando de una zona a otra y en medio de ese panorama, el mercado del oro y los diamantes ha posado los ojos sobre el Caura, un territorio en el que se han declarado cinco áreas bajo régimen de administración especial, entre las que destacan tepuyes como el Jaua Sarisariñama. "Pareciera que se vuelve a revivir el mito de El Dorado", lamenta Silva. La antropóloga advierte que en tiempos de calentamiento global el verdadero tesoro que guarda el Caura está muy lejos del oro que pueda guardar. Ponerlo en peligro sería algo así como vender "la última cuenca prístina del mundo tropical" por un plato de lentejas. Ambiente y puntos verdes Un mapa de bosques que Silva guarda en su oficina ubica el punto verde más grande que hay de este lado del mundo en El Caura: "Salvo una pequeña manchita en África y otras en países como Brasil y Guyana, no hay en la Tierra pulmones vegetales como este porque Rusia, Finlandia y América del norte cambian de acuerdo con las estaciones, por lo que sus bosques permanecen inactivos durante otoño e invierno". Desde el Centro de Investigaciones Antropológicas Ecológicas de la Universidad Nacional Experimental de Guayana, el biólogo Hernán Castellanos agrega que acompañados de funcionarios del Ministerio del Ambiente, el organismo que representa tiene el propósito de visitar la zona afectada, ubicada en el sector Las Pavas, para determinar el daño que se haya podido producir. Castellanos adelanta, por lo pronto, que "en un mes 6.000 metros cúbicos de tierra podrían ser removidos por efecto de la explotación minera de un solo monitor". Y en este caso el Ejército no encontró uno sino una docena de motores que los mineros transportaron desde noviembre. Aunque no descarta una que otra persona escondida en la selva, el comandante del Teatro de Operaciones número 5, José Gregorio Montilla, informó que los campamentos fueron desalojados. El general del Ejército asegura que esta vez no hubo ningún tipo de violación a los derechos humanos: la orden indicaba que ningún oficial podía decomisar oro para evitar los hurtos que en 2006 acusaron abusos militares. Cree, de todas maneras, que "la Ley de Protección del Ambiente es muy leve" y que sus penas no son suficientes para evitar un daño que no duda en catalogar como un "crimen contra la humanidad". Montilla informa que la Fuerza Armada Nacional instaló tres puestos de control para evitar otra incursión en El Caura, pero los ambientalistas advierten que hace falta vigilancia permanente en toda la cuenca. "Esto es una situación cíclica en la que están involucradas las trasnacionales del oro", previene el presidente del Parlamento Indígena de América y diputado de la Asamblea Nacional, José Poyo. Su homólogo Julio García Jarpa añade que en la Comisión de Ambiente de la AN hay conciencia sobre el valor de esa cuenca. En el Ministerio del Ambiente, no obstante, ignoraron una solicitud que pedía luces sobre los planes que el Gobierno tiene sobre el Caura. De acuerdo con García Jarpa, las cifras oficiales advierten que "16 quebradas se están secando anualmente en Venezuela". Se trata de un fenómeno al que no quisiera sumarle los problemas que pudiera acarrear la tala, el mercurio y la lucha de mineros en El Caura. Pero si la ciencia no basta, los presagios de la mitología ye'kwana indican que Wiyu pagará con enfermedades y catástrofes a los que roben los huevos de oro y diamante que depositó en las fauces de la Tierra. jpoliszuk@eluniversal.com |