Revista Literaria Periódico Cultural

16.10.2010

16.10.2010 GMT

Salvador PLIEGO MEXICO.

Poesía

Déjame entrar en ti,

abierto, extendido,

fosfórico y herbolario,

como un forajido arrancándote las letras,

estrellándome en tu cintura de madera y verbo,

enrojeciendo tus secretos, tus espadas victoriosas,

tu veloz palabra benemérita,

la montura en que cabalgas y el sujeto brioso en que destellas.

Déjame invadirte,

salir a los potreros y a los pueblos

abanderando cada verso, liberando la palabra,

emancipándome en tus hilos de ritmo y simetría,

en tus ojos rojos que miran lo invisible.

Déjame acudir a tus harapos y a tus torres,

desde el fondo, aun incomprendido,

y batirme en tu historia de piedras y copales;

sacar las cimitarras y cortar cadenas y centurias;

penetrar en las alturas, a las bóvedas del cielo,

en los cóndores plateados y en las águilas bermejas,

en la precipitación de las auroras.

Déjame excavar la tierra y mostrar las uñas ya sangradas

con los dolores del minero,

con la yunta calcinada,

con el surco ya saqueado;

sembrar de nuevo los cereales, los carbones,

las espigas, las uvas de las granjas,

y abrir las puertas terrenales

con las honras de los cantos.

Déjame ser el grito que sucede,

que acusa y delata,

que muestra las manos de las sílabas

ardiendo junto a las madres y papeles,

porque inmisericordemente la dureza fue encendida

y el verdugo se jactó de arder las mechas.

Vuélveme a escribir letra por letra,

sílaba a sílaba y canto por canto,

como si yo mismo, hambriento,

tuviera la herramienta, supiera de la espada

y contuviera la amargura.

Alárgame sediento a los aceros,

al canto forestal y duradero,

a donde rinda el florete su cuchilla,

al idioma de la greda y los parajes,

a los dedos mágicos de las violetas

y de las aves que a la bruma dieron alas.

Déjame entrar en ti y amarte,

inundarme de tus ríos,

de tus telares de oro,

de tus guacamayos arrolladores

y de tu sueños insepultos,

para diseminarme junto a ellos

en los escombros de la noche,

en las esmeraldas de los mares,

en los huecos de la vida,

y abrazarme, tú a tú,

con la última ternura;

y darle un beso…

y verle que sonríe.

Flor de los vientos

La flor es un fusil de amor,

un fusil de labios, rotundo y penetrante.

¡Qué canto te dijera si el cantar del mar viniera!

Quiero un arma silbando por el monte

y un silbido que cante un bello nombre:

pólvora de rosas y un cañón para escoltarte,

un colibrí hilando y el abeto, igual, a mil volando.

Quiero una batalla de lilas y amapolas

que tiñan con sus cuerpos de blanco las pupilas,

y al pétalo solfeando, airoso y ajetreando.

Ir a la explanada del poeta y a su casa

envuelto en esa manta de hierro y de campanas,

y el hierro que sea nube de mirlos y de calas;

enlistarme en una vista y amarle con su rima.

Quiero la poesía cargada y preñada,

dando a luz, bramando hasta que nazca:

de una mujer de pueblo rebelándose en la plaza,

de un niño en el corcel de madera y crianza,

de un campo de hombres, y nunca doblegada.

Quiero una ventana: jazmín, cobre y agitada;

un tintero libre y un octosílabo en recuadro;

que apunten a la voz, al cuello, al grito, del siempre partisano,

y del gerundio colgándose y temblando.

Por más fusil que lleve,

por mas letra vencida,

hay sangre en vez de plomo

y sangre respirando,

latir entre los codos de brazos despertando,

y un hombre en cada hombro: fusil de flor y asombro.

Por cada hombre respiro maíz, arroz y canto:

pólvora que viene de tierra, surco y cauce,

y hierve en los volcanes luchando al sembrarse.

Quiero mil batallas de lilas y amapolas,

que vayan todas juntas cargándose y unidas,

y cuando ya disparen, si es preciso,

desborden las pupilas sus flores amarillas.

Latir de los fusiles de cañas y cananas

cuando en las armas viven del pueblo sus labranzas

y besan en las ramas las rosas hilvanadas.

Cantares que se funden en pechos del obrero,

bigornias cual floreros domando los aceros,

y en mano de los cantos claveles engendrando.

Quiero mil batallas, y todas liberadas,

de lilas y amapolas floreando en las montañas,

y, si es preciso,

naciendo en las entrañas.

Fruto de las villas la crónica y garganta

que brota de la espiga de alguien que camina,

y cuando se cosecha, masa es su justicia.

Quiero las batallas, mil y mil batallas,

mil juntando miles, mil soldando todas,

de lilas y amapolas sumando a las begonias,

que forjen cada tallo, que limpien el arado,

que lleven en los dedos los callos del sembrado,

que apoyen en los hombros al hombre liberando

y, si es preciso y fuese necesario,

con flores en la mano para irles ya besando.

     Bonita    
     
    ¡Bonita!   
    Mi alma tórrida y aguerrida te busca   
    entre los páramos para saciarse.   
     
    En silencio te imagino como eres:   
    El verano del follaje y las azaleas,   
    picoteando uvas dulces y pistilos.   
    Llenas pájaros y zurces alas en las nubes.   
     
    Emigra mi alma a cualquier rincón para buscarte.   
     
    El trino de la lejanía suave y delicado   
    se esparce, sacude y hace eco.   
     
    ¡Bonita!,  te imagino como eres.   
     
    Mi alma se complace y vuela incógnita para saciarse.   
    Arte y vuelo se conjugan   
    y te escapas entre plumas, alas y enramadas:   
    lúcida y coqueta, indómita y endeble,   
    taciturna y sonrojada.   
    Te imagino atrapada en la espesura.    
     
    Trasluces los colores y los mezclas,   
    aromática y seductora, trigueña flor en vilo.   
     
    Mi alma excitada te dibuja como eres.     
     
     

Acaramelados

Dulce garapiñado y dulce achocolatado.

Por el telar de la acera presentan rostros pintados,

y cada rostro que pintan sus manos se van chupando.

Hojuelas de caramelos, confites azucarados,

los labios almibarados de tinte aterciopelado.

Dulce garapiñado y dulce achocolatado.

Corren los niños al bosque,

corren con dulces mostrando,

y el más pequeño de ellos su aliento lleva libando.

Dulce garapiñado y dulce achocolatado:

labios almibarados.

En cada risa se notan los dedos dulcificados.

Y corren los niños, corren,

saltan con dulce en la mano;

el mundo cargan chupando,

las ganas tejen jugando.

Dulce garapiñado y dulce achocolatado.

Allá por la verde loma los niños vienen brincando.

Sobre la senda los gritos, sobre el paisaje los ruidos.

Labios almibarados.

El río planta sus ojos en cada cactus jaspeado

y la montaña de mimbre les toca un timbal de ornato.

En el lindero la cuesta su sombra les va buscando.

Dulce garapiñado y dulce achocolatado.

Un niño pisa un lagarto que corre todo asustado

y grita su pecho abierto llenando de espanto el llano.

El eco duerme su siesta, se agrupa al oír el llanto,

y las criaturas se abrazan mostrando pavor y espanto.

Allá por la verde loma los niños vienen brincando

y el río abre sus ojos con los timbales del canto.

Dulce garapiñado y dulce achocolatado.

El más grande del grupo le dice al más pequeño:

"Tiéndete de muertito para asustar al lagarto y correrle todos al llano."

Y el niño, con su bolsita de goma y cacao blanco,

le dice todo agobiado:

"Y cuando me muera todito, ¿podré seguir comiendo el cacao?"

     

Donde miran esos ojos

Calla la tarde. Se empecina. Regala el viento una bienvenida. Sopla su fuerza como la biela que en el mar se aleja, como un cristal esparciéndose, suavemente, en la ventisca. Otrora, quizá potencia enardecida, quizá estela de un verano embravecido, tal vez la voz de un efusivo cetáceo con su tarareo enternecido.

Calla la tarde, y a lo lejos, como dos bulbos encendidos, dos esferas de trigales, dos mitades del sonido, abres tus párpados… y el cielo mira. En el viento puro todo emerge: hay una pulcritud de aromas, hay un color de umbría, desata el corazón su pecho, amarra el pulso a su latido, se vuelca el brillo a su destino.

Quiero hablarte, simplemente, de jazmines, que se abren como espumas a lo lejos, que ensayan, primorosos, su música de abriles, que encuentran los parajes recónditos del verso y arman caravanas de cánticas ofrendas. Quiero cegar la noche para hablarles, que tengan su mirada de bosques y aluviones, que busquen las viajeras lumbres de nébulas australes, las distantes miradas de los soles, las enigmáticas sonrisas de quásares boreales. Quiero acercar tus ojos y llenarlos de plumajes, hablarles despacito, murmurarles sin tocarles, sentirles sin el tacto, rozarlos sin palparles. Quiero que recuesten sus iris donde el mar hinca su encanto y dejen sus colores risueños y flotando. Quiero atardecer la misma tarde, a que escape enamorando y buscar, silbando, el sonido de su canto; hablarte despacito, cuchicheando, y en tus ojos, ya de tarde, al mirlo ver volando.



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