Revista Literaria Periódico Cultural

1.1.2011

1.1.2011 GMT

el cuentista

Por Saki (Héctor Hugh Munro)

Era una tarde calurosa, y en el compartimento de ferrocarril el aire se volvía sofocante. Faltaba casi una hora para llegar a Templecombe, la próxima estación. Ocuparon el compartimento dos niñas, una menor que la otra, y un niño; acompañados de una tía, ubicada en un extremo del asiento; y enfrente, en el otro extremo, había un solterón que no formaba parte del grupo, lo cual no impidió que los niños se instalaran en su asiento. Tanto la tía como los niños practicaban ese tipo de conversación limitada, persistente, que hace pensar en las atenciones de una mosca que no se desalienta por más que la rechacen. Aparentemente la mayor parte de las observaciones de la tía comenzaban con "No debes", y casi todas las observaciones de los niños con "¿Por qué?". El solterón no manifestó en alta voz lo que pensaba.

-No debes hacerlo, Cyril, no lo hagas -exclamó la tía, mientras el niño golpeaba los almohadones del asiento levantando con cada golpe una nube de polvo.

-Ven y mira por la ventana -añadió la tía.

El niño obedeció de mala gana.

-¿Por qué sacan a esas ovejas de ese campo?-preguntó.

-Supongo que las llevan a otro campo donde hay más pasto -dijo sin convicción la tía.

-Pero hay mucho pasto en ese campo -replicó el niño-; no hay nada más que pasto allí. Tía, hay mucho pasto en ese campo.

-Tal vez sea mejor el pasto del otro campo -sugirió tontamente la tía.

-¿Por qué es mejor? -fue la inmediata e inevitable pregunta.

-¡Oh!, mira esas vacas -exclamó la tía. A lo largo de casi todo el trayecto se veían vacas o bueyes, pero la mujer hablaba como si estuviera señalando algo fuera de lo común.

-¿Por qué es mejor el pasto del otro campo? -insistió Cyril.

El fastidio comenzaba a insinuarse en el entrecejo del solterón. Un hombre duro y antipático, pensó la tía, para quien resultaba absolutamente imposible llegar a una decisión satisfactoria acerca del pasto del otro campo.

La menor de las niñas comenzó a recitar, para entretenerse, "En el camino de Mandalay". Sólo conocía el primer verso, pero obtuvo el mayor provecho posible de su limitado conocimiento. Repitió el mismo verso una y otra vez, con voz soñadora pero resuelta, y perfectamente audible, como si alguien hubiera apostado, pensó el solterón, a que ella no repetiría el verso dos mil veces seguidas sin parar. Quien fuera que haya hecho la apuesta probablemente la perdería.

-Vengan, que les voy a contar un cuento -dijo la tía, después que el solterón la miró a ella dos veces y una al timbre de alarma.

Los niños se acercaron con indiferencia al extremo del compartimento donde se encontraba la tía.

En voz baja y en un tono confidencial, interrumpida a intervalos frecuentes por las preguntas petulantes que sus oyentes formulaban en alta voz, comenzó un relato lamentablemente desprovisto de interés acerca de una niña que era buena, y que se había hecho amiga de todos debido a su bondad, y que fue finalmente salvada del ataque de un toro furioso por varias personas que la admiraban por su virtud.

-¿Si no hubiera sido buena no la habrían salvado? -preguntó la mayor de las niñas. Ésa era exactamente la pregunta que quería formular el solterón.

-Sí, claro -admitió débilmente la tía-, pero creo que no habrían corrido de esa manera si no la hubieran querido tanto.

-Nunca escuché un cuento más estúpido -dijo la mayor de las niñas, con suma convicción.

-Tan estúpido que ya no presté atención después de la primera parte -dijo Cyril.

La menor de las niñas no hizo ningún comentario, pero hacía rato que había empezado a murmurar su verso favorito.

-Al parecer no tiene usted ningún éxito como cuentista -dijo de pronto el solterón desde el otro extremo.

La tía se encrespó al defenderse instantáneamente de este ataque inesperado.

-Es muy difícil contar cuentos que los niños puedan entender y a la vez apreciar -dijo poniéndose tiesa.

-No comparto su opinión -dijo el solterón.

-A lo mejor quiera usted contarles un cuento -replicó la tía.

-Cuéntenos un cuento -pidió la mayor de las niñas.

-Había una vez -comenzó el solterón- una niña llamada Bertha, que era extraordinariamente buena.

El momentáneo interés que los niños habían demostrado comenzó a vacilar; todos los cuentos parecían espantosamente iguales, sea quien fuere que los contara.

-Era siempre obediente, no faltaba a la verdad, conservaba limpia su ropa, comía budines de leche como si fueran pastelitos rellenos de dulce, aprendía perfectamente sus lecciones y era bien educada.

-¿Era linda? -preguntó la mayor de las niñas.

-No tan linda como tú -dijo el solterón-, pero era horrorosamente buena.

En los niños hubo una reacción favorable; la palabra horrorosa referida a la bondad era una novedad recomendable por sí sola. Introducía un viso de verdad que estaba ausente en los cuentos de la vida infantil que refería la tía.

-Era tan buena -prosiguió el solterón- que su bondad le valió varias medallas que llevaba siempre prendidas al vestido. Una medalla en premio a la obediencia, otra a la puntualidad y una tercera por buena conducta. Eran medallas grandes de metal que tintineaban al rozarse cuando la niña caminaba. No había en ese pueblo ningún otro niño que tuviera tres medallas, de modo que todos daban por sentado que era una niña extraordinariamente buena.

-Horrorosamente buena -recordó Cyril.

-Todos hablaban de su bondad, y al príncipe de la comarca le llegaron noticias al respecto, y dijo que como era tan buena tendría autorización de pasearse una vez por semana en su parque, que quedaba en las afueras del pueblo. Era un parque muy hermoso, y en el cual no se permitía entrar a los niños, de modo que era un gran honor para Bertha ser invitada al parque.

-¿Había ovejas en el parque? -preguntó Cyril.

-No -respondió el solterón-, no había ovejas.

-¿Por qué no había ovejas? -fue la inevitable pregunta que surgió de la contestación.

La tía se permitió una sonrisa, que casi podría describirse como una mueca burlona.

-No había ovejas en el parque -dijo el solterón-, porque la madre del príncipe soñó una vez que su hijo sería matado por una oveja, o que moriría aplastado por un reloj de pared. Por tal razón, el príncipe no tenía ovejas en el parque ni tampoco un reloj de pared en el palacio.

La tía ahogó un suspiro de admiración.

-¿Fue la oveja o el reloj lo que mató al príncipe? -preguntó Cyril.

-El príncipe aún vive, de ahí que no podamos saber si el sueño se cumplirá -dijo sin inmutarse el solterón-; de todas maneras, no había ovejas en el parque, pero eso sí, estaba lleno de lechones que corrían por todos lados.

-¿De qué color eran los lechones?

-Negros con cabezas blancas, blancos con pintas negras, enteramente negros, grises con manchas blancas y algunos completamente blancos.

El cuentista hizo una pausa para dar a la imaginación de los niños una idea cabal de los tesoros del parque; luego prosiguió:

-Bertha lamentaba que no hubiera flores en el parque. Había prometido a sus tías, con lágrimas en los ojos, que no arrancaría ninguna de las flores del amable príncipe, y como se había propuesto cumplir su promesa, se sintió, es claro, ridícula al ver que no había flores.

-¿Por qué no había flores?

-Porque se las habían comido los lechones -respondió enseguida el solterón-. Los jardineros explicaron al príncipe que no se podía tener flores y lechones a la vez. Decidió tener lechones.

Hubo un murmullo de aprobación por la excelente decisión del príncipe; tantas personas hubieran elegido la otra alternativa.

-Había en el parque muchas otras cosas igualmente encantadoras: estanques con peces dorados, azules y verdes, árboles con hermosas cotorras que decían frases inteligentes sin hacerse rogar, colibríes que susurraban todas las melodías populares de entonces. Bertha paseaba por el parque y sentía una inmensa felicidad, y pensó: "Si yo no fuera extraordinariamente buena no me hubieran permitido venir a este parque tan bello y disfrutar de todo lo que aquí se ve", y mientras caminaba sus tres medallas tintinearon al rozarse y le hicieron recordar cómo era de buena. En ese preciso instante comenzó a rondar por el parque un enorme lobo que andaba en busca de un lechón gordo para comérselo a la hora de cenar.

-¿De qué color era? -preguntaron los niños, cada vez más interesados.

-Del color del barro, con una lengua negra y los ojos de un gris claro que brillaban con indecible ferocidad. Lo primero que vio al entrar en el parque fue a Bertha; su delantal era tan inmaculadamente blanco que se podía distinguir a la distancia. Bertha vio al lobo y vio que el lobo avanzaba hacia donde ella se encontraba. Comenzó a lamentarse de que la hubieran invitado al parque. Corrió tan velozmente como pudo, y el lobo, dando grandes saltos, casi la alcanzó. Bertha logró llegar hasta donde había un grupo de arrayanes y se ocultó detrás del más tupido. El lobo comenzó a husmear entre las ramas, con su lengua negra colgándole de la boca y sus ojos gris claro brillando de furia. Bertha estaba terriblemente asustada, y pensó: "Si yo no hubiera sido tan extraordinariamente buena me encontraría a salvo, a estas horas, en el pueblo". Sin embargo, el perfume del arrayán era tan fuerte que el lobo no podía localizar dónde se escondía Bertha, y los arbustos eran tan tupidos que bien hubiera podido rondar en torno a ellos sin distinguir a la niña. Por lo cual decidió que era mejor atrapar un lechón. Bertha temblaba toda entera de tener al lobo rondando y husmeando tan cerca de ella, y al ponerse a temblar, la medalla de la obediencia chocó con las de buena conducta y puntualidad. El lobo se disponía a alejarse cuando oyó el ruido de las medallas que tintineaban, y se detuvo a escuchar; el tintineo volvió a repetirse desde un arbusto muy cercano de donde se encontraba. Se lanzó sobre el arbusto, con sus ojos gris claro que brillaban de ferocidad y de satisfacción, y arrastró a Bertha de su escondite y la devoró hasta el último bocado. Todo lo que quedó de Bertha fueron sus zapatos, restos de ropa y las tres medallas de la bondad.

-¿Murió alguno de los lechones?

-No, escaparon todos.

-El cuento empezó mal -dijo la menor de las niñas-, pero tiene un final muy hermoso.

-Es el cuento más hermoso que haya escuchado jamás -dijo la mayor de las niñas, con suma decisión.

-Es el único cuento hermoso que haya escuchado jamás -dijo Cyril.

La tía manifestó su disentimiento.

-¡Un cuento absolutamente inadecuado para los niños! Usted ha destruido el efecto de años de cuidadosas enseñanzas.

-De todas maneras -dijo el solterón recogiendo su equipaje y disponiéndose a dejar el compartimiento-, los mantuve tranquilos durante diez minutos, algo que usted no fue capaz de hacer.

-¡Qué mujer desdichada! -pensó mientras caminaba por el andén de la estación Templecombe-; durante los próximos seis años estos niños habrán de atosigarla en público pidiéndole un cuento inadecuado.

En Animales y más que animales, Claridad. ( Beasts and Super-Beasts, 1914)

Traducción: Margarita Costa
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1.1.2011 GMT

el hombre de su vida

Por Vlady Kociancich
Para LA NACION

Conocí a Federica Schiavi (el nombre es falso) en uno de los tantos congresos de literatura que giran por el mundo, a mediados de un otoño del 2003. La Schiavi pertenecía a la delegación de académicos italianos e investigaba sobre escritoras de América latina. Era abierta, cálida, una mujer de esa juventud hoy imprecisa que oscila entre los dieciocho y los veinticinco, y cuando se acercó para hablarme al cierre de un debate, la confundí con una estudiante del público, tan ligero era su paso, tan fresca su sonrisa.

La conversación fue espontánea y reveladora de coincidencias más bien obvias: propios o ajenos, los libros nos llevaban de viaje, de ciudad a ciudad, de país a país, en flashes intermitentes de encuentros literarios, donde sitios y amigos hechos en una semana de contacto se pierden en el vuelo de regreso. Quizá por la impresión de ser una partícula fugaz en un caleidoscopio de personas, alguna noche, al cabo de una cena y unas copas de vino, surgen las palabras más íntimas. Algo de la patria lejana, de la familia allá, de los hijos si hay hijos. Y fue en una de esas noches que me enteré, sorprendida, de que la casi adolescente Federica Schiavi hacía rato que había pasado los treinta y ya cargaba dos divorcios. Más sorprendida aún, oí la explicación de sus matrimonios fracasados: "Buscaba al hombre de mi vida, lo encontré en Egipto y lo perdí por tonta".

Hubo un par de razones para que de vuelta en Buenos Aires yo no olvidara esa confesión sentimental y novelesca. Una era el correo electrónico, que desde Milán me traía noticias de Federica Schiavi, con posdatas que iban agregando detalles a su tragedia amorosa en la insistencia de quien por pudor o timidez no se atreve a contarla a alguien cercano. La segunda razón fue la nostalgia. Tiempo atrás me habían invitado a dar una charla en la Universidad de El Cairo y, como ella, había hecho el famoso tour por el Nilo. De modo que en esas posdatas no sólo leía el itinerario donde Federica había encontrado y perdido a un hombre, sino una suerte de reconstrucción del mío, editado por otra escritura, melancólica y bastante sombría.

Desde el primer momento, el viaje de Federica se había impregnado de zozobra. Para llegar a Lúxor, el sitio de partida del crucero, debió tomar el único vuelo disponible. A las cuatro de la mañana. Era noche cerrada cuando salió del hotel y más cerrada aún en el aeropuerto. Un escuálido grupo de pasajeros aguardaba con ella, todos hombres que evitaban mirar a la única mujer sentada en una butaca de plástico. La rodeaba un murmullo soñoliento de voces árabes. Soldados de uniforme blanco vigilaban las puertas de entrada y de salida, y también eran militares el par de empleados del check-in que no parecían saber más que unas pocas frases en inglés. Federica recordó el asesinato de turistas en Lúxor, una noticia vieja pero que había dado vuelta el guante de la hospitalidad tradicional de Egipto, mostrando un revés de tensión y desconfianza. Aunque los viajes la habían acostumbrado a las sorpresas, sintió miedo, no de un ataque terrorista, sino de andar sola, de no hablar el idioma, de estar desamparada, en suma. Extrañó a los colegas de los que se había despedido, se arrepintió de la excursión y estuvo a punto de volverse al hotel. No lo hizo. Subió al avión. Menos por un impulso de coraje que por abandonarse al desorden de la fatalidad, intuido en las calles de El Cairo. Aquel crucero estaba marcado de antes, pensó, le quedaba solamente abordarlo. Y esperar.

Esperó sin esperar, mimetizándose con la fe oriental de que hagas lo que hagas tu destino te sucederá. Y entregada a la corriente de la vida, tomó el único taxi destartalado que halló en el aeroparque de Lúxor, dio al chofer el papelito con la dirección escrita en árabe, se dejó llevar a oscuras por un sinuoso camino de tierra, y vio, al cabo de una hora, el rojo violento y bellísimo de un amanecer africano.

Federica rememoraba el comienzo de su paseo como postales mágicas de escenas en un film, con ella en la platea. El viejo Lúxor Hotel, donde desayunó con ancianos ingleses, espectros del imperio perdido al que volvían en sus vacaciones; el crucero anclado en el puerto; el precario lujo occidental que se desinflaba en su avance sobre la antigüedad del río, como si un puño de historia milenaria lo fuera apretando hasta sacarle la última gota de impostura; la cubierta con mesas y bebidas una noche en que el resplandor de la luna apenas iluminaba el agua partida en dos por la proa del barco, el rincón en que Federica se había sentado. Desde ahí, a su espalda, oía las risas altas de un grupo de españoles y la conversación imparable de otro grupo de ingleses. Miraba la doble espuma del oleaje, ya deprimida y preguntándose si valía la pena esa aventura de confinamiento solitario, cuando se le aproximó una de las mujeres de la mesa británica. No podían permitir, le dijo sonriendo, en el inglés saltarín de Londres, que estuviera aislada en un lugar lleno de gente. La mujer, rubia, bonita y decidida, rechazó las protestas de Federica sobre no molestarlos y ella aceptó la invitación con agradecimiento. Media hora después, era parte del grupo como si se hubieran embarcado juntos.

"Te ahorro los pormenores de la navegación", me escribió en uno de sus mails . Pero las posdatas se alargaban en descripciones minuciosas. De los templos de Lúxor y Karnak, del Valle de los Reyes, de las caminatas para visitar tumbas de faraones, herméticas en el silencio del vacío como los jeroglíficos. Ni una mención del hombre de su vida. Quizá trataba de olvidarlo recreando una memoria de monumentos y paisajes. Que también se cortó en el transcurso de unos meses. La correspondencia con la Schiavi se hizo espaciada y neutra, de sosas noticias profesionales, hasta que tres años después volvimos a cruzarnos en otro evento literario. Con desconcierto, noté que me esquivaba. Recordé las posdatas y me dije que ése es el precio de las confesiones íntimas: avergonzarse de que las hicimos.

Siempre entristece perder una amistad inteligente por nimiedades que tienen más importancia para el que habla que para el que escucha, pero me pareció normal y ya había eliminado de mi correo a Federica y su romance egipcio cuando me llegó un nuevo mensaje. Asunto: Abu Simbel. Un texto sin saludo ni disculpas. El relato de las circunstancias en que había descubierto al hombre de su vida.

El tramo de Lúxor a Abu Simbel era en avión. Federica, rodeada por el optimismo compacto de los ingleses, se sentía tan segura y alegre como si devuelta a la niñez estuviera en un patio de juegos, divirtiéndose con otros chicos. Esa inocencia se borró en el aeropuerto de Asuán. Los recibió el ejército. Fueron escoltados a unos buses entre los gritos de oficiales que malamente trataban de imponer un orden al caos de turistas. Por suerte, en el ómnibus de Federica iba la inglesa bonita, que la saludó con un gesto de alivio. Atravesaron un páramo de roca y arena, arribaron a otro. Las puertas se abrieron, los soldados vociferaron: ¡Abu Simbel! Aturdidos por el calor, los pasajeros del avión marchaban en hilera, como presos, bajo un sol de justicia. Los detuvo el gentío apiñado contra una barrera de uniformes. Eran turistas de otro vuelo, aguardando el arribo de los guías de civil que los conducirían a los templos.

Había un bazar improvisado junto a la carretera y el oasis de un kiosco donde vendían agua mineral. Muerta de sed, Federica corrió hacia el kiosco, pero el vendedor no la entendía o no quería entenderla, y repetía la palabra dólar moviendo los dedos delante de su cara hasta casi rozarla. De pronto, otra mano la tomó del brazo y la apartó."Déjemelo a mí", dijo en inglés una voz firme. Era un hombre muy alto, bronceado, que sin soltarla se volvió a los que esperaban atrás de Federica, y con el mismo tono de autoridad serena les informó que él se ocuparía. Y compró las bebidas, las pagó, las repartió a cada uno de la fila donde, atraídos por el imán de ese desconocido, también se juntaron los ingleses de Federica.

Dirigidos por él, recorrieron el circuito de estatuas y dioses gigantescos que presidía Ramsés II, el constructor, al modo de un dictador del Tercer Mundo que cuelga su retrato en cada esquina. Era imponente, inhumano casi, el arte de esos templos. Pero Federica no veía más que al hombre que los amparaba de la incompetencia de los guías, alto como Ramsés, mítico en la veneración que despertaba en ella, en el inexpresable dominio de su trato. Supo que se llamaba William en el café del edificio que exhibe el traslado de los templos de Asuán. Durante esa pausa sin él a la vista, un italiano que se presentó a Federica como miembro del grupo de aquel líder dijo: Ah, Will, qué tipo. Y le contó que Will era de Australia, que había hecho una fortuna y que decidió celebrarla llevando a sus amigos de toda la vida y distintos países en un viaje de placer por los sitios turísticos más hermosos del globo. Todo a su cargo, por supuesto. Egipto era sólo una etapa.

La historia, de por sí singular, reforzó el impacto de su enamoramiento con un golpe de gracia: la generosidad. Aunque Federica no podría trazar exactamente los rasgos del australiano, entendió el porqué de la atracción. En el centro de esa generosidad estaba el hombre que ella había soñado. Minutos después, salía del café en su busca, con la alocada idea de pedirle que la incluyera en aquel grupo de amigos trashumantes. No llegó más lejos de la puerta. Consternada, lo divisó a la sombra de las piernas monumentales de Ramsés en su trono de roca. Abrazaba a la inglesa bonita. Federica retrocedió ardiendo de humillación y de vergüenza.

No le costó esconderse entre la muchedumbre, eran tantos. Y la generosidad del hombre lo cercaba con una muralla de consultas. Se vieron por última vez cuando ella estaba subiendo la escalerilla del avión que la regresaría a El Cairo y él esperaba otro transporte en la pista de aterrizaje. Durante un instante, Federica creyó que la miraba con un extraño desconsuelo, como si quisiera detenerla. Apenas un instante de ilusión: ese desconsuelo era el suyo. Que luego se agravó al descubrir a la inglesa bonita sentada del otro lado del pasillo. En un arranque de celos, Federica abrió el bolso, sacó la tarjeta que él le había dado, la destrozó y la tiró, consciente de que con ese acto de furia había roto un mito. El tan antiguo mito que narra que hombres y mujeres fueron en el principio un solo cuerpo que, dividido por los dioses, anhelan reencontrarse con su mitad original.

Un epílogo lastimoso cerraba el texto. Federica culpaba de la fiebre de su pasión al estudio de novelas de amor escritas por mujeres. Naturalmente, me indigné. Pero la notaba tan triste que sólo le pedí que excluyera la literatura argentina de esa venenosa generalización. Me respondió: "Es cierto. Por eso te confié mi historia. Necesitaba la piedad que hay en la ironía".

Dos años más tarde, me invitaron a un simposio en Milán. A Federica le mandé un mail de aviso. Yo tenía pocos conocidos ahí y el correo electrónico nos había hecho muy amigas. Pero se había mudado a Ferrara. ¿No me gustaría conocer su nueva casa?, preguntó. Y ensalzaba la ciudad del gran escritor Giorgio Bassani como si copiara páginas de sus libros, tentándome. Pero fue la posdata lo que me decidió: "Vivo con Will y soy feliz". No explicaba cómo ni dónde se había producido el milagro.

Llovía a mares cuando bajé del tren. Federica debía esperarme en la estación. No la reconocí hasta que la tuve delante y me abrazó. La frágil Schiavi había engordado y una madurez opulenta la envolvía como un traje demasiado amplio para la jovencita de otrora. En la vereda de su casa, un antiguo edificio marrón, me susurró: "Gracias a Internet, el mundo hoy es infinitamente más chico que un pañuelo". Ahí, bajo un paraguas chorreante, oí entera la búsqueda que había emprendido su hombre cuando al término de otros viajes, desolado, comprendió que no podía vivir sin ella. Fue la inglesa bonita, a la que casi abandonada toda esperanza recurrió por mail, la inglesa que se descompuso en el calor de Abu Simbel y que él había atendido fuera del café, quien dio la solución. Guardaba todos los nombres de su grupo, también completo el de Federica, que por su trabajo académico surgió entre los millones de páginas de la Red.

El ascensor de jaula que nos subía al piso de mi amiga era trémulo y lento como el crucero por el Nilo. Sentí que Lúxor, Abu Simbel, el desierto, las noches de increíble esplendor, los días puros de luz, convergían en el mustio ascensor junto con una bochornosa raya de envidia. ¿Quién no ha deseado hallar alguna vez, en el secreto de la imaginación, el Santo Grial de un amor romántico? Al fin iba a conocer al héroe de las posdatas, que literariamente había compartido con Federica Schiavi a través del correo. De mi admiración por el altísimo australiano, protector de mujeres en peligro, guía natural de otros hombres, sólo puedo decir que el enamoramiento es contagioso. Hasta que Federica abrió la puerta.

Quizá fue la lluvia y la opacidad terrosa de Ferrara, pero una sombra oscurecía al señor mayor que se levantó de un sillón, con el Herald Tribune en la mano. No era alto, apenas una cabeza más que Federica, flaco pero no musculoso. Había entradas de calvicie en el pelo rubio y con canas, y nos recibió tímidamente, como inseguro de su cortesía. Sólo en sus ojos, de un azul intenso, pasaba un reflejo del humor y la inteligencia que yo había leído en las posdatas. Tomamos el té. Federica hablaba, él escuchaba, dócil. Habló largamente de Will y de los viajes en que gastó todo su dinero. Pero estaban contentos. Ferrara era más barata que Milán, ella trabajaba en la universidad, Will se ocupaba de la casa.

Mi desilusión, ¿por qué ese fin agrisado y burgués a una historia exótica?, era idéntica al resentimiento del lector si las últimas páginas de un libro desmoronan sus expectativas. Los había imaginado saltando de aventura en aventura, de avión en avión, de barco en barco, eternamente jóvenes y audaces. Me sentí estafada. También mezquina. Caramba, eran seres humanos, no personajes de ficción. ¿No habría reescrito yo los mails de Federica con mi propio deseo de romance, bien oculto bajo nuestra piadosa ironía?

En el momento de irme, como si hubiera escuchado mis pensamientos, Will tomó de un mueble una fotografía enmarcada y me la enseñó. Era del templo de Abu Simbel, ellos posando, Will muy alto y bronceado, Federica esbelta y diminuta. Cuando levanté la vista de la foto, marido y mujer se miraban. Una mirada igual a esa lejana en Lúxor. Los ojos azules del hombre parecían iluminar con una luz directa, como el rayo de sol que a cierta hora entra en el templo de Ramsés, la cara de Federica, que tembló de amor y de confianza, en la gloria de su feminidad.

Hoy, si alguien dice "el hombre de mi vida" o "la mujer de mi vida", ya no pienso en el Nilo y sus misterios, ni en novelas románticas. Pienso en Ferrara bajo la lluvia, en Federica Schiavi, en la astuta modestia con que suelen manifestarse los grandes sueños que se cumplen.

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1.1.2011 GMT

el viaje

Por Virgilio Piñera

Tengo cuarenta años. A esta edad, cualquier resolución que se tome es válida. He decidido viajar sin descanso hasta que la muerte me llame. No saldré del país, esto no tendría objeto. Tenemos una buena carretera, con varios cientos de kilómetros. El paisaje, a uno y otro lado del camino, es encantador. Como las distancias entre ciudades y pueblos son relativamente cortas, no me veré precisado a pernoctar en el camino. Quiero aclarar esto: el mío no va a ser un viaje precipitado. Yo quiero disponer todo de manera que pueda bajar en cierto punto del camino para comer y hacer las demás necesidades humanas.

A propósito de ruedas, voy a hacer este viaje en un cochecito de niños. Lo empujará una niñera. Calculando que una niñera pasea a su crío por el parque unas veinte cuadras sin mostrar señales de agotamiento, he apostado en una carretera, que tiene mil kilómetros, a mil niñeras, calculando que veinte cuadras de cincuenta metros cada una hacen un kilómetro. Cada una de estas niñeras, no vestidas de niñeras sino de choferes, empuja el cochecito a una velocidad moderada. Cuando se cumplen sus mil metros, entrega el coche a la niñera apostada en los próximos mil metros, me saluda con respeto y se aleja. Al principio, la gente se agolpaba en la carretera para verme pasar. He tenido que escuchar toda clase de comentarios. Pero ahora (hace ya sus buenos cinco años que ruedo por el camino) ya no se ocupan de mí: he acabado por ser, como el sol para los salvajes, un fenómeno natural... Como me encanta el violín, he comprado otro cochecito en el que toma asiento el célebre violinista X; me deleita con sus melodías sublimes. Cuando esto ocurre, escalono en la carretera a diez niñeras encargadas de empujar el cochecito del violinista. Sólo diez niñeras, pues no resisto más de diez kilómetros de música. Por lo demás, todo marcha sobre ruedas. Es verdad que a veces la estabilidad de mi cochecito es amenazada por enormes camiones que pasan como centellas y hasta en cierta ocasión a la niñera de turno la dejó semidesnuda una corriente de aire. Pequeños incidentes que en nada alteran la decisión de la marcha vitalicia.

Este viaje me ha demostrado cuán equivocado estaba yo al esperar algo de la vida. Este viaje es una revelación. Al mismo tiempo me he enterado de que no era yo el único a quien se le revelaban tales cosas. Ayer, al pasar por uno de los tantos puentes situados en la carretera, he visto al famoso banquero Pepe sentado sobre una cazuela que giraba lentamente impulsado por una cocinera. En la próxima bajada me han dicho que Pepe, a semejanza mía, ha decidido pasar el resto de sus días viajando circularmente. Para ello ha contratado los servicios de cientos de cocineras, que se relevan cada media hora, teniendo en cuenta que una cocinera puede revolver, sin fatigarse, un guiso durante ese lapso. El azar ha querido que siempre, en el momento de pasar yo en mi cochecito, Pepe, girando en su cazuela, me dé la cara, lo cual nos obliga a un saludo ceremonioso. Nuestras caras reflejan una evidente felicidad.

En Cuentos completos, Alfaguara.

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1.1.2011 GMT

el caballo de porcelana

Por Pablo de Santis
Para LA NACION

Cuando mi padre murió, yo hacía cinco años que no lo veía. Se había ido en barco, y durante los meses que siguieron a su partida escribió unas cartas que luego se convirtieron en postales y al fin en vagos telegramas, hasta que el correo cesó por completo. Con otra persona se hubiera pensado: "Algo malo debe haberle ocurrido". Con él no. La ausencia era un rasgo de su carácter. Cumplí 18 años un jueves de diciembre de 1980: el lunes siguiente llegó una carta escrita por el capitán de un barco de la marina mercante: mi padre había muerto en un hotel de Génova.

Ese mes mi madre se fue a vivir a Mar del Plata, a la casa de su hermana, y yo me quedé solo en el enorme caserón del barrio de Boedo. Me preparé todo el verano para dar el examen de ingreso en la Facultad de Medicina, que al fin rendí, agotado por las noches en vela y las anfetaminas. A comienzos de marzo fui a buscar las notas. Una multitud llenaba el hall: algunos saltaban y daban gritos de alegría y otros, la mayoría, se sentaban abatidos en las escaleras o deambulaban por los pasillos como sonámbulos. Era difícil distinguir a los más exaltados de los más tristes, porque el llanto era el mismo. En unas infinitas planillas, pegadas con cinta scotch en las paredes, encontré mi nombre y el puntaje: 170 sobre 200. Un promedio alto, que me aseguraba el ingreso. Yo no salté ni abracé a nadie.

Apenas llegué a casa me puse a pensar en las dificultades que me esperaban: cómo haría para estudiar y trabajar a la vez. Tenía que mantener la casa, pródiga en caños agujereados, cables viejos y goteras tan entusiastas que hasta prescindían de la lluvia. Debía además comprar muchos libros: los más caros eran los de anatomía. Pasaba las noches preguntándome hasta cuándo podría seguir con la carrera. Fue entonces cuando llegó la valija.

La trajo a mi casa el capitán Rand, el mismo que había enviado la carta con la noticia de la muerte de mi padre. Rand era todo lo que uno espera de un capitán de barco: tenía la barba cana, fumaba en pipa y tomó media botella de whisky sin parpadear. Dijo que había sido su amigo; lo dijo con vacilación, como si mencionar a mi padre y a la amistad en una misma frase fuera incurrir en un extravío o una paradoja. Mi padre, me contó, había sufrido un ataque cardíaco, pero no había muerto de inmediato, había llegado a recuperar la lucidez durante algunas horas.

-Entonces me dijo que regalara toda su ropa a los pobres de una iglesia católica, y que te trajera esa valija tal como estaba. Doy por cumplidas las dos cosas.

El capitán Rand dio unos pasos tambaleantes por la sala y puso en mi mano una llave diminuta.

Era una valija de cuero negro de las viejas; en una etiqueta estaba el nombre de mi padre. Yo me quedé un rato quieto sin animarme a abrirla. Por mucho que nos impongamos el escepticismo, la esperanza se abre paso, tenaz, por donde puede. Cómo no desear que adentro hubiera algo que me salvara: un puñado de billetes, un reloj de oro, cualquier cosa que pudiera vender, o quizás -pero esto era pedir demasiado- una carta donde mi padre explicara su larga huida por el mundo, que la muerte había perfeccionado. Recordé un refrán que decía mi tío Franco: "La vida siempre tiene la última palabra", y le dejé a la valija la palabra final. Puse la llave y la abrí.

En el desorden provocado por las largas peripecias y los bamboleos del barco, había una serie de objetos sin sentido ni valor: un libro escrito en francés, un pequeño frasco de tinta verde, unas viejas cartas con sus sobres, atadas con una cinta amarilla; una mano con articulaciones, como las que usan de modelo los pintores; algunas monedas de distintas épocas y países, envueltas en un paño negro; una muñeca japonesa de madera. Las cartas estaban escritas en alemán y eran de una mujer desconocida; nunca supe qué decían. Lo más extraño de todo era un caballo de ajedrez de porcelana blanca. A un lado de la cabeza tenía pintado un único ojo azul.

Mis esperanzas de obtener un peso de aquellas baratijas eran mínimas; pero necesitaba sacar la valija de mi vista. No me molestaban los objetos incongruentes, sino la ausencia de una carta o una sola línea dedicada a mí. No tardé ni un día en llevarle la valija a Franco, el hermano mayor de mi padre. Mi tío Franco tenía un negocio de antigüedades en la calle Medrano, cerca de Corrientes. Al revés de mi padre, Franco se ocupaba con devoción de su familia (su mujer, su única hija) y siempre me había tratado con una mezcla de afecto y distancia. Era un hombre alto, de ojos claros, que parecía estar siempre ligeramente ausente, como si de tanto estar entre muebles y cosas viejas un pedazo de él fuera incesantemente arrebatado por el pasado. Apenas me vio con la valija, me preguntó:

-¿Te vas de viaje?

Pero yo murmuré el nombre de su dueño, y le tendí la llave dorada. Antes, solo, yo la había abierto con lentitud (así es como se frotan las lámparas mágicas y se abren los cofres en los cuentos), pero él lo hizo con desinterés y brusquedad. Miró los objetos y sólo dijo:

-Tu padre, tu padre...

El predicado de la frase fue un largo silencio.

-¿Hay algo de valor? -pregunté.

Suspiró.

-Tal vez se pueda vender la muñeca. Hay coleccionistas que pagan bien. Pero depende de que pertenezca a una colección, de que no haya sido restaurada...

Conversamos de mis primeras clases en la facultad, de mis trabajos ocasionales (la desgrabación de algunas materias de la facultad, una suplencia en Botánica en un colegio secundario) y abandoné la valija con el alivio con que se despachan los equipajes en los aeropuertos.

Tres meses después ya estaba a punto de abandonar la facultad. El padre de un amigo me había ofrecido un trabajo de ocho horas en una aseguradora. Podría ganar lo suficiente para mantener la casa. Más adelante retomaría la carrera. Esta mentira me la decía en voz alta, para resultar más creíble. En esas deliberaciones estaba cuando mi tío me llamó. Caminé hasta el negocio. La valija ya no estaba a la vista. El caos de muebles, jarrones y cristalería se la había tragado. Franco sonreía.

-Aunque no lo puedas creer, vendí el libro.

Me tendió unos billetes. Alcanzaría para salir del apuro en que estaba metido.

-¿Tanto?

-El libro recopilaba unas cartas de un tal Argenson, un amigo de Voltaire. Pero no era valioso por eso, sino por no sé qué detalle de la encuadernación y porque estaba impreso en caracteres elzevirianos. A los bibliófilos les gustan esas cosas raras que uno ni nota. El librero buscó en unos catálogos, estudió el lomo con una lupa y pronunció una cifra que me sorprendió. Tengo años de práctica en poner cara de póquer, así que dije que lo pensaría. Pasé el resto del día visitando a todos los libreros anticuarios de la ciudad. Se lo vendí al que me ofreció más.

Miré los billetes.

-Es el primer regalo que mi padre me hace en años -le dije.

-Ya era hora.

Empecé a noviar con una estudiante y luego con otra, y no hay nada como el romance para que nos distraigamos de todo. Dejé que pasaran los meses sin una sola visita a mi tío. Cuando me aparecí en su negocio, yo andaba al borde de la ruina. Mi tío estaba de mal humor -una señora que acababa de enviudar quería venderle una lámpara y le pedía una fortuna- pero me dijo que se ocuparía del asunto en cuanto tuviera un minuto libre. Me pareció que le causaba un poco de fastidio el recuerdo de la valija.

Una semana después me llamó por teléfono.

-Decidí probar suerte con las monedas. Había una que parecía muy antigua; la fecha estaba borrosa, y le tenía algo de confianza. Pero parece que su valor era nada. En cambio, las dos monedas polacas, grandes y plateadas, las acuñaron justo antes de la invasión alemana y por eso son una rareza. Me ofrecieron 700 dólares. Las vendí sin consultarte.

Fui corriendo al negocio. Llegué sin aire: me esperaba mi tío en la puerta, sentado en una mecedora Thonet, con un sobre en la mano. Insistí en vano en dejarle una parte de comisión.

-No puede ser casualidad -dije después-. ¿Y si mi padre decidió entregarme algo valioso pero que estuviera escondido, a salvo de las miradas? Tal vez desconfiaba del capitán Rand.

-Puede ser -dijo mi tío, no muy convencido-. Pero no esperes que todo tenga valor. Aunque tu padre haya reunido estos objetos a propósito, puede haberse equivocado: no era ningún experto en antigüedades.

Los primeros años de la facultad habían estado marcados por la zozobra y los aplazos; los cambié por la convicción y los siete cincuenta. Las sucesivas novias ocasionales derivaron en una novia única, bonita y persistente; mis empleos transitorios, en un puesto en un laboratorio. Me pareció que vivir era como leer novelas policiales: uno iba pasando de las múltiples pistas al indicio verdadero, de los abundantes sospechosos al asesino final. Se aprendía a resumir, a subrayar lo importante. La valija colaboró con esa serie inevitable de progresos y abdicaciones que nos traen los años. Cuando enfermó mi madre, las estampillas de las cartas resultaron ser un tesoro; cuando apareció una vieja deuda inmobiliaria, la tinta verde fue vendida al Museo de Plumas de Sintra, en Portugal. La mano la compró una Academia de Bellas Artes: y así me enteré de que era un modelo fabricado en un taller de carpintería de Cartagena de Indias. La valija estaba casi vacía, pero yo ya estaba a punto de obtener mi título.

-Sólo queda el caballo de ajedrez -dijo mi tío-. Pero ahí no tengo ninguna confianza. Las otras cosas estaban completas; el caballo, en cambio, es la parte de un todo que no sabemos dónde está.

El caballo no me preocupaba. No tenía el mismo apremio que antes por el dinero. A lo que no me resignaba era a que la valija estuviera vacía del todo. Era como si todavía esperase de mi padre un último objeto, un mensaje final. Una tarde mi tío pasó a verme y nos sentamos en un bar de la avenida Boedo. Yo pedí un café, él un vaso de vino tinto y soda.

-Estuve investigando la pieza- dijo con tono misterioso.

-¿Y?

-Fui a curiosear a la biblioteca del club Torre Negra, ¿lo conocés? -Negué con la cabeza. -Parece que en la ciudad de Darmstadt, en Alemania, cerca de Fráncfort, hay un Museo de la Porcelana. Y ahí tienen un juego de ajedrez al que le falta una pieza. En los años 30 robaron uno de los caballos blancos. Como el museo viene ofreciendo, a modo de curiosidad, más que de esperanza, una recompensa por la pieza, ya varias veces les enviaron falsificaciones. Voy a escribirles, quién sabe, mirá si ésta es la verdadera.

Pero a los dos meses mi tío, en el mismo bar, me contempló con tristeza:

-Les envié el caballo, como te había contado. Y me acusaron de querer estafarlos, malditos alemanes. Parece que nuestro caballo era mucho más blanco, mientras que las piezas de ellos tenían un matiz amarillento. La superficie del nuestro era tersa; las otras piezas mostraban pequeñas, imperceptibles estrías. Ya está, se acabó, no hay nada más en la valija.

Di mi última materia sin decirle a nadie que terminaba: esos festejos con harina, témpera de colores y huevos siempre me parecieron deprimentes. Pero alguien tenía que enterarse, así que llamé a mi madre a Mar del Plata y la oí balbucear en medio del llanto, y luego pasé por el negocio para contarle a mi tío. Me dio un abrazo, algo insólito en él. Fue a la cocina y volvió con una botella.

-Tendríamos que brindar con champán francés, pero sólo tengo una sidra, que quedó de Año Nuevo. Igual sirve.

Brindamos en copas de cristal de Bohemia.

-Yo también tengo buenas noticias -dijo después de terminar la copa-. Me escribieron una carta del Museo de la Porcelana de Darmstadt. Parece que el mes pasado expusieron en una vitrina las falsificaciones de la pieza, entre ellas la nuestra. El público se entretenía mirando las diferencias entre las copias y el caballo blanco original. Pero una tarde aparece por el museo un viejo profesor de Física y pide hablar con el director. Éste lo recibe en su despacho. "En mi juventud yo jugué una partida con ese tablero, cuando estaba completo, y recuerdo perfectamente que la pieza que luego fue robada tenía pintado un solo ojo. Y uno de los caballos expuestos es así. Ahora bien: este detalle no lo sabe casi nadie. ¿Cómo lo supo el falsificador?". Gracias a las palabras del profesor, el director del museo decidió darle una nueva oportunidad a la pieza. Así se dio cuenta de que nuestro caballo, lejos de ser falso, era el único que conservaba intacto el color original.

-¿Y por qué era distinto?

-Durante los bombardeos de 1944 el techo del museo se desplomó. Las otras piezas del juego se estropearon debido al polvo, a la exposición al sol, a la larga permanencia en el sótano inundado. La pieza era tan verdadera, tan semejante al juego en el momento mismo de su creación que, por contraste con el resto, parecía falsa.

Volvimos a brindar y terminamos la sidra.

-La semana que viene llegará el dinero -anunció mi tío.

Tenía que contarle algo a mi tío, así que aproveché un sábado a la mañana para acercarme al local. Me sorprendió ver a mi prima Esther.

-Papá está enfermo. Son los pulmones. El médico le ordenó que descansara al menos un mes. No quiere que esté en contacto con el polvo.

Yo iba a contarle a Franco que me habían otorgado una beca para una universidad del Canadá, pero me pareció que hablarle de viajes a mi prima, que sufría por estar condenada al negocio familiar, era una afrenta. Todos sus comentarios eran declaraciones de melancolía:

-Estoy tan cansada de las cosas viejas que me gustaría vivir en una casa en la que todo fuera limpio, nuevo y blanco.

Así como hay gente con la que entablamos conversación con facilidad, hay otros a quienes nunca sabemos qué decir. En esa mutua extrañeza coincidíamos con Esther. Ella me convidó un vaso de Coca-Cola y los dos nos quedamos en silencio, incómodos. Cuando entró un cliente, casi lo abrazamos. Aproveché la interrupción para decirle que me iba, que no quería molestarla, saludos a la familia. Ella me detuvo.

-En el depósito hay una valija con el nombre de tu padre. ¿Por qué no te la llevás?

Tenía curiosidad por revisarla a fondo, pero a la vez me desanimaba volver a mi casa con la valija. Fuera cual fuera su secreto, era mejor no verla más.

-Quedatela o vendela. Está vacía.

-¿A quién le voy a vender una valija vieja? Las nuevas, made in China y con rueditas, no cuestan nada. Además, me parece que vacía del todo no está.

¿Habría quedado un último objeto en un bolsillo o en un compartimento secreto? Era fácil imaginar a mi padre con una valija con doble fondo, atravesando fronteras nocturnas con cosas de contrabando.

Detrás de una puerta estaba el depósito. Ahí mi tío se dedicaba a encolar las patas de las sillas, a limpiar los bronces, a poner espejos nuevos en marcos antiguos. La valija estaba sobre una mesa. La llave dorada esperaba en la cerradura. Que haya una carta, deseé con todas mis fuerzas. Que la valija no esté vacía del todo. La abrí. Todas las cosas estaban en su lugar: el libro, las cartas atadas con cinta amarilla, las monedas, el frasco de tinta, la mano articulada, la muñeca japonesa, y abajo de todo, como escondido, el caballo de porcelana con su único ojo azul.

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1.1.2011 GMT

victorcito el hombre oblicuo

Por Isidoro Blaisten

De chico yo ya pintaba que iba a ser oblicuo. Mi madre, al ver que en vez de mamadera le chupaba siempre el dedo pulgar, decía:

-Este chico va a ser oblicuo.

Y mi madre tenía razón. El pulgar se le había ido desgastando hasta ser una cosa monda y amorfa, el anillo de casamiento, que en aquel entonces se usaba grueso, se fue haciendo cada vez más fino y desbastado, a causa de mis mordiscones o el golpeteo constante de mis labios.

Cuando ya mi madre se quedó sin anillo, tuvieron que poner a la sirvienta para que me corriera el plato de sopa. Primero le pegaba a mi hermanito y alargaron la mesa. No la embocaba nunca en el plato, y la gran mesa de cedro quedó orlada de muescas oblongas, porque la sirvienta tenía que caminar detrás de mí corriéndome el plato, mientras que un hijo natural de la sirvienta, un muchacho de catorce años llamado Manuel, se encargaba de levantarme con la silla para que yo estuviera paralelo a la sopa. Cuando la sirvienta llegó al límite de la mesa, tuvieron que contratar nuevo personal: un enano que con guantes de box paraba mis cucharazos y evitaba que me cayese, y un señor a quien llamaban "el volvedor", que era el encargado de volverme al extremo de la mesa.

Suplantaron a la sirvienta por una cinta sin fin que arrastraba el plato de sopa. Pero yo me debilitaba.

Por fin, un ingeniero italiano, de apellido Martelli, a la sazón amigo de mi padre, inventó para mí el plato imantado, y así pude crecer bastante lozano.

Entré en la adolescencia. La edad del dolor. Porque adolescencia viene del latín "adolescere" que quiere decir dolor. Trato, ex profeso, de evitar mi infancia porque mi infancia era más dolorosa todavía.

Cómo envidiaba a los chicos del arroyo que podían jugar al balero o ir a la calesita. Yo recuerdo que tenía que jugar al balero sin bola. Con el palo únicamente y Manuel a mi lado para dar vuelta la bola, pero con la mano izquierda. La única vez que fui a la calesita, al intentar sacar la sortija, le desprendí un ojo al calesitero. Por suerte, mi padre era amigo del extinto presidente Alvear.

Volviendo a mi adolescencia, mi problema mayúsculo consistía en que escribía en el aire. Un rabino, con esa mentalidad judía propia de la raza, le dijo a mi padre que por más oblicuo que yo fuera, siempre me iba a resultar más fácil aprender a escribir en hebreo o en árabe que de izquierda a derecha. El ingeniero Martelli estuvo de acuerdo y aducía que "mastro" Leonardo (como decía él, me acuerdo perfectamente) era ambidextro y hacía lo que se ha dado en llamar escritura de espejo. De manera que yo escribía únicamente en árabe, pero sólo la mitad. Mi madre (eminentemente práctica) hizo un gran donativo y contrató a un hermano terciario para que completase la parte en blanco.

Para esa época los demonios de la carne me perseguían. Yo había adquirido el feo vicio solitario y me encerraba en el baño. Pero siempre terminaba golpeando la puerta y mi madre gritando desde abajo:

-Victorcito, ¿qué te pasa?

Y corría a salvarme porque creía que me había quedado encerrado.

Más tarde, por ser oblicuo, no pude tener ninguna experiencia amorosa. Si quería besar, o siquiera saludar a una muchacha, siempre, invariablemente, besaba a un viejo que venía atrás, o me golpeaba contra la corteza de los árboles. Mi miembro viril se deshizo contra mil paredes en los lupanares de San Fernando. Una madama me apodó el "rompeveladores" porque en la animalidad carnal, y al tomar impulso en mi frenético deseo, destruía esos artefactos. Mi padre gastó una fortuna en reponerlos.

Pero el sexo me perseguía. Aparte de que en el equipo intercolegial me usaban únicamente para tirar al córner, aparte de que cuando intentaba oprimir el botón de un ascensor prendía las luces, o tocaba los timbres de los departamentos, yo necesitaba casarme.

Mi madre, mediante los hermanos terciarios, consiguió una mujer oblicua como yo. Pero era oblicua para el otro lado. Mi padre tenía sus dudas.

-No importa -dijo mi madre-, Victorcito tiene que casarse.

Y hete aquí cómo me casé con Amelia. A la sazón yo estaba muy excitado y cuando me pongo nervioso me vuelvo más oblicuo aún, razón por la cual no me podía colocar las medias para trasladarme a la iglesia. Ya tenía los talones doloridos de tanto golpeármelos contra el suelo, pese a que hacía harto tiempo que mi madre, aconsejada por los hermanos terciarios, había optado por mandar a fabricarme las medias al revés, y que sólo podía calzármelas en el rincón del dormitorio y que de la casa de al lado (la casa colindante a la nuestra) los vecinos hacía tiempo que se venían quejando de los golpes. Prácticamente me había quedado sin codos, pero la noche de mi casamiento ha quedado grabada en mi retina con caracteres indelebles.

Para ponerme los pantalones del jaquet, rompí el espejo. La camisa fue un drama, puesto que no lograba introducir la mano en la manga y en cambio les daba furibundos golpes a los caireles de la araña. Decidí entonces ubicarme en un ángulo. Forré las dos paredes con los almohadones del living, y por fin pude vestirme la camisa.

Amelita, pues así llamaba mi madre a mi prometida, habrá tenido también sus múltiples problemas, según colegí, pero para el otro lado, pues según ya dije, era también oblicua, pero del lado contrario al mío.

Durante la ceremonia religiosa todo fue plausible aun considerando el grado de nuestra emotividad, pero llegado el momento de colocarnos los anillos y de besarle la mano al obispo, nuestros esponsales pasaron a convertirse en un espectáculo, que todavía se recuerda y se comenta en los anales de la iglesia de Nuestra Señora de la Merced.

Amelita no lograba ensartar la sortija en mi dedo. Se rompió todas las uñas. Las postizas y las otras. Yo le clavaba la yema de mis dedos en el esternón al padrino, como si fuera un moderno golpe de karate.

Todos se levantaron de sus sitios y se arremolinaron alrededor del altar. El organista había cesado de tocar a Bach y bajó a presenciar la escena. Por fin mi madre, práctica como siempre, se acercó ella misma y nos colocó los anillos.

Pero el anillo del obispo no podía ser besado por Amelita. Ella sollozaba y de los nervios le mordía la puntilla de la manga al alto prelado mientras yo, del otro lado, le daba topetazos en el vientre con mi cabeza.

Un monaguillo pelirrojo, con cara de chico del arroyo, le dijo algo al oído al obispo, y éste ordenó quedarnos quietos y apoyó su anillo en nuestras bocas. Por fin la ceremonia terminó. El obispo se retiró dejando una larga cola de encaje y puntillas que le salían de la manga.

Los saludos en el atrio fueron para mí una cosa acostumbrada. Siempre le daba la mano a otro. Al que estaba atrás o al costado. Mucha gente que quedó sin saludar se fue enojada.

Amelita, mientras tanto, con los besos, mordió innumerables cuellos y paspó muchas orejas de señoras. Lo más triste fue que (como ya dejé acotado) Amelita, cuando le venía la desesperación, en vez de besar mordía, le desprendió a una señora un aro florentino del siglo XVI que jamás fue encontrado.

Durante la recepción, Amelita desparramó tres bandejas, a saber: una al darle la mano a mi tío Arnoldo Esteban que a la sazón le iba a tomar la mano para sacarla a bailar el vals. La segunda, cuando con un gesto delicado quiso hacer un arreglo floral en un bouquet de anémonas dispuesto en un potiche, y la tercera cuando quiso rodearle el talle a su amiga del alma Araceli Amarilis, que dos años después perdió la vida al desbarrancarse su landó.

En lo que a mí atañe, en la recepción mi proceder fue sobrio. Salvo que la concurrencia comprendió y nadie se ponía detrás de mí, pues a cada brindis, al intentar beber de una copa, indefectiblemente mojaba a alguien. Este hecho decidió a que en el magín del ingeniero Martelli se gestara la idea de inventar para mí, a posteriori, las botellas con rueditas provistas de un biombo de contención.

Nuestra noche de bodas fue una tragedia. El hecho sexual, en el tálamo nupcial, no se pudo consumar. Poseídos por los demonios de la carne los dos quisimos satisfacer la comunión de los cuerpos. Fue imposible: la suite de nuestro hotel quedó totalmente destrozada. Vuelvo a consignar aquí que Amelita era oblicua para el otro lado. A la postre resolví atar a Amelita. Tras múltiples esfuerzos sacamos el colchón, pusimos el elástico vertical y la até a Amelita con las cortinas de voile.

Conociendo mi lado oblicuo, paré el colchón del lado izquierdo al lado del elástico a guisa de elemento amortiguante. Tomé impulso (como siempre lo hago para ver si la velocidad disminuye mi oblicuidad), pero cuando estaba por llegar, Amelita se corrió por la ley de la inercia para su propio lado oblicuo. Me estrellé contra los listones del elástico. Todavía conservo la gruesa cruz cárdena incrustada en mi frente y de la cual, al mirarla, los hermanos terciarios no dejan de exclamar cada vez que me ven: "Santo, santo, santo".

Ensayamos otras posiciones. Algunas infernales, otras que escapan al pudor. Mas todas resultaron infructuosas. Amelita, desesperada y mordiendo más que nunca, se embarcó a los seis días para el Congo. Partía como misionera.

Yo me quedé solo y más oblicuo que nunca. Solo, no. Sería desconsiderado de mi parte dejar de recordar a Pimpín Allende, Evar Ruiz Erkinsons, Canti Palumbo y Alsacio von Scoranzi, todos bizcos, que ya murieron y que me alentaron en mi desconsuelo. Pero yo estaba más oblicuo que nunca. Un día tomé un colectivo. Lo hice porque me hallaba desasosegado, con la mente obnubilada y víctima del ansia de la autodestrucción. Fue exactamente nueve días después de mis esponsales. Y como nada dictado por la desesperación puede llegar a feliz término, y como el colectivo a la sazón estaba lleno, al intentar sacar el boleto me llevaron preso por homosexual. Mi padre tuvo que recurrir al extinto presidente Alvear para evitar el escándalo. Pero no terminaron acá mis detenciones. Una tarde de 1926, cuando bajaba a Buenos Aires desde la estancia, subí al tren en la estación Laboulaye, y me lo encuentro al Canti Palumbo que venía de Santa María. Al intentar saludarlo, me llevaron preso también, esta vez por punguista, pues había introducido la diestra en el bolsillo interior de un pasajero. Lo recuerdo muy bien. Era un señor de rancho, pamblich y quevedos, medio parecido a Ramón Novarro. Ya en Buenos Aires, la policía no consiguió colocarme las esposas. Permanentemente le golpeaba la barriga al oficial de los bigotitos, muy flaco y ventrudo él. Mi padre, que esta vez no quiso recurrir a su extinto compinche el extinto presidente Alvear, tuvo que gastar una pequeña fortuna a guisa de donativo para la construcción del entonces en ciernes hospital Churruca.

El soplo de la tragedia aleteaba en mi corazón transido. Sólo me restaba la muerte. Preparé mi carta en árabe y me dispuse a suicidarme disparándome un balazo en la sien. El tiro salió por la ventana y mató a una pobre viejecita del arroyo, que a la sazón transitaba por la vereda de enfrente con su humilde canasta para ir al mercado. Fue un gran escándalo que adquirió notoriedad pública, pues dada la prominencia social de mi familia, las clases bajas, las gentes del arroyo y los obreros efectuaron manifestaciones frente a mi casa paterna, donde escribieron con alquitrán en el frontispicio: "Basta oligarcas", "Victorcito Asesino" y "Vengaremos el crimen de la oligarquía".

Me refugié en la estancia. Manuel, el hijo natural de la sirvienta que ya mencioné al principio, y que había sido llevado por mi padre para la mayordomía, hizo lo imposible con su afecto para borrar mi desazón. Clavaba junto al corral un poste pintado de blanco con una sandía en la punta. Yo trataba de enlazarlo y por la izquierda pialaba un potro.

Pero volví de la estancia cada vez más oblicuo. No podía usar sombrero porque cuando me lo sacaba se lo colocaba a otro. Estando sentado no podía ensartar la hebilla de la malla del reloj (que por aquel entonces empezaron a usarse) porque me desabrochaba la bragueta, razón por la cual tenía que hacerlo únicamente de pie y apoyado contra la puerta de la sala de estar.

Los chuscos del arroyo me hacían pullas cuando me veían por la calle. Me habían hecho una cuarteta y me la cantaban como en las carnestolendas:

Victorcito es un torcido

como una teta de vieja

cuando pita del cigarro

se lo enchufa en una oreja.

Recuerdo que, cuando me presentaron al extinto presidente Alvear, éste hizo una chanza al verme: preguntó si para que yo pudiera rascarme la espalda me daban un violín.

Quizás el arte, me dije entonces para mi coleto. Quizás el arte, me repetí, pueda salvarme. El piano lo descarté. Ya de niño, y mientras estudiaba con los hermanos terciarios, había sufrido con el piano un tremendo golpe anímico y somático. El hermano Balvastro me enseñaba el concierto para la mano izquierda de Ravel. A los primeros acordes me faltó el piano. Caí de bruces, y me quedó en la nuca una cicatriz con forma de escapulario. Al verla, los hermanos terciarios exclamaron al unísono: "Santo, santo, santo".

De tal suerte que decidí dedicarme al estudio de la pintura. Pinté en todos lados menos en el lienzo. Intenté cambiar los lugares, y me fui trasladando por todos los lugares de mi casa paterna con todos mis petates de pintor. Así fue como enchastré el living, dejé convertido el porche en un pastiche, pergeñé de grafismos pictóricos la sala de estar, y un día pinté de viola la cara de Manuel que me estaba mirando. Le había pintado una cruz. Los hermanos terciarios que vinieron a tomar el té con mi madre, al verlo, exclamaron al unísono: "Santo, santo, santo".

El ingeniero Martelli, convocado por mi padre, y a fin de que yo pudiera pintar de una vez por todas, inventó para mí lo que él denominó "El embo plus colori". Mientras lo construía, lo apodaba cariñosamente "El Vittorio Emanuele". Pero el aparato resultó inoperante, caro, enorme y más parecía una máquina infernal de "mastro" Leonardo que un auxiliar de pintor oblicuo. Se componía de dos émbolos, cinco poleas y un torniquete provisto de un motor de ignición. Me aprisionaba el brazo y me obligaba a mantenerlo en una posición paralela al lienzo. Pero la oblicuidad se me descargó para arriba y, buscando su nivel, pinté todos los lugares a la altura de las puertas. Una cenefa multicolor orló toda la casa a la altura de un brazo extendido. "El Vittorio Emanuele" fue descartado. El ingeniero Martelli dijo que persistiría y se encerró en su estudio a dibujar nuevos planos. Todavía los sigue dibujando. Pero la locura repentina de que fue víctima el ingeniero Martelli es otra triste historia, que algún día narraré, cuando mi actual profesión de crítico literario me deje tiempo.

Sigamos. Mi madre entonces llamó al rabino. Éste meditó, me miró, volvió a mirarme y a meditar, le pidió a mi madre un centímetro y me midió el brazo. Entonces ordenó que me fueran a comprar otro caballete idéntico al anterior. Mi madre mandó a Manuel, y una vez que el rabino lo hubo tenido en su poder, lo colocó con un bastidor igual, al lado del otro. De tal forma que, calculada mi oblicuidad, sólo me restaba dar la pincelada en el caballete de la derecha, para que ésta apareciese en el de la izquierda. El rabino se retiró satisfecho. Pero lo que el rabino no pudo calcular fue la velocidad de mi oblicuidad. De manera que pinté botellas con el cuello separado del cuerpo, hombres con la cabeza al costado, mandarinas con las hojitas en el otro extremo del borde y peces con los ojos muy lejos de la cabeza. Un terror sobrehumano me fue martillando la caja craneana, un frío me pasaba por la médula, la piel se me erizaba con sus mil agujas de angustia, y Satanás reía arrastrando su muñón sanguinolento. La negra desesperación sumía mi alma en las tinieblas. Acaso el vicio, pensé. Sea, me dije. Mi primera y única experiencia en el hipódromo terminó en litigio. Los hechos se sucedieron de la siguiente manera: Pimpín Allende, pocos días antes de morir, se presentó en mi casa paterna mientras yo pintaba, y me dijo lo siguiente:

-Victorcito. Debes jugar al caballo número seis. El potrillo lleva por nombre Tangencial.

Llegué tarde al hipódromo. Los nervios no me dejaban afeitarme y en vez del mentón me enjabonaba el hombro. Tuvo que venir Manuel y afeitarme.

Llegado que hube al hipódromo, ya sobre el filo de lo irremediable, me puse en la fila de la ventanilla número seis. Por los altoparlantes, la voz cuajada de alarma del locutor prorrumpía en voces preventivas:

-Se cierra el sport. Se va a cerrar el sport.

El empleado estaba por bajar la ventanilla cuando reclamé dos talonarios. Me los dieron, sí, pero cuando iba a pagar fui víctima de la oblicuidad, y pagué en la siete, justo cuando el empleado había ya bajado la ventanilla. El de la seis me arrebató los boletos y bajó también su ventanilla. Ganó el seis, Tangencial, por varios cuerpos. Amparado por el doctor Aparicio von Scoranzi, hermano del extinto amigo mío bizco Alsacio von Scoranzi, todavía estoy en litigio con la comisión de carreras del Jockey Club.

Ni el vicio, ni el erotismo, ni el arte, ni el matrimonio. Los designios del Señor me lo estaban negando todo, hasta que un día que yo estaba tratando de abrir un pomo de amarillo de cadmio para lo cual, y siguiendo las instrucciones del rabino, lo había colocado sobre el dressoir, es decir, a la derecha el tubo de dentífrico y a la izquierda el pomo de amarillo de cadmio, en ese momento, digo, entra mi tío Arnoldo Esteban y me dice:

-Victorcito. Albricias. He descubierto que tú sirves para crítico literario. Lo tienes todo: sabes el árabe, eres oblicuo, lo tienes todo.

Entré a El Nacional por la puerta grande. Y aún sigo. Mis críticas son asombrosas. Las dicto. He hallado mi camino, pese a que algunos familiares de escritores suicidados dicen que yo no quiero a nadie.

De Dublín al Sur, 1992, Emecé



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1.1.2011 GMT

Sennin

Sennin

Por Ryunosuke Akutagawa

Un hombre que quería emplearse como sirviente llegó una vez a la ciudad de Osaka. No sé su verdadero nombre. Lo conocían por el nombre de su sirviente, Gonsuké, pues él era, después de todo, un sirviente para cualquier trabajo.

Este hombre -que nosotros llamaremos Gonsuké- fue a una agencia de COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO y le dijo al empleado que estaba fumando su larga pipa de bambú:

-Por favor, señor Empleado, yo desearía ser un sennin. ¿Tendría usted la gentileza de buscar una familia que me enseñara el secreto de serlo, mientras trabajo como sirviente?

El empleado, atónito, quedó sin habla durante un rato, por el ambicioso pedido de su cliente.

-¿No me oyó usted, señor Empleado? -dijo Gonsuké-. Yo deseo ser un sennin. ¿Quisiera usted buscar una familia que me tome de sirviente y me revele el secreto?

-Lamentamos desilusionarlo -musitó el empleado, volviendo a fumar su olvidada pipa-, pero ni una sola vez en nuestra larga carrera comercial hemos tenido que buscar un empleo para aspirantes al grado de sennin. Si usted fuera a otra agencia, quizá...

Gonsuké se le acercó más, rozándolo con sus presuntuosas rodillas, de pantalón azul, y empezó a argüir de esta manera:

-Ya, ya, señor, eso no es muy correcto. ¿Acaso no dice el cartel COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO? Puesto que promete cualquier trabajo, usted debe conseguir cualquier trabajo que le pidamos. Usted está mintiendo intencionalmente, si no lo cumple.

Frente a un argumento tan razonable, el empleado no censuró el explosivo enojo:

-Puedo asegurarle, señor Forastero, que no hay ningún engaño. Todo es correcto -se apresuró a alegar el empleado-, pero si usted insiste en su extraño pedido, le rogaré que se dé otra vuelta por aquí mañana. Trataremos de conseguir lo que nos pide.

Para desentenderse, el empleado hizo esa promesa y logró, momentáneamente por lo menos, que Gonsuké se fuera. No es necesario decir, sin embargo, que no tenía la posibilidad de conseguir una casa donde pudieran enseñar a un sirviente los secretos para ser un sennin . De modo que al deshacerse del visitante, el empleado acudió a la casa de un médico vecino.

Le contó la historia del extraño cliente y le preguntó ansiosamente:

-Doctor, ¿qué familia cree usted que podría hacer de este muchacho un sennin, con rapidez?

Aparentemente, la pregunta desconcertó al doctor. Quedó pensando un rato, con los brazos cruzados sobre el pecho, contemplando vagamente un gran pino del jardín. Fue la mujer del doctor, una mujer muy astuta, conocida como la Vieja Zorra, quien contestó por él al oír la historia del empleado.

-Nada más simple. Envíelo aquí. En un par de años lo haremos sennin .

-¿Lo hará usted realmente, señora? ¡Sería maravilloso! No sé cómo agradecerle su amable oferta. Pero le confieso que me di cuenta desde el comienzo de que algo relaciona a un doctor con un sennin .

El empleado, que felizmente ignoraba los designios de la mujer, agradeció una y otra vez, y se alejó con gran júbilo.

Nuestro doctor lo siguió con la vista; parecía muy contrariado. Luego, volviéndose hacia la mujer, la regañó, malhumorado:

-Tonta, ¿te has dado cuenta de la tontería que has hecho y dicho? ¿Qué harías si el tipo empezara a quejarse algún día de que no le hemos enseñado ni una pizca de tu bendita promesa después de tantos años?

La mujer, lejos de pedirle perdón, se volvió hacia él y graznó:

-Estúpido. Mejor no te metas. Un atolondrado tan estúpidamente tonto como tú apenas podría arañar lo suficiente en este mundo de te comeré o me comerás, para mantener alma y cuerpo unidos.

Esta frase hizo callar a su marido.

A la mañana siguiente, como había sido acordado, el empleado llevó a su rústico cliente a la casa del doctor. Como había sido criado en el campo, Gonsuké se presentó aquel día ceremoniosamente vestido con haori y hakama, quizás en honor de tan importante ocasión. Gonsuké aparentemente no se diferenciaba en manera alguna del campesino corriente: fue una pequeña sorpresa para el doctor, que esperaba ver algo inusitado en la apariencia del aspirante a sennin . El doctor lo miró con curiosidad, como a un animal exótico traído de la lejana India, y luego dijo:

-Me dijeron que usted desea ser un sennin, y yo tengo mucha curiosidad por saber quién le ha metido esa idea en la cabeza.

-Bien, señor, no es mucho lo que puedo decirle -replicó Gonsuké-. Realmente fue muy simple: cuando vine por primera vez a esta ciudad y miré el gran castillo, pensé de esta manera: que hasta nuestro gran gobernante Taiko, que vive allá, debe morir algún día; que usted puede vivir suntuosamente, pero aun así volverá al polvo como el resto de nosotros. En resumidas cuentas, que toda nuestra vida es un sueño pasajero... justamente lo que sentía en ese instante.

-Entonces -prontamente la Vieja Zorra se introdujo en la conversación-, ¿haría usted cualquier cosa con tal de ser un sennin ?

-Sí, señora, con tal de serlo.

-Muy bien. Entonces usted vivirá aquí y trabajará para nosotros durante veinte años a partir de hoy y, al término del plazo, será el feliz poseedor del secreto.

-¿Es verdad, señora? Le quedaré muy agradecido.

-Pero -añadió ella- de aquí a veinte años usted no recibirá de nosotros ni un centavo de sueldo. ¿De acuerdo?

-Sí, señora. Gracias, señora. Estoy de acuerdo en todo.

De esta manera empezaron a transcurrir los veinte años que pasó Gonsuké al servicio del doctor. Gonsuké acarreaba agua del pozo, cortaba la leña, preparaba las comidas y hacía todo el fregado y el barrido. Pero esto no era todo: tenía que seguir al doctor en sus visitas, cargando en sus espaldas el gran botiquín. Ni siquiera por todo este trabajo Gonsuké pidió un solo centavo. En verdad, en todo el Japón no se hubiera encontrado mejor sirviente por menos sueldo.

Pasaron por fin los veinte años y Gonsuké, vestido otra vez ceremoniosamente con su almidonado haori como la primera vez que lo vieron, se presentó ante los dueños de casa.

Les expresó su agradecimiento por todas las bondades recibidas durante los pasados veinte años.

-Y ahora, señor -prosiguió Gonsuké-, ¿quisieran ustedes enseñarme hoy, como lo prometieron hace veinte años, cómo se llega a ser sennin y alcanzar juventud eterna e inmortalidad?

-Y ahora ¿qué hacemos? -suspiró el doctor al oír el pedido. Después de haberlo hecho trabajar durante veinte largos años por nada, ¿cómo podría en nombre de la humanidad decir ahora a su sirviente que nada sabía respecto al secreto de los sennin ? El doctor se desentendió diciendo que no era él sino su mujer quien sabía los secretos.

-Usted tiene que pedirle a ella que se lo diga -concluyó el doctor, y se alejó torpemente.

La mujer, sin embargo, suave e imperturbable, dijo:

-Muy bien, entonces se lo enseñaré yo; pero tenga en cuenta que usted debe hacer lo que yo le diga, por difícil que le parezca. De otra manera, nunca podría ser un sennin ; y además tendría que trabajar para nosotros otros veinte años, sin paga. De lo contrario, créame, el Dios Todopoderoso lo destruirá en el acto.

-Muy bien, señora, haré cualquier cosa por difícil que sea -contestó Gonsuké. Estaba muy contento y esperaba que ella hablara.

-Bueno -dijo ella-, entonces trepe a ese pino del jardín.

Desconociendo por completo los secretos, sus intenciones habían sido simplemente imponerle cualquier tarea imposible de cumplir para asegurarse sus servicios gratis por otros veinte años. Sin embargo, al oír la orden, Gonsuké empezó a trepar al árbol, sin vacilación.

-Más alto -le gritaba ella-, más alto, hasta la cima.

De pie en el borde de la baranda, ella erguía el cuello para ver mejor a su sirviente sobre el árbol; vio su haori flotando en lo alto, entre las ramas más altas de ese pino tan alto.

-Ahora suelte la mano derecha.

Gonsuké se aferró al pino lo más que pudo con la mano izquierda y cautelosamente dejó libre la derecha.

-Suelte también la mano izquierda.

-Ven, ven, mi buena mujer -dijo al fin su marido, atisbando las alturas-. Tú sabes que si el campesino suelta la rama caerá al suelo. Allá abajo hay una gran piedra y, tan seguro como yo soy doctor, será hombre muerto.

-En este momento no quiero ninguno de tus preciosos consejos. Déjame tranquila. ¡Eh, hombre! Suelte la mano izquierda. ¿Me oye?

En cuanto ella habló, Gonsuké levantó la vacilante mano izquierda. Con las dos manos fuera de la rama, ¿cómo podría mantenerse sobre el árbol? Después, cuando el doctor y su mujer retomaron aliento, Gonsuké y su haori se divisaron desprendidos de la rama, y luego... y luego... Pero ¿qué es eso? ¡Gonsuké se detuvo! Se detuvo en medio del aire, en vez de caer como un ladrillo, y allá arriba quedó, en plena luz del mediodía, suspendido como una marioneta.

-Les estoy agradecido a los dos, desde lo más profundo de mi corazón. Ustedes me han hecho un sennin -dijo Gonsuké desde lo alto.

Se lo vio hacerles una respetuosa reverencia y luego comenzó a subir cada vez más alto, dando suaves pasos en el cielo azul, hasta transformarse en un puntito y desaparecer entre las nubes.

Incluido en la Antología de la literatura fantástica, de Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares (1940). A partir de la edición de Sudamericana, en 1965, el libro ha sido reiteradamente reeditado. Sin mención de traductor.

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1.1.2011 GMT

Tangos del asesinato.

Todo es desorden.
No pidas otro lugar que aquel espacio de cardúmenes.
No devores otro pan, otro licor de sueño.
No pidas otro rencor que esta mesa que tanto has
codiciado.
Yo no soy tu pesadilla y no puedo consolar el cansancio
de los materiales.
¿Para qué deseas tu pequeña maceta con tulipanes
misteriosos?
¿y las alfombras de pesada lana donde los pies se deslizan
como algas en la oscuridad del mar para qué?
Yo soy la que te dice que tu suerte es poca cosa. Sólo la
trivialidad de tus cabellos cepillados para que brillen hoy
en la tormenta.
estúpida noche estúpida en todas sus ventanas sus
bancos de cemento en parques vacíos. Llueve con
agitación
no hay horror si uno respira con suavidad sobre los
vidrios. El paisaje se empaña. Regresan las hojas del nogal
apretadas por el remolino
y este rincón, esta mesa de estuque rojo, parecen ser
pasión de muchachas advenedizas. Las invitaría a
retirarse si la calle no fuese tan brutal; pero estos pasajes
+que perfuma la mandrágora no abrigarían a unas mu-
chachas que se alejan con perlas en las orejas.
No soy tu araña de gruesas patas angulares. No soy tu
destino errado.
Responde al terror con otro veneno en los labios.
Cuando miras a tu padre romper botellas contra el marco
de la puerta cuando tu madre se mueve con un
arrastrar de toallas en el pasillo y los niños están con sus
opacas cabezas cubiertas por una sábana de lino. Si tu
hermana clava su mano con el huso de vidrio y la belleza
la duerme agotada
y la enfermedad palpita en esos dormitorios donde no
quieres entrar porque ahí es pobre tu cuerpo, porque allí
tus uñas crecen curvas y los muebles tienen esa suavidad
inconclusa de la demencia.
No creas que mi rostro de barco es para esos corales.
No soy tu naufragio. No soy el fuego que mentía un
faro en la playa de piedra.
La tormenta es inmensa sobre los autos estacionados en
la avenida. Esa es la verdad: no queremos mojarnos
se desbordan las alcantarillas, se deshacen los papeles
arrojados por el paseante con dedos idiotas y una pasta
hecha de sucios fragmentos, del reflejo de difíciles ojos
impregnados; va cubriendo el asfalto de desviaciones.
Sollozar no sería dramático es tan escasa esta noche,
tan ingratos sus mástiles banderas de cenizas sobre
nuestros hombros desnudos las nubes se mueven
estremecidas y pequeñas, frías luces disminuyen en
sombra
y ustedes cuentan el gemido de la madre en el dormitorio
de paredes bloqueadas. Ustedes, que han visto al padre
golpear a la madre como un paisaje de campo desde la
ventanilla del tren.
Ustedes que no han nacido y están rotas como los
pequeños huevos de codorniz hurgados por la comadreja.
Yo no soy nada de esa corteza amarga que empujarán
contra los dientes, invierno comido por invierno. Sube los
peldaños de la escalera y mira
yo no soy tu destino. Sólo soy la que lleva la vela en la
mano e ilumina el descampado.
Además están los sencillos manteles las hamacas donde
el sol ilumina tu cuerpo temeroso el amante que te
obsequia un collar de perlas y al inclinar la cabeza,
escuchas el sonido del broche cerrándose
los cuchillos que brillan sobre la mesa de la cocina, o el
ruido de la loza en la pileta, serán todo el placer.
No soy tu destino. Siempre es amargo el deseo entre
objetos olvidados. Soy la que atraviesa la escena con su
candelabro de hierro
soy la que atraviesa descalza el monte fúnebre donde
brillan los dientes de jabalí.

LEONOR GARCÍA HERNANDO nació en San Miguel de Tucumán en 1955. Integró el
consejo de redacción de la revista Mascaró. Publicó los libros de poesía
"Mudanzas" (1974), "Negras ropas de mujer" (1987), "La enagua cuelga de un
clavo en la pared" (1994), "Tangos del orfelinato/Tangos del asesinato"
(1999) y "El cansancio de los materiales"(2001)
Gran recitadora de su poesía, su última lectura pública fue el 22 de marzo
de 2001 en la Universidad de las Madres.
Falleció el 30 de Marzo de ese año.



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