Revista Literaria Periódico Cultural

21.3.2009 GMT

Duelo y Humor Mora Torres

Fiesta interrupta (la del idioma)

Tal vez no corresponda lo de interrupta -debería ser: interrumpida-, pero qué importa.
Fui durante muchos años censora de la lengua -censuré o encomendé encomillados, bastardillas, neologismos y paleogismos, erratas y erratones- y un día tiré lejos tanto abecedario, por eso voy a contarles una historia de corrido, sin fijarme en excesos de gerundios ni en repeticiones ( Normas del Español ).

Creo que ya conté esta parte: el martes 14 de octubre fue un día raro -ya pasaron dos meses, ya llegaron las “fiestas”. Mane, mi hija, aquel martes, no concurrió al trabajo porque se quedó cuidando a Octavia, su gata, que se moría de viejita ( El adulto mayor y los animales ).

Creo que conté además que Octavia no era sólo hija de Mane, sino mía también, cuando vivíamos juntas hace quince años, pero que nos mudamos a casas diferentes, y sólo hubo un modo de decidir quién se quedaría con ella: la jugamos a las cartas, y yo perdí… ( El póquer ).


Conté y lo repito, para quien no lo haya leído y porque esto es muy importante, que la gatita era boxeadora, cantante, bailarina, cura o monja sanadora, negra de ojos amarillos. Solíamos ponerle los sobrenombres más desopilantes. Un día que leíamos una reflexión sobre “el hecho estético”, se nos ocurrió denominarla “Helecho estético”, y hasta ahora, de vez en cuando, le decíamos así ( Fundamentos filosóficos de la estética ).

…quedé en que Mane estaba en su casa cuidándola a Octavia que se moría, y agrego que yo salí de la mía y al llegar a la oficina recibí su llamada telefónica porque en efecto se había muerto. Después vi pasar el tiempo con tristeza, y pasaba cargado de lluvia ( Las Nubes ).

Ya en la calle, al salir de Monografías, diluviaba, pero en la esquina había paraguas en oferta. Me compré uno muy grande, con franjas de colores chillones que pretendían despabilarme el alma, el ánimo, al menos ( Los trastornos del estado de ánimo ).

Pero no.

Yo seguía herida y nada me distraía de mi herida, en mi cabeza giraba un tango fúnebre, si no horrible, al menos terrible: “sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando” ( El Tango ). Tal vez exageraba, pero sí: sus maravillosos, únicos, irreproducibles ojos de todos los colores además del amarillo no mirarían nunca más mi mano a la que le tenía bronca -las manos moviéndose le despertaban una inquietud especial.

Con paraguas ya que no lanza en ristre -y parecida más bien a Sancho que al Quijote, pero esta vez era un Sancho más angustiado que su amigo ( Sentido del humor )- doblé en Florida y caminé por esa calle-símbolo (del consumismo - El problema de la identidad y su relación con el consumismo -, pero también del arte improvisado). Lo que está entre paréntesis se refiere a que es la peatonal de los turistas que compran y que compran, y de los porteños que pueden seguirlos en ese hacer, pero también de artistas populares alrededor de los cuales -hasta del menos talentoso o pintoresco- hay un círculo de espectadores ávidos. Miran bailar el tango, tocar guitarras y acordeones, miran a gente vestida de estatua ( Escultura romana ), increíblemente parecida a una estatua, a veces de mármol, otras de yeso, algunos ángeles del cementerio, algunos próceres, y hasta Jesús ( La verdadera identidad de Jesús ).


¡Hay tanta gente que va y que viene por esa calle! Incluso sin paraguas abiertos, uno debe esquivar con delicadeza, prever de lejos, confeccionar un plan de caminata y la estrategia para marchar sin chocarse con nadie. Con un paraguas inmenso, se torna imposible.

Mi estrategia ese día consistió en levantar el paraguas lo máximo posible, lo que no impidió que colisionara con múltiples personas de todas las nacionalidades, pero sin que debiera indenmizarlas por golpes o por quedarme con uno o dos ojos en la afilada punta de mi flamante arma ( Armas )-ahora, a veces, uso esa arma de bastón, cuando tengo mareos por Florida. Mientras realizaba tales artilugios, algunos personajes que están siempre allí me ofrecían cambio -de dólares a pesos ( La dolarización )- y yo debía decir “merci” con una sonrisa -es un personaje de francesa que me invento cuando voy por el centro ( Artaud, surrealismo y teatro ).

En unas cuantas cuadras se me convirtió en hábito el paraguas levantado y no tuve que pensar en levantarlo, alguna fuerza lo levantaba. El brazo no se me cansaba. Ya casi no chocaba con la gente…

Al ver una farmacia -de esas estilo shopping que pululan por Florida, donde venden aspirinas, cremas de belleza y chales de seda-, recordé que debía comprar un medicamento y avancé por el salón hacia el fondo, donde atienden la parte de salud ( Turismo de salud ).

Saqué número; la cola era larguísima para sanarse; o para sanar al hijo o el marido.

Por un rato yo era la última de la fila, pero igual me miraban los de adelante; se daban vuelta para mirarme.

Los que estaban en el sector perfumería venían a ver, a verme…

“Me encantaría que estuvieran aquí Mane, Elsa, los chicos de monografías”, pensé, “para que se convenzan de que no es paranoia sino que de verdad me miran, ¿qué tengo?” ( La paranoia ).

“¿Seré demasiado fea? ¿Seré demasiado ridícula? ¿Seré demasiado vieja? ¿O demasiado gorda acaso?” ( Proyecto de investigación para medir la autoestima ).

“Pero mirar me miran, es indudable”, seguí pensando con ojos que eran clavos sobre mi persona.

Debía haber otra respuesta más sensata que las anteriores, yo debía hallarla…

Examiné mis zapatos violetas, mis pantalones enormes, toqué mis aros larguísimos, imaginé mi rimmel corriendo negro y raudo por la cara, por la lluvia.

Pero aun así, las miradas significaban algo más: había muchos hombres y mujeres ridículos por el lugar, y nadie los asesinaba con miradas.

¿Sería tan notable la tristeza por Octi, mi gatita, me habría marcado de modo irremediable los rasgos?

Llegó mi turno de pedir el remedio, y mi turno de “abonarlo”, como dicen los vendedores.

Para pagar tuve que soltar el paraguas que mantenía firmemente erguido por encima, muy por encima, de mi cabeza, para no herir a los paseantes de Florida.

Pero no estaba ya en la calle, había entrado en una farmacia, y olvidé que los techos, en general, no tienen demasiadas goteras en esos lugares tan “burgueses” ( Las clases sociales ).

Ése era el origen de las miradas que convergían en mi persona: el brazo levantado, el paraguas abierto, chillón, mojado.

Creo que a pesar de las miradas, nadie se reía, porque imagino que todos se preguntaban si no estarían filmando algún comercial o algo parecido ( La publicidad ). De otro modo, yo era inexplicable; el personaje de mí misma no se entendía.

Y todavía no lo entiendo.

Envío

Mando todo mi afecto y lo que puedo recoger de alegría para estos lindos días de Navidad; los saludos “personalizados” de año nuevo van a ir en el próximo paquete, que tendrá muchos moños de colores y papeles de seda.

Mora



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