Revista Literaria Periódico Cultural

31.3.2008 GMT

El Teatro de la Almas Perdidad/Cuento

E l Teatro de las Almas Perdidas Gabriel Romero Venezuela


¿Cómo describir un lugar mágico y tenebroso a la vez?. Si me hubieran hecho esa pregunta hace tres años, no la podría responder, pero ahora sé que existe y tiene un nombre: El Teatro de la Almas Perdidas.
A mi edad de 16 años, solía ser un chico revoltoso, inmaduro, realmente inculto, odiaba los teatros, museos y todo centro educativo; siempre que en el colegio organizaban una salida a aquellos lugares, hacía lo imposible por escapar, pero en el año del cambio todo fue diferente. Tuve que ir con el grupo escolar a un teatro, pues la señorita Martínez quería que vieramos una absurda obra llamada "Los que Penan". No había manera de escapar, la profesora me llevaba de la mano ya que conocía mis intenciones, y así tuve que entrar por primera vez en una gran puerta que nos llevaba a un salón de paredes crema, si bien lo recordaré yo.
En frente de una de las puertas del salón no vi de dónde salió, pero un hombre con el rostro quemado nos explicó de qué se trataría la obra. Nos asustamos, pero era lógico que tan solo era maquillaje para la actuación, o por lo menos eso era lo que pensabamos, porque al entrar con él a la sala donde se presentarían, aquella que tiene una gran lámpara en el techo de oro, todos nos llenamos de temor.
El salón estaba llenos de personas, unas con sus ropas rotas, rostros quemados, cortadas en cualquier parte del cuerpo; cuando la señorita me soltó, corrí lo más rápido que pude, pero ya la puerta había sido cerrada y las luces se apagaban lentamente, por lo cual decidí sentarme atrás, fuera del grupo que estaba en primera fila.
La obra había comenzado diciendo una bella mujer:
- La muerte no es mala, lo que pasa es que no la entendemos y por eso le tememos, pero ahora con ella contamos para que encuentre a los hijos del teatro.
De inmediato, imaginé que la obra era sobre la muerte y que sería interesante verla, pero no imaginaba que duraría tanto tiempo. Seguían actuando sin parar y sólo los de mi grupo aplaudían, no entendía el por qué, hasta que el hombre sin ojo a mi lado me dijo:
- Vaya que será duro cuando se enteren, ¿no?, mi amigo.
- ¿Qué quieres decir? - le dije.
- Vamos, ¿acaso no recuerdas cuando supiste que habías muerto?
- ¿Muerto?
- Claro, como todos. Cuando no encuentran tu cuerpo, pues tampoco tu alma, por ello venimos aquí, a la espera de nuestro encuentro.
No sabía qué pensar, no podía hacerlo mientras veía en el escenario que un autobus escolar caía en un precipicio. Una escena atroz, los gritos inundaron el auditorio y todos aplaudieron. Así entendí que no estaba viendo cualquier obra, sino que veía mi propia muerte, y que ése no era un teatro común, sino que era el lugar donde las almas perdidas esperaban su destino. Ya había entendido por qué en esa ocasión no pude escapar, pero aún no entiendo la razón de seguir viendo tantas obras por tres años sin parar...



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