Revista Literaria Periódico Cultural

27.6.2009 GMT

EL VIAJE DEL ELEFANTE /José Saramago

José Saramago

El viaje del elefante

Título original: A Viagem do Elefante

Traducción: Pilar del Río

Editorial Alfaguara

Buenos Aires – Argentina

Noviembre de 2008

ISBN: 978-987-04-1169-7

A Pilar, que no dejo que yo muriera

Siempre acabamos llegando a donde nos esperan.

LIBRO DE LOS ITINERARIOS

Por más incongruente que le pueda parecer a quien no ande al tanto de la importancia de las alcobas, sean éstas sacramentadas, laicas o irregulares, en el buen funcionamiento de las administraciones públicas, el primer paso del extraordinario viaje de un elefante a austria que nos proponemos narrar fue dado en los reales aposentos de la corte portuguesa, más o menos a la hora de irse a la cama. Quede ya registrado que no es obra de la simple casualidad que hayan sido aquí utilizadas estas imprecisas palabras, más o menos. De este modo, quedamos dispensados, con manifiesta elegancia, de entrar en pormenores de orden físico y fisiológico algo sórdidos, y casi siempre ridículos, que, puestos tal que así sobre el papel, ofenderían el catolicismo estricto de don juan, el tercero, rey de portugal y de los algarbes, y de doña catalina de austria, su esposa y futura abuela de aquel don sebastián que irá a pelear a alcácer-quivir y allí morirá en el primer envite, o en el segundo, aunque no falta quien afirme que feneció por enfermedad en la víspera de la batalla. Con ceñuda expresión, he aquí lo que el rey comenzó diciéndole a la reina, Estoy dudando, señora, Qué, mi señor, El regalo que le hicimos al primo maximiliano, cuando su boda, hace cuatro años, siempre me ha parecido indigno de su linaje y méritos, y ahora que lo tenemos aquí tan cerca, en valladolid, como regente de españa, a un tiro de piedra por así decir, me gustaría ofrecerle algo más valioso, algo que llamara la atención, a vos qué os parece. señora, Una custodia estaría bien, señor, he observado que, tal vez por la virtud conjunta de su valor material con su significado espiritual, una custodia es siempre bien recibida por el obsequiado, Nuestra Iglesia no apreciaría tal liberalidad, todavía tendrá presente en su Infalible memoria las confesas simpatías del primo maximiliano por la reforma de los protestantes luteranos, luteranos o calvinistas, nunca lo supe seguro, Vade retro, satanás, que en tal no había pensado, exclamó la reina, santiguándose, mañana tendré que confesarme a primera hora, Por qué mañana en particular, señora, sí es vuestro hábito confesaras todos los días, preguntó el rey. Por la nefanda idea que el enemigo me ha puesto en las cuerdas de la voz, mirad que todavía siento la garganta quemada como si por ella hubiera rozado el vaho del infierno. Habituado a las exageraciones sensoriales de la reina, el rey se encogió de hombros y regresó a la espinosa tarea de descubrir un regalo capaz de satisfacer al archiduque maximiliano de austria. La reina bisbiseaba una oración, comenzaba ya otra, cuando de repente se interrumpió y casi gritó, Tenemos a salomón, Qué, preguntó el rey, perplejo, sin entender la intempestiva invocación al rey de judea, Sí, señor, salomón, el elefante, Y para qué quiero aquí al elefante, preguntó el rey algo enojado, Para el regalo, señor, para el regalo de bodas, respondió la reina, poniéndose de pie, eufórica, excitadísima, No es regalo de bodas, Da lo mismo. El rey aseveró lentamente con la cabeza tres veces seguidas, hizo una pausa y aseveró otras tres veces, al final de las cuales admitió, me parece una idea interesante, Es más que interesante, es una buena idea. es una idea excelente, insistió la reina con un gesto de impaciencia, casi de insubordinación, que no fue capaz de reprimir, Hace más de dos años que ese animal llegó de la india, y desde entonces no ha hecho otra cosa que no sea comer y dormir, el abrevadero siempre lleno de agua, forraje a montones, es como si estuviéramos sustentando a una bestia que no tiene ni oficio ni beneficio, ni esperanza de provecho, El pobre animal no tiene la culpa, aquí no hay trabajo que sirva para el, a no ser que lo mande a los muelles del tajo para transportar tablas, pero el pobre sufriría, porque su especialidad profesional son los troncos, que se ajustan mejor a la trompa por la curvatura, Entonces que se vaya a viena Y cómo iría, preguntó el rey. Ah, eso no es cosa nuestra, si el primo maxímiliano se convierte en su dueño, que ello resuelva, suponiendo que todavía siga en valladolid, No tengo noticias de lo contrario, Claro que hasta valladolid salomón tendrá que ir a pata, que buenas andaderas tiene, Y a viena también, no habrá otro remedio, Un tirón, dijo la reina, Un tirón, asintió el rey gravemente, y añadió, Mañana le escribiré al primo maximiliano, si él acepta habrá que concretar fechas y realizar algunos trámites, por ejemplo, cuándo pretende marcharse a viena, cuántos días necesitará salomón para llegar de lisboa a valladolid, de ahí en adelante ya no será cosa nuestra, nos lavamos las manos, Sí, nos lavamos las manos, dijo la reina, pero, en su fuero interno, que es donde se dilucidan las contradicciones del ser, sintió un súbito dolor por dejar que se fuera salomón solo para tan distantes tierras y tan extrañas gentes.

Al día siguiente, por la mañana temprano, el rey mandó llamar al secretario pedro de alcáçova carneiro y le dictó una carta que no le salió bien a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera, y que tuvo que ser confiada por entero a la habilidad retórica y al experimentado conocimiento de la pragmática y de las fórmulas epistolares usadas entre soberanos que adornaban al competente funcionario, el cual en la mejor de las escuelas posibles había aprendido, la de su propio padre, antonio carneiro, de quien, por muerte, heredó el cargo. La carta quedó perfecta tanto de letra como de razones, no omitiéndose siquiera la posibilidad teórica, diplomáticamente expresada, de que el regalo pudiera no ser del agrado del archiduque, que tendría, aun así, todas las dificultades del mundo en responder, con una negativa, pues el rey de portugal afirmaba, en un párrafo estratégico de la carta, que en todo su reino no poseía nada más valioso que el elefante salomón, ya fuera por el sentimiento unitario de la creación divina que relaciona y emparienta a las especies unas con otras, hasta hay quien dice que el hombre fue hecho con las sobras del elefante, ya fuera por los valores simbólico, intrínseco y mundano del animal. Fechada y sellada la carta, el rey dio orden de que se presentara el caballerizo mayor, hidalgo de su plena confianza, al que le resumió la misiva, luego le ordenó que eligiese una escolta digna de su condición pero, sobre todo, a la altura de la responsabilidad de la misión que le había sido encomendada. El hidalgo le besó la mano al rey, que le dijo, con la solemnidad de un oráculo, estas sibilinas palabras, Que seáis tan rápido como el gavilán y tan seguro como el vuelo del águila, Sí, mi señor. Después, el rey cambió de tono y dio algunos consejos prácticos, No necesitáis que os recuerde que podréis mudar de caballos todas las veces que sean necesarias, las postas no están ahí para otra cosa, no es hora de ahorrar, voy a mandar que refuercen las cuadras, y, ya puestos, si es posible, para ganar tiempo, opino que deberéis dormir sobre vuestro caballo mientras él va galopando por los caminos de castilla. El mensajero no comprendió el burlón juego o prefirió dejarlo pasar, y se limitó a decir, Las órdenes de vuestra alteza serán cumplidas punto por punto, empeño en eso mi palabra y mi vida, y se retiró sin dar la espalda, repitiendo las reverencias cada tres pasos. Es el mejor de los caballerizos, dijo el rey. El secretario decidió callar la adulación que supondría responder que el caballerizo mayor no podría ser ni portarse de otra manera, puesto que había sido escogido personalmente por su alteza. Tenía la impresión de haber comentado algo semejante no hacía demasiados días. Ya en aquel momento le vino a la memoria un consejo del padre, Cuidado, hijo mío, una adulación repetida acabará inevitablemente resultando insatisfactoria, y por tanto será como una ofensa. Así pues, el secretario, aunque por razones diferentes a las del caballerizo mayor, prefirió también callarse. Fue durante este breve silencio cuando el rey dio voz, finalmente, a un cuidado que se le había ocurrido al despertar, Estaba pensando, creo que debería ir a ver a salomón, Quiere vuestra alteza que mande llamar a la guardia real, preguntó el secretario, No, dos pajes son más que suficientes, uno para los recados y otro para ir a enterarse de por qué no ha regresado todavía el primero, ah, y también el señor secretario, si me quiere acompañar, Vuestra alteza me honra mucho, por encima de mis merecimientos, Tal vez para que pueda merecer más y más, como su padre, a quien dios tenga en gloria, Beso las manos de vuestra alteza, con el amor y respeto con que besaba las suyas, Tengo la impresión de que eso sí que está por encima de mis merecimientos, dijo el rey, sonriendo, En dialéctica y en respuesta rápida nadie gana a vuestra alteza, Pues mire que hay quien va diciendo por ahí que los hadas que presidieron mi nacimiento no me dotaron para el ejercicio de las letras, No todo son letras en el mundo, mi señor, visitar al elefante salomón en este día es, como quizá se acabe diciendo en el futuro, un acto poético, Qué es un acto poético, preguntó el rey, No se sabe, mi señor, sólo nos damos cuenta de que existe cuando ha sucedido, Pero yo, por ahora, sólo he anunciado la intención de visitar a salomón, Siendo palabra de rey, supongo que habrá sido suficiente, Creo haber oído decir que, en retórica, a eso lo llaman ironía, Pido perdón a vuestra alteza, Está perdonado, señor secretario, si todos sus pecados son de esa gravedad, tiene el cielo garantizado, No sé, mi señor, si éste será el mejor tiempo para ir al cielo, Qué quiere decir con eso, Viene por ahí la inquisición, mi señor, se han acabado los salvoconductos de confesión y absolución, La inquisición mantendrá la unidad entre los cristianos, ése es su objetivo, Santo objetivo, sin duda, mi señor, resta saber con qué medios lo alcanzará, Si el objetivo es santo, santos serán también los medios de que se sirva, respondió el rey con cierta aspereza, Pido perdón a vuestra alteza, además, Además, qué, Os ruego que me dispenséis de la visita a salomón, siento que hoy no sería una compañía agradable para vuestra alteza, No os dispenso, necesito absolutamente de vuestra presencia en el cercado, Para qué, mi señor, si no estoy siendo demasiado osado al preguntar, No tengo luces para comprender si va a suceder lo que llamó acto poético, respondió el rey con una media sonrisa en que la barba y el bigote dibujaban una expresión maliciosa, casi mefistofélica, Espero vuestras órdenes, mi señor, Siendo las cinco, quiero cuatro caballos a la puerta de palacio, recomendad que el que he de montar sea grande, gordo y manso, nunca he sido de cabalgadas, y ahora todavía menos, con esta edad y los achaques que trae, Sí, mi señor, Y elija bien los pajes, que no sean de esos que se ríen por todo y por nada, me dan ganas de retorcerles el cuello, Sí, mi señor.

Sólo partieron pasadas las cinco y media de la tarde porque la reina, al saber de la excursión que se estaba preparando, declaró que también quería ir. Fue difícil convencerla de que no tenía ningún sentido sacar un coche sólo para ir a belén, que era donde se había levantado el cercado para salomón. Y ciertamente, señora, no querréis ir a caballo, dijo el rey, perentorio, decidido a no admitir ninguna réplica. La reina acató la mal disimulada prohibición y se retiró murmurando que salomón no tenía, en todo portugal, incluso en todo el universo mundo, quien le quisiera más. Así se ve como las contradicciones del ser iban en aumento.

Después de haber llamado al pobre animal bestia sin oficio ni beneficio, el peor de los insultos para un irracional a quien en la india hicieron trabajar duramente, sin soldada, años y años, catalina de austria exhibía ahora asomos de paladino arrepentimiento que casi la hacen desafiar, por lo menos en las formas, la autoridad de su señor, marido y rey. En el fondo se trataba de una tempestad en un vaso de agua, una pequeña crisis conyugal que inevitablemente se desvanecerá con el regreso del caballerizo mayor, sea cual sea la respuesta que traiga. Si el archiduque acepta el elefante, el problema se resolverá por sí mismo, o mejor, lo resolverá el viaje a viena, y, si no lo acepta, entonces tendremos que decir, una vez más, con la milenada experiencia de los pueblos, que, a pesar de las decepciones, frustraciones y desengaños que son el pan de cada día de los hombres y de los elefantes, la vida sigue. Salomón no tiene ninguna idea de lo que le espera, el caballerizo mayor, emisario de su destino, cabalga hacia valladolid, ya repuesto del mal resultado de la tentativa de dormir sobre la montura, y el rey de portugal, con su reducida comitiva de secretario y pajes, está llegando a la playa de belén, enfrente del monasterio de los jerónimos y del cercado de salomón. Dando tiempo al tiempo, todas las cosas del universo acabarán encajando unas en las otras. Ahí está el elefante. Más pequeño que sus parientes africanos, se adivina, sin embargo, bajo la capa de suciedad que lo cubre, la buena figura con que fue contemplado por la naturaleza. Por qué este animal está tan sucio, preguntó el rey, dónde está el tratador, supongo que tendrá un tratador. Se aproximaba ya un hombre de rasgos hindúes, cubierto con ropas que casi se habían convertido en andrajos, una mezcla de piezas de vestuario de origen y fabricación nacional, mal cubierta o cubriendo mal restos de paños exóticos llegados, con el elefante, en aquel mismo cuerpo, hacía dos años. Era el cornaca. El secretario se dio cuenta enseguida de que el cuidador no había reconocido al rey, y, como la situación no estaba para presentaciones formales, Alteza, permitidme que os presente al cuidador de salomón, señor hindú, le presento al rey de portugal, don juan, el tercero, que pasará a la historia con el sobrenombre de piadoso, dio orden a los pajes de que entrasen en el vallado e informasen al inquieto cornaca de los títulos y cualidades del personaje de barbas que le estaba dirigiendo una mirada severa, anunciadora de los peores electos, Es el rey El hombre se detuvo, como si hubiese sido fulminado por un rayo, e hizo un movimiento como para escapar, pero los pajes lo sujetaron por los harapos y lo empujaron hasta la valla. Desde lo alto de una rústica escalera de mano, colocada en la parte de fuera, el rey observaba el espectáculo con irritación y repugnancia, arrepentido de haber cedido al impulso matutino de hacerle una visita sentimental a un bruto paquidermo, a este ridículo proboscidio de casi cuatro varas de altura que, así lo quiera dios, en breve descargará sus apestosas excrecencias en la pretenciosa viena de austria. La culpa, por lo menos en parte, le correspondía al secretario, a esa su conversación sobre actos poéticos que todavía le estaba rondando por la cabeza. Miró con aire de desafío al por otras razones estimado funcionario, y éste, como si le hubiese adivinado la intención, dijo Acto poético, mi señor, es que su alteza haya venido aquí, el elefante es sólo un pretexto nada mas. El rey farfullo cualquier cosa que no pudo ser oída, después dijo en voz firme y clara, Quiero a ese animal limpio ahora mismo. Se sentía rey, era un rey, y la sensación es comprensible si pensamos que nunca dijo una frase igual en toda su vida de monarca. Los pajes le transmitieron al cornaca la voluntad del soberano y el hombre corrió hacia un cobertizo donde se guardaban cosas que parecían herramientas y cosas que tal vez lo fuesen, además de otras que nadie sabría decir para qué servían. Junto al cobertizo se levantaba una construcción de tablas y de teja vana, que debía de ser el alojamiento del tratador. El hombre regresó con un cepillo de raíces de pírgano largo, llenó de agua un balde grande en la artesa que servía de bebedero y se puso manos a la obra. Fue notorio el placer del elefante. El agua y los refriegues del cepillo debían de haberle despertado algún agradable recuerdo, un río en la india, un tronco de árbol rugoso, y la prueba está en que durante todo el tiempo que duró el lavado, una media hora bien contada, no se movió de donde estaba, firme en sus potentes patas, como si hubiera sido hipnotizado. Conocidas como son las excelsas virtudes de la higiene corporal, no sorprendió que en el lugar donde estuvo un elefante apareciera otro. La suciedad que lo cubría antes y que apenas dejaba verle la piel se había esfumado bajo el ímpetu combinado del agua y del cepillo, y salomón se exhibía ahora ante las miradas en todo su esplendor. Bastante relativo, si lo miramos bien. La piel del elefante asiático, y éste es uno de ellos, es gruesa, de color medio ceniza medio café, salpicada de manchas y pelos, una permanente decepción para él mismo, a pesar de los consejos de la resignación, que siempre le indicaba que debía contentarse con lo que era, y diese gracias avishnú. Se dejaba lavar como si esperase un milagro, como un bautismo, y el resultado estaba ahí, pelos y lunares. Hacía más de un año que el rey no veía al elefante, se le habían olvidado los pormenores, y ahora no le estaba gustando nada el espectáculo que se le ofrecía. Se salvaban los largos incisivos del paquidermo, de una blancura resplandeciente, ligeramente curvos, como dos espadas apuntando hacia delante. Pero lo peor estaba por llegar. De súbito, el rey de portugal, y también de los algarbes, antes en el auge de la felicidad por poder obsequiar nada más y nada menos que a un yerno del emperador carlos quinto, sintió como si estuviera a punto de caerse de la escalera y precipitarse en las fauces insaciables de la ignominia. He aquí lo que el rey se preguntaba a sí mismo, Y si al archiduque no le gusta, si lo encuentra feo, imaginemos que comienza aceptando el regalo, puesto que no conoce al elefante, y después lo devuelve, cómo soportaré la vergüenza de verme despreciado ante las miradas compasivas o irónicas de la comunidad europea. Qué os parece, qué imagen os da el animal, se decidió el rey a preguntarle al secretario, buscando una tabla de salvación que únicamente de ahí le podría llegar, Bonito o feo, mi señor, son meras expresiones relativas, para la coruja hasta sus corujillos son bonitos, lo que veo desde aquí, extrayendo este caso particular de una ley general, es un magnífico ejemplar de elefante asiático, con todos los pelos y lunares a que está obligado por su naturaleza y que deleitará al archiduque y deslumbrará no sólo a la corte y a la población de viena como, por dondequiera que pase, al común de las gentes. El rey suspiró de alivio, Supongo que tendrá razón, Espero tenerla, mi señor, si de la otra naturaleza, la humana, conozco algo, y si vuestra alteza me lo permite, me atrevería a decir que este elefante con pelo y pintas acabará convirtiéndose en un instrumento político de primer orden para el archiduque de austria, si es tan astuto como deduzco por las pruebas que hasta ahora ha dado, Ayudadme a bajar, esta conversación me marea. Con la ayuda del secretario y de los dos pajes, el rey logró descender sin mayores dificultades los pocos peldaños que había subido. Respiró hondo cuando sintió tierra firme debajo de los pies y, sin motivo aparente, salvo, digamos tal vez, ya que todavía es demasiado pronto para saberlo a ciencia cierta, la súbita oxigenación de la sangre y la consecuente renovación de la circulación en el interior de la cabeza, le hizo pensar algo que en circunstancias normales seguramente nunca se le habría ocurrido. Y fue, Este hombre no puede ir a viena con semejante aspecto, cubierto de andrajos, ordeno que le hagan dos trajes, uno para el trabajo, para cuando tenga que andar encima del elefante, y otro de representación social para no hacer mal papel en la corte austriaca, sin lujos, pero digno del país que lo manda, Así se hará, mi señor, Y, a propósito, cómo se llama. Se despachó a un paje para que se enterara, y la respuesta, transmitida por el secretario, dio más o menos lo siguiente, subhro. Subro, repitió el rey, qué demonios de nombre es ése, Con hache, mi señor, por lo menos es lo que él dice, aclaró el secretario, Deberíamos haberlo llamado joaquín cuando llegó a portugal, refunfuñó el rey.

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Tres días después, bien entrada la tarde, el caballerizo mayor, al frente de su escolta, bastante menos lucida ahora gracias a la polvareda de los caminos y a los inevitables y malolientes sudores, tanto los equinos como los humanos, desmontó ante la puerta de palacio, se sacudió el polvo, subió la escalera y entró en la antecámara que presurosamente corrió a indicarle el lacayo mayor, título que, mejor es que lo confesemos desde ya, no sabemos si realmente existía en aquel tiempo, pero que nos parece adecuado por la composición del olor corporal, una mezcla de presunción y falsa humildad, que en volutas se desprendía del personaje. Ansioso por conocer la respuesta del archiduque, el rey recibió inmediatamente al recién llegado. La reina catalina estaba presente en el salón de mando, lo que, considerando la trascendencia del momento, a nadie debería sorprender, sobre todo sabiéndose que, por decisión del rey su marido, ella participaba regularmente en las reuniones de estado, donde nunca se comportó como pasiva espectadora. Existía otra razón para querer oír la lectura de la carta nada más llegar, la reina alimentaba la vaga esperanza, aunque no le pareciera plausible la posibilidad, de que la misiva del archiduque maximiliano viniese escrita en alemán, en ese caso la traductora mejor colocada ya estaría allí, al alcance de la mano, si se nos permite la expresión, dispuesta para el servicio. En este intervalo de tiempo, el rey recibió la misiva de manos del caballerizo mayor, él mismo la desenrolló después de desatar las cintas selladas con las armas del archiduque, pero una simple mirada fue suficiente para entender que venía escrita en latín. Ora bien, don Juan, el tercero de portugal con este nombre, aunque no ignorante en latines, porque estudios hizo en los años de su juventud, tenía perfecta conciencia de que las inevitables dudas, las pausas demasiado prolongadas, los más que probables errores de interpretación, darían a los presentes una mísera y quizá no merecida imagen de su real figura. Con la agilidad de espíritu que ya le reconocemos y la consecuente fluidez de reflejos, el secretario había dado dos pasos discretos hacia delante y esperaba. En tono natural, como si la marcación de escena hubiera sido ensayada antes, el rey dijo, El señor secretario hará la lectura, traduciendo al portugués el mensaje en el que nuestro amado primo maximiliano ciertamente responde a la oferta del elefante salomón, de todos modos, me parece dispensable hacer una lectura íntegra de la carta, basta con que en este momento conozcamos lo esencial, Así se hará, mi señor. El secretario pasó los ojos sobre las extensas y redundantes fórmulas de cortesía que el estilo epistolar de la época hacía prosperar como setas después de la lluvia, buscó más abajo y encontró. No tradujo, sólo anunció, El archiduque maximiliano de austria acepta y agradece el ofrecimiento del rey de portugal. En el real rostro, entre la masa pilosa formada por la barba y el bigote, asomó una sonrisa de satisfacción. La reina sonrió también, al mismo tiempo que juntaba las manos en un gesto de agradecimiento que, pasando en primer lugar por el archiduque maximiliano de austria, tenía a dios todopoderoso como último destinatario. Las contradicciones que se andaban digladiando en lo íntimo de la reina habían llegado a una síntesis, la más banal de todas, o sea, que nadie puede huir de su destino. Tomando nuevamente la palabra, el secretario dio a conocer, con una voz en que la gravedad monacal del latín parecía resonar en la elocución del portugués corriente en que se expresaba, otras disposiciones que contenía la carta, Dice que no tiene claro en qué momento partirá hacia viena, tal vez a mediados de octubre, pero no es seguro, Y estamos a principios de agosto, anunció innecesariamente la reina, También dice el archiduque, mi señor, que vuestra alteza, si quiere, no necesita esperar a que se aproxime la fecha de partida para mandarle a solimán a valladolid, Qué solimán es ése, preguntó, sulfurado, el rey, todavía no tienen el elefante y ya le quieren mudar el nombre, Solimán, el magnífico, mi señor, el sultán otomana, No sé lo que haría yo sin usted, señor secretario, cómo conseguiría saber quién es ese tal solimán si su brillante memoria no estuviera ahí para ilustrarme y orientarme a todas horas, Pido perdón, mi señor, dijo el secretario. Hubo un silencio embarazoso en que todos los presentes evitaron mirarse. La cara del funcionario, después de un flujo rápido de sangre, estaba ahora lívida. Soy yo quien debe pedirle perdón, dijo el rey, y se lo digo sin ningún constreñimiento, salvo el de mi conciencia, Mi señor, balbuceó pedro de alcáçova carneiro, no soy nadie para perdonarle lo que quiera que sea, Es mi secretario, al que le acabo de faltar al respeto, Por favor, mi señor. El rey hizo un gesto imponiendo silencio, y finalmente dijo, Salomón, que así seguirá llamándose mientras aquí esté, no puede imaginarse las perturbaciones que ha originado entre nosotros desde el día en que decidí entregarlo al archiduque, creo que en el fondo ninguno de los aquí presentes quiere que se vaya, extraño caso, no es gato que se roce en nuestras piernas, no es perro que nos mire como si fuésemos su criador, y, sin embargo, estamos aquí afligidos, casi desesperados, como si algo nos estuviese siendo arrancado, Nadie lo habría expresado mejor que vuestra alteza, dijo el secretario, Regresemos a la cuestión, en qué punto nos habíamos quedado en esta historia del envío de salomón a valladolid, preguntó el rey, Escribe el archiduque que sería bueno que no tardara demasiado, de manera que se vaya habituando al cambio de las personas y del ambiente, la palabra latina utilizada no significa exactamente eso, pero es lo mejor que se me ocurre en este momento, No es necesario que le dé más vueltas, lo entendemos, dijo el rey. Después de un minuto de reflexión añadió, El señor caballerizo mayor tomará la responsabilidad de organizar la expedición, dos hombres para ayudar al cornaca en su trabajo, unos cuantos más para encargarse del abastecimiento de agua y de forraje, un carro de bueyes para lo que sea necesario, transportar la cuba de agua, por ejemplo, aunque sea cierto que en nuestro portugal no van a faltar ni ríos ni arroyos donde salomón pueda beber y enlodazarse, lo malo es esa maldita castilla, seca y reseca como un hueso expuesto al sol, y, como remate, un pelotón de caballería por si se diera el improbable caso de que alguien pretendiera robar a nuestro salomoncito, el caballerizo mayor irá informando del progreso del asunto al señor secretario de estado, a quien le pido disculpas por estar entreteniéndolo con estas trivialidades, No son trivialidades, mi señor, como secretario, este asunto me atañe particularmente porque lo que aquí estamos haciendo es nada más y nada menos que enajenar un bien de estado, Salomón nunca debe de haber pensado que era un bien de estado, dijo el rey con un asomo de sonrisa, Bastaría con que hubiera comprendido que el agua y el forraje no le caen del cielo, mi señor, Por mi parte, intervino la reina, ordeno y mando que a nadie se le ocurra venir a comunicarme que ya se ha ido salomón, yo lo preguntaré cuando lo entienda conveniente, y entonces me darán respuesta. La última palabra apenas se entendió, como si el llanto, súbitamente, hubiese agarrotado su real garganta. Una reina llorando es un espectáculo del que, por decencia, todos estamos obligados a desviar los ojos. Así lo hicieron el rey, el secretario de estado y el caballerizo mayor. Después, cuando hubo salido y se dejó de oír el ruido de sus faldas barriendo el suelo, el rey insistió, Es lo que yo decía, no queremos que salomón se vaya, Vuestra alteza todavía está a tiempo de arrepentirse, dijo el secretario, Arrepentido estoy, creo, pero el tiempo se ha acabado, salomón ya va de camino, Vuestra alteza tiene cuestiones más importantes que tratar, no permita que un elefante se convierta en el centro de sus preocupaciones, Cómo se llama el cornaca, preguntó súbitamente el rey, Subhro, creo, señor, Qué significa, No lo sé, pero puedo preguntarle, Pregúntele, quiero saber en qué manos se va a quedar salomón, Las mismas en las que ya estaba antes, mi señor, permítame que le recuerde que el elefante llegó de la india con este cornaca, Es diferente estar lejos o estar cerca, hasta hoy nunca me había importado saber cómo se llamaba el hombre, ahora sí, Lo comprendo, mi señor, Es lo que me gusta de su persona, no necesita que le digan todas las palabras para que entienda de qué se está hablando, Tuve un buen maestro en mi padre y vuestra alteza no lo es menos, A primera vista el elogio no vale gran cosa, pero siendo su padre la medida me doy por satisfecho, Permite vuestra alteza que me retire, preguntó el secretario, Vaya, vaya a su trabajo, y no se olvide de las ropas nuevas para el cornaca, cómo dijo que se llamaba, Subhro, mi señor, con hache, Bien.

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A los diez días de esta conversación, cuando el sol comenzaba a apuntar en el horizonte, salomón salía del cercado donde durante dos años malvivió. La caravana era la que había sido anunciada, el cornaca, que presidía, allá en lo alto, sentado sobre el cuello del animal, los dos hombres para ayudarlo en lo que fuera necesario, los otros que deberían mantener el abastecimiento, el carro de los bueyes con la cuba del agua, que los accidentes del camino constantemente hacían ir y venir de un lado a otro, y un gigantesco cargamento de fardos de forraje variado, el pelotón de caballería que respondería por la seguridad del viaje y la llegada de todos a buen puerto, y, por fin, algo que al rey no se le había ocurrido, el carro de la intendencia de las fuerzas armadas tirado por dos mulas. La hora, tan matutina, y el secreto con que fue organizada la salida explicaban la ausencia de curiosos y otros testigos, aunque tengamos que destacar, sin embargo, la presencia de un carruaje de palacio que se puso en movimiento hacia lisboa cuando elefante y compañía desaparecieron en la primera curva del camino. Dentro iban el rey de portugal, don juan, el tercero, y su secretario de estado, pedro de alcáçova carneiro, a quien tal vez no veamos más, o tal vez sí, porque la vida se ríe de las previsiones y pone palabras donde imaginábamos silencios y súbitos regresos cuando pensábamos que no volveríamos a encontrarnos. Se me ha olvidado el significado del nombre del cornaca, cómo era, preguntó el rey, Blanco, mi señor, subhro significa blanco, aunque no lo parezca. En una cámara del palacio, en la penumbra del dosel, la reina duerme y tiene una pesadilla. Sueña que se han llevado a salomón de belén, sueña que pregunta a todo el mundo, Por qué no me habéis avisado, pero, cuando se decide a despertar, a mitad de la mañana, no repetirá la pregunta ni sabrá decir si, por iniciativa propia, la hará alguna vez. Puede suceder que dentro de dos o tres años alguien, casualmente, pronuncie delante de ella la palabra elefante, y entonces sí, entonces la reina de portugal, catalina de austria, preguntará, Ya que se habla de elefantes, qué ha sido de salomón, todavía está en belén o ya lo mandaron a viena, y cuando le respondan que, estando en viena, donde está es en una especie de jardín zoológico con otros animales salvajes, dirá, haciéndose la despreocupada, Qué suerte acabó teniendo ese animal, gozando la vida en la ciudad más bella del mundo, y yo aquí, aprisionada entre hoy y el futuro, y sin esperanza en ninguno de los dos. El rey, si estuviera presente, hará como que no la ha oído, y el secretario de estado, el mismo pedro de alcáçova carneiro que ya conocemos, aunque no sea persona de rezos, baste recordar lo que dijo de la inquisición y sobre todo lo que consideró prudente callar, lanzará una súplica muda a los cielos para que cubran al elefante con un espeso manto de olvido que le modifique las formas y lo confunda, en las imaginaciones perezosas, con un dromedario cualquiera, animal también de raro aspecto, o con un camello al que la fatalidad de cargar con dos gibas realmente no favorece, y mucho menos lisonjea la memoria de quien se interese por estas insignificantes historias. El pasado es un inmenso pedregal que a muchos les gustaría recorrer como si de una autopista se tratara, mientras otros, pacientemente, van de piedra en piedra, y las levantan, porque necesitan saber qué hay debajo de ellas. A veces les salen alacranes o escolopendras, gruesos gusanos blancos o crisálidas a punto, pero no es imposible que, al menos una vez, aparezca un elefante, y que ese elefante traiga sobre la nuca un cornaca llamado subhro, nombre que significa blanco, palabra esta totalmente desajustada con la figura que, a la vista del rey de portugal y de su secretario de estado, se presentó en el cercado de belén, inmunda como el elefante que debería cuidar. Hay razones para comprender ese dictado que sabiamente nos avisa de que en el mejor paño puede caer una mancha y eso fue lo que les sucedió al cornaca y a su elefante. Cuando fueron lanzados allí, la curiosidad popular subió al límite y la propia corte llegó a organizar selectas excursiones a belén de hidalgos e hidalgas, de damas y de caballeros para ver al paquidermo, pero en poco tiempo el interés comenzó a decaer, y el resultado se vio, las ropas hindúes del cornaca se transformaron en harapos y los pelos y los lunares del elefante casi llegaron a desaparecer bajo la costra de suciedad acumulada durante dos años. No es, sin embargo, la situación de ahora. Quitando la inefable polvareda de los caminos que ya le viene ensuciando las patas hasta la mitad, salomón avanza airoso y limpio como una patena, y el cornaca, aunque sin las coloridas ropas hindúes, reluce en su nuevo traje de trabajo que, para colmo, fuese por olvido, fuese por generosidad, no tuvo que pagar. Escarranchado sobre el encaje del cuello con el tronco macizo de salomón, manejando el bastón con que conduce el paso, ya sea por medio de leves tientos, ya sea con castigadores toques que hacen mella en la piel dura, el cornaca subhro, o blanco, se prepara para ser la segunda o tercera figura de esta historia, siendo la primera, por natural primacía y obligado protagonismo, el elefante salomón, y viniendo después, disputando en valías, ora éste, ora aquél, ora por esto, ora por aquello, el dicho subhro y el archiduque. Sin embargo, quien en este momento lleva la voz cantante es el cornaca. Mirando a un lado y a otro la caravana, se descubre en ella un cierto desaliño, comprensible si tenemos en cuenta la diversidad de animales que la componen, es decir, elefante, hombres, caballos, mulas y bueyes, cada uno con su andadura propia, tanto natural como forzada, pues está claro que en este viaje nadie podrá ir más deprisa que el más lento, y ése, ya se sabe, es el buey. Los bueyes, dijo subhro, súbitamente alarmado, dónde están los bueyes. No se veía sombra de ellos ni de la pesada carga que arrastraban, la cuba llena de agua, los fardos de forraje. Se quedaron atrás, pensó, tranquilizándose, no hay otro remedio que esperar. Se preparaba para deslizarse desde lo alto del elefante, pero desistió. Podía tener necesidad de volver a subir, y no conseguirlo. En principio, era el propio elefante el que lo levantaba con la trompa y prácticamente lo depositaba en el asiento. Con todo, la prudencia mandaba prevenir esas situaciones en que el animal, por mala disposición, por irritación, o sólo para llevar la contraria, se negase a prestar servicio de ascensor, y ahí es cuando la escalera entraría en acción aunque sea difícil de creer que un elefante enfadado acepte convertirse en un simple punto de apoyo y permita, sin ningún tipo de resistencia, la subida del cornaca o de quienquiera que sea. El valor de la escalera era meramente simbólico, como un relicario al pecho o una medallita de una santa cualquiera. En este caso, de todas maneras, la escalera no podría servirle de nada, venía en el carro de los retrasados. Subhro llamó a uno de sus ayudantes para que avisara al comandante del pelotón de caballería de que tenían que esperar al carro de los bueyes. El descanso les haría bien a los caballos, que, digamos la verdad, tampoco habían tenido que esforzarse mucho, ni un solo galope, ni un solo trote, todo a paso corto desde lisboa. Nada que ver con la expedición del caballerizo mayor a valladolid, todavía en la memoria de algunos de los que allí iban, veteranos de esa heroica cabalgada. Los caballeros desmontaron, los hombres de a pie se sentaron o se tumbaron en el suelo, no pocos aprovecharon para dormir. Erguido sobre el elefante, el cornaca hizo cuentas del viaje y no quedó satisfecho. A juzgar por la altura del sol, habrían andado unas tres horas, modo de decir demasiado conciliatorio porque una parte no pequeña de ese tiempo la había empleado salomón en darse chapuzones en el tajo, alternándolos con voluptuosos revolcones en el barro, lo que, a su vez, era motivo, según la lógica elefantina, para nuevos y más prolongados baños. Era evidente que salomón estaba excitado, nervioso, lidiar con él iba a requerir mucha paciencia, sobre todo no tomado demasiado en serio. Debemos de haber perdido una hora con las travesuras de salomón, pensó el cornaca, y después, pasando de una reflexión sobre el tiempo a una meditación sobre el espacio, Cuánto camino habremos hecho, una legua, dos, se preguntó. Cruel duda, trascendente cuestión. Si estuviéramos todavía entre los antiguos griegos y romanos, diríamos, con la tranquilidad que siempre confieren los saberes adquiridos en la vida práctica, que las grandes medidas itinerarias eran, en esa época, el estadio, la milla y la legua. Dejando en paz el estadio y la milla, con su división de pies y pasos, fijémonos en la legua, que fue la palabra que subhro empleó, distancia que también se compone de pasos y de pies, pero que tiene la enorme ventaja de colocarnos en tierra conocida. Vamos, vamos, leguas todo el mundo sabe qué son, dirán con la inevitable sonrisa de ironía fácil los contemporáneos que nos han cabido en suerte. La mejor respuesta que podemos darles es la siguiente, Sí, también todo el mundo lo sabía en la época en que vivió, pero sólo y únicamente en la época en que vivió. La vieja palabra legua, o leuga, que, podría decirse, parece igual para todos y durante todos los tiempos, por ejemplo hizo un largo viaje desde los siete mil quinientos pies y quinientos pasos que tuvo entre los romanos y la baja edad media hasta los kilómetros y metros con que hoy dividimos la distancia, nada menos que cinco y cinco mil, respectivamente. Encontraríamos casos similares en cualquier área de medición. Y para no dejar la afirmación sin prueba, contemplemos el almud, medida de capacidad que se dividía en doce celemines o cuarenta y ocho cuartillos, y que en lisboa equivalía, en números redondos, a dieciséis litros y medio, y, en oporto, a veinticinco litros. Y cómo se entendían entre ellos, preguntará el lector curioso y amante del saber, Y cómo nos entenderemos nosotros, pregunta, huyendo de la respuesta quien trajo a la conversación este asunto de pesos y medidas. Asunto que, una vez expuesto con esta meridiana claridad, nos permitirá adoptar una decisión absolutamente crucial, en cierta manera revolucionaria, a saber, en tanto el cornaca y quienes lo acompañan, porque no tendrían otra manera de entenderse, seguirán hablando de distancias de acuerdo con los usos y costumbres de su tiempo, nosotros, para que podamos entender lo que allí va pasando en esta materia, usaremos nuestras modernas medidas itinerarias, sin tener que recurrir constantemente a fastidiosas tablas de conversión. En el fondo será como si a una película, desconocida en aquel siglo dieciséis, le estuviésemos poniendo subtítulos en nuestra lengua para suplir la ignorancia o un insuficiente conocimiento del idioma hablado por los actores. Habrá por tanto en este relato dos discursos paralelos que nunca se encontrarán, uno, éste, que podremos seguir sin dificultad, y otro que, a partir de este momento, entra en el silencio. Interesante solución.

Todas estas observaciones y cogniciones hicieron que el cornaca bajara finalmente del elefante, deslizándose por la trompa, y se encaminara con voluntarioso paso hacia el pelotón de caballería. Era fácil distinguir dónde se encontraba el comandante. Se veía allá una especie de toldo que estaría protegiendo del castigador sol de agosto a un personaje, por tanto la conclusión era facilísima de sacar, si había un toldo, había un comandante debajo, si había un comandante, tendría que haber un toldo para cubrirlo. El cornaca llevaba una idea que no sabía bien cómo introducir en la conversación, pero el comandante, sin saberlo, le facilitó el trabajo, Qué pasa con esos bueyes, aparecen o no aparecen, preguntó, Sepa vuestra señoría que todavía no los veo, pero por el tiempo transcurrido deben de estar llegando, Esperemos que así sea. El cornaca respiró hondo y dijo con la voz ronca de la emoción, Si vuestra señoría me lo permite, he tenido una idea, Si ya la has tenido no necesitas de mi autorización, Vuestra señoría tiene razón, pero yo, el portugués, lo hablo mal, Dime ya entonces cuál es esa idea, Nuestra dificultad está en los bueyes, Sí, todavía no han aparecido, Lo que quiero decirle a vuestra señoría es que el problema seguirá incluso después de que hayan aparecido, Por qué, Porque los bueyes andan despacio por naturaleza, mi señor, Hasta ahí, ya lo sé, y sin necesitar a ningún hindú, Si tuviésemos otra yunta de bueyes y la unciéramos al carro delante de la que llevamos, andaríamos seguramente más deprisa y todos al mismo tiempo, La idea me parece buena, pero dónde vamos a encontrar una yunta de bueyes, Por ahí hay aldeas, mi comandante. El comandante frunció la frente, no podía negar que había aldeas por ahí, se podría comprar una yunta de bueyes. Comprar, se preguntó, nada de eso, se requisan los bueyes en nombre del rey y al regreso de valladolid los dejamos, en tan buen estado como espero que estén ahora. Se oyó un clamor, los bueyes habían aparecido finalmente, los hombres aplaudían y hasta el elefante levantó la trompa y soltó un barrito de satisfacción. La mala vista no le permitía distinguir los fardos de forraje desde tan lejos, pero en la inmensa caverna de su estómago retumbaban las protestas de que la hora de comer ya estaba más que pasada. Esto no significa que los elefantes deban alimentarse a horas exactas como se dice que, por el bien que hace a la salud, les conviene a los seres humanos. Por asombroso que parezca, un elefante necesita diariamente cerca de doscientos litros de agua y entre ciento cincuenta y trescientos kilos de vegetales, no podemos imaginarlo con una servilleta al cuello, sentado ante una mesa, haciendo sus tres comidas diarias, un elefante come lo que puede, cuando puede y donde puede, y su principio es no dejar nada detrás que pueda hacerle falta después. Fue necesario esperar todavía casi media hora antes de que el carro de bueyes llegase, en ese tiempo, el comandante dio orden de acampar, pero se necesitó buscar para tal un sitio menos castigado por el sol, antes de que militares y paisanos acabaran transformados en torreznos. A unos quinientos metros se encontraba una pequeña mata de chopos y hacia allí se encaminó la compañía. Las sombras eran ralas, pero mejor ese poco que permanecer asándose bajo la inclemente chapa del astro rey. Los hombres que vinieron para trabajar, y a quienes hasta ahora no se les ha ordenado gran cosa, por no decir nada de nada, traían su comida en las alforjas o en los zurrones, lo mismo de siempre, un trozo de pan grande, unas sardinas arenques, unos higos secos, una pieza de queso de cabra, de ese que cuando se endurece se pone como una piedra, y que, en rigor, no se deja masticar, lo vamos royendo con paciencia y con la ventaja de disfrutar durante más tiempo del sabor del manjar. En cuanto a los militares, ellos llevaban su arreglo. Un soldado de caballería que, espada desenvainada o lanza en ristre, galopa a la carga contra el enemigo, o que simplemente lleva un elefante a valladolid, no tiene que preocuparse con los asuntos de intendencia. No le interesa preguntar de dónde viene la comida ni quién la ha preparado, lo que cuenta es que la escudilla venga llena y el contenido no sea intragable del todo. Dispersas, en grupos, ya todas las personas están ocupadas en sus actividades masticatorias y deglutorias, sólo falta salomón. Subhro, el cornaca, mandó llevar dos fardos de forraje hasta donde él está esperando su vez, desatados y dejado tranquilo, Si es necesario, se le trae otro fardo, dijo. Esta descripción, que a muchos les parecerá sobreabundante por el tanto pormenorizar al que deliberadamente recurrimos, tiene un fin útil, el de activar la mente de subhro para que llegue a una conclusión optimista sobre el futuro del viaje, Puesto que, pensó finalmente, salomón tendrá que comer tres o cuatro fardos por día, el peso de la carga se irá aliviando, y si, para colmo, conseguimos la tal yunta de bueyes, entonces, por muchas montañas que nos salgan al paso, no va a haber quien nos detenga. Con las buenas ideas, y a veces también con las malas, pasa lo mismo que con los átomos de demócrito o con las cerezas de la cesta, vienen enganchadas unas a otras. Al imaginar los bueyes tirando del carro por una ladera empinada, subhro se dio cuenta de que se cometió un error en la composición original de la caravana y que ese error no fue corregido durante el tiempo que duró la caminata, falta de la que se consideraba responsable. Los treinta hombres que vinieron como ayudantes, subhro se tomó la molestia de contados uno por uno, no habían hecho nada desde la salida de lisboa, salvo aprovechar la mañana para un paseo por el campo. Para desatar y arrastrar los fardos de forraje serían más que suficientes los auxiliares directos, y, en caso de necesidad, él mismo podría echar una mano. Qué hacer entonces, devolverlos, librarme de este peso, se preguntó subhro. La idea sería buena si no hubiese otra mejor. El pensamiento abrió una sonrisa resplandeciente en la cara del cornaca. Dio un grito llamando a los hombres, los reunió ante sí, algunos todavía venían masticando el último higo seco, y les dijo, A partir de ahora, divididos en dos grupos, ahí unos y ahí otros, darán ayuda al carro de los bueyes, tirando y empujando, está visto que la carga es demasiada para los animales, que además son lentos por naturaleza, de dos en dos kilómetros los grupos se irán relevando, éste será vuestro principal trabajo hasta llegar a valladolid. Hubo un murmullo que tenía todo el aspecto de ser de descontento, pero subhro hizo como que no lo oía, y continuó, Cada grupo será gobernado por un capataz que, además de responder ante mí por los buenos resultados del trabajo, tendrá que mantener la disciplina y desarrollar el espíritu de cohesión siempre necesarios para cualquier tarea colectiva. El lenguaje no debió de agradar a los oyentes, pues el murmullo se repitió, Muy bien, dijo subhro, si alguien no está satisfecho con las órdenes que acabo de dar, que se dirija al comandante, él es la suprema autoridad aquí, como representante del rey. El aire pareció haberse enfriado de repente, el murmullo se sustituyó por un arrastrar confuso de pies. Subhro preguntó, Quién se propone para capataz. Se levantaron tres manos dubitativas, y el cornaca precisó, Dos capataces, no tres. Una de las manos se encogió, desapareció, las otras permanecieron levantadas. Tú y tú, apuntó subhro, escoged a vuestros hombres, pero hacedlo de una manera equitativa, para que las fuerzas de los dos grupos queden equilibradas, y ahora a dispersarse, necesito hablar con el comandante. Antes, sin embargo, todavía tuvo que atender a sus auxiliares, que se aproximaron para dar cuenta de que habían abierto otro fardo de forraje, pero que salomón parecía satisfecho, y según todos los indicios, con ganas de dormir, No me asombra, comió bien y ésta suele ser la hora de su siesta, Lo malo es que se ha bebido casi toda el agua del abrevadero, Después de haber comido tanto, es lógico, Podemos llevar los bueyes hasta el río, debe de haber por ahí un camino, No se la bebería, el agua, a esta altura del río, todavía es salada, Cómo lo sabe, preguntó el auxiliar, Salomón se bañó varias veces, la última aquí cerca, y nunca metió la trompa para beber, Si el agua del mar llega hasta donde estamos eso muestra el poco camino que hemos recorrido, Es cierto, pero, a partir de hoy, puedes tener la seguridad de que iremos más deprisa, palabra de cornaca. Dejando atrás este solemne compromiso subhro fue en busca del comandante. Lo encontró durmiendo a la sombra de un chopo más frondoso, con ese sueño leve que distingue al buen soldado, pronto para saltar sobre sus armas al mínimo ruido sospechoso. Le hacían guardia dos militares que, con gesto imperativo, mandaron parar a subhro. Éste hizo una señal de que había entendido y se sentó en el suelo, a la espera. El comandante se despertó media hora después, se desperezó y bostezó, volvió a bostezar, volvió a desperezarse, hasta que se sintió efectivamente despierto para la vida. Incluso así tuvo que mirar dos veces para ver que el cornaca estaba allí, Qué quieres ahora, preguntó con voz ronca, no me digas que has tenido otras ideas, Sepa vuestra señoría que sí, Dime, He dividido en dos grupos a los hombres que, de dos en dos kilómetros, alternándose, ayudarán a los bueyes, quince hombres cada vez empujando el carro, se va a notar la diferencia, Bien pensado, no hay duda, veo que lo que tienes sobre los hombros te sirve para algo, los que acabarán ganando serán mis caballos, que podrán trotar de cuando en cuando, en vez de ir como pasmados a paso de desfile, Sepa vuestra señoría que también he pensado en eso, y has pensado en algo más, te lo leo en la cara, preguntó el comandante, Sepa vuestra señoría que sí, Vamos a ver, Mi idea es que deberíamos organizarnos en función de los hábitos y necesidades de salomón, ahora mismo, mire vuestra señoría, está durmiendo, si lo despertáramos se irritaría y sólo nos daría problemas, Pero cómo puede dormir si está de pie, preguntó incrédulo el comandante, A veces se tumba para dormir, pero lo normal es que lo haga de pie, Creo que nunca entenderé a los elefantes, Sepa vuestra señoría que yo vivo con ellos casi desde que nací y todavía no he conseguido entenderlos, Y eso por qué, Tal vez porque el elefante sea mucho más que un elefante, Basta de charlas, Es que todavía tengo otra idea para presentarle, mi comandante, Otra idea, rió el militar, va a ser que tú no eres cornaca, eres una cornucopia, Favor que me hace vuestra señoría, Qué más has producido en esa tu cabeza privilegiada, Se me ha ocurrido que iríamos mejor organizados si vuestra señoría fuese detrás con los soldados cerrando la caravana, yendo delante el carro de los bueyes por ser el que marca el paso de avance, después yo con el elefante, a continuación, los de a pie, y el carro de intendencia. Muy bien, eso se llama una idea, Así me lo parece, Una idea estúpida, quiero decir, Por qué, preguntó subhro, ofendido, sin darse cuenta de la gravísima falta de educación, una auténtica ofensa, que la interpelación directa representaba, Porque mis soldados y yo iríamos tragándonos el polvo que vuestras patas levantaran, Ah, qué vergüenza, debería haber pensado en eso y no lo pensé, ruego a vuestra señoría, por todos los santos de la corte del cielo, que me perdone, Así podremos hacer un galope de vez en cuando y esperar más adelante a que lleguéis, Sí, mi señor, es la solución perfecta, permitís que me retire, preguntó subhro, Todavía tengo dos cuestiones para tratar contigo, la primera es que si vuelves a preguntarme por qué, en el tono en que lo has hecho ahora, daré orden de que te den una buena ración de chicote en el lomo, Sí, señor, murmuró subhro con la cabeza baja, La segunda tiene que ver con esa tu cabecita y con el viaje que apenas ha comenzado, si en esa testorra todavía quedan algunos restos de ideas aprovechables, me gustaría saber si es tu voluntad que nos quedemos aquí eternamente, hasta la consumación de los siglos, Salomón todavía duerme, mi comandante, Ahora resulta que quien gobierna aquí es el elefante, preguntó el militar entre irritado y divertido, No, mi comandante, seguro que recordáis que os dije que nos deberíamos organizar en función, confieso que no sé de dónde me salió esta palabra, de los hábitos y necesidades de salomón, Sí, y qué, preguntó el comandante, que ya perdía la paciencia, Es que, mi comandante, salomón, para estar bien, para que podamos entregarlo con buena salud al archiduque de austria, tendrá que descansar en las horas de calor, De acuerdo, respondió el comandante, levemente perturbado con la referencia al archiduque, pero la verdad es que no ha hecho otra cosa en todo el santo día, Este día no cuenta, mi comandante, ha sido el primero, y ya se sabe que en el primer día las cosas siempre suceden mal, Entonces, qué hacemos, Dividimos los días en tres partes, la primera, desde la mañana temprano, y la tercera, hasta la puesta de sol, para avanzar lo más deprisa que podamos, la segunda, esta en que estamos, para comer y descansar, Me parece un buen programa, dijo el comandante, optando por la benevolencia. El cambio de tono animó al cornaca a expresar la inquietud que lo venía atormentando durante todo el día, Mi comandante, hay algo en este viaje que no entiendo, Qué es lo que no entiendes, A lo largo de todo el camino no nos hemos cruzado con nadie, en mi modesta opinión esto no es normal, Estás eq uivocado, nos hemos cruzado con bastantes personas, tanto en una dirección como en otra, Cómo, si no he visto a nadie, preguntó subhro con los ojos agrandados por el asombro, Estabas bañando al elefante, Quiere decir que cada vez que salomón se estaba bañando pasó gente, No me hagas repetir las cosas, Extraña coincidencia, podría decirse que salomón no quiere que lo vean, Podría ser, sí, Pero ahora, estando aquí acampados desde hace no pocas horas tampoco ha pasado nadie, Ahí la razón es otra, la gente ve al elefante de lejos como una visión, y da marcha atrás o se mete por atajos, seguramente creen que es algún enviado del diablo, Siento la cabeza tonta, hasta llegué a pensar que el rey nuestro señor hubiera mandado despejar los caminos, No eres tan importante como para eso, cornaca, Yo no, pero salomón sí. El comandante prefirió no responder a lo que parecía el principio de una nueva discusión y dijo, Antes de que te vayas quiero hacerte una pregunta, Soy todo oídos, Recuerdas que has invocado hace un poco a todos los santos de la corte del cielo, Sí, mi comandante, Quiere eso decir que eres cristiano, piensa bien antes de responder, Más o menos, mi comandante, más o menos.

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Luna llena, luz de agosto. Con la excepción de los dos centinelas que, sobre sus caballos, sin otro ruido que el crujir de las guarniciones, hacen la ronda del campamento, toda la caravana duerme. Gozan de un descanso más que merecido. Después de haber dado, durante la primera parte del día, la mala impresión de una banda de vagabundos y de perezosos, los hombres alistados para empujar el carro de los bueyes demostraron bríos y dieron una auténtica lección de profesionalidad. Es cierto que el terreno plano ayudaba mucho, pero se podía apostar, con la seguridad de ganar, que en la venerable historia de aquel carro de bueyes nunca hubo otra jornada así. En las tres horas y media que duró la caminata, y a pesar de algunos breves descansos, avanzaron más de diecisiete kilómetros. Éste fue el número finalmente apuntado por el comandante del pelotón después de un vivo intercambio de palabras con el cornaca subhro, que consideraba que no habían sido tantos y que no merecía la pena engañarse a uno mismo. El comandante pensaba que sí, que era estimulante para los hombres, Qué importancia tiene que hayamos andado sólo catorce, los tres que faltan los recorreremos mañana y al final verás que todo se acaba ajustando. El cornaca desistió de convencerlo, Era lo mejor que podía hacer, pensó, aunque sus cuentas falsas prevalezcan, eso no alterará la realidad de los kilómetros que realmente hayamos recorrido, no discutas con quien manda, subhro, aprende a vivir.

Se acababa de despertar, todavía con la impresión de haber tenido un dolor agudo en el vientre mientras dormía, que quizá no llegara a repetirse, aunque sentía el interior sospechosamente alborozado, unos borborigmos sordos en los intestinos, cuando, de repente, el dolor regresó como una puñalada. Se levantó como pudo, hizo señal al centinela más próximo de que iba ahí y ya volvía, y comenzó a subir hacia una hilera frondosa de árboles la pendiente suave en que acamparon, tan suave que era como si estuvieran tumbados en una cama con la parte de la cabecera ligeramente levantada. Llegó en el último segundo. Desviemos la vista mientras él se libra de la ropa, que, milagrosamente, todavía no ha ensuciado, y esperemos a que levante la cabeza para que vea lo que ya nosotros habíamos visto, esa aldea bañada por la maravillosa luz de luna de agosto que modelaba todos los relieves, suavizaba las propias sombras que había creado y al mismo tiempo hacía resplandecer las zonas que iluminaba. La voz que estábamos aguardando se manifestó por fin, Una aldea, una aldea. Probablemente por llegar cansados, a nadie se le ocurrió la idea de subir la pendiente para ver lo que había al otro lado. Es cierto que siempre es tiempo de ver una aldea, si no es una es otra, pero lo dudoso es que en la primera que encontremos haya a nuestra espera una potente yunta de bueyes, capaz de enderezar la torre de pisa con un solo tirón. Aliviado de las mayores, el cornaca se limpió lo mejor que pudo con las hierbas que crecían alrededor, mucha suerte tuvo de que no hubiera por allí ortigas, también llamadas moheñas, que ésas le hubieran hecho saltar como si sufriera el baile de san vito, tan fuertes serían las escoceduras y los picores que le atacarían la delicada mucosa inferior. Una nube densa tapó la luna, y la aldea de pronto se tornó negra, se sumergió como un sueño en la oscuridad circundante. No importaba, el sol rompería a su hora y mostraría el camino hasta el establo, dónde los bueyes, ahora rumiando, tendrían presentimientos de cambio de vida. Subhro atravesó la espesa línea de árboles y regresó a su lugar en la acampada común. Por el camino pensó que si el comandante estuviera despierto le daría, por hablar en términos planetarios, la mayor satisfacción del mundo. Y la gloria de haber descubierto la aldea sería mía, murmuró. Porque no valía la pena alimentar ilusiones. Durante el tiempo que todavía le faltaba a la noche para pasar, otros hombres podían tener necesidad de hacer de cuerpo y el único sitio donde podrían recogerse con discreción era entre aquellos árboles, pero, suponiendo que tal cosa no llegase a suceder, bastaba sólo con esperar a que amaneciera para asistir al desfile de cuantos tuvieran que obedecer a los imperativos de los intestinos y de la vejiga. Esto, en el fondo, es lo propio de los animales, no es de extrañar. Sin acabar de aceptar la situación, el cornaca decidi



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