Revista Literaria Periódico Cultural

23.3.2007 GMT

Excursión /Venezuela/ La Sima" ña Plácida"

Hola amigos todos, les cuento:

Fue tan interesante nuestra última exploración al “interior de la tierra” (Cueva El Peñón), que mis amigas y yo no dudamos en aceptar el reto de explorar una sima. Así que simplemente nos equipamos con todo lo necesario para ese tipo de aventuras, sin importar que mi casco fuese recuerdo de una pasada campaña política (no digo que año), o el de mi amiga fuese de ciclista. El asunto era protegernos de los “golpes” con techo y paredes sólidas. Bien entonces ya listas, salimos de nuestro sitio de reunión en Caracas “tempranísimo”, se nos recomendó porque el camino era largo. Cuando llegamos a la plaza Bolívar del pueblo, ya nos esperaba Teobaldo Alvarado y sus hijos Aníbal y Lisandro, después se nos sumaron tres profesores universitarios y un menor de 11 años, “bien pilas”. Abraham.

El sector de montaña donde se ubica esta sima es bastante retirado de la ciudad, así que subimos en un transporte, que nos hizo el “acercamiento”. Mientras subíamos por la carretera de tierra, admiré el extenso panorama a nuestros píes, Charallave, Cúa, otros caseríos menores, la cadena de montañas de la Serranía del Interior, las instalaciones del recién inagurado tren, las columnas de humo, todo esto difuminado entre la bruma de la calina y el humo de incendios. La sequía en éste verano es fuerte este año.

Llegados a cierto punto nos bajamos del jeep nueve personas, comenzamos a caminar por la carretera que ahora desciende. Pisamos fuerte, enérgicos y cuidadosos, aún así el impacto de las pisadas levantan una polvareda, que pronto cubre nuestras humanidades con un polvillo dorado y muy fino. En consecuencia es graciosa la cara de mi amiga, parece una “muñeca japonesa”.

Es un día bastante caluroso, el sol arremete con fuerza, nuestro paso ligero y la entretenida conversación hacen olvidar estos “detallitos”. Bajamos una última loma, seguimos ahora una senda estrecha, hay bastantes rocas grandes color platino. El final del sendero es bastante inclinado, la tierra esta suelta, no hay donde agarrarse. En una curva mis botas resbalan y se deslizan raudas hacia el barranco, por suerte Lisandro va delante de mí, se afianza bien en el suelo y con la misma me agarra por un brazo deteniendo mi avance ¡Sustote! Con ésta experiencia lo que resta por bajar lo hago en digno estilo culi -cross.

Llegamos a un pequeño plano por un lado rodeado de altas y serradas piedras grisáceas, las sorteamos con cuidado.

Ya ante nosotros está la formación que venimos buscando. En desigual simetría rocas altas y serradas.

Sin embargo con gran decepción nos damos cuenta que no estamos solos, un ruido inoportuno, vocinglero y escandaloso nos recibe, se trata de un grupo de personas que se nos han adelantado. Un horroroso y aparatoso equipo portátil de sonido, “vomita” estruendosa música vallenata, botellas con licor, cava portátil, vasos de cartón y la gente ¡ Ahaa la gente !. Una veintena de personas entre hombres, mujeres y niños con gritos y risas de altos decibeles. Nuestra brusca aparición y la expresión de desagrado e incredulidad de nuestros rostros al presenciar el espectáculo, es tan palpable, que produce un silencio ominoso, lo que aprovecha Teobaldo para señalarnos un montículo cercano al lado, en la parte alta de las piedras. Él se queda a dialogar con aquellas personas, tratando de persuadirlos para que adoptasen una conducta cónsona con el ambiente donde se encuentran.

Nosotros nos apresuramos a subir una corta y empinada rampa natural, encontrándonos de frente con una “boca” de entrada pero ésta es horizontal.

Y es que “ Ña Plácida” es una cueva, con una sima (donde se encontraba la gente), cuyo acceso principal es justamente por ahí. Es todo un complejo de galerías y túneles que se forman en el interior del monte, con muchos ramales y cóncavos de mucha extensión, algunos o casi todos se comunican entre sí, algunas claraboyas y techos abovedados, llenos de raras e intrincadas molduras, que forman en la piedra, el agua subterránea que escurre en su interior, y que muy raras veces aflora en gotas al exterior.

El nombre de “ Ña Placida” cuenta la leyenda, que viene dado porque esta formación se ubicaba dentro de las tierras propiedad de una señora

con éste mismo nombre. Muy alegre le daba por hacer fiestas dentro de la sima, bajaba hasta donde hay un espacio muy plano y amplio, y allí bailaban joropo, acompañándose con músicos y bebidas espirituosas.

Científicamente esta sima /cueva se ubica en la Fila Magdalena de la Serranía del Interior. Son formaciones rocosas de la Era Mesozoica del Período Cuaternario. El primer estudio que se levantó de ella, lo hizo el Dr. Álamo en 1912, y es hasta 1917 cuando se explora por primera vez por el naturalista investigador Luís R. Oramas . Está formada de cuarcitas, calcio y otros minerales.

La entrada donde nos encontramos no es muy ancha y se estrecha al entrar, el techo no es muy alto y se observa una muy pequeña claraboya. De inmediato se bifurca en dos direcciones. Hacia la izquierda se caminan unos pasos y si no se tiene cuidado de inmediato caerá hacia un brusco hueco, que con la luz de mi linterna no veía el fondo, el saliente donde me encuentro se siente algo frágil, salgo de allí. Hacia la derecha hay un pasaje angosto, hay que contorsionarse bastante para atravesarlo acostada, luego un espacio plano no muy extenso y de seguidas otro túnel más angosto aún. Se puede oír el eco de las voces de las personas que han bajado por la sima al otro lado. Paredes y techos en esta oscuridad semejan bocas y garras de animales grotescos y espeluznantes. No es un recorrido muy largo hasta donde se puede llegar, salimos del área y bajamos para ver si ya la poblada se ha ido y poder bajar nosotros. Pues sí, se marcharon. Somos dueños del terreno.

Vista desde afuera es fantástica, impresionante portal, la luz del sol penetra un poco e ilumina parte de las paredes con una coloración de concreciones, debido a muchos factores tales como la presencia de óxidos metálicos o material orgánico. Gruesas estalactitas cuelgan del techo, millones de años han pasado para que éstas creaciones de agua y roca se formen, son presencias etéreas y poderosas. A veces se han unido con estalagmitas creando columnas, obeliscos, de color blanco, azulados, verdes traslúcidos. Mis ojos “beben” con deleite tanta bellezura . Mi amiga y yo nos sentamos en una gran roca plana y sumergiéndonos en el silencio comulgamos ante aquel reluciente despliegue de hermosura. En el centro de todo aquello la sima oscura y misteriosa invita a una peligrosa aventura.

Y ésta comienza ahora. Dos grandes, gruesas y sólidas raíces de un árbol se introducen desde el techo, por entre las piedras

En un costado de la orilla de la sima, afianzándose en el piso abajo. Precisamente están al borde de la fosa, los guías han aprovechado para amarrar de ellas un grueso mecate, reforzando con algunos palos altos. Todo esto sirve de apoyo en la bajada. Serán escasos metro y medio, para bajar sólo se requiere manos firmes y fuertes, fuerza en los brazos, precisión en colocar los pies en precario apoyo y cero miedo, (esto es lo más difícil para mí). Ya adentro al pisar el suelo y mientras el corazón se dispara en sus latidos, una muy leve luz apenas nos alumbra, ayuda al principio, pero muy pronto se sustituye por la luz de las linternas. Se comienza a bajar hacia el corazón de la tierra. Chillidos de murciélagos, el murmullo de una imprecación o el sonido gutural de admiración es lo que se escucha. Lo demás es silencio, un vasto silencio.

La bajada se prolonga por bastante distancia hasta que el guía dice: Hasta aquí llegamos. Más abajo se torna en vericuetos muy difíciles.

Sin embargo, con todo lo visto: facetas que brillan como diamantes al darles el rayo de luz. Salones y galerías de increíble hermosura, un viento frío sopla por el pasadizo. De tanto en tanto el guía se detiene para enseñar y explicar algún detalle. Comenzamos a desandar el camino. Ahora la salida de la sima es como más fácil. Arriba, Abraham, el niño que nos acompaña y que trepa como un mono, sonriente y feliz me enseña sus tesoros, recogidos en el piso de la sima: Una estalactita trunca como el cono de un helado, intento hacerle trueque por dulces, pero no es tonto, se niega.

Sólo nos resta ahora tomar la fotografía de todo el grupo, juntos sonrientes exploradores y guías.

Esta mañana salimos de Caracas a las 6.30 de la mañana, estamos retornando a nuestros hogares a las 7.48 de la noche. El correr del tiempo no lo notamos, se nos hizo breve para todo lo que resta por explorar aún, pero ha sido suficiente para un maravilloso día.

Nos vemos en la próxima,

Edilia C. de Borges

Fotos cortesía de Rosana Langerano F.



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Rubén Patrizi

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