Revista Literaria Periódico Cultural

11.8.2010 GMT

Inocencia Ian Welden Dinamarca... (exelente)

INOCENCIA
Ian Welden
En una ciudad donde las casas multicolores cuelgan de las montañas cual adornos de árbol
de navidad y los barcos de todo el mundo llegan a descansar, nació la bella Inocencia.
La ciudad se llama Valparaíso y queda en un país llamado Chile, ahí donde termina el mundo. Donde
vuelan aves gigantes llamadas cóndores y donde la naturaleza un día enloqueció y mezcló desiertos
ancestrales con valles verdes alucinantes, mares testarudos y cordilleras solitarias, vientos impertinentes
y hielos que se estiran hasta caerse del planeta.
Al nacer, su padre y su madre se dieron cuenta de que habían recibido una niñita muy especial. No sólo
era bella como una piedra de luna, sino también inteligente y emprendedora. Y con una sonrisa tan graciosa
que todos los güagüitos de Valparaíso se enamoraban de ella.
Su padre trabajaba cargando y descargando pesadísimas cajas en el puerto. Los barcos de
la China traían té y hierbas dulces y fragantes. Los de África llegaban con diamantes y los de Madagascar
traían telas bordadas con oro y plata que los políticos y pijes chilenos compraban para sus esposas.
Valparaíso enviaba toneladas de cobre al resto del mundo, vinos exóticos y frutas dulces y olorosas a lejanos
reinos misteriosos.
La madre de Inocencia, Consuelo, se ganaba unas monedas haciendo vestidos y lavando ropa. Ella subía y bajaba
las empinadas y eternas escalas que unían a todos los cerros de la ciudad, las cimas y el mar, acarreando las compras
y visitando a sus comadres.
En el patio de la casita de madera y adobe había un gallinero con gallinas ponedoras y gallos que se sacaban
las crestas a picotazos.
Cuando Inocencia cumplió cuatros años de edad, ayudaba su madre a degollar gallinas, desplumarlas y
hacer cazuela de aves con papas y arroz para los cumpleaños. Inocencia se escondía en el baño a llorar
por las gallinas y su destino, y enterraba los restos en la tierra y lea ponía pequeñas cruces de palo.
Inocencia comenzó a ir al colegio a los cinco años de edad. Su padre le regaló un bolsón de cuero olorocito a
novedad. Era su orgullo. Era además el único bolsón de cuero de verdad. Los otros niños llevaban mochilas de tela y
plástico, de colores chillantes y con letras y dibujos extranjeros. Algunos llevaban bolsas de género, sucias, y a Inocencia
le daba pena.
Le gustaba ir al colegio y era buena alumna. Pero le gustaba más ir al puerto a mirar los buques de países tan extraños.
China, India, Dinamarca... Y las tripulaciones multicolores, amarillos como el azafrán, oscuros como el té, blancos como el
papel. Y se acercaba su padre, color té con leche, sudando y cansado, y la levantaba de la cintura y le daba un besito en
la frente.
Vagaba alucinada por la ciudad. Subía y bajaba a saltitos los cientosesentaydos peldaños de la magistral Escala Cienfuegos,
mas larga que el muro de china, pensaba. Y en cada escalón se detenía unos segundos para intentar descifrar el fenómeno
de la cercanía y la distancia. Mientras mas alto trepaba, mas pequeña se veía la La Iglesia de San Francisco. Porqué sería?
Los domingos después de misa, se iba a la ciudad sola. Disfrutaba de su propia compañía. Entraba a un mundo mágico donde la vida y
los objetos podían manipularse a gusto. Caminaba incansablemente por los cuarentaycinco cerros y cerras de Valparaiso y aprendía
sus nombres de memoria, y divagaba como en un sueño surrealista: " Cerra la Cruz, hembra dócil y amable. Víctima de la fechoria de
las crucifixiones la pobrecita". "Cerro Lechero, macho sonriente, vacas y toros deambulan rumiando tranquilamente, vacas regalando
leche tibia a los seres humanos". "Cerro Cárcel, híbrido, no quiero ver, no quiero mirar! debo seguir caminando..." "Cerra Alegre, hembrita
pequeña como yo..." Y jugaba con la Cerra Alegre y volaba con el Cerro Mariposas.
En los muros de los recovecos de la ciudad encontró una inscripción misteriosa: " se pelan bebés". Inmediatamente sacó su tarrito
de pintura celeste y escribió " también se beben pelas ". En otro muro decía " la fuente de la imaginación es la locura". A lo que ella
agregó " y yo me lavo los pies en la fuente ".
Inocencia iba a pasear por las playas, mirar a los pescadores. Se sorprendía ante la inscripción " limpiada de pescados es a conciencia
suya...". La econtraba tan enigmática pero no se atrevía a escribir su respuesta inmediata (" y su conciencia es un pescado limpio "). Iba
revisando a las pobres bestias marinas expuestas al calor y al oxígeno. Peces verdes de estómagos blancos, peces rosados de estómagos
marrones y agallas como alitas lisiadas, peces azúles cuyas escamas brillaban como diamantes viejos y opacos. Y todos con sus ojos
y bocas abiertos, todos agonizando así como había agonizando su abuelo, el Tata. O como soldados que se han rendido a la muerte y
a la guerra.
A veces lograba hacer maniobras ilícitas y se subía a los ascensores mágicos, carritos de fierros asmáticos que se quejaban de dolor de
espalda. Desde ahí podía ver a la ciudad haciéndose chica, grande, chica... grande... hasta que caía en un sopor agradable, y finalmente
se dormía.
Entonces algún tío o padrino o vecina la tomaba en brazos y subía con ella cien peldaños y la depositaba sana y salva en manos de sus padres.
Y las gallinas hacían sus cló-cló-cloes y los gallos sus ki-kiri-kies y la mano dulce de la noche cubría a Valparaiso.
E Inocencia soñaba con la resurección de todas las gallinas y gallos que había degollado.
Ian Welden
.
Fotografía de Maritza Álvarez
INOCENCIA
Ian Welden
En una ciudad donde las casas multicolores cuelgan de las montañas cual adornos de árbol
de navidad y los barcos de todo el mundo llegan a descansar, nació la bella Inocencia.
La ciudad se llama Valparaíso y queda en un país llamado Chile, ahí donde termina el mundo. Donde
vuelan aves gigantes llamadas cóndores y donde la naturaleza un día enloqueció y mezcló desiertos
ancestrales con valles verdes alucinantes, mares testarudos y cordilleras solitarias, vientos impertinentes
y hielos que se estiran hasta caerse del planeta.
Al nacer, su padre y su madre se dieron cuenta de que habían recibido una niñita muy especial. No sólo
era bella como una piedra de luna, sino también inteligente y emprendedora. Y con una sonrisa tan graciosa
que todos los güagüitos de Valparaíso se enamoraban de ella.
Su padre trabajaba cargando y descargando pesadísimas cajas en el puerto. Los barcos de
la China traían té y hierbas dulces y fragantes. Los de África llegaban con diamantes y los de Madagascar
traían telas bordadas con oro y plata que los políticos y pijes chilenos compraban para sus esposas.
Valparaíso enviaba toneladas de cobre al resto del mundo, vinos exóticos y frutas dulces y olorosas a lejanos
reinos misteriosos.
La madre de Inocencia, Consuelo, se ganaba unas monedas haciendo vestidos y lavando ropa. Ella subía y bajaba
las empinadas y eternas escalas que unían a todos los cerros de la ciudad, las cimas y el mar, acarreando las compras
y visitando a sus comadres.
En el patio de la casita de madera y adobe había un gallinero con gallinas ponedoras y gallos que se sacaban
las crestas a picotazos.
Cuando Inocencia cumplió cuatros años de edad, ayudaba su madre a degollar gallinas, desplumarlas y
hacer cazuela de aves con papas y arroz para los cumpleaños. Inocencia se escondía en el baño a llorar
por las gallinas y su destino, y enterraba los restos en la tierra y lea ponía pequeñas cruces de palo.
Inocencia comenzó a ir al colegio a los cinco años de edad. Su padre le regaló un bolsón de cuero olorocito a
novedad. Era su orgullo. Era además el único bolsón de cuero de verdad. Los otros niños llevaban mochilas de tela y
plástico, de colores chillantes y con letras y dibujos extranjeros. Algunos llevaban bolsas de género, sucias, y a Inocencia
le daba pena.
Le gustaba ir al colegio y era buena alumna. Pero le gustaba más ir al puerto a mirar los buques de países tan extraños.
China, India, Dinamarca... Y las tripulaciones multicolores, amarillos como el azafrán, oscuros como el té, blancos como el
papel. Y se acercaba su padre, color té con leche, sudando y cansado, y la levantaba de la cintura y le daba un besito en
la frente.
Vagaba alucinada por la ciudad. Subía y bajaba a saltitos los cientosesentaydos peldaños de la magistral Escala Cienfuegos,
mas larga que el muro de china, pensaba. Y en cada escalón se detenía unos segundos para intentar descifrar el fenómeno
de la cercanía y la distancia. Mientras mas alto trepaba, mas pequeña se veía la La Iglesia de San Francisco. Porqué sería?
Los domingos después de misa, se iba a la ciudad sola. Disfrutaba de su propia compañía. Entraba a un mundo mágico donde la vida y
los objetos podían manipularse a gusto. Caminaba incansablemente por los cuarentaycinco cerros y cerras de Valparaiso y aprendía
sus nombres de memoria, y divagaba como en un sueño surrealista: " Cerra la Cruz, hembra dócil y amable. Víctima de la fechoria de
las crucifixiones la pobrecita". "Cerro Lechero, macho sonriente, vacas y toros deambulan rumiando tranquilamente, vacas regalando
leche tibia a los seres humanos". "Cerro Cárcel, híbrido, no quiero ver, no quiero mirar! debo seguir caminando..." "Cerra Alegre, hembrita
pequeña como yo..." Y jugaba con la Cerra Alegre y volaba con el Cerro Mariposas.
En los muros de los recovecos de la ciudad encontró una inscripción misteriosa: " se pelan bebés". Inmediatamente sacó su tarrito
de pintura celeste y escribió " también se beben pelas ". En otro muro decía " la fuente de la imaginación es la locura". A lo que ella
agregó " y yo me lavo los pies en la fuente ".
Inocencia iba a pasear por las playas, mirar a los pescadores. Se sorprendía ante la inscripción " limpiada de pescados es a conciencia
suya...". La econtraba tan enigmática pero no se atrevía a escribir su respuesta inmediata (" y su conciencia es un pescado limpio "). Iba
revisando a las pobres bestias marinas expuestas al calor y al oxígeno. Peces verdes de estómagos blancos, peces rosados de estómagos
marrones y agallas como alitas lisiadas, peces azúles cuyas escamas brillaban como diamantes viejos y opacos. Y todos con sus ojos
y bocas abiertos, todos agonizando así como había agonizando su abuelo, el Tata. O como soldados que se han rendido a la muerte y
a la guerra.
A veces lograba hacer maniobras ilícitas y se subía a los ascensores mágicos, carritos de fierros asmáticos que se quejaban de dolor de
espalda. Desde ahí podía ver a la ciudad haciéndose chica, grande, chica... grande... hasta que caía en un sopor agradable, y finalmente
se dormía.
Entonces algún tío o padrino o vecina la tomaba en brazos y subía con ella cien peldaños y la depositaba sana y salva en manos de sus padres.
Y las gallinas hacían sus cló-cló-cloes y los gallos sus ki-kiri-kies y la mano dulce de la noche cubría a Valparaiso.
E Inocencia soñaba con la resurección de todas las gallinas y gallos que había degollado.
Ian Welden
.
Fotografía de Maritza Álvarez
INOCENCIA
Ian Welden
En una ciudad donde las casas multicolores cuelgan de las montañas cual adornos de árbol
de navidad y los barcos de todo el mundo llegan a descansar, nació la bella Inocencia.
La ciudad se llama Valparaíso y queda en un país llamado Chile, ahí donde termina el mundo. Donde
vuelan aves gigantes llamadas cóndores y donde la naturaleza un día enloqueció y mezcló desiertos
ancestrales con valles verdes alucinantes, mares testarudos y cordilleras solitarias, vientos impertinentes
y hielos que se estiran hasta caerse del planeta.
Al nacer, su padre y su madre se dieron cuenta de que habían recibido una niñita muy especial. No sólo
era bella como una piedra de luna, sino también inteligente y emprendedora. Y con una sonrisa tan graciosa
que todos los güagüitos de Valparaíso se enamoraban de ella.
Su padre trabajaba cargando y descargando pesadísimas cajas en el puerto. Los barcos de
la China traían té y hierbas dulces y fragantes. Los de África llegaban con diamantes y los de Madagascar
traían telas bordadas con oro y plata que los políticos y pijes chilenos compraban para sus esposas.
Valparaíso enviaba toneladas de cobre al resto del mundo, vinos exóticos y frutas dulces y olorosas a lejanos
reinos misteriosos.
La madre de Inocencia, Consuelo, se ganaba unas monedas haciendo vestidos y lavando ropa. Ella subía y bajaba
las empinadas y eternas escalas que unían a todos los cerros de la ciudad, las cimas y el mar, acarreando las compras
y visitando a sus comadres.
En el patio de la casita de madera y adobe había un gallinero con gallinas ponedoras y gallos que se sacaban
las crestas a picotazos.
Cuando Inocencia cumplió cuatros años de edad, ayudaba su madre a degollar gallinas, desplumarlas y
hacer cazuela de aves con papas y arroz para los cumpleaños. Inocencia se escondía en el baño a llorar
por las gallinas y su destino, y enterraba los restos en la tierra y lea ponía pequeñas cruces de palo.
Inocencia comenzó a ir al colegio a los cinco años de edad. Su padre le regaló un bolsón de cuero olorocito a
novedad. Era su orgullo. Era además el único bolsón de cuero de verdad. Los otros niños llevaban mochilas de tela y
plástico, de colores chillantes y con letras y dibujos extranjeros. Algunos llevaban bolsas de género, sucias, y a Inocencia
le daba pena.
Le gustaba ir al colegio y era buena alumna. Pero le gustaba más ir al puerto a mirar los buques de países tan extraños.
China, India, Dinamarca... Y las tripulaciones multicolores, amarillos como el azafrán, oscuros como el té, blancos como el
papel. Y se acercaba su padre, color té con leche, sudando y cansado, y la levantaba de la cintura y le daba un besito en
la frente.
Vagaba alucinada por la ciudad. Subía y bajaba a saltitos los cientosesentaydos peldaños de la magistral Escala Cienfuegos,
mas larga que el muro de china, pensaba. Y en cada escalón se detenía unos segundos para intentar descifrar el fenómeno
de la cercanía y la distancia. Mientras mas alto trepaba, mas pequeña se veía la La Iglesia de San Francisco. Porqué sería?
Los domingos después de misa, se iba a la ciudad sola. Disfrutaba de su propia compañía. Entraba a un mundo mágico donde la vida y
los objetos podían manipularse a gusto. Caminaba incansablemente por los cuarentaycinco cerros y cerras de Valparaiso y aprendía
sus nombres de memoria, y divagaba como en un sueño surrealista: " Cerra la Cruz, hembra dócil y amable. Víctima de la fechoria de
las crucifixiones la pobrecita". "Cerro Lechero, macho sonriente, vacas y toros deambulan rumiando tranquilamente, vacas regalando
leche tibia a los seres humanos". "Cerro Cárcel, híbrido, no quiero ver, no quiero mirar! debo seguir caminando..." "Cerra Alegre, hembrita
pequeña como yo..." Y jugaba con la Cerra Alegre y volaba con el Cerro Mariposas.
En los muros de los recovecos de la ciudad encontró una inscripción misteriosa: " se pelan bebés". Inmediatamente sacó su tarrito
de pintura celeste y escribió " también se beben pelas ". En otro muro decía " la fuente de la imaginación es la locura". A lo que ella
agregó " y yo me lavo los pies en la fuente ".
Inocencia iba a pasear por las playas, mirar a los pescadores. Se sorprendía ante la inscripción " limpiada de pescados es a conciencia
suya...". La econtraba tan enigmática pero no se atrevía a escribir su respuesta inmediata (" y su conciencia es un pescado limpio "). Iba
revisando a las pobres bestias marinas expuestas al calor y al oxígeno. Peces verdes de estómagos blancos, peces rosados de estómagos
marrones y agallas como alitas lisiadas, peces azúles cuyas escamas brillaban como diamantes viejos y opacos. Y todos con sus ojos
y bocas abiertos, todos agonizando así como había agonizando su abuelo, el Tata. O como soldados que se han rendido a la muerte y
a la guerra.
A veces lograba hacer maniobras ilícitas y se subía a los ascensores mágicos, carritos de fierros asmáticos que se quejaban de dolor de
espalda. Desde ahí podía ver a la ciudad haciéndose chica, grande, chica... grande... hasta que caía en un sopor agradable, y finalmente
se dormía.
Entonces algún tío o padrino o vecina la tomaba en brazos y subía con ella cien peldaños y la depositaba sana y salva en manos de sus padres.
Y las gallinas hacían sus cló-cló-cloes y los gallos sus ki-kiri-kies y la mano dulce de la noche cubría a Valparaiso.
E Inocencia soñaba con la resurección de todas las gallinas y gallos que había degollado.
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