


Texto enviado por Fr. José Antonio.
Gracias Fr.
La Iniciación Egipcia
Cerca de las Pirámides se alzaba la Esfinge, cuya cabeza personifica la inteligencia humana que debe analizar sus metas, definir los medios de que dispone y establecer la lista de los obstáculos que deberá salvar para llegar al Conocimiento.
Sus flancos de toro recordaban a quien acudía a aquellos lugares en demanda de su iniciación, que no trazaría su ruta hacia el logro sino a fuerza de voluntad y de paciencia.
Sus garras de león significaban que para alcanzar su meta, el hombre debe no solamente querer sino osar, y utilizar su fuerza para combatir.
Por último, las alas del águila encogidas sobre su espalda representaban el secreto que debe presidir todos los propósitos hasta el momento en que la acción permite alcanzar las cimas de la audacia.
La Esfinge es, pues, esa fuerza incalculable de la cual se beneficia la voluntad cuando está dirigida por una inteligencia excepcional. Es el alfa y el omega expresados ya en las pirámides, el primer y el último término de la más Alta Iniciación.
Los Antiguos sólo la concedían a los seres designados por el colegio de Grandes Sacerdotes.
Una larga investigación permitía establecer las intenciones del recipiendario, y un voto secreto decidía la admisión del candidato a las pruebas.
Tras un retiro de cuarenta días, dos tesmotetas iban a buscarIo y después de haberIe ordenado que mantuviera una discreción absoluta, le vendaban los ojos.
Los tres trasponían una puerta de granito situada en los flancos de la Esfinge, la cual se abría sobre una sala desprovista de adornos. Sólo un altar de mármol blanco sostenía dos máscaras.
Una de ellas representaba una cabeza de león, genio del Sol, y la otra una cabeza de toro, genio de la Luna.
Los dos tesmotetas, vestidos con ropajes de lino blanco y cinturón de oro y de plata consagrados al Sol y a la Luna, conducían al candidato hasta el centro de la sala.
«Deténte -le mandaba uno de ellos-, pues serías precipitado al abismo que rodea el templo y que defiende sus misterios de la curiosidad de los profanos. Para cruzarlo, no existe más que un puente reservado a quienes son admitidos a la iniciación.».
Uno de los magos le quitaba entonces la venda al candidato. Con una atronadora explosión se abría una trampilla y daba paso a un espectro armado de una hoz.
«¡Mal haya el profano que viene a turbar la paz!» -exclamaba, rozando por siete veces la garganta del neófito.
Si el neófito resistía a la aparición, los tesmotetas le decían: «Has dominado los terrores de tu espíritu y reprimido los de tu carne. Tu fuerza y tu coraje podrían hacer de ti un héroe, pero hay una virtud más alta: la humildad que triunfa del orgullo.
Nuestros hermanos te esperan en el santuario. A cambio de la sumisión que mostrarás, te darán la ciencia que te dará acceso al poder supremo. ¿Aceptas someterte a la prueba impuesta al orgullo?» -«Me someteré a ella.» -«Está bien. Toma esta lámpara, que es la imagen de tu conciencia.» Una parte del muro se abría sobre un largo pasillo abovedado, símbolo del sepulcro donde se tiende todo ser humano en el umbral de su vida terrena y que debe despertar en la aurora eterna de la vida de los espíritus.
-«Has vencido al espectro de la muerte. Ahora, triunfa del espanto de la tumba.» El muro se cerraba detrás del candidato, quien, para sobrevivir, debía seguir el angosto camino.
Entonces retumbaba una voz: «Aquí perecen los insensatos que han codiciado la ciencia infinita y el poder supremo.» 2 Turbado ya por aquella amenaza, perdía a cada paso toda noción de distancia. El suelo parecía hurtarse bajo sus pasos y hundirse en la tierra. Tenía la sensación de estar abocado a una horrible muerte, muerto de inanición y desesperanza. Poco a poco la luz de su lámpara se debilitaba, pero si buscaba una salida a lo largo de su terreno, llegaba finalmente a una escala de 78 barrotes adornados con anáglifos y fijados en el granito. Al llegar al último escalón, acababa, sin comprenderlo, de salvar los 78 pisos del destino (1).
Delante de él se abría entonces un pozo inmenso del que se elevaba el ruido de un torrente.
Para un espíritu débil, era una nueva amenaza de muerte. Para quien se acordaba de las palabras proféticas de los tesmotetas: «No tienes que temer nada sino de ti mismo», era la salvación, pues más allá del pozo un pasadizo se abría sobre una escalera de caracol.
Si lograba aferrarse a las asperezas del muro, alcanzaba el primero de los 22 peldaños de la escalera, que correspondían a los 22 arcanos de la magia.
En la cima, una reja impedía el acceso a una vasta galería de 24 cariátides de mármol negro que sostenían una bóveda constelada. Once luces situadas sobre una esfinge de cristal alumbraban 22 hornacinas decoradas con frescos que representaban los 22 arcanos mayores de la Ciencia hermética. Guardián de aquellos símbolos sagrados, el pastóforo acogía al recipiendario: « Bien venido seas a este templo, hijo de la Tierra. Pocos aspirantes a la Iniciación que desean tener la revelación de los misterios de la ciencia han triunfado de la prueba de la soledad. Puesto que tu perseverancia y tu coraje te han permitido llegar hasta aquí, es que la gran Isis, soberana diosa de los seres y de las cosas, te protege.
En mi calidad de guardián de los símbolos sagrados representados en torno tuyo, debo recompensar tu fuerza y revelarte que su inteligencia es el preludio de la ciencia.
Gracias al Conocimiento, los reyes serán menos poderosos que tú, cuando vuelvas a la tierra. No olvides nunca que el Infinito del Mundo pertenece a la luz, y que el Infinito de la Luz es el trono reservado a la Voluntad. La dicha, fruto de la ciencia del Bien y del Mal, no puede ser cosechada por el hombre si no es bastante dueño de sí para acercarse a ella sin codiciarla. La Voluntad ilustrada por la Ciencia confiere un poder del cual puede usar o abusar según su inspiración. Tomando equilibrio en la Prudencia, consigue dominar las oscilaciones de la Fortuna. La fuerza santificada por el sacrificio, la abnegación o la expiación, triunfa de la Muerte y se eleva a las regiones del Infinito, donde la Inmortal Iniciación se opone a las mentiras de la Fatalidad.
Más allá del crepúsculo de las Decepciones, aparece la Aurora de la Esperanza.
Con la renovación del ser, el Sol de la Felicidad despunta detrás de la tumba y le abre una esfera más grande. Toda voluntad que se deja gobernar por sus instintos está abocada a los yerros. Toda voluntad que se expresa a través de Dios es Verdad. Es la recompensa de los espíritus liberados.
El pastóforo llevaba entonces al postulante hacia un nuevo dédalo que desembocaba en una hoguera: «Los peligros de la Muerte sólo espantan a los débiles.» El recipiendario debía escoger: renunciar y morir por haber querido penetrar misterios a los cuales no podía acceder, o bien demostrar que era digno de salvar aquella barrera de fuego. Si salía vencedor de aquel tercer postigo iniciático, llegaba entonces a un lago. Las llamas le cortaban toda retirada, el lago podía sumergirlo. A cada paso, iba hundiéndose más... Pero el suelo se elevaba en el instante en que creía anegarse.
Exhausto, alcanzaba por fin una puerta de bronce de hojas separadas por una columna salomónica, sobre la cual una cabeza de león sostenía en sus fauces una serpiente que se mordía la cola (2).
Si el postulante podía asir la serpiente, un mecanismo abría una trampilla bajo sus pies. Si soltaba prenda, era la caída. Si tenía bastantes fuerzas para quedar suspendido de la anilla, la puerta giraba sobre sus goznes.
1) Estas etapas corresponden a las 78 arcanos del Tarot.
2) Este es el símbolo del "Oroburos" 3 Doce neócoros, conservadores del santuario, le esperaban junto a doce puertas que cortaban la galería conducente a la Gran Pirámide, sede del colegio de los Magos.
Dominaban el centro de una cripta decorada con los cuarenta y dos genios del año, los siete genios de los Planetas, los trescientos sesenta genios de los días. Aquella Biblia en imágenes, dividida por láminas de oro, contenía todas las tradiciones reveladas por Hermes Thot. La ciencia sacerdotal estaba escrita debajo de cada cuadro. Sólo podían ser interpretadas por aquel a quien el hierofante había confiado la clave del Alfabeto sagrado, tras haberle hecho jurar el más absoluto secreto. Aquel juramento ligaba a todos los adeptos hasta el Rosa+Cruz de grado noveno, poseedor de la suprema Iniciación.
En los cuatro ángulos de la cripta se alzaban cuatro estatuas de bronce: una mujer, un toro, un león y un águila, divisiones simbólicas de la Esfinge.
Encima de cada estatua brillaba una corona luminosa, y en el centro de la sala siete lámparas de tres brazos rodeaban un rosetón de oro de siete rayos.
El hierofante, rodeado de magos con alba blanca, y a su vez vestido de púrpura y tocado con un círculo de oro de siete estrellas, ocupaba un trono de plata. Detrás de él se alzaba la estatua de Isis, en aleación de plomo, azogue, plata, estaño, hierro, oro y cobre consagrados a los genios de los planetas (1).
Llevaba una diadema de plata formada de airones de doce rayos y, sobre el pecho, una rosa de oro, símbolo de la Esfera Universal, encerrada en el centro de una cruz que indicaba los cuatro puntos cardinales y las avenidas del Infinito: altura, longitud y profundidad. La separación de sus brazos extendidos formaba un triángulo equilátero cuya cima es situada en lo alto de su frente. Los dedos de sus manos abiertas proyectaban diez rayos de oro hacia la Tierra. Aquellos diez rayos, añadidos a los doce airones de su diadema, recordaban los veintidós arcanos de la Ciencia hermética.
Frente al areópago se alzaba una mesa de plata circular sostenida por doce cariátides que figuraban los doce signos del Zodíaco. Cada uno de éstos estaba igualmente grabado en un círculo de oro dividido en doce partes iguales y que podía girar para permitir conducir a Occidente el signo astrológico correspondiente a la fecha de nacimiento del celador.
En el centro de la mesa, un pivote atravesaba las cabezas de siete agujas móviles, hechas con el metal consagrado al genio planetario que representaba. Fijado ya el círculo zodiacal, el mago-observador dirigía el planeta designado por cada aguja hacia el punto determinado por los cálculos. El oriente y el occidente del planisferio estaban indicados por dos zócalos de plomo en los que se apoyaban dos tablillas embadurnadas con cera sobre las cuales el mago veía los resultados de su estudio. Aquel estudio constituía la prueba suprema de la Iniciación. El recipiendario recibía entonces del hierofante el tema de un horóscopo, que debía explicar inmediatamente ante la asamblea. Al primer error, le era denegado el grado de de la Rosa+Cruz. Si acertaba, los doce neócoros iban a alinerse a su lado: «Hijo de la Tierra -exclamaba el hierofante-, has deseado penetrar nuestro...secreto.
Dueños de tu vida y de tu muerte, podemos hacer lo que queramos de ti, pero nuestra clemencia es más grande que tu sinceridad. Júranos no revelar jamás lo que has visto aquí.» 1) El estaño esta consagrado a Pi-Zeus ( Júpiter), el hierro o Ertosi (Marte), el oro a Pi-Re (Sol), el Cobre a Surot (Venus), el plomo a Rempha (Saturno), el Azogue a Toht (Mercurio), y la plata a Pi-oh (la Luna).
4 Prestado ya el juramento, el hierofante continuaba: «Si fueses perjuro, nuestra venganza seguirá tus pasos. Dondequiera que estés, seas quien fueres, pagarías con la vida tu traición, pues desde ahora figuras en el número de los discípulos de la Sabiduría.» Dos neócoros ponían entonces dos copas encima del altar que los melanóforos (1) habían cubierto con un velo negro.
«Una de esas copas -anunciaba el hierofante- contiene veneno. La otra no ofrece peligro, no tienes más que escoger.» Si el postulante rehusaba, se le concedían siete horas de reflexión. Si superaba aquella nueva prueba, le confesaban acto seguido que las que había atravesado antes no eran sino ilusiones, pues el vacío, el fuego, el agua y el subterráneo sólo eran efectos de óptica y de sonido.
La asamblea concedía entonces al celador algunos instantes de reposo, para que se preparase a la última fase de la iniciación, la más dura y peligrosa.
Unos servidores le desnudaban y luego le daban masaje antes de vestirle con un ropaje de lino. Le presentaban despues pués una bandeja replta de manjares y de raros vinos. En el mismo instante, varias muchachas casi desnudas penetraban en la estancia para cubrirlo de flores y de perfumes.
Si intentaba el menor gesto hacia ellas, era inmediatamente apuñalado por un neócoro. Si resistía a la tentación, las muchachas desaparecían rápidamente y los magos acudían a felicitarle por haber triunfado de aquella última prueba.
«La Magia se compone de dos elementos -decía entonces el hierofante-: la Ciencia y la Fuerza. No existe fuerza completa sin la Ciencia, pero sin la fuerza completa nadie alcan. za la Ciencia. Saber sufrir para tornarse impasible. Saber morir para tomarse inmortal. Saber abstenerse para merecer el obtener, tales son los primeros secretos de la vida nueva a la cual acabamos de iniciarte. Todo mago es llamado a ser el Señor de la Verdad, es decir, el confidente de esos misterios y el poseedor de esas fuerzas. Aprende sin cesar a dominar tus sentidos para conservar la libertad de tu alma. Es el prólogo de nuestros estudios sagrados. La intuición de Dios será el comienzo de ellos si sabes ser infatigable en tu perseverancia. Las inteligencias firmes llegan entre nosotros a la Profecía y a la Teúrgia. El primero de esos poderes resucita al pasado, hace renacer las razones del presente y revela el porvenir. El segundo permite crear obras semejantes a la de Dios, cuando se han descubierto los secretos de la vida universal. Puedes llegar al grado de Profeta y de teúrgo mediante siete años de labor y exámenes sobre todas las ramas del saber asequible al hombre. Prosigue tu carrera de iniciado como la has comenzado, y que la gran Isis acuda en tu ayuda.
Pero sea que aceptes vivir con nosotros entre el estudio y los deberes de las funciones que te serán encomendadas, si te muestras digno de ellas;sea que prefieras volver a tu patria para enseñar en ella la Verdad y la Justicia, acuérdate del juramento que has pronunciado, y para que no se borre jamás de tu memoria ven a contemplar, antes de resucitar sobre la Tierra, el castigo reservado a los perjuros.» La procesión de los magos volvía entonces al santuario. El hierofante empuñaba el cetro y la espada sagrados, abría los brazos en cruz y exclamaba. en el silencio general: -«Hermanos, ¿qué hora es?» -«La hora de la Justicia» -respondían los magos.
1) Oficiantes de los funerales.
5 Una campanilla lúgubre, cuyo eco se elevaba de la tierra, tocaba siete veces lentamente a intervalos regulares: -«Puesto que es la hora de la Justicia -continuaba el hierofante-, ¡hágase justicia!».
Delante del altar se abría entonces una trampilla de bronce de la que se escapaban alaridos, .los de un encadenado a quien un lince laceraba a zarpazos.
-«¡Así perecen los perjuros!» -gritaba una voz .
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Fuente: "El enigmático conde de Saint-Germain"
Pierre Ceria y Francois Ethuin. 1972,
Plaza y Janes , Barcelona, España.
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