Lun, 25 de Dic, 2006 7:24 am (PST)
(Cuento)
CON SU SENSIBLE ojo de prófugo Encarnación Mendoza había distinguido
el perfil de un árbol a veinte pasos, razón por la cual pensó que la
noche iba a decaer. Anduvo acertado en su cálculo; donde empezó a
equivocarse fué al sacar conclusiones de esa observación. Pues como
el día se acercaba era de rigor buscar escondite, y él se preguntaba
si debía internarse en los cerros que tenía a su derecha o en el
cañaveral que le quedaba a la izquierda. Para su desgracia, escogió
el cañaveral. Hora y media más tarde el sol del día 24 alumbraba los
campos y calentaba ligeramente a Encarnación Mendoza, que yacía
bocarriba tendido sobre hojas de caña.
A las siete de la mañana los hechos parecían estar sucediéndose tal
como había pensado el fugitivo; nadie había pasado por las trochas
cercanas. Por otra parte la brisa era fresca y tal vez llovería, como
casi todos los años en Nochebuena. Y aunque. no lloviera los hombres
no saldrían de la bodega, donde estarían desde temprano consumiendo
ron, hablando a gritos y tratando de alegrarse como lo mandaba la la
costumbre. En cambio, de haber tirado hacia los cerros no podría
sentirse tan seguro. El conocía bien el lugar; las familias que
vivían en las hondonadas producían leña, yuca y algún maíz. Si
cualquiera de los hombres que habitaban los bohíos de por allí bajaba
aquel día para vender bastimentos en la bodega del batey y acertaba a
verlo, estaba perdido. En leguas a la redonda no había quién se
atreviera a silenciar el encuentro. Jamás sería perdonado el que
encubriera a Encarnación Mendoza: y aunque no se hablaba del asunto
todos los vecinos de la comarca sabían que aquel que le viera debía
dar cuenta inmediata al puesto de guardia más cercano.
Empezaba a sentirse tranquilo Encarnación Mendoza, porque tenía la
seguridad de que había escogido el mejor lugar para esconderse
durante el día, cuando comenzó el destino a jugar en su contra.
Pues a esa hora la madre de Mundito pensaba igual que el prófugo:
nadie pasaría por las trochas en la mañana, y si Mundito apuraba el
paso haría el viaje a la bodega antes de que comenzaran a transitar
los caminos los habituales borrachos del día de Nochebuena. La madre
de Mundito tenía unos cuantos centavos que había ido guardando de lo
poco que cobraba lavando ropa y revendiendo gallinas en el cruce de
la carretera, que le quedaba al poniente, a casi medio día de marcha.
Con esos centavos podía mandar a Mundito a la bodega para que
comprara harina, bacalao y algo de manteca. Aunque lo hiciera
pobremente, quería celebrar la Nochebuena con sus seis pequeños
hijos, siquiera fuera comiendo frituras de bacalao.
El caserío donde ellos vivían —del lado de los cerros, en el camino
que dividía los cañaverales de las tierras incultas— tendría catorce
o quince malas viviendas, la mayor parte techadas de yaguas. Al salir
de la suya, con el encargo de ir a la bodega, Mundito se detuvo un
momento en medio del barro seco por donde en los días de zafra
transitaban las carretas cargadas de caña. Era largo el trayecto
hasta la bodega. El cielo se veía claro, radiante de luz que se
esparcía sobre el horizonte de cogollos de caña; era grata la brisa y
dulcemente triste el silencio. ¿Por qué ir solo, aburriéndose de
caminar por trochas siempre iguales? Durante diez segundos Mundito
pensó entrar al bohío vecino, donde seis semanas antes una perra
negra había parido seis cachorros. Los dueños del animal habían
regalado cinco, pero quedaba uno "para amamantar a madre", y en él
había puesto Mundito todo el interés que la falta de ternura había
acumulado en su pequeña alma. Con sus nueve años cargados de precoz
sabiduría, el niño era consciente de que si llevaba al cachorrillo
tendría que cargarlo casi todo el tiempo, porque no podría hacer
tanta distancia por sí solo. Mundito sentía que esa idea casi le
autorizaba a disponer del perrito. De súbito, sin pensarlo más,
corrió hacia la casucha gritando:
—¡Doña Ofelia, emprésteme a Azabache, que lo voy a llevar allí!
Oyénranle o no, ya él había pedido autorización, y eso bastaba. Entró
como un torbellino, tomó el animalejo en brazos y salió corriendo, a
toda marcha, hasta que se perdió a lo lejos. Y así empezó el destino
a jugar en los planes de Encarnación Mendoza.
Porque ocurrió que cuando, poco antes de las nueve, el niño Mundito
pasaba frente al tablón de caña donde estaba escondido el fugitivo,
cansado, o simplemente movido por esa especie de indiferencia, por lo
actual y curiosidad por lo inmediato que es privilegio de los
animales pequeños, Azabache se metió en el cañaveral. Encarnación
Mendoza oyó la voz del niño ordenando al perrito que se detuviera.
Durante un segundo temió que el muchacho fuera la avanzada de algún
grupo. Estaba clara la mañana. Con su agudo ojo de prófugo; él podía
ver hasta. dónde se lo permitía el barullo de tallos y hojas. Allí,
al alcance de su mirada; no.estaba el niño. Encarnación Mendoza no
tena pelo de tonto. Rápidamente calculó que si lo hallaban atisbando
era hombre, perdido; lo mejor sería hace cerse el dormido, dando la
espalda al lado por dónde sentía el ruido. Para mayor seguridad, se
cubrió la cara con el sombrero.
El negro cachorrillo correteó; jugando con las hojas de caña,
pretendiendo saltar, torpe de movimientos, y cuando vió al fugitivo
echado empezó a soltar diminu tos y graciosos ladridos. Llamándolo a
voces y gateando para avanzar, Mundito iba acercándose cuando de
pronto quedó paralizado: había visto al hombre. Pero para él no era
simplemente un hombre sino algo imponente y terrible; era un cadáver.
De otra manera no sé explicaba su presencia allí y mucho menos su
postura. El terror le dejó frío. En el primer momento pensó huir, y
hacerlo en silencio para que el cadáver no se diera cuenta. Pero le
parecía un crimen dejar a Azabache abandonado, expuesto al peligro de
que el muerto se molestara con sus ladridos y lo reventara
apretándolo con las manos. Incapaz de irse sin el animalito e incapaz
de quedarse allí, el niño sentía que desfallecía. Sin intervención de
su voluntad levantó una manó, fijó la mirada en el difunto, temblando
mientras el perrillo reculaba y lanzaba sus pequeños ladridos.
Mundito estaba seguro de que el cadáver iba a levantarse de momento.
En su miedo, pretendió adelantarse al muerto: pegó un saltó sobre el
cachorrillo, al cual agarró con nerviosa violencia por el pescuezo, y
a seguidas, cabeceando contra las cañas, cortándose el rostro y las
manos, impulsado por el terror, ahogándose, echó a correr hacia la
bodega. Al llegar allí, a punto de desfallecer por el esfuerzo y el
pavor, gritó señalando hacia el lejano lugar de su aventura:
—¡En la Colonia Adela hay un hombre muerto!
A lo que un vozarrón áspero respondió gritando:
—¿Qué tá diciendo ese muchacho?
Y como era la voz del sargento Rey, jefe depuesto del Central, obtuvo
el mayor interés de parte de los presentes así como los datos que
solicitó del muchacho. El día de Nochebuena no podía contarse con el
juez de La Romana para hacer el levantamiento del cadáver, pues debía
andar por la Capital disfrutando sus vacaciones de fin de año. Pero
el sargento era expeditivo; quince minutos después de haber oído a
Mundito el sargento Rey iba con dos números y diez o doce curiosos
hacia el sitio donde yacía el presunto cadáver. Eso no había entrado
en los planes de Encarnación Mendoza.
El propósito de Encarnación Mendoza era pasar la Nochebuena con su
mujer y sus hijos. Escondiéndose de día y caminando de noche había
recorrido leguas y leguas, desde las primeras estribaciones de la
Cordillera, en la provincia del Seybo, rehuyendo todo encuentro y
esquivando bohíos, corrales y cortes de árboles o quemas de tierras.
En toda la región se sabía que él había dado muerte al cabo Pomares,
y nadie ignoraba que era hombre condenado donde se le encontrara. No
debía dejarse ver de persona alguna, excepto de Nina y de sus hijos.
Y los vería sólo una hora o dos, durante la Nochebuena. Tenía ya seis
meses huyendo, pues fue el día de San Juan cuando ocurrieron los
hechos que le costaron la vida al cabo Pomares.
Necesariamente debía ver a su mujer y a sus hijos. Era un impulso
bestial el que le empujaba a ir, una fuerza ciega a la cual no podía
resistir. Con todo y ser tan limpio de sentimientos, Encarnación
Mendoza comprendía que con el deseos de abrazar a su mujer y de
contarles un cuento a los niños iba confundida una sombra de celos.
Pero además necesitaba ver la casucha, la luz de lámpara iluminando
la habitación donde se reunían cuando él volvía del trabajo y los
muchachos lerodeaban para que él los hiciera reir con sus
ocurrencias. El cuerpo le pedía ver hasta el sucio camino, que se
hacía lodazal en los tiempos de lluvia. Tenía que ir o se moriría de
una pena tremenda.
Encarnación Mendoza estaba acostumbrado a hacer lo que deseaba; nunca
deseaba nada malo, y se respetaba a sí mismo. Por respeto a sí mismo
sucedió lo del día de San Juan, cuando el cabo Pomares le faltó
pegándole en la cara, a él, que por no ofender no bebía y que no
tenía más afán que su familia. Sucediera lo que sucediera, y aunque
el mismo Diablo hiciera oposición, Encarnación Mendoza pasaría la
Nochebuena en su bohío. Solo imaginar que Nina y los muchachos
estarían tristes, sin un peso para celebrar la fiesta, tal vez
llorando por él, le partía el alma y le hacía maldecir de dolor.
Pero el plan se había enredado algo. Era cosa de ponerse a pensar si
el muchacho hablaría o se quedaría callado. Se había ido corriendo, a
lo que pudo colegir Encarnación por la rapidez de los pasos, y tal
vez pensó que se trataba de un peón dormido. Acaso hubiera sido
prudente alejarse de allí, meterse en otro tablón de caña. Sin
embargo, valía la la pena pensarlo dos veces, porque si tenía la
fatalidad de que alguien pasara por la trocha de ida o de vuelta, y
le veía cruzando camino y le reconocía, era hombre perdido. No debía
precipitarse; ahí, por de pronto, estaba seguro. A las nueve de la
noche podría salir; caminar con cautela orillando los cerros, y
estaría en su casa a las once, tal vez a las once y un cuarto. Sabía
lo que iba a hacer; llamaría por la ventana de la habitación en voz
baja y le diría a Nina que abriera, que era él, su marido. Ya le
parecía estar viendo a Nina con su negro pelo caído sobre las
mejillas, los ojos oscuros y brillantes, la boca carnosa, la barbilla
saliente. Ese momento de la llegada era la razón de ser de su vida;
no podía arriesgarse a ser cogido antes. Cambiar de tablón en pleno
día era correr riesgo. Lo mejor sería descansar, dormir...
Despertó al tropel de pasos y a la voz del niño que decía:
—Taba ahí, sargento.
—¿Pero en cuál tablón; en ése o en el de allá?
—En ése —aseguró el niño.
"En ése" podía significar que el muchacho estaba señalando hacia el
que ocupaba Encarnación, hacia uno vecino o hacia el de enfrente.
Porque a juzgar por las voces el niño y el sargento se hallaban en la
trocha, tal vez en un punto intermedio entre varios tablones de caña.
Dependía de hacia donde estaba señalando el niño cuando decía "ése".
La situación era realmente grave, porque de lo que no había duda era
de que ya había gente localizando al fugitivo. El momento, pues, no
era de dudar, sino de actuar. Rápido en la decisión, Encarnación
Mendoza comenzó a gatear con suma cautela, cuidándose de que el ruido
que pudiera hacer se confundiera con el de las hojas del cañaveral
batidas por la brisa. Había que salir de allí pronto, sin perder un
minuto. Oyó la áspera voz del sargento:
—¡Métase por ahí, Nemesio, que yo voy por aquí! ¡Usté, Solito,
quédese por aquí!
Se oían murmullos y comentarios. Mientras se alejaba, agachado, con
paso felino., Encarnación podía colegir que había varios hombres en
el grupo que le buscaba. Sin duda las cosas estaban poniéndose feas.
Feas para él y feas para el muchacho, quienquiera que fuese. Porqué
cuando el sargento Rey y el número Nemesio Arroyo recorrieron el
tablón de caña en que se habían metido, maltratando los tallos más
tiernos y cortándose las manos y los brazos, y no vieron cadáver
alguno, empezaron a creer que era broma lo del hombre muerto en la
Colonia Adela.
—¿Tú ta seguro que fué aquí, muchacho? —preguntó el sargento.
—Sí, aquí era —afirmó Mundito, bastante asustado ya.
—Son cosa de muchacho, sargento; ahí no hay nadie —terció el número
Arroyo.
El sargento clavó en el niño una mirada fija, escalofriante, que lo
llenó de pavor.
—Mire, yo venía por aquí con Azabache —empezó a explicar Mundito— y
lo diba corriendo asina —lo cual dijo al tiempo que ponía el perrito
en el suelo—, y él cogió y se metió ahí.
Pero el número Solito Ruiz interrumpió la escenificació n de Mundito
preguntando:
—¿Cómo era el muerto?
—Yo no le vide la cara —dijo el niño, temblando de miedo—; solamente
le vide la ropa. Tenía un sombrero en la cara. Taba asina, de lao...
—¿De qué color era el pantalón? —inquirió el sargento.
—Azul, y la camisa como amarilla, y tenía un sombrero negro encima de
la cara...
Pero el pobre Mundito apenas podía hablar; se hallaba aterrorizado,
con ganas de llorar. A su infantil idea de las cosas, el muerto se
había ido de allí sólo para vengarse de su denuncia y hacerlo quedar
como un mentiroso. Seguramente en la noche le saldría en la casa y lo
perseguiría toda a vida.
De todas maneras, supiéralo o no Mundito en ese tablón de cañas no
darían con el cadáver. Encarnación Mendoza había cruzado con
sorprendente celeridad hacia otro tablón, y después hacia otro más; y
ya iba atravesando la trocha para meterse en un tercero cuando el
niño, despachado por el sargento, pasaba corriendo con el perrillo
bajo el brazo. Su miedo lo paró en seco al ver el torso y una pierna
del difunto que entraban en el cañaveral. No podía ser otro, dado que
la ropa era la que había visto por la mañana.
—¡Ta aquí, sargento; ta aquí! —gritó señalando hacia él punto por
donde se había perdido el fugitivo—. ¡Dentró ahí!
Y como tenía mucho miedo siguió su carrera hacia su casa,
ahogándose, lleno dé lástima consigo mismo por el lío en qué sé había
metido. El sargerto, y con él los soldados y curiosos que le
acompañaban, se había vuelto al oír la voz del chiquillo.
—Cosa dé muchacho —dijo calmosamente Nernesio Arroyo.
Pero el sargento, viejo en su oficio, era suspicaz:
—Vea, algo hay. ¡Rodiemo ese tablón di una ve!—gritó.
Y así empezó la cacería, sin qué los cazadores supieran qué pieza
perseguían.
Era poco más de media mañana. Repartidos en grupos, cada militar iba
seguido de tres o cuatro peones, buscando aquí y allá, corriendo por
las trochas, todos un poco bebidos y todos excitados. Lentamente, las
pequeñas nubes azul oscuro que descansaban al ras del horizonte
empezaron a crecer y a ascender cielo arriba. Encarnación Mendoza
sabía ya que estaba más o menos cercado. Sólo que a diferencia de sus
perseguidores —que ignoraban a quién buscaban—, él pensaba que el
registro del cañaveral obedecía al propósito de echarle mano y
cobrarle lo ocurrido el día de San Juan.
Sin saber a ciencia cierta dónde estaban los soldados, el fugitivo se
atenía a su instinto y a su voluntad de escapar; y se corría de un
tablón a otro, esquivando el encuentro con los soldados. Estaba ya a
tanta distancia de ellos que si se hubiera quedado tranquilo hubiese
podido esperar hasta el oscurecer sin peligro de ser localizado. Pero
no se hallaba seguro y seguía pasando de tablón a tablón. Al cruzar
una trocha fue visto de lejos, y una voz proclamó a todo pulmón:
—¡Allá va, sargento, allá va; y se parece a Encarnación Mendoza!
¡Encarnación Mendoza! De golpe todo el mundo quedó paralizado.
¡Encarnación Mendoza!
—¡Vengan! —demandó el sargento a gritos; y a seguidas echó a correr,
el revólver en la mano, hacia donde señalaba el peón que había visto
el prófugo.
Era ya cerca de mediodía, y aunque los crecientes nubarrones
convertían en sofocante y caluroso el ambiente, los cazadores del
hombre apenas lo notaban; corrían y corrían, pegando voces,
zigzagueando, disparando sobre las cañas. Encarnación se dejó ver
sobre una trocha distante, sólo un momento, huyendo con la velocidad
de una sombra fugaz, y no tiempo al número Solito Ruiz para apuntarle
su fusil.
—¡Que vaya uno al batey y diga de mi parte que me manden do número! —
ordenó a gritos el sargento.
Nerviosos, excitados, respirando sonoramente y tratando de mirar
hacia todos los ángulos a un tiempo, los perseguidores corrían de un
lacia a otro dándose voces entre sí, recomendándose prudencia cuando
alguno amagaba meterse entre las cañas.
Pasó el mediodía. Llegaron no dos, sino tres números y como nueve o
diez peones más; se dispersaron en grupos y la cacería se extendió a
varios tablones. A la distancia se veían pasar de pronto un soldado y
cuatro o cinco peones, lo cual entorpecía los movimientos, pues era
arriesgado tirar si gente amiga estaba al otro extremo. Del batey
iban saliendo hombres y hasta alguna mujer; y en la bodega no quedó
sino el dependiente, preguntando a todo hijo de Dios que cruzaba
si "ya lo habían cogido".
Encarnación Mendoza no era hombre fácil. Pero a eso de las tres, en
el camino que dividía el cañaveral de los cerros, esto es, a más de
dos horas del batey, un tiro certero le rompió la columna vertebral
al tiempo que cruzaba para internarse en la realeza. Se revolcaba en
la tierra, manando sangre, cuando recibió catorce tiros más, pues los
soldados iban disparándole a medida que se acercaban. Y justamente
entonces empezaban a caer las primeras gotas de la lluvia que había
comenzado a insinuarse a media mañana.
Estaba muerto Encarnación Mendoza. Conservaba las líneas del rostro,
aunque tenía los dientes destrozados por un balazo de máuser. Era día
de Noche buena y él había salido de la Cordillera a pasar la
Nochebuena en su casa, no en el batey, vivo o muerto. Comenzaba a
llover, si bien por entonces za. Y el sargento estaba pensando algo.
Si él sacaba el cadáver a la carretera, que estaba hacia el poniente,
podía llevarlo ese mismo día a Macorís y entregarle ese regalo de
Pascuas al capitán; si lo llevaba al batey tendría que coger allí un
tren del ingenio para ir a la Romana, y como el tren podría tardar
mucho en salir llegaría a la ciudad tarde en la noche, tal vez
demasiado tarde para trasladarse a Macorís; En la carretera las cosas
son distintas; pasa r con frecuencia vehículos, él podría detener un
automóvil; hacer bajar la gente y meter el cadáver o subirlo sobre la
carga de un camión.
— ¡Búsquese un caballoya memo que vamo a sacar ese vagabundo a la
carretera —dijo dirigiéndose al que tenía más cerca.
No apareció caballo sino burro; y eso, pasadas ya las cuatro, cuando
el aguacero pesado hacía sonar sin descanso los sembrados de caña. El
sargento no quería perder tiempo. Varios peones, estorbándose los
unos a los otros, colocaron el cadáver atravesado sobre el asno y lo
amarraron cómo pudieron. Seguido por dos soldados y tres curiosos a
los que escogió para que arrearan el burro, el sargento ordenó la
marcha bajo la lluvia.
No resultó fácil el camino, Tres veces, antes de llegar al primer
caserío, el muerto resbaló y quedó colgado bajo el vientre del asno.
Este resoplaba y hacía esfuerzos para trotar entre el barro, que ya
empezaba a formarse. Cubiertos sólo con sus sombreros de reglamento
al principio, los soldados echaron mano a pedazos de yaguas, a hojas
grandes arrancadas a los árboles, o se guarecían en el cañaveral de
rato en rato, cuando la lluvia arreciaba más. La lúgubre comitiva
anduvo sin cesar, la mayor parte del tiempo en silencio voz de un
soldado comentaba:
—Vea ese sinvergüenza.
O simplemente aludía al cabo Pomares, cuya sangre había sido al fin
vengada.
Oscureció del todo, sin duda más temprano que de costumbre por
efectos de la lluvia; y con la oscuridad el camino se hizo más
difícil, razón por la cual la marcha se tornó lenta. Serían más de
las siete, y apenas llovía entonces, cuando uno de los peones dijo:
—Allá se ve una lucecita.
—Sí, del caserío —explicó el sargento; y al instarte urdió un plan
del que se sintió enormemente satisfecho. Pues al sargento no le
bastaba la muerte de Encarnación Mendoza. El sargento quería algo
más. Asi, cuando un cuarto de hora después se vio frente a la primera
casucha del lugar, ordenó con su áspera voz:
—Desamarren ese muerto y tírenlo ahí adentro, que no podemo seguir
mojándono.
Decía esto cuando la lluvia era tan escasa que parecía a punto de
cesar; y al hablar observaba a los hombres que se afanaban en la
tarea de librar el cadáver de cuerdas. Cuando el cuerpo estuvo suelto
llamó a la puerta de la casucha justo a tiempo Ipara que la mujer que
salió a abrir recibiera sobre los pies, tirado como el de un perro,
el cuerpo de Encarnación Mendoza. El muerto estaba empapado en agua,
sangre y lodo, y tenía los dientes destrozados por un tiro, lo que le
daba a su rostro antes sereno y bondadoso la apariencia de estar
haciendo una mueca horrible.
La mujer miró aquella masa inerte; sus ojos cobraron de golpe la
inexpresiva fijeza de la locura; y llevándose una mano a la boca
comenzó a retroceder lentamente, hasta que a tres, pasos paró y
corrió desolada sobre el cadáver al tiempo que gritaba:
—¡Hay m'shijo, se han quedao guérfano. . . han matao a Encarnación!
Espantados, atropellándose, los niños salieron de la habitación,
lanzándose á las faldas de la madre.
—Entonces se oyó, una voz infantil en la que se confundían llanto y
horror:
—¡Mama, mi mama!.. ¡Ese fue el muerto que yo vide hoy en el
cañaveral!
______
JUAN BOSCH NACIÓ en La Vega, República Dominicana, el 30 de junio de
1909 y murió en Santo Domingo el 1 de noviembre de 2001.
El profesor Juan Bosch, narrador, ensayista, educador, historiador,
biógrafo, político, ex-presidente de la República Dominicana, inició
su carrera literaria con un pequeño libro de cuentos, Camino Real
(1933), donde narraba en gran parte lo que había visto, escuchado y
vivido en su pueblo, La Vega. De esa misma época, es su primera
novela breve La Mañosa (1936), donde el personaje central es una mula
y el narrador es un niño enfermizo.
Después, antes de salir al exilio, donde viviría durante más de
veinte años, el precursor del cuento dominicano publicaría sus
cuentos en periódicos y revistas dominicanas. De aquella época
son «La mujer» (cuento que ha sido seleccionado por casi la totalidad
de las antologías de cuentos de Hispanoamérica), «Dos pesos de agua»
y «El abuelo».
Obras:
Narrativa:
Camino Real (1933)
Indios (1935)
La mañosa (1936)
Dos pesos de agua (1941)
La muchacha de la Güaira (1955)
Cuentos de Navidad (1956)
Cuentos escritos en el exilio (1962)
Más cuentos escritos en el exilio (1962).
El oro y la paz (1975
Ensayos:
Mujeres en la vida de Hostos (1938)
Hostos, el Sembrador (1939)
Apuntes sobre el arte de escribir cuentos (1947)
Judas Iscariote, el Calumniado (1955)
Trujillo, causas de una tiranía sin ejemplo (1961)
David, biografía de un rey (1963)
Breve historia de la oligarquía (1970)
Composición social dominicana (1970)
Tres conferencia sobre feudalismo (1971)
Breve historia de la oligarquía (1971)
El Napoleón de las guerrillas (1976)
El Caribe, frontera imperial: de Cristóbal Colon a Fidel Castro (1978)
Viaje a las antípodas (1978)
Conferencias y artículos (1980)
La revolución de abril (1980)
La guerra de la Restauración (1980)
Clases sociales en la República Dominicana (1983)
Capitalismo, democracia y liberación nacional (1983)
La fortuna de Trujillo (1985)
La pequeña burguesía en la historia de la República Dominicana (1985)
Capitalismo tardío en la República Dominicana (1986)
Máximo Gómez: de Monte Cristi a la gloria (1986)
El Estado, sus orígenes y desarrollo (1987)
Textos culturales y literarios (1988)
Dictaduras dominicanas (1988)
Póker de Espanto en El Caribe. Temas económicos (1990)
Breve historia de los pueblos árabes (1991).