INVENTIVA Social
Edición ABRIL 2008
40 años después*
Cuando era niño y no me dejaban salir a jugar a la calle, el pasillo de casa se convertía en un campo de fútbol, una pista de jockey o un campo de batalla en el que dos ejércitos de soldados de plomo disputaban interminables batallas.
Dentro de la imaginación infantil, los soldados de plomo resucitaban porque hacían falta más y no había dinero para comprarlos o para alargar la batalla. Un dado de corcho de un rompecabezas gigante era la piedra de la catapulta que se lanzaba contra el otro ejército. Un coche de latón era el "obús" que rodando desmembraba a las huestes del contrario. Horas interminables para colocar los ejércitos. Segundos intensísimos para destruirlos.
Ahora me dedico a comprar y vender pisos. Cuando me dijeron que el piso de la Calle Hospital, donde había vivido tantos años y ganado tantas batallas, había sido captado para la venta me ilusionó la posibilidad de volver a verlo. Había marchado de allí hacia más de 35 años pero los recuerdos infantiles quedaron para siempre en mi mente y de vez en cuando en mis sueños.
Di dos vueltas a la llave de aquella puerta tan conocida y entré. El piso era más pequeño. La cocina era diminuta comparada con mis recuerdos. "¿Cómo es posible que mi madre cocinara tantos años aquí?". El comedor, la galería de cristales emplomados...
Me dirigí a las habitaciones a las que se llegaba a través del pasillo de mis juegos. Este, al contrario que el resto de la casa, seguía siendo enorme y allí, en perfecta formación, estaban esperándome todos mis ejércitos preparados para la gran batalla. Las legiones de romanos, los cowboys, la infantería prusiana, las unidades autotransportadas...
Tomé despacio el dado de corcho y arrojándolo sobre el ejercito contrario grité: "Tuingggg"
*de Joan Mateu . joan@cimat.es Corredores muertos(*)
Desciendo por los corredores escalonados llenos de pájaros que cayeron y que no se animan a abrir sus alas otra vez y afrontar las navajas con las que el aire corta. Desciendo cada vez más profundo, hacia el centro y principio de sus cuerpos, pero el calor que reinaba se ha congelado. Ahora sólo le buscan
formas al hielo (en vez de derretirlo, cortarlo, eliminarlo) creando un inmenso vacío transparente, una inmensa ciudad fría. Y las plumas han perdido la llave.
*De Valeria Marioni maiden-marion@hotmail.com
(*) Texto hecho con el método surrealista de automatismo psíquico.
MALDICIÓN DE NIÑO*
El pequeño camión verde con capota de lona blanca, comenzó a fallar y marchaba de cuando en cuando, a los tirones, tosiendo, protestando, y mermaba su ya escasa velocidad; aunque por momentos se recuperaba, y por un largo trecho volvía a andar raudamente. En lo mejor, el ronroneo rumoroso se
interrumpía, y volvía la angustia amenazante de quedarnos en el camino, faltándonos todavía la mitad del regreso a casa.
Aquella mañana fleteamos una carga de muebles, enseres y demás pertenencias de una humilde mudanza, hasta la localidad de Romang, no más distante de cincuenta kilómetros, pero que el modesto transporte requería bastante más de una hora de buena marcha.
Era debido a que en aquel tiempo, estábamos en 1948, ya tenía sus buenos veinte años en sus espaldas, pero sobre todo por lo precaria de su ingeniería. Parecía haber sido montado con partes adaptadas, aunque en los orígenes, esos vehículos aún no habían evolucionado lo suficiente; eran pequeños, el motor de cuatro cilindros era el mismo de los autos de calle, y su capacidad de carga era más bien moderada.
Aparte de la capota de lona, tenía amplios guardabarros negros, salientes y acucharados, típicos de las primeras décadas del siglo veinte. Creo que sólo las ruedas eran más reforzadas y rollizas que los autos, y tampoco tenía duales, como ya eran comunes en los camiones más nuevos. Eso lo convertía, en un módico transporte de corta distancia, especial para acarreos y fletes locales, donde tampoco la velocidad era importante.
Era frecuente que lo manejara mi hermano mayor, que ya tenía trece años, y lo acompañara yo, que ya andaba por los ocho; siempre claro, que no fuera en los días ni horarios de clase. A veces en los tramos firmes y llanos, (todos los caminos de entonces en la región, eran de tierra), mi hermano se tentaba, y lo iba acelerando más y más, hasta "pisarlo a fondo", y eso hacía que el velocímetro; temblando, avanzara lenta y penosamente hasta los setenta, e incluso setenta y dos kilómetros por hora. Nadie en su sano
juicio, ni él, se hubiera animado a mantener por mucho rato esa velocidad, ya que todo amenazaba desintegrarse, empezando por el tren delantero y la dirección, que requería toda la fuerza del conductor para mantenerlo en el camino, así como el trepidante motor que parecía zumbar y bufar al
borde del colapso.
Pero tenía fama de guapo, ya que a ese modelo precisamente, lo conocían como "Chevrolet 4, El Campeón". También tenía sus particularidades, como el sistema de alimentación de combustible, conocido domo "Steward", que aspiraba del tanque por vacío de los cilindros, y luego llegaba al carburador por gravedad. Requería un blindaje seguro en todas sus conexiones, para que no hubiera filtraciones de aire. Si esto pasaba, el combustible no llegaba al alimentador y el flujo se interrumpía. El motor podía, como decía papá: "hacernos renegar", e incluso dejarnos en el camino, como amenazaba en esta ocasión.
Tras normalizarse un momento, volvió a fallar, hasta que finalmente, al llegar al principio de la gran arboleda, que bordeaba y cubría el camino, con añosas y gigantescas "tipas," por varios kilómetros a la altura del paraje de "La Lola", el camión dijo; ¡basta! Y tras dos o tres tironeos y sacudidas del motor, se detuvo apagándose, mientras por impulso, y poca eficacia en los frenos, el camión continuó unos cuantos metros antes de detenerse.
Después, todo quedó en el profundo silencio, y la quietud de la siesta del aquel incipiente verano, nos hizo sentir en la mayor soledad e impotencia.
Sólo podía percibirse el arrullo del flamear de la brisa entre las hojas, el aislado arrumaco de alguna paloma en la altísima fronda del boulevard, el apagado roce y el crujido de una rama podrida, que caía y rebotaba sordamente contra el suelo.
Mi hermano y yo descendimos teniendo adelante el frondoso e infinito túnel sombreado, y a nuestras espaldas el camino ya recorrido, ancho y polvoriento, donde el sol daba de lleno, haciendo reverberar el
horizonte y formando algo más cercano, la ilusión de un lago somero de aguas plateadas y temblorosas, como un espejismo. Sobre el campo cercano que se mostraba verdoso y parduzco, por la madurez del girasol temprano, una pareja de "teros" cacareaba amenazante, volando en extensos círculos, ora bajo, ora algo más alto, temerosos y alertas, ante los extraños recién llegados.
Levantamos el "capó", la cubierta del motor, sabiendo que era el bendito tanque de vacío, que estaba chupando aire en el sistema. Probamos a tocar y mover los caños de cobre, ajustando las tuercas y sobre todo rezando para que vuelva arrancar, y aunque tironeando, nos llevara lentamente a casa. Aún
no habíamos almorzado, y esto se sumaba a nuestra angustia. Probamos a darle arranque, una y otra vez. Nada. Teníamos un par de herramientas para estas emergencias; una pinza, un destornillador, una llave "pico loro", alguna de boca, un martillo y casi nada más.
Podía ser el flotante, o la junta de la tapa del tanque; pero era poco conveniente tocar eso, porque podía deteriorarse la junta y empeorar las cosas. Nos quedaba lo que sería lo más probable, revisar las
conexiones.
Mucho no podía hacerse. Lo que casi siempre resultaba era hacer un engaste con hilo de algodón, como una junta entre los terminales y las tuercas que los ajustan. Era una tarea difícil, nunca conseguíamos sellarlos totalmente.
Cuando el vehículo era nuevo, seguramente funcionaba de maravillas; pero desgastado, aflojadas las conexiones por las fuertes vibraciones propias, sin el mantenimiento correcto, esto se convertía en un martirio. A veces se solucionaba, y más adelante fallaba todo de nuevo.
En ese trance, había que reconocer que éramos insuficientes, ¡Qué falta nos haría la ayuda de una persona mayor! En aquellos tiempos, quienes transitaban las rutas, necesariamente eran capaces de solucionar casi todos los inconvenientes, los mecánicos, y los de otra índole. Pero todo era soledad, en aquella aciaga siesta veraniega.
En eso en el horizonte se dibujó un pequeño bulto, que poco a poco fue agrandándose. Mi hermano respiró con alivio. Todo el mundo se paraba a auxiliar a quién sufriera un percance, y estuviera a la vera del camino, detenido y requiriendo ayuda. Era un código sagrado.
Del bulto lejano fue surgiendo un auto, que venía a buen ritmo, trayendo detrás una remolineante nube de polvo, pero no daba señales de detenerse. Mi hermano se corrió más al centro del camino, y ambos hacíamos señas para que se detenga. El auto tuvo que abrirse un poco para esquivar a mi hermano, pero no mermó siquiera la marcha, y pasó sin mirarnos; pensamos que estaría verdaderamente apurado, para no brindarnos la más mínima atención.
Pensar que un momento antes nos creíamos salvados. Ahora mirábamos en silencio como el auto; una rural último modelo, con costados lujosos de cedro lustrado, seguía alejándose, insensible, indiferente.
Mi hermano en su impotencia le lanzó una maldición. Con toda la bronca, como quién tuviera el poder para clamar venganza. Levantó su pequeño puño cargado de nefasta energía.
-¡Hijo de tu madre! ¡Ojalá se te reviente una cubierta!...- y luego en voz más baja, fue agregando aún más condiciones.-¡y que no tengas rueda de auxilio, o esté pinchada!.-, y otras cosas por el estilo.
El fuerte "¡Plooof" nos llegó seguido por el eco de los troncos de las plantas. El auto zigzagueó un instante y se detuvo algo atravesado en el camino. La nube de polvo se fue desvaneciendo. Pudimos ver desde nuestra ubicación, que la rueda delantera izquierda estaba ahora en llanta.
El conductor trabajó arduamente, pero tenía dificultades con el piso algo blando del boulevard, y al parecer no conseguía afirmar el "gato"para levantar el auto.-
Mi hermano saltaba de contento, no entendía cómo había sucedido, pero se sentía ampliamente "resarcido", y pateaba el suelo riéndose mefistofélicamente, quizás en el fondo, tenía "poderes ocultos".
Un buen rato después conseguimos que nuestro "Steward" funcionara, y el motor arrancó lo suficientemente bien como para proseguir viaje.
Cuando pasamos al lado del lujoso automóvil último modelo, ambos contuvimos apenas las ganas de soltar, una estruendosa carcajada.
*de Celso H. Agretti . celsoagr@trcnet.com.ar LEEREMOS KAFKA*
Saldrás con alpargatas de suela de yute, es totalmente necesario que tus pies se aplanen contra el suelo, que la tierra debajo del cemento debajo de las baldosas, que la tierra se comunique con tus plantas transpasando cemento, baldosas, porosa suela de yute.
Yo llevaré los brazos descubiertos, el sol se reflejará en mi piel y nos iluminará los rostros. Con luz rosada con luz amarillenta nuestros rostros brillarán en medio de las cabelleras despeinadas.
Por un momento seremos de luz.
Caminaremos juntos de la mano. Sólo caminaremos de la mano por las gastadas veredas; y miraremos los mismos árboles floridos que tiñen el césped de violeta, repitiendo con exactitud la forma de la copa con el color sutil que luego barrerá el viento.
Llegaremos a un parque y nos detendremos a señalar los claveles del aire sobre las ramas. Nos preguntaremos los nombres vegetales, y los desconoceremos minuciosamente, uno por uno. Puede que un perro nos mire de lejos, y sabremos que nuestra imagen se formará quién sabe de qué misteriosa
manera en su incognoscible universo.
Nos sentaremos a permitir que una vaquita de San Antonio busque altura sobre nuestros brazos. Recordaremos algo sobre insectos y territorios, superponiendo otredades sobre esta vaquita que aquí ahora y tan ella misma nos escala.
El delgado libro pasará de una a otra mano, y finalmente yo tomaré el oficio de médium.
Leeré morosamente un cuento de Kafka, oscuro y complejo bajo el cielo brillante, tan espesas las palabras en una atmósfera tan diáfana. Mi voz modulará los sonidos y guiará las evoluciones de otra voz que dijo en otra lengua las perplejidades que nos agobian.
El lapso mágico del cuento desaparecerá el alrededor, apenas un ladrido o voces infantiles penetrarán débilmente el círculo que nos contenga.
Te quedarás en silencio. No hablaré.
Miraremos el humo de Praga permanecer unos instantes, temblar y desvanecerse, dejando un aroma a encierro que durará apenas el segundo anterior al que me des un beso.
*De Mónica Russomanno . russomannomonica@hotmail.com Texto de Noviembre del 2005.
La chica del baile*
La conocí en la fiesta de Pedro. Estaba sentada aparte, en una silla junto a la mesita del rincón del comedor, como si intentara pasar desapercibida. Su mirada iba recorriéndolo todo, con una atención que recordaba una niña curiosa descubriendo las cosas por vez primera.
Enseguida me di cuenta que era una mujer especial, que emanaba de ella una aura diferente, misteriosa y lejana.
Tardé una eternidad en decidirme a dirigirle la palabra. Normalmente no soy tímido, pero de esta mujer emanaba algo que te inducía al respeto. En un momento dado me decidí a acercarme y cruzando el salón, tomé una silla sentándome a su lado. Le dirigí una sonrisa, intentando que fuera encantadora y le dije: " Hola, me llamo Luís, ¿Cómo te llamas?" (Siempre había sido muy original).
Me miró lánguidamente y susurró: "Me encantaría bailar".
Estuvimos bailando durante toda la noche. Flotaba entre mis brazos como si de algo incorpóreo se tratara. Era liviana y frágil. Daba la sensación de poder desaparecer en cualquier momento.
Salimos a la calle al acabar la fiesta y sin mediar palabra supe que la estaba acompañando a su casa. La luz de las farolas alargaban nuestras sombras dibujándolas en el asfalto. Al cabo de un rato se detuvo y me miró.
- Es aquí - dijo. Y soltándome la mano, cruzó la calle deslizándose sin mover los pies, atravesó la verja y desapareció en el cementerio.
*de Joan Mateu . joan@cimat.es
Soledades*
Una tarde, mientras íbamos río abajo en un bote de pescadores, mi padre cerró con furia los puños alrededor de la caña y de golpe se echó a llorar. Llevábamos un largo rato en silencio. Yo tenía los remos y trataba de que la corriente no nos alejara demasiado de la orilla. Hasta entonces su pena me había pasado desapercibida porque para mí él era fuerte y sin fallas. Me demoré un largo rato antes de preguntarle qué le pasaba. Confusamente me dijo que había perdido a alguien a quien quería mucho y aunque era muy católico empezó a cagarse soberanamente en Dios. En ese momento no me importaron nada Dios ni los seres queridos. Me irritaba verlo así, aferrado a la caña, con la cabeza hundida en el pecho y el pelo blanco sacudido por el viento.
Hasta entonces su vida había sido ordenada, mediocre, patriotera. Fluía mansa y previsible como el agua que nos llevaba entre islotes y troncos flotadores. Dios era una inteligencia inasible e inapelable que aparecía cada vez que nos faltaba una explicación. Yo creía en El: todavía me veo rezando a oscuras, pequeño y pecador, pidiendo que fueran eternas las cosas que me hacían dichoso. Era tan joven que sólo pensaba en la muerte como algo lejano que quizás tuviera solución. Lo que pesaba era la soledad. No la soledad de estar solo sino esa otra por la que han escrito los mejores libros y cantares del universo. Ese paréntesis que atrapa una palabra para darle entonación subterránea. El agujero negro, infinitamente vacío, en el que aquella tarde había caído mi padre.
En Tierra de sombras un estudiante de letras dice que leemos para saber que no estamos solos. En Bleu, la protagonista intenta ocultar lo evidente bajo una máscara de fortaleza e indiferencia, hasta que algo se rompe. Por fin, en la edad de la inocencia, el hombre que acepta una vida prejuiciosa y previsible se hunde en las contradicciones de una clase incapaz de dar a la soledad otra respuesta que el orden cerrado y la complacencia hedonista. Miré esas películas el fin de semana y al ver llorar a Anthony Hopkins abrazado al hijo de su esposa muerta, me puse a llorar yo también y me vino a la cabeza esa imagen de hace tantos años en el río Limay. Sin duda, también contaba la culpa, pero eso lo comprendí más tarde. Culpa de estar ahí y ser más joven que él. De no tener todavía nada que amortizar o de estar pagando por anticipado.
Durante un paseo por el campo, el profesor enamorado de una mujer agonizante confiesa su dicha efímera y ella le responde: "La felicidad de hoy anticipa el dolor de mañana." Tierra de sombras habla de Dios y del alivio que ofrece la fe para insinuar que no hay tal .Que Dios es el sufrimiento mismo y no su consuelo. Durante siglos el Creador jugó a ser imprevisible, fuente de amor y verdad, juez supremo incomprobable. Desde que lo inventaron, los hombres han tratado de explicarse para qué les sirve. Y como lo suyo es, a los ojos de la mayoría temerosa, sólo castigo, tampoco él sobrevivió a la oferta y la demanda. Mi padre no podía saber que dios iba a morir tan pronto y yo mismo nunca lo imaginé. En esos días lo habían intimado a dejar el cigarrillo. Rechazó las pamplinas de los médicos y apostó a algo superior. Al Ser Supremo que estaba por encima del bien y del mal.
Naturalmente, perdió. Pero eso iba a ocurrir años después. Entre tanto está llorando mientras un bagre tira de su línea y yo no me animo a acercarme para consolarlo. Me digo que en una de ésas el bote se da vuelta y tenemos que volver nadando.
¿Qué tiene que ver el cigarrillo con el Reino de los Cielos? Mucho, me parece: al placer corresponde un castigo de espantosa agonía. Así pasa con todo lo bueno en la tradición de judíos y cristianos. Más allá, el goce y la dicha no prefiguran el paraíso sino el infierno. Eso parece decir Richard Attenborough. El amor, si podemos darlo, nos devolverá lágrimas y castigo.
Palabras más, palabras menos, Scorsese sugiere lo mismo. Sólo que no hay amor en La edad de la inocencia. No lo hubo en la vida de Edith Wharton, no podía haberlo en su novela y no es intención de Scorsese mostrar otra cosa. La película, situada en 1857, habla de hoy y de una aristocracia con códigos propios: ocio, manjares, hipocresías, hasta que el amor aparece como una amenaza. Evitarlo preserva el orden social. Eso sugiere, me parece, el impenetrable mayordomo de Lo que queda del día. La autoridad de mister Stevens es proporcional a la negación de sus sentimientos. El dolor, la alegría, la humillación, resbalan en su alma como gotas de rocío. Todo pasa pero queda la soledad. Para Baruch Spinoza, en su Ética, el control de los sentimientos es la mayor virtud del alma: "A la impotencia humana para gobernar y reprimir los afectos la llamo servidumbre; porque el hombre sometido a los afectos no depende de él, sino de la fortuna." Con Spinoza se pone en claro, desde 1677, que el poder, para ser tal, excluye el amor en cualquiera de sus expresiones. Y que la gente vulgar al mostrar sus afectos los expone a la manipulación y la demagogia.
En sus Diarios, el narrador John Cheever apunta en 1979: "Puedo saborear la soledad. La silla que ocupo, el cuarto, la casa, a todo le falta sustancia (...) Creo que la soledad no es un absoluto, pero su sabor es el más fuerte." El libro comienza con una reflexión bella y perturbadora para mí porque sospecho que así sentía la vida mi padre aquella tarde que salimos de pesca: "En la madurez hay misterio, hay confusión. Lo que más hallo en este momento es una suerte de soledad. La belleza misma del mundo visible parece derrumbarse, sí, incluso el amor. Creo que ha habido un paso en falso, un viraje equivocado, pero no sé cuándo sucedió ni tengo esperanza de encontrarlo."
Y bien, mi padre era más que eso, o ni siquiera eso: "Nada más obsceno y vano que intentar contener la vida y la obra de un hombre en un puñado de líneas invocadas en el tiempo y la distancia", escribe Rodrigo Fresán en Trabajos manuales. Y agrega: "Cuando un hombre se transforma en el único paisaje posible de sí mismo es cuando alcanza la forma de la soledad. La soledad como territorio. La soledad como forma alternativa de la geografía y de lo biográfico."
Estoy tratando de decir, con imágenes y palabras de otros, que lo esencial de una vida brota en el momento en que nos enfrentamos a las formas más puras de la verdad. Amor, dolor, soledad. Ahí estamos solos, sin Dios, sin patria ni sustento. Un paso atrás, un movimiento en falso y todo está perdido. En la serenidad del bote que bajaba por el Limay, mi padre percibió de golpe su tierra de sombras. Nada de este mundo le resultaba ajeno, pero él no era más que una brizna de polen arrastrada por el viento. Cuando tuvo fuerzas para admitirlo dejó de llorar, recogió la línea y devolvió el bagre a la correntada.
*de Osvaldo Soriano,
En "Piratas, fantasmas y dinosaurios" Editorial Norma, Bs. As. 1996.
SABIDURÍA*
Edipo se acercó a la Esfinge.
La Esfinge era hermosa y distante.
Simétrico rostro de mujer, bellísimo busto, grácil cuerpo sedente de animal de presa. Patas delanteras extendidas, laxas; patas traseras prontas al salto. Siempre vigilante, siempre en quietud. Ni dormida ni en movimiento, su calma era la de quien demuestra soberanía controlando el músculo y el erizarse de los cabellos.
Frágil solidez de quien no puede darse ni al reposo ni a la furia. Pero desde aquí lo vemos; no vio esto Edipo en la mujer animal. Le fue dado el temor y la admiración frente a lo terrible. Y le fue dada, también, la paralizante atracción que halla su sujeto en quien ha de destruirnos.
La Esfinge proferiría su enigma, su pregunta afilada, certera, aguda; su pregunta que condenaría la falta de entendimiento con la ganada muerte.
Edipo lo sabía. Había realizado su jornada para el lívido momento en que el enigma definiese su suerte. Y ahora aguardaba. Por un instante miró el cielo por si fuese última visión, dibujó con ternura la silueta de un árbol en su memoria.
Los ojos de la Esfinge eran espejos de cristal de roca.
Edipo recibió el peso del temor a la propia ignorancia, le tembló el pecho frente a la belleza exacta de ese ser maravilloso de contornos perfectos. La imaginó invulnerable, casi aceptó como inevitable y lógica, acaso necesaria, la desaparición de su contingente persona frente a la evidente solidez de la criatura.
Este inabarcable ser semejaba conocer los secretos del universo. Su calma merecía ser producto de su seguridad.
Y la Esfinge ejerció la veladura del silencio para mentir sabiduría.
La Esfinge, inmóvil como los dioses frente a la agitación de los hombres, ocultó su ignorancia con la lejanía de una máscara hueca, la arrogancia de una pose estatuaria. Su silencio no era otra cosa que un
oscuro despojo, un muro que protegía la nada. Mostraba sólo lo pasible de causar admiración, ocultaba el vacío del centro.
La Esfinge nada sabía, nada comprendía, y era, como nosotros, hábil para la destrucción pero negada para el acto generoso de crear.
Su majestad no le permitía dudas o inaceptables cuestionamientos.
Estaba condenada a las sentencias y a la brevedad. Si no hablaba, no se advertiría su carencia. No mostraría la cera en la grieta del mármol, no permitiría cercanías que pudieran propiciar el hallazgo de la imperfección.
La belleza exacta no se arriesga a mostrar el perfil opuesto, curvar el cuello, producir modificaciones en la obra conclusa. La ignorancia no es capaz de quitarse el velo que cubre su desnudez.
Edipo, que viendo a la Esfinge veía los ropajes del hierático desprecio; Edipo, quien siendo un hombre se sentía ínfimo frente a un oráculo certero; Edipo, engañado por la Esfinge, la creyó sabia e infalible.
Antes de que la desmesurada voz declamase el acertijo, se daba ya por muerto.
Se alegraba, quizás, de su cercana desaparición. Engañado por la aparente esfericidad del monstruo, deseó que su persona imperfecta no manchase la pureza del ser fabuloso.
Pensó que sería un honor alimentar al prodigio. Se resignó a su destino, acaso lo satisfizo que el hilo de su vida fuese cortado por un adversario de tamaña dignidad.
Otro instante se demoró la Esfinge en plantear el acertijo. Sabía que la teatralidad le era necesaria para no desmoronarse. La ejercía con impecable oficio.
Con voz de Sibila, de Oráculo, con voz de Ídolo de bronce y pedrería la Esfinge desplegó las palabras que serían su derrota.
No era el enigma un cofre inviolable. Edipo halló la llave. Con íntima desazón Edipo halló la llave. Con alivio también, pero con desazón Edipo desató el nudo de palabras.
Y se alejó luego de contemplar cómo se despeñaba la Esfinge desde lo alto de la Acrópolis. Pensó "no he de despeñarme yo por una falla, no he de morir por orgullo ni ceder a la tentación de la soberbia, y no he de confiar ingenuamente en la sabiduría de las estatuas".
Lo olvidó luego, como a todos los alumbramientos que nos proponemos tallar en la memoria.
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
Acueducto*
Cuántas cosas se veían desde el acueducto. Era muy alto, una cinta clara en el cielo, sostenido por una doble hilera de columnas, y cruzaba el valle por encima de las copas de los árboles. Estaba cubierto por planchas de cemento y se lo podía usar como atajo para ir desde la salida del pueblo hasta la base de un cerro. Se ahorraba tiempo yendo por ahí, porque no había que bajar ni subir y se avanzaba siempre en línea recta. Se oía el agua correr bajo los pies.
El día que anduvimos con mi padre por aquel camino aéreo había mucho sol y se veían nítidas las cimas de las montañas. Yo caminaba bien por el medio, con los brazos abiertos, haciendo equilibrio. ¿Qué ancho tenía el acueducto? ¿Un metro? ¿Más de un metro? ¿Menos? Imposible establecerlo. La memoria está condicionada por el recuerdo del vértigo que me provocaba la altura.
Mirando de reojo, descubría abajo los nidos en las ramas, reconocía los sitios donde sabía que crecía el mejor musgo para el pesebre de Navidad, cada pozo de agua profunda en el río correntoso donde iba a pescar, la casa de un pariente, la de un amigo, campanarios, alguna silueta de hombre o mujer en el camino de la otra orilla. Se veían muchas cosas y sin duda aquel paseo hubiese sido un gran placer si el vértigo no me hubiese impedido disfrutar.
Mi padre me precedía. Una mochila vacía le colgaba del hombro. no se daba vuelta. Llevaba las amnos en los bolsillos. De tanto en tanto, sin detenerse, giraba la cabeza hacia un lado y hacia el otro para seguir el vuelo de un pájaro. Tal vez silbara. Íbamos a buscar hongos y a recoger castañas en los bosques.
Yo, unos metros atrás, miraba su espalda y me preguntaba: ¿cómo hace para moverse tan tranquilo acá arriba y con las manos en los bolsillos? ¿cómo hace para caminar sin hacer equilibrio? ¿cómo hace? Y así lo seguía en aquel aire puro, alto sobre el valle, siempre con mis brazos abiertos, cuidadoso, tratando de colocar los pies en las huellas invisibles que dejaban los suyos.
*de Antonio Dal Masetto.
"El padre y otras historias" Editorial Sudamericana. Buenos Aires. 2002.
“EL PÁJARO DE LA FELICIDAD”*
Hechos
por lo que hacemos
hacemos
hechos
Me restauro
restaurándote
El punto blanco
en tal
abigarrada
oscuridad
da
luna
No me imagino
más
que a un cierto
canto
envolviéndolo
todo.
-“EL PÁJARO DE LA FELICIDAD ” de Pilar Miró .
Estación Rosario*
-La mejor carne del país, amigazo: eso se lo aseguro.
Al escuchar la frase, acompañada por un guiño cómplice, Sergio Cejas pensó que aquel barman del vagón comedor le estaba gastando una broma. ¿Turismo sexual en Rosario? ¿Promovido por el Nuevo Ferrocarril Santafesino-Bonaerense? Era de no creer. Y sin embargo, la otrora “Chicago argentina” gozaba de una fama indiscutida en esos temas. La primera imagen que se le cruzó en aquel momento a Sergio Cejas fue la del gran Alberto Olmedo, improvisando como siempre delante de una cámara de TV, quizá sentado junto al inolvidable Javier Portales, o tal vez con uno de los tantos figurines que inevitablemente se lucían a su lado.
La referencia “olmédica” no era casual. En los últimos meses, todo lo que lo rodeaba le parecía una farsa, algo artificial y paródico. Sus ritmos cotidianos, sus escasos placeres, las monótonas tareas que realizaba en esa oficina bancaria que parecía tragárselo día a día bajo toneladas de trámites acaso banales –simulando ser un personaje kafkiano casi contra su voluntad-, hasta su propia vida, parecían haber perdido todo sentido. En caso de haberlo tenido alguna vez…
¿Desde cuándo había notado que su existencia comenzaba a desbarrancar? La respuesta parecía ser la única certeza con la que contase por el momento: desde aquella traumática separación con Evelina, denuncias policiales mediante, durante el invierno pasado. Una época negra de su vida, que aún le dolía en el recuerdo, y cuyos detalles se desdibujaban en el ayer.
¿Por qué se había decidido a viajar en tren? Ni él lo sabía. Los acontecimientos de las últimas horas se le tornaban borrosos. Sólo podía precisar que su propia desilusión lo había conducido desde un departamento desordenado y con sobras de comida por todos lados, hasta las vías. Y que en vez de acostarse sobre ellas en espera de filosos rieles que acabasen con el motivo de su dolor, se había trepado con un violento impulso al primer tren de larga distancia que partiera desde la piojosa estación en la que se encontraba. Trayecto salvavidas hacia Rosario –pasaje de ida solamente- durante el cual había conocido a Ernesto, un simpático barman que le relatara sus desventuras a bordo, apuntando con especial detalle a la increíble historia del camarote embrujado, ocurrida el año anterior, entre las estaciones de Navarro y de Patricios, durante una noche de tormenta.
Aunque no fuera compañía lo que buscaba, Sergio Cejas agradeció la consoladora presencia de Ernesto
–además de la secreta botella de whisky, fuera de inventario, que ocultaba debajo de la barra-. Y sin embargo, la espontánea oferta de sexo lo sorprendió generosamente. Aunque, ¿para qué trasladarse a Rosario para conseguirlo? Conocía algunas esquinas de Buenos Aires donde podía encontrar decenas de ofertas como ésa; nada de travestis, eso sí, no era su estilo. Además del inexplicable traslado en busca de una triste porción de sexo alquilado, también había hallado una inesperada compañía amistosa junto a varias medidas de whisky, al menos para despejar sus ocasionales pensamientos suicidas… Eso estaba muy bien, aunque sólo fuera por unas horas. Ahora: ¿acaso Sergio Cejas ansiaba encontrar en Rosario algo más que aquello, imposible de precisar?
-Hágame caso, amigo -insistió Ernesto, el barman. –Aproveche. No se va a arrepentir.
Ni bien bajó del tren al llegar a destino -seguido de Ernesto, quien comenzó a hacer señas trepado al estribo en dirección a un borde alejado del andén-, se le acercó presuroso un gordo que lucía una larga y lacia cabellera, junto a una barba candado bastante espesa, que no dejaba de fumar cigarrillos negros.
-González Raúl, para servirle –saludó, parco y en un susurro, mientras le daba un breve estrechón de manos. Y agregó: -“Canalla” de alma, para más datos.
Sergio Cejas consideró que no era momento de esbozar siquiera su leve simpatía por la “lepra” de Newell´s. Su interlocutor no parecía muy afable a las diferencias. Y él no tenía ganas de malgastar la poca energía que sentía bullir en su interior, a pesar de la bruma existencial que lo rodeaba.
-El señor busca servicio especial -le informó Ernesto, aún trepado al estribo, como si la oferta de sexo -ajena en absoluto al contexto ferroviario- fuese un extraño rebusque del barman para hacerse unos pesos extras. –No me hagas quedar mal…
-¿Alguna vez lo hice? –retrucó el gordo, y sin aguardar respuesta alguna le masculló a Cejas cerca del oído: -Sígame.
Sergio Cejas, carente de todo equipaje, llevándose a duras penas a sí mismo, lo siguió sin saber muy bien lo que hacía. Todo le daba lo mismo. O tal vez no…
-¿Tiene plata? –lo interrogó el gordo, ni bien subieron a la vetusta camioneta Ika que los aguardaba en una calle lateral. Sergio Cejas asintió, un tanto trémulo, aunque no estaba muy seguro de la cantidad que llevara encima. El gordo no pareció muy convencido de la respuesta, por lo que disparó: -Revise bien los bolsillos, ¿eh? No lo llevo a ningún lado si no hay efectivo.
Sergio Cejas indagó dentro de su ropa. De manera incierta encontró un total de cuarenta y dos pesos con treinta centavos. ¿Cómo había hecho para salir con tanto dinero a la calle, sabiendo que su idea inicial era tirarse debajo de un tren? ¿Y el dinero para el pasaje? Misterio…
-Por mí está bien –aclaró González Raúl, y puso la Ika en marcha. –Siempre que no se ponga exigente…
Tardaron unos quince minutos en llegar hasta un barrio semi las chicas esperan.
Más que a una tarde de placer, Sergio Cejas parecía encaminarse a paso cansino hacia una ejecución. De pronto, el fugaz ratoneo con la fantasía de un encuentro sexual fuera de Buenos Aires se había disipado, dejando en su lugar una cruel sensación de estar siéndole infiel a Evelina. La imagen se avecinó sobre su alma con el peso mortal de un ataúd.
Sin embargo, siguió adelante, detrás de la espalda de González Raúl.
Los fornidos patovicas se hicieron a un costado al ver llegar al gordo. Ambos cruzaron el umbral para encontrarse con una habitación en penumbras, apenas iluminada por un par de trémulos veladores en los rincones, y con el rumor de fondo de una cumbia proveniente de un cuarto del fondo. Sergio Cejas apenas vislumbró un par de siluetas femeninas caminando entre los sillones del cuarto, ajenas a todo lo que las rodeaba. Casi tanto como se sentía él.
-Venga –masculló el gordo por sobre su hombro, sin despegarse el cigarrillo de entre los labios.
Atravesaron el cuarto, impregnado de perfumes baratos, hasta llegar a una de las mesitas iluminada por el velador. Recién al acercarse descubrió a la obesa mujer sentada a un costado que se limaba las uñas con una indiferencia pasmosa.
-Edith: el señor requiere de los servicios de las chicas –informó el gordo, y mientras se volvía le dijo a Cejas al pasar: -Lo espero afuera. Si no estoy, me espera Ud.
González Raúl salió de la casa, y la masculina voz de la tal Edith retumbó cerca suyo: -¿Qué le gustaría? ¿Bucal… vaginal… anal… completo…?
Sergio Cejas volvió la cabeza hacia la mujer obesa y no supo qué contestar. Una sola idea le cruzó la mente.
-¿Qué puedo hacer con cuarenta pesos? –preguntó.
-No mucho -dijo ella, sin levantar la vista de la indiferente labor de la lima. –A menos que no le importe tratar con Isabel…
Él permaneció en silencio, sin entender a qué venía el comentario.
-Las blanquitas y jóvenes son las más caras –comenzó Edith, casi resignada. -Cuanto más entradas en años, más baratas cotizan. Menores de edad no tenemos; vaya a buscarlas a los bulos de los políticos, si las quiere. –Otro silencio contemplativo hacia la tarea manicura, hasta que por fin, recordando de qué estaba hablando, agregó: -Isabel es la tullida.
-¿P…perdón…? –balbuceó Cejas, incrédulo.
Edith ya parecía molesta por tener que hablar tanto.
-Se cayó del tren hace unos años -informó, siempre sin mirarlo. -Ya se dedicaba al oficio, así que después de la tragedia seguía en lo suyo o pedía limosna en el cordón de la vereda. ¿La quiere o la deja? -terminó por impacientarse la mujer obesa.
Sergio Cejas sintió el impulso de escapar, dueño de un siniestro aire de ajenidad, aunque irse de aquel lugar sin haber cumplido el esperado alquiler de cuerpos era similar a cavar su propia fosa hacia el abismo de la desesperación. Afuera lo aguardaba un tren, impiadoso y veloz, al que ningún ruego podría detener, cuyo objetivo fuera el de lanzarse pujante sobre él……y no precisamente para llevarlo como pasajero…
Le parecía estar escuchando la lúgubre sirena acercándose hasta él, estremecido por el escalofrío, cuando se escuchó decir:
-E-está… bien. Me quedo con la …t-tullida…
-¡Greeeeeetaaa!!! –aulló Edith, sobresaltándolo, siempre sin levantar la vista de sus uñas, más que perfectas. -¡Decile a Isabel que tiene visitas!!!
Sergio Cejas estaba a punto de acercarse a la cortina de cuentas de vidrio que separaba la sala en penumbras del pasillo hacia donde imaginaba que estaban las habitaciones, cuando oyó un chistido que lo detuvo en seco.
-Se paga por adelantado –anunció Edith, terminante. –Son treinta pesos. –Cejas dejó el dinero sobre la mesa, con mano trémula. La mujer obesa aclaró: -Si es de los que se impresionan, lo lamento; no hay devolución.
Manoteó los billetes, mirándolos apenas, se los guardó en el escote, y ya no habló más.
La cortina de cuentas de vidrio cantó al abrirse. Una chica delgada y morochita, vestida con una solera de sarga, luciendo una amplia sonrisa rematada en dos enormes paletas de conejo, le hizo una seña para que pasara. Sergio Cejas la siguió, con paso vacilante. El sonido de la cumbia sonaba cercano. Por debajo del perfume barato había un intenso olor a humedad. Caminaron hasta el fondo de un largo pasillo, donde sobre una ajada puerta de madera la morochita golpeó dos veces.
-Pase. Está abierto -respondió una voz de mujer.
La chica abrió, empujó la puerta, y sin borrarse la estúpida sonrisa de conejo se hizo a un lado para que Sergio Cejas pudiera entrar. Una vez que traspuso el umbral, ella cerró la puerta a sus espaldas.
La imagen de la cama en el centro del cuarto con la mujer recostada sobre ella acaparó toda su atención, salvo por la silla de ruedas, antigua y maltratada, que yacía cerca del colchón, con una bata sobre ella. La bombita desnuda alumbraba desde el techo, develando a una chica de unos treinta y tantos años, de tez trigueña, bonitas facciones, cabello enrulado, hombros sólidos, pechos firmes, vientre un tanto abultado y caderas amplias. Algunas cicatrices le cruzaban el abdomen, producto de varias operaciones. Se la veía bien alimentada, el tronco apoyado sobre varias almohadas, y aunque estuviese desnuda por completo, las sábanas le cubrían las piernas desde el borde superior del muslo hacia abajo. O mejor dicho: donde deberían haber estado sus piernas.
-Hola –lo saludó ella. –Bueno… ¡Qué suerte la mía! Dale, vení… Acercate. No siempre me tocan clientes tan finos como vos.
Sergio Cejas pensó la chica se burlaba de él, considerando la desarrapada imagen que presentaba desde hacía tiempo. Se detuvo a pensar en la clase de hombres que visitarían a esta chica a diario, y contuvo sus ofensas. ¿A diario? Algo le hizo pensar que, dadas sus condiciones, Isabel no debía ser muy requerida por los clientes del lugar. Y sin embargo, alguien con sus características hubiera sido muy solicitada por quienes gozaran de perversiones como éstas. Si hasta parecía bonita…
-Vamos, che. No seas tímido –lo incitó ella, tendiéndole un brazo para que se acercara.
Él avanzó tembloroso, sobrecogido por la imagen que contemplaba, sintiendo una honda vergüenza, como si quien estuviese desnudo fuera él. ¿Llegaría a tener una erección sabiendo lo que había –o no había- debajo de aquella sábana?
De pronto, deslumbrado ante lo inesperado de la sensación, avasalladora como locomotora desbocada, advirtió que lo único que quería obtener de ella era un fuerte y cálido abrazo que lo contuviera. La cruel inermidad que contemplaba sobre aquella mujer le parecía insignificante frente a su propio desvalimiento.
Caminó hasta el brazo extendido, se sentó sobre el colchón, y antes de que Isabel comenzara a quitarle la campera Sergio Cejas se derrumbó sobre ella, sin mirarla, abrazado a esos hombros sólidos y musculosos como un borracho aferrado a un poste de luz, y comenzó a llorar.
Un llanto agónico, profundo, de esos sollozos que emergen desde los abismos del alma y pronto se convierten en una caudalosa catarata, devastando cualquier falsa apariencia de normalidad.
Sorprendida, Isabel le devolvió el abrazo, con una calidez inusual, desconocida para sus cada vez más ocasionales clientes, y comenzó a acariciarle el cabello de la nuca, mientras murmuraba, casi a su pesar:
-Bueno… bueno… ya va a pasar… No te pongas así… Ssshhhhh…
Sergio Cejas se aferró aún más a ella, a su piel, a su calor. Ya no le importó saber dónde se encontraba, ni ante quién estaba, ni cuál era su condición. Sólo le importaba saber que existía ese abrazo, ese afecto momentáneo que desconocía la manera de calmarlo, pero que al menos intentaba hacerlo sentir un poco menos solo. Un oasis en medio del desierto, en el que sólo quería refrescarse y beber, de la manera que fuera…
Sin siquiera secarse las lágrimas, con la mirada enturbiada, comenzó a besarle el cuello, a incorporar a la chica hasta sentarla en la cama, a desplazar lentamente sus manos a lo largo de aquella espalda, descendiendo hacia una cintura donde comenzaba una zona cruzada de marcas, y ascendiendo luego hacia sus pechos, experimentando una ternura insólita, como hacía mucho tiempo no sentía al lado de nadie, olvidando por completo el contrato pactado con la mujer obesa.
Isabel recuperó parte de su integridad profesional, relegando aquel momento de tierna debilidad, cuidando de no caer en el peor de los errores que podía cometer: enamorarse ante los sentimientos de los clientes. Al tipo éste se lo notaba destrozado, aunque su cuerpo estuviese entero. Ella, ignorando cómo, parecía sentirle el alma partida en pedazos dentro del pecho, y sólo atinaba a abrazarlo y acariciarlo, como si con aquel contacto pudiese combatir sus propios temores. Hasta que volvió a intentar quitarle la campera, y esta vez él le ayudó, reaccionando como un autómata, desvistiéndose en busca de una mayor cuota de calor.
Una vez con el torso desnudo, y aún sin verla a través de sus lágrimas, que le bañaban las mejillas, volvió a abrazarla. La suavidad de su piel, junto al vibrante roce de sus pezones, lo estremeció, causándole una erección casi dolorosa que lo obligó a desprenderse violentamente del pantalón.
Tenderse sobre ella y penetrarla fue mucho más que un acto de placer; se convirtió en una desconocida necesidad vital. La prostituta tullida, acaso deforme, se convirtió en la mujer ansiada y amorosa, nutricia de ternura y contención. Y el orgasmo, inexplicable para ambos, los transportó muy, muy lejos, allí donde las palabras carecen de toda significación.
Las lágrimas se secaron sobre la piel y las almohadas. Los jadeos se extinguieron en una serie de acompasados suspiros. Y ninguno de los dos, sostenido de ese abrazo, atinó a quebrar aquel momento con palabras vacías.
Sólo después de un buen rato, ambos se irguieron muy lentamente, consiguieron mirarse a los ojos, y sin premeditarlo, preguntaron a la vez:
-¿Cómo te llamás?
*
¡Cuánto duele pensar, recordar cosas!
Lamentar lo que pudo haber sido
y no fue.
La osadía congelada por el miedo
trocó los anhelos por quimeras.
¡Cuánto soñar, creerse cosas!
Atracarse a la fe, idealizar los tiempos venideros.
¿Para qué volver por el camino andado
y tropezar nuevamente con las culpas
si no puede regresar la circunstancia, el tiempo?
¿Para qué soñar,
cuando falta la fuerza que convierte
en realidad las utopías?
Sin embargo, hasta Hiroshima vive.
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El domingo 20 de abril del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor brasilero Edson Zampronha. Las poesías que leeremos pertenecen a Cláudio Fonseca (Brasil) y la música de fondo será de Mario Guacarán (Venezuela). ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at (Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
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17.4.2008 GMT
El Salto del Río Cura
"Salto del río Cura", bajo éste simpático nombre conocí por allá por los lados de Valle Morín al sur del estado Aragua específicamente en el cruce que tiene el río con el pueblo de La Aguadita, una fabulosa cascada que aún cuando ya estamos en período de "sequía" ella no quiere enterarse y displicente e indiferente deja caer sus aguas con fiereza.
Para llegar hasta allá debemos manejar por la autopista que lleva hasta Cuá, Charallave, San Casimiro y Valle Morín. Siguiendo una carretera de tierra (preferiblemente con vehículo rústico) con algunos baches en poco tiempo
se encuentra un caserío pequeño con muy pocas casas muy cerca del río, dejando nuestro carro al cuidado de los dueños de una bodeguita, de inmediato comenzamos a caminar monte adentro. Hacía varios años ya estuve allí y hoy me sorprendo al ver el cambio tan drástico del paisaje, lo que otrora era "monte y culebra", un sendero estrecho escondido entre vegetación abundante y variada, hoy está convertido en un camino ancho y despejado, no en todo la ruta, bordeado de malezas, plantas "pinchudas" jala pá-tras, con subidas y bajadas suaves terreno árído de piedrecillas molidas y arena. Los lechos de riachuelos que bajaban de un costado de la montaña están secos, sus grandes piedras brillantes por el sol, mudas me miran tristes. Un largo tiempo recorrí el camino hasta llegar a una bajada que me llevó directamente a la orilla del río, por allí continúa el ahora estrecho sendero. A principio daba saltos sobre las piedras para no mojarme las botas, pero luego se hizo "costumbre" zambullirlas con placer infantil en aquellas aguas. Pasadas algunas horas sorteando obstáculos de árboles caídos, ramas en el medio, rocas altas resbalosas, picadas de insectos, lucha con la maleza, el encontrar el rasro del camino perdido, se llega al topo de la montaña y se recoje la recompensa del esfuerzo
realizado. Es todo un espectáculo la visión del agua cayendo impetuosa y cristalina en un fuerte chorro que más abajo se divide en dos, festoneada por líquenes y musgos de un brillante color verde, con su tronar oscuro y sonoro al caer que cubría el canto de los pájaros. Toda una hermosura que fue captada para el recuerdo por las cámaras fotográficas. Luego se impone un baño bajo la ducha de la cascada que renueva las energías perdidas en la ardua caminata. Un sabroso almuerzo campestre terminó de hacer el milagro. Merecido descanso posterior que hubo de interrumpirse para el regreso. En el bosque oscurece muy pronto. Ya en los vehículos nos despedimos de los compañeros de caminata con el grato sabor de la aventura compartida y el conocer o rememorar un nuevo rincón de nuestro país.
Edilia C. de Borges
Foto. Julián Mostacero
En: No Categorizado
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17.4.2008 GMT
Blog de Ciclismo.
extremgirl
http://elchicodeltransporte.blogspot.com/
En: No Categorizado
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15.4.2008 GMT
No sólo es mi nariz
NO SÓLO ES MI NARIZ
Mi nariz está oliendo conmovida
una fuerte acritud de ese ayer en tinieblas.
Oriflama de pardos que inundan los resquicios
de los pasos del tiempo.
Provocantes roedores que siguen en sus cuevas
junto a cada alimaña embebida de plomo
hablando de indigencia mientras se esconde el pan.
Mi nariz no soporta tanto olor a basura
a mugre de pantano de trinchera en un cubo.
Los cómplices los verdes los que raspan la tierra
juegan de albicelestes afilando sus garras.
Mi nariz se dilata cuando huele a carroña
y esta náusea que insiste brillar sobre el desfile
de tanto subvertido enhiesto de poesía.
Ese hedor que fustiga de orina entre las heces
de portales abyectos que escriben con sus cirios
de caimanes alertas con su disfraz de oveja
siempre vuelve a ranciar el aire con su lodo.
Mi nariz se incomoda por tanta connivencia
y el cuerpo es una hoguera que amanece afiebrado
cuando salen las liendres a acariciar su sueño
de aquel pasado vil.
Mi nariz se lastima de tanto virus suelto
con versiones falaces
y se sopla los mocos.
Siempre encuentra cobijo
en un pañuelo blanco
de tres puntas que aún buscan
PAZ VERDAD y JUSTICIA.
© Silsh
(Silvia Spinazzola)
-Argentina-abril/2008
En: No Categorizado
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12.4.2008 GMT
¡Qúe respuestas Dios mío!
Estimad@s tod@s:
Como profesor universitario, puedo decirles que el siguiente texto es bastante creíble. De hecho, he visto cosas peores. Lo reenvío tal cual me llegó, aunque odie enviar textos en rojo.
Saludos cordiales
Estas son algunas respuestas de alumnos, a consignas dadas en el examen de ingreso a la Universidad Católica de "XXXXXX" Los comentarios en rojo son de los profesores que comenzaron a enviarse mutuamente las respuestas . RESPUESTAS DE EXAMENES Los cuatro Evangelistas: Los cuatro evangelistas eran 3: San Pedro Y San Pablo. Leo y releo, y no entiendo cuál es el tercero -y último- de los 4... Formación de las cordilleras: Las montanas no se forman en uno o Dos dias, tardan mucho tiempo en formarse. Si ¿Semanas, tal vez? ¿Qué es la atmósfera?: La atmosfera es el sitio donde se encuentran los procesos atmosfericos como las nubes. En esta parte se producen los rayos sismicos, que son aquellos que producen los terremotos y el temblamiento de tierra. Sin palabras Movimientos del corazón: De rotacion alrededor de si mismo y de traslación alrededor del cuerpo. Debe estar estrangulado por la aorta, lo que le impide pensar... Círculo: Es una linea pegada por los dos extremos formando un redondel. Yo no podría definirlo mejor...¡¡Qué Hijo de p... !! Averiguar si es primo el numero 2639: Para mi que este numero es primo porque no hay ningun numero que dividido por este numero que es 2639 nos de exacto. Si usted ve que esta mal lo corrija. Me encantó la puesta en juego de la subjetividad para esta respuesta!'Para mí que...' Total, el error matemático puede cometerlo cualquiera.Y que el profe lo corrija. Primera ley de Mendel: Mendel era un hombre que durante toda su vida se dedico al cruce de las plantas. De sus experiencias hizo un libro pero lo publican en una encuadernacion mala y la gente no se entero Despues de Mendel dos personas descubrieron lo mismo que el sin saberlo y vieron que habian perdido el tiempo inutilmente. Qué bol... los dos tipos que vienieron después de Mendel, no? Descubriendo el agua tibia... A propósito, ¿Quién es Mendel? Etapas más importantes en la evolución del hombre: Sobre el año 570 se cree en la primera aparicion del Homo sapiens. A partirdel 570 y hasta el 1200 el Homohabilis. A partir del 1200 y hasta aproximadamente el 1700 el Homohabilis y despues, hombres normales. No me puedo parar de reir... El anarquismo: Es una ideologia racional y astringente. ¿Será buena para la limpieza del cutis? Marco Polo : Fue un descubridor cartagines que pretendia descubrir America; que lo consiguio. Marco Polo: un pionero. Colón: como los 2 huevones posteriores a Mendel. Acueductos: Eran para transportar el agua de un extremo a otro en vez de ir cargando con los cubos. Esta es la más racional de todas. Los "FONT-SIZE: 13.5pt; FONT-STYLE: italic; FONT-FAMILY: Tahoma"> Viven en la calle, no tienen dinero y no poseen privilegios como es ovio . Sí, muy 'ovio'!!! La nobleza: No podian ser de ella si no tenian sangre y no eran de familia de ese grupo. Sin palabras II Una de posesiones: En las tierras del noble se ubicaba la casa del señor, el molino, la tostadora del pan, etc... Le faltó el magiclic, la multiprocesadora... Literatura- Medir el segundo verso escrito en la pizarra: Unos 75 centimetros Sin palabras III Esqueleto de la pantorrilla: Esta formado por el hueso mas largo del cuerpo, que es el fémur que va desde el omoplato hasta la rotula. Si te patea, se suicida... El cerebro: Las ideas, despues de hablar se van al cerebro. ¡Ojalá! Aves prensoras: Son las aves que viven en las 'prensas', sitios donde hay mucho agua. Tienen bonitos coloridos, como el cuervo. Maravilloso!! Debe estar pensando en los colores de San Lorenzo... Depuración del agua: Se hace por los rayos ultraviolentos. ¿Vieron que la violencia está en todas partes? Movimientos del corazón: El corazon siempre esta en movimiento, solo esta parado en los cadaveres. Bueno... éste no estaría del todo mal. Al lado de los otros... Anfibios: La rana tiene una hendidura cloacal, por la cual lanza el tipico sonido 'cloac, cloac'. ¡Insuperable!, casi mágico... Ejemplo de parásito interno: Las visceras. Si, que a través del fémur te llegan al cerebro, jua, jua... Productos volcánicos: Las bombas atomicas. Sin palabras IV Las algas: Son animales con caracteres de vegetales. Otro para aprobarlo, al lado de los demás... Antibióticos: El alcohol, el algodon y agua oxigenada. Si, y las curitas vendrían siendo by-pass removible... Glaciares: Pueden ser por erosion y por defuncion. O por opción.. Moisés y los israelitas: Los israelitas en el desierto se alimentaban de patriarcas. El comentario del colega lo borré, era medio antisemita (Hugo) La soberbia: Es un apetito desordenado de comer y beber, que se corrige practicando la lujuria. Si, y la ceguera se corrige sacándote las córneas... Geografía-Qué rio pasa por Viena: El Vesubio Azul. Sin palabras V Fases de la luna: Luna llena, luna nueva y menos cuarto. Este atrasa...(Noooo, un poquito ) Geografia-Holanda En Holanda, de cada cuatro habitantes, uno es vaca. Qué suerte que yo no vivo en Holanda o ya estaría en el Matadero... Geografía-Afluentes del Duero por la margen derecha: Son los mismos que por la izquierda. No está mal... ¿No son ambidiestros? Fe: Es lo que nos da Dios para poder entender a los curas. Y para seguir dando clases!!!! El hombre primitivo: Se vestia de pieles y se refugiaba en las tabernas. Otro que no podés parar de reirte.. |
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11.4.2008 GMT
Cierre del Parque Nacional El Âvila
| Inparques ordenó el cierre de diferentes accesos al Parque Nacional El Ávila |
| 10 de abril de 2008.- Una medida precautelativa determinó el cierre de diferentes accesos al Parque Nacional el Ávila, por considerar que constituyen áreas de alta incidencia de incendios, poniendo en riesgo la vida de deportistas, excursionistas y usuarios. La medida judicial entró en vigencia este miércoles 9 de abril y debe cumplirse hasta el 15 de junio . El Juzgado décimo séptimo de primera instancia en funciones de control de Caracas, ordenó la ocupación por parte de funcionarios del Escuadrón Montado del Comando Regional N° 5 de la Guardia Nacional, de todos los accesos al Parque Nacional El Ávila, con excepción del paso hacia la población de Galipán, el Camino de Los Españoles y el área recreativa Los Venados . A través de una nota de prensa Inparques explicó que la medida, prohíbe expresamente el acceso de excursionistas, deportistas, a pie o en vehículo, a ocho áreas neurálgicas de El Ávila: Topo Padrón (adyacente al Terminal de Oriente), Estribo de Galindo (Terrazas del Ávila), Estribo de Duarte, Cachimbo, Sebucán, Loma del Cuño, Arauco y Catuche . Detalló la nota que sólo se permitirá el acceso hasta los puestos de guarda parques en los sectores: La Julia (desde la Avenida Boyacá), Pajaritos (quebrada Pajaritos hasta quebrada Quintero-Sabas Nieves I ); Sabas Nieves I (desde la Ave. Boyacá hasta Sabas Nieves II), Chacaito-Loma del Viento ( desde la Ave. Boyacá hasta el puesto de guardaparques); Cacaito-Cortafuego-puesto de guardaparques Loma del Viento-Callejón Gamboa . La medida también ordenó la retención de sustancias, materiales u objetos que puedan servir como elementos acelerantes de incendios forestales como: fósforos, cigarrillos, yesqueros, velas, velones, mechas, cocinillas, envases de vidrio, luces de bengala, |
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11.4.2008 GMT
Del Universal La destrucciòn del ambiente*/ Rio Cura.
| | Ambientalistas coinciden en que El Caura es el pulmón más importante del trópico (Cortesía UNEG) | | | | | on error resume next plugin = ( IsObject(CreateObject("ShockwaveFlash.ShockwaveFlash.3"))) if ( plugin | Por unas onzas El mito de El Dorado está vivo. Al menos al norte de Bolívar, donde los resquemores de la Conquista vuelven para advertir que el oro es buen caldo de cultivo para enfrentar a mineros y aborígenes. Por Joseph Poliszuk CASO MARIPA Una parábola ye'kwana aconseja no sacar el oro y los diamantes de la tierra so pena de despertar la furia de una serpiente emplumada a la que llaman Wiyu. La tradición oral narra una suerte de Goliat, que prometió venganza si los seres humanos se metían con los minerales que le pertenecen. De eso hace ya varios siglos, pero justo en la casa de esa y otras etnias indígenas están retando a un gigante: la fiebre del oro anda de vuelta por la cuenca del río Caura del estado Bolívar, el único pulmón vegetal intacto que asilan estas fronteras. Más de 500 personas acaban de ser desalojadas de un territorio que sólo habitan cerca de 5.000 indígenas. El Teatro de Operaciones Número 5 del Ejército nacional desmontó los campamentos mineros la última semana de febrero, pero en algunos puntos ya hay un daño ambiental. Donde había árboles y animales quedan pendientes maltrechas de barro y arenas movedizas. Lo verde se volvió arcilla. Las fotos que tomaron los efectivos militares son la mejor prueba que sustentan las alarmas de los chamanes, la preocupación de los ambientalistas por conservar uno de los ecosistemas menos intervenidos del planeta, y, viejos y nuevos rencores que saltan entre mestizos y aborígenes del noroeste de Bolívar. ´Todo comenzó a mediados del año 2006. En el pueblo de Maripa, capital del municipio Sucre, comenzaron a preguntarse de dónde salía el oro que unos indígenas negociaban a espaldas de sus comunidades. Despejada la pregunta, las llamadas bullas mineras que convocan a los cazadores de fortunas penetraron las más de 4,5 millones de hectáreas que serpentea el río Caura. Varios contingentes de personas así cruzaron por primera vez el albergue de casi 1.500 especies animales y 2.600 variedades vegetales. Mineros del estado Bolívar, Brasil, Colombia, Guyana y hasta Centroamérica llevaron sus máquinas a Maripa para iniciar un viaje de más de 12 horas en lancha y otras tantas a pie, que les permitió estrenar los yacimientos del Caura. Ese fue el inicio de una serie de afrentas entre "criollos" e "indígenas" que continúan hasta hoy. Humo y caucho quemado Agrupados en la Organización Indígena de la Cuenca del Caura Kuyujani, los representantes de 52 comunidades ye'kwanas y sanemas alertaron a las autoridades. Las tribus que habitan la zona desde antes de la Conquista solicitaron el despeje. Y la respuesta llegó, pero acompañada de una cadena de abusos militares que dejó a varios mineros aislados en medio de la selva. Los testimonios que reposan en el Tribunal Séptimo de Control de la circunscripción militar de Ciudad Bolívar dan cuenta de torturas contra hombres arrastrados por el fango y mujeres que fueron desnudadas para despojarlas de las onzas de oro que escondían bajo la ropa. Los mineros entonces contraatacaron con más violencia. Una cortina de humo y caucho quemado cercó al pueblo por tres largos días que empezaron el 21 de septiembre de 2006. Los mineros que alcanzaron a llegar al muelle saquearon cuatro casas de indígenas y quemaron dos de ellas junto con la del alcalde Juan Carlos Figarella, a quien también responsabilizaron de lo ocurrido. "Las amenazas hacia los indígenas que tienen casas en Maripa fueron subiendo de tono durante el día, al punto que no podían salir por temor a los mineros", recuerda la minuta de una reunión que varios ye'kwanas y sanemas de Kuyujani sostuvieron el 25 de septiembre de 2006. La única carretera que cruza a esa villa de 5.000 habitantes fue bloqueada por los disturbios. Mientras tanto, la noticia de cuatro ahogados que habían huido de los militares terminó de estallar el conflicto: "Queremos la cabeza de... ", decía una pancarta al pie del atracadero seguida de los nombres de siete representantes ye'kwanas. La vehemencia de esos días se disipó, pero el clima de entonces decantó en un escenario de fricciones que muestra brechas raciales. Es un problema latente que se manifiesta en momentos como este, cuando los indígenas han vuelto a advertir una segunda incursión en el Caura. Amenazas y resentimientos Aunque la historia de Venezuela habla de uno de los mejores mestizajes del continente, el oro ha creado fricciones al norte de Bolívar y es algo de lo que ni siquiera se han percatado en el resto del país. "Hay un problema de racismo que creíamos superado y que vuelve a raíz de la minería", advierte Alberto Rodríguez, uno de los coordinadores de Kuyujani. El representante indígena añade que se trata de un fenómeno que jamás había ocurrido antes de 2006 y que se manifiesta entre personas que han sido vecinos y antiguos compañeros de clase: "Día a día no hay inconvenientes pero sabemos que nos ven con resentimiento cuando caminamos por Maripa", asegura. "Un grupo de criollos incluso intentó golpear el mes pasado a un ye'kwana que logró escaparse". Rodríguez reconoce que los propios aborígenes abrieron la Caja de Pandora. Algunos de los ye'kwanas y sanemas establecidos en Maripa comenzaron la explotación de oro, pero seguro de que en toda sociedad hay transgresores pide todo el peso de la ley para ellos y el resto de los responsables, pues interpreta la minería como una traición a la cultura y las comunidades que se mantienen selva adentro. En esta historia, sin embargo, no hay héroes ni mártires; en el Caura no hay una película en blanco y negro. Lo dice el sacerdote René Bros, que vive en las comunidades ye'kwanas y sanemas de la zona desde los años 70: "Es necesario defender la cuenca pero también entender el problema, porque Maripa y sus alrededores son pueblos y caseríos sin perspectivas de futuro". En algún momento hubo siembra de arroz, maíz y algodón, recuerda. También promesas de una planta procesadora de yuca y algún tipo de movilidad social que ofrecía otra clase de trabajos en Ciudad Bolívar y Puerto Ordaz. Ahora no. De cualquier forma, Bros suma su voz a la de los ambientalistas que advierten que lo imperativo es preservar el Caura. Mucho más tratándose de una zona del sur del país en las que nunca se habían registrado explotaciones mineras. Migraciones y desalojos El Ejército nacional ha ejecutado en los últimos siete meses tres desalojos de minas a lo largo de todo el estado Bolívar, aún así los ambientalistas advierten que no es suficiente. El mapa de la minería ilegal está cambiando pero la deforestación del sur del país no ha parado, explica Nalúa Silva, docente del Centro de Investigaciones Antropológicas de la Universidad Nacional Experimental de Guayana. Los controles que el Gobierno de Brasil ha aplicado al norte de su territorio y las operaciones militares que en Venezuela han cerrado algunas de las minas que rodean lugares como La Paragua, permiten concluir a Silva que "hay una migración de capitales". Los mineros se están desplazando de una zona a otra y en medio de ese panorama, el mercado del oro y los diamantes ha posado los ojos sobre el Caura, un territorio en el que se han declarado cinco áreas bajo régimen de administración especial, entre las que destacan tepuyes como el Jaua Sarisariñama. "Pareciera que se vuelve a revivir el mito de El Dorado", lamenta Silva. La antropóloga advierte que en tiempos de calentamiento global el verdadero tesoro que guarda el Caura está muy lejos del oro que pueda guardar. Ponerlo en peligro sería algo así como vender "la última cuenca prístina del mundo tropical" por un plato de lentejas. Ambiente y puntos verdes Un mapa de bosques que Silva guarda en su oficina ubica el punto verde más grande que hay de este lado del mundo en El Caura: "Salvo una pequeña manchita en África y otras en países como Brasil y Guyana, no hay en la Tierra pulmones vegetales como este porque Rusia, Finlandia y América del norte cambian de acuerdo con las estaciones, por lo que sus bosques permanecen inactivos durante otoño e invierno". Desde el Centro de Investigaciones Antropológicas Ecológicas de la Universidad Nacional Experimental de Guayana, el biólogo Hernán Castellanos agrega que acompañados de funcionarios del Ministerio del Ambiente, el organismo que representa tiene el propósito de visitar la zona afectada, ubicada en el sector Las Pavas, para determinar el daño que se haya podido producir. Castellanos adelanta, por lo pronto, que "en un mes 6.000 metros cúbicos de tierra podrían ser removidos por efecto de la explotación minera de un solo monitor". Y en este caso el Ejército no encontró uno sino una docena de motores que los mineros transportaron desde noviembre. Aunque no descarta una que otra persona escondida en la selva, el comandante del Teatro de Operaciones número 5, José Gregorio Montilla, informó que los campamentos fueron desalojados. El general del Ejército asegura que esta vez no hubo ningún tipo de violación a los derechos humanos: la orden indicaba que ningún oficial podía decomisar oro para evitar los hurtos que en 2006 acusaron abusos militares. Cree, de todas maneras, que "la Ley de Protección del Ambiente es muy leve" y que sus penas no son suficientes para evitar un daño que no duda en catalogar como un "crimen contra la humanidad". Montilla informa que la Fuerza Armada Nacional instaló tres puestos de control para evitar otra incursión en El Caura, pero los ambientalistas advierten que hace falta vigilancia permanente en toda la cuenca. "Esto es una situación cíclica en la que están involucradas las trasnacionales del oro", previene el presidente del Parlamento Indígena de América y diputado de la Asamblea Nacional, José Poyo. Su homólogo Julio García Jarpa añade que en la Comisión de Ambiente de la AN hay conciencia sobre el valor de esa cuenca. En el Ministerio del Ambiente, no obstante, ignoraron una solicitud que pedía luces sobre los planes que el Gobierno tiene sobre el Caura. De acuerdo con García Jarpa, las cifras oficiales advierten que "16 quebradas se están secando anualmente en Venezuela". Se trata de un fenómeno al que no quisiera sumarle los problemas que pudiera acarrear la tala, el mercurio y la lucha de mineros en El Caura. Pero si la ciencia no basta, los presagios de la mitología ye'kwana indican que Wiyu pagará con enfermedades y catástrofes a los que roben los huevos de oro y diamante que depositó en las fauces de la Tierra. jpoliszuk@eluniversal.com |
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11.4.2008 GMT
Nuevo libro de Salvador Pliego /Poesía
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2.4.2008 GMT
Aventura en la Patagonia/Serie por nuestros cerros / porEdilia de B orges
LOS GLACIARES Y TORRES DEL PAINE