Mala sangre/ Luis Gontade Orsini Uruguay
Las paredes de lata de las casas aledañas contestaban con un eco tétrico las risotadas de la mujer y los vituperios del individuo, dirigidos a los vecinos acostumbrados a los desbordes del malevo pasado de copas. Iba con” la Chola” una puta vieja y gorda que hacía el yiro en una zona cercana al asentamiento y que de vez en cuando se largaba a hacer sus necesidades en la fonda de Miguel donde se reunían muchos soldados del cuartel cercano. Invariablemente se despedía de la concurrencia tomándose sin respirar dos vasos de “quebracho”. Si alguno de los parroquianos le pagaba otra bebida se subía a una mesa y contorsionándose grotescamente levantaba sin recato el vestido floreado mostrando la sucia vagina y el abotagado trasero.
¡¡ Bieeeen Chola¡¡ ¿No te querés casar conmigo vidita? .–Tu madre hace el yiro conmigo hijo de puta. Pa’ que quiero a esa mierda de suegra. Y explotaba la risa general.
Fue en una de esas que Sofanor la invitó a salir y se perdieron entre los árboles del monte cercano.
Sofanor era padre de dos hijos, un lactante y un pobre chico harapiento, adicto de catorce años. La mujer de cabellos cenicientos atados con un lazo y cara llena de moretones aguardaba serenamente el momento en que el marido regresase al rancho de cuatro palos, completamente borracho; la emprendiese a patadas con su hijo y exigiese la comida diaria sin traer un solo peso a la casa.
Esta vez no fue la excepción.
La puerta se abrió de un golpazo y apareció el hombre con el sombrero reclinado sobre la coronilla, un amplio penacho de pelo grasiento y negro sobre la frente, la camisa suelta y los pantalones con los bajos aplanados por las míseras zapatillas. Brazos en jarras observó en derredor, de piernas abiertas, equilibrando con esfuerzo el cuerpo fláccido y bamboleante. Con los ojos cruzados por gruesos riachuelos rojos hizo caso omiso de la mujer sentada sobre el catre, ocupada en darle el pecho a un pequeño niño lloriqueante, dirigiéndose hacia el muchacho tirado en el suelo con los brazos rodeándole las piernas recogidas
- Degenerado de mierda, siempre sentado en el piso mirando el techo. Sos un inútil igual que tu madre que no me sirve ni pa’ pararme la verga .- Acto seguido le propinó un puntapié brutal sobre las costillas tirándolo contra la cocina económica retorcido de dolor. Luego se dirigió a la mujer, le quitó el crío de las manos colocándolo sin mayor miramiento en el cajón que oficiaba de cuna. Con el odio hinchándole las venas le redobló con el dorso de la mano un tremendo cachetazo que la hizo rebotar contra un tirante del catre sin que la mujer emitiese gemido alguno.
- Y ahora mismito, mientras me afeito, me vás y me hacés algo de comer rápido que tengo que salir.
- Sólo hay unas papas para el puré del nene…
Con otro revés sacudió nuevamente la cara entumecida de la mujer: - Qué se muera ese hijo de yegua. Haceme las papas rápido y con mucha sal.
Se dirigió a un apartado que hacía las veces de letrina, separado del resto del ambiente con algunas arpilleras procediendo inmediatamente a enjabonarse la cara frente a un trozo de espejo iluminado por una vela. Lentamente fue escindiendo la ruda barba con la navaja que llevaba sus iniciales.
Un golpe de viento apagó la vela impidiéndole continuar con la tarea.
< La putísima madre que me parió >. – ¡¡Parda e’ mierda, dónde tenés los fósforos. Decile a tu hijo que me los alcance.¡¡
- Sí ya va. Germancito tomá la caja y alcanzásela a tu padre haceme el favor. Y rápido por favor…
- Si vieja...
El muchacho prendió un fósforo, descorrió la cortina y le alcanzó la caja al padre. Se quedó parado con la cerilla prendida a punto de consumirse observando como su padre encendía la vela y continuaba el interrumpido rasuramiento.
- Decime papá …y perdoname:¿Cómo hacés para no cortarte con eso?…debe tener un filo bárbaro ¿ no?
- Y claro. Siempre hay que afilarla y sabiéndola manejar es una seda…
- Nunca te había visto afeitar. Me tenés que enseñar algún día.
- Y…si…Pero eso será para otro momento ¿eh? Ahora andate de aquí y dejate de joder.
- Papá, esa navaja debe cortar cualquier cosa ¿no? -El hombre quedó sorprendido por la pregunta y la inusual locuacidad del muchacho.
- Pero por qué no te vas a cagar un poco y me dejás tranquilo guacho de mierda …Atinó a mirarlo de reojo y antes de finalizar la tarea y visto que no se iba, en lugar de darle un nuevo golpe, le acercó la navaja a las manos.
- Tomá, rompe huevos. Mirala y tomale el peso y el filo. Ya lo creo que corta…
- Qué bárbara es. Se abre y se cierra así ¿no?
- Ojo que te podés cortar. Se agarra del otro lado
- - ¿De aquí?
- Si de ahí ¿de dónde va a ser mongólico?
- Pero mirá vos papá… yo nunca había agarrado una cosa así…
- Y que tiene de raro retrasado mental. No sabés ni abrir la navaja. Es lo que yo digo... sos un mongólico.Así es como se a...
El navajazo diagonal, seco y relampagueante seccionó limpimente las carótidas del hombre. La sangre brotó como un surtidor anegando la cara y la camisa del muchacho quien no atinó movimiento alguno; sólo observaba su obra con indiferencia. Las manos ensangrentadas se aferraron con gesto desesperado a la garganta, y los ojos fuera de órbita clavados en el muchacho no pudieron impedir el telón opaco que los velaba lentamente. El enorme peso cayó sobre la vela y se estrelló contra el lavabo recubierto de sangre espesa y oscura.
- Qué bárbara …
¡¡ Bieeeen Chola¡¡ ¿No te querés casar conmigo vidita? .–Tu madre hace el yiro conmigo hijo de puta. Pa’ que quiero a esa mierda de suegra. Y explotaba la risa general.
Fue en una de esas que Sofanor la invitó a salir y se perdieron entre los árboles del monte cercano.
Sofanor era padre de dos hijos, un lactante y un pobre chico harapiento, adicto de catorce años. La mujer de cabellos cenicientos atados con un lazo y cara llena de moretones aguardaba serenamente el momento en que el marido regresase al rancho de cuatro palos, completamente borracho; la emprendiese a patadas con su hijo y exigiese la comida diaria sin traer un solo peso a la casa.
Esta vez no fue la excepción.
La puerta se abrió de un golpazo y apareció el hombre con el sombrero reclinado sobre la coronilla, un amplio penacho de pelo grasiento y negro sobre la frente, la camisa suelta y los pantalones con los bajos aplanados por las míseras zapatillas. Brazos en jarras observó en derredor, de piernas abiertas, equilibrando con esfuerzo el cuerpo fláccido y bamboleante. Con los ojos cruzados por gruesos riachuelos rojos hizo caso omiso de la mujer sentada sobre el catre, ocupada en darle el pecho a un pequeño niño lloriqueante, dirigiéndose hacia el muchacho tirado en el suelo con los brazos rodeándole las piernas recogidas
- Degenerado de mierda, siempre sentado en el piso mirando el techo. Sos un inútil igual que tu madre que no me sirve ni pa’ pararme la verga .- Acto seguido le propinó un puntapié brutal sobre las costillas tirándolo contra la cocina económica retorcido de dolor. Luego se dirigió a la mujer, le quitó el crío de las manos colocándolo sin mayor miramiento en el cajón que oficiaba de cuna. Con el odio hinchándole las venas le redobló con el dorso de la mano un tremendo cachetazo que la hizo rebotar contra un tirante del catre sin que la mujer emitiese gemido alguno.
- Y ahora mismito, mientras me afeito, me vás y me hacés algo de comer rápido que tengo que salir.
- Sólo hay unas papas para el puré del nene…
Con otro revés sacudió nuevamente la cara entumecida de la mujer: - Qué se muera ese hijo de yegua. Haceme las papas rápido y con mucha sal.
Se dirigió a un apartado que hacía las veces de letrina, separado del resto del ambiente con algunas arpilleras procediendo inmediatamente a enjabonarse la cara frente a un trozo de espejo iluminado por una vela. Lentamente fue escindiendo la ruda barba con la navaja que llevaba sus iniciales.
Un golpe de viento apagó la vela impidiéndole continuar con la tarea.
< La putísima madre que me parió >. – ¡¡Parda e’ mierda, dónde tenés los fósforos. Decile a tu hijo que me los alcance.¡¡
- Sí ya va. Germancito tomá la caja y alcanzásela a tu padre haceme el favor. Y rápido por favor…
- Si vieja...
El muchacho prendió un fósforo, descorrió la cortina y le alcanzó la caja al padre. Se quedó parado con la cerilla prendida a punto de consumirse observando como su padre encendía la vela y continuaba el interrumpido rasuramiento.
- Decime papá …y perdoname:¿Cómo hacés para no cortarte con eso?…debe tener un filo bárbaro ¿ no?
- Y claro. Siempre hay que afilarla y sabiéndola manejar es una seda…
- Nunca te había visto afeitar. Me tenés que enseñar algún día.
- Y…si…Pero eso será para otro momento ¿eh? Ahora andate de aquí y dejate de joder.
- Papá, esa navaja debe cortar cualquier cosa ¿no? -El hombre quedó sorprendido por la pregunta y la inusual locuacidad del muchacho.
- Pero por qué no te vas a cagar un poco y me dejás tranquilo guacho de mierda …Atinó a mirarlo de reojo y antes de finalizar la tarea y visto que no se iba, en lugar de darle un nuevo golpe, le acercó la navaja a las manos.
- Tomá, rompe huevos. Mirala y tomale el peso y el filo. Ya lo creo que corta…
- Qué bárbara es. Se abre y se cierra así ¿no?
- Ojo que te podés cortar. Se agarra del otro lado
- - ¿De aquí?
- Si de ahí ¿de dónde va a ser mongólico?
- Pero mirá vos papá… yo nunca había agarrado una cosa así…
- Y que tiene de raro retrasado mental. No sabés ni abrir la navaja. Es lo que yo digo... sos un mongólico.Así es como se a...
El navajazo diagonal, seco y relampagueante seccionó limpimente las carótidas del hombre. La sangre brotó como un surtidor anegando la cara y la camisa del muchacho quien no atinó movimiento alguno; sólo observaba su obra con indiferencia. Las manos ensangrentadas se aferraron con gesto desesperado a la garganta, y los ojos fuera de órbita clavados en el muchacho no pudieron impedir el telón opaco que los velaba lentamente. El enorme peso cayó sobre la vela y se estrelló contra el lavabo recubierto de sangre espesa y oscura.
- Qué bárbara …
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