Minicuento/Venezuela/ Réquien para un Caido/Participación Resurgida
Réquiem para un caído
sexxxtosentido , 25 ago 2006 No se sabía a ciencia cierta cómo había llegado a esa triste situación. El siempre creyó que sería un fiel servidor a la hora de los sagrados alimentos pero su futuro nadie podía garantizarlo en esta, su hora trágica. Ensangrentado, recordaba con angustia las horas íntimas en que conoció las mieles de un beso apasionado. No fueron pocas las veces que entró en fricción con sus hermanos inferiores demostrando así un gran coraje. Ya no se sentía firme como antes, sabía que en cualquier momento caería en una incipiente orfandad, lejos de su raíz, la misma que le diera origen y presencia. Moriría sin que nadie recordara las múltiples batallas que libró majando la carne enemiga. Presentía en el cadalso, que su lugar –espacio de toda la vida- no duraría mucho tiempo vacío. Nadie le extrañaría en el devenir de los tiempos. Temporalmente, su ausencia sería notoria en el reflejo de espejos vitales y arrancaría tan solo gestos de rabia y vergüenza.
La sangre continuaba manando a borbotones y solo una delgada nervadura le sostenía en sus últimos momentos. La medicina moderna no podría hacer nada por él, acaso la tecnología de punta se encargaría de echarle tierra a su recuerdo.
No se escuchan repicar las campanas por él, ni siquiera un solitario rezo de despedida. Llorar no podía, aunque quisiera. El único hilo que lo mantuvo aferrado inútilmente al terminar su vida se rompió. Fue cayendo al vacío como quien en profunda pesadilla jamás despertara… Yacía inerte en medio de un charco de sangre.
Con su triste e inevitable partida, y luego del pleito callejero en que estuve yo mezclado, mi encía perdió uniformidad y me apodaron “chimuelo” mientras vencía el miedo de ir al dentista
La sangre continuaba manando a borbotones y solo una delgada nervadura le sostenía en sus últimos momentos. La medicina moderna no podría hacer nada por él, acaso la tecnología de punta se encargaría de echarle tierra a su recuerdo.
No se escuchan repicar las campanas por él, ni siquiera un solitario rezo de despedida. Llorar no podía, aunque quisiera. El único hilo que lo mantuvo aferrado inútilmente al terminar su vida se rompió. Fue cayendo al vacío como quien en profunda pesadilla jamás despertara… Yacía inerte en medio de un charco de sangre.
Con su triste e inevitable partida, y luego del pleito callejero en que estuve yo mezclado, mi encía perdió uniformidad y me apodaron “chimuelo” mientras vencía el miedo de ir al dentista
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