Revista Literaria Periódico Cultural

12.1.2010 GMT

No los une el amor los une el horror / Cuento Maricela Luján Mejico.

Agueda estaba convencida que la insólita empatía que la unía al fantasma que aparecía en su casa después de medianoche, era lo más cercano al enamoramiento.

Esperaba angustiada sus visitas y esto le producía una carga de adrenalina que la hacia estar alerta la mayor parte del tiempo.

Por supuesto que esto tenía sus bemoles. A veces estaba profundamente dormida y el ruido de la pesada cadena que éste arrastraba, la despertaba sobresaltada y la hacía estar en suspenso, sudando frío hasta que el tétrico ruido desaparecía.

Otras veces, escuchaba ruidos de pasos sigilosos, como de alguien que flotara.

Percibía un ser etéreo que pasaba como una exhalación al compás del aire.

En esas ocasiones el ulular del viento era insoportable, y azotaba las ventanas que por descuido, habían quedado abiertas, tanto que una vez, se rompieron varios cristales que cayeron en añicos, y encontraron acomodo entre los matorrales de hierba y flores silvestres que formaban parte del abandonado jardín de la casa.

Ella no recordaba desde cuando el fantasma había hecho acto de presencia en su casa, aunque casi estaba segura que había aparecido por el mes de Octubre de hacía tres años.

Sin embargo su intromisión en la vida y en el espacio de Agueda era tan contundente, que ella ya no concebía la vida sin él.

Una noche llegó para quedarse, con la actitud de alguien que en vez de tocar la puerta, entra tirándola de un puntapié y causa un estupor mezcla de admiración.

Y esto es lo que Agueda sintió en relación al fantasma.

De hecho no lo consideró un visitante, sino alguien que tenía relación con la casa desde un pasado remoto y que ésta le pertenecía a él también, por derecho propio.

La antigua propiedad había pertenecido a los tatarabuelos maternos de Agueda, y ella era la única sobreviviente de la familia, y por tanto, heredera absoluta del deteriorado inmueble.

Era una vetusta mansión en las afueras del pueblo, construida con piedra gris y cantera que alguna vez fue blanca, ventanas bizarras con vitrales religiosos, y en la puerta una antigua y pesada campana hacia las veces de timbre. Por dentro de la casa, en los techos las gruesas vigas de madera apolillada guardaban en los intersticios innúmeras telarañas. No había sido remozada desde mucho antes que naciera Agueda. Su madre murió al dar a luz.

Cuando Agueda tenía apenas un año de edad, su padre que era minero, decidió ir en búsqueda del oro que decían, se encontraba en las minas del sur de África. Decían que los mineros que habían encontrado el oro, enloquecían con su brillo enseguedor.

Un día, decidido a la aventura, se acercó a la cuna de la pequeña Agueda, le dio un beso de despedida y se fue en pos de ésta quimera. Nunca más se supo de él.

Agueda se quedó al cuidado de una nana, (que tenía la manía de dormir con el mandil puesto) y ella la crió con los pocos dineros que el padre le dejó antes de irse.

Gracias a ella, Agueda aprendió a leer, escribir y a declamar recitaciones. También le enseño otras cosas como forrar botones, hacer tru-tru, zurcir calcetines con un huevo de madera, hacer flores de migajón, hornear flanes con caramelo, vestir niños Dios y aprovechar el agua de la lluvia poniendo enormes palanganas en el patio de la casa, cuando empezaba a llover.

Así pues, cuando su nana empezó a envejecer y un dìa le dijo que ya le faltaba muy poco para morir, Agueda lo aceptó estoicamente y empezó a preparar el funeral con anticipación.

Y así fue, a los siete días de esta premonición, su nana no se levantó más de la cama, (con el mandil puesto) como si un letargo definitivo la hubiera transportado al otro mundo.

Después de sepultarla como Dios manda, Agueda se quedó sola en la casa, y una nueva inquietud se apoderó de ella. Empezó a hurgar en rincones desconocidos que nunca le habían interesado como el desván donde se guardaban los trebejos. Ahí encontró muebles abandonados, sillas cojas de tres patas con el respaldo cubierto de terciopelo con flores, una poltrona de caoba con medallones metálicos en los antebrazos y forrada con paño de lana a cuadros tipo escocés. Cajitas de porcelana con las bisagras rotas, camafeos despostillados, libros con lomo de piel agrietada y con las hojas amarillentas de humedad. Encontró también un extraño y colorido alebrije de papel maché, una muñeca mulata de trapo con trenzas, una enorme sábana que en algún tiempo había sido blanca con dos huecos que le acomodarían exacto a los ojos de un fantasma, y una pesada cadena de eslabones oxidados que tenia en la punta un candado cerrado (también oxidado).

Cuando terminó de trastabillar en el desván, subió al cuarto donde hacía calceta y se pudo a remendar un chal de invierno. Estaba en esto, cuando empezó a sentir frío y se levantó a cerrar la ventana. Y por primera vez percibió la presencia del fantasma… ahí estaban la enorme sábana y la cadena de eslabones oxidados.

¿Quién los había subido del desván al cuarto ?

Ella no, era seguro.

Y no había nadie más en casa.

Por extraño que parezca, esta duda le provocó un escalofrío que la emocionó profundamente.

Después de este incidente, se sucedieron muchos más, casi todos después de la medianoche. Estos hechos que no se podían fundamentar en la lógica, empezaron a formar parte de la cotidianeidad, y poco a poco se convirtieron en momentos trascendentes e indispensables en la vida de Agueda.

Como la costumbre del fantasma de instalarse furtivamente en la sala y abrir la botella del licor de hierbas y tomarlo en una pequeña copa de cristal rojo de Bavaria (dejando siempre la botella destapada y la copa medio vacía al lado)

Al principio, a Agueda le parecía una falta delicadeza y exceso de protagonismo del fantasma, el no engrasar las cadena oxidada, ya que hacía un ruido exagerado al chirriar los eslabones en cada paso que daba, sin embargo se acostumbró de tal forma a este ruido, que se volvió para ella, un sonido tan excitante como la buena música

O la manía que acusaba el fantasma al pasar como una exhalación a través de las puertas mientras jadeaba como si le faltara el aire, que en sus inicios, a ella le parecía chocante e insoportable, acabó siendo el sonido más emocionante que jamás escuchó.

Una noche, cuando ella llegó tarde a casa, encontró todas las luces encendidas. Trató de apagar algunas y no funcionaban los apagadores. Estaba cansada y se durmió rendida a pesar de esto. Al poco tiempo la despertaron escandalosos ruidos en la cocina.

Eran de platos que se caían y se rompían. Aunque esto duró sólo unos segundos, Agueda lo entendió como un mensaje:

el fantasma estaba celoso, no le había gustado la salida por la noche de ella, y mucho menos la tardanza en llegar a casa.

Después de tantos avatares, Agueda tomó una decisión trascendente: intentaría un diálogo con el fantasma.

Se armó de un valor desconocido incluso para ella, aunque claro, le ayudó el estar curada de espanto, pues se podría decir que ya llevaban tres años juntos.

- ¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? -

- Le preguntó aquella noche en la que ella había ambientado la casa con velas de sándalo y floreros con rosas rojas.

Ninguna respuesta. Silencio absoluto. Acaso el viento sopló un poco más fuerte, al apagar algunas velas del comedor.

Volvió a preguntar Agueda, esta vez con un notable temblor en la voz, que salía de la garganta:

- Dime ¿Qué pena te atormenta? ¿Qué buscas en esta casa?

De repente escuchó una voz de ultratumba que contestó:

-Las llaves… las llaves…

-¿Cuáles llaves? Preguntó Agueda a punto de desfallecer.

- Las llaves del candado que aprisiona la cadena que arrastro – dijo la inquietante voz-

- No puedo descansar eternamente hasta abrir el candado... continuo diciendo el fantasma –

- ¡Necesito las llaves que se quedaron en el mandil que traía puesto tu nana el dìa que murió…y tú debes rescatarlas!!

A Agueda se le doblaron las piernas, cayó desvanecida en el sillón de la sala, mientras murmuraba con delirio:

-Nunca más… nunca más… no me vuelvo a enamorar de un fantasma…

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Foto:

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