Revista Literaria Periódico Cultural

22.2.2007 GMT

Relato/Plagria Sin Nombre Jesus A, Godoy

PLEGARIA SIN NOMBRE

Autor

: © Jesús Alejandro Godoy

Y mientras leo y releo mis anotaciones repletas de variantes inconsistentes, y abarrotadas de exhaustivas posibilidades, llegué a la extrema conclusión, de que todo realmente había sucedido...

No sé como, y sinceramente, no estaba interesado en saber cuando; solamente... solamente me interesaba saber el porqué.

De alguna manera ya había sido avisado de ésta situación; no por mis padres, ni por mis amigos; ni siquiera, por mi maltrecho instinto; sino, por ése insalvable extraño.

No sabía quien o que era. Pero ya había sobrepasado mi razonamiento, mi fuerza de espíritu, y diré sin remordimientos, que hasta mi alma. Y una noche sin darme cuenta siquiera, empecé a escribir locamente.

Nunca fui un buen escritor; digamos solamente que podía hilvanar pobres frases; y a duras penas, lograba que solamente algunas de ellas tuvieran sentido.

Fue realmente una tortura, no solamente por mis faltas ortográficas, mi falta de sintaxis, o mi falta de inspiración; sino, que todo se volvía simplemente dantesco, cuando ése ser aparecía y literalmente me obligaba a esconderme en mi habitación, a veces a oscuras, y a veces en silencio.

Todo era o parecía ser fantasioso. No recordaba, o directamente había borrado de mi memoria algún encuentro anterior con ése ser, parecía una aparición caprichosa.

Y digo que jamás creí en fantasmas, aparecidos, o simplemente en lo que no se ve, pero si había algo o alguien en mi casa y en mi vida, que se pudiese calificar con ése nombre, seguramente era eso.

Recuerdo que ante su inminente llegada —casi siempre de madrugada—, me encerraba apresuradamente donde podía. Por ese entonces vivía en una casa muy grande, muy fría y con recovecos oscuros aunque espaciosos.

Era mi lugar, mi santuario... pero no pude hacer nada. Cuando ése extraño se propuso entrar nuevamente por la fuerza a mi casa no lo pude detener; y no solamente se atrevió a entrar descaradamente por la puerta, sino, que muchas veces lo miraba sorprendido como traspasaba las paredes, cuando flotaba cerca de mí o danzaba sobre el techo en puntas de pie, y hasta una noche, miré con asombro como volaba en silencio hacia una luna enormemente blanca.

No podía, y no pude hacer nada.

Fue cuando empecé... perdón, traté de empezar a escribir todo lo que me estaba sucediendo.

No sabía en ése momento, si las manos que recibirían mis notas, dudarían de mi credibilidad, pero no tenía otra alternativa.

Cada noche este ser se presentaba, y me obligaba a huir despavorido de todos los lugares favoritos de mi casa, y hasta ya me parecía estar huyendo de mí mismo.

Pero todo empeoró.

Luego, no solamente esta presencia me persiguió dentro y fuera de la casa; lo realmente desconcertante, fue cuando primero empezó a susurrar palabras de lejos, para luego terminar sentado insistentemente a los pies de mi cama, mirando al igual que yo, las agujas del reloj pasar lentamente delante mi rostro expectante.

Muy pocas veces lograba exitosamente conciliar el sueño, y para mantenerme despierto lo más posible, y no sucumbir a la locura que ya estaba posada en mi mente, solía caminar hasta mi escritorio como si fuese un condenado a muerte al que le hubieran colocado zapatos de hierro, y simplemente me sentaba, suspiraba, encendía un cigarrillo y revisaba una y otra vez mis notas.

Creo —y los demás lo dijeron también—, que mi estado llegó a ser muy preocupante; tanto, que cuando mis íntimos me miraban, no sabían si consolarme, o internarme en el manicomio más cercano.

Fue cuando sencillamente decidí entregarme y no luchar más.

Caminé hasta mi casa. Llovía, y esa misma lluvia apaciguaba los alaridos que crecían en mi mente, y se negaban a salir por mi boca. Y fue que cuando apenas crucé el umbral de la puerta, eso me atacó de una forma incomprensible.

No podía moverme, no podía respirar. No podía pensar, ni distinguir que era lo obvio de lo esperanzado. Fue como si una mano, me estrujara el pecho, partiera en dos mi corazón, y tomara prestada mi alma por un momento, para hacerla viajar por lugares sombríos y hasta a veces encantadores.

Me doblé de dolor, y sollocé un instante.

Y así como todo había empezado... terminó.

Caminé muy despacio hasta la sala de lectura, y me dejé caer pesadamente en el sillón. Mentalmente empecé a recitar una plegaria sin nombre, y le pedí a Dios que fuera clemente conmigo esa noche.

Revisé mis notas por última vez. Había hecho todo lo posible, y aunque no tuviese la respuesta que esperaba, sabía bien que por la mañana, las letras que desnudaban mi alma estarían en las manos indicadas.

Pero no pude evitarlo más; no quise evitarlo más, y creo que desde ése día nunca más lo evité.

No tuve remedio, y tuve que admitir al fin, que todo me había sucedido, como a tantos otros.

No tuve remedio, no pude evitarlo... el amor me había atrapado una vez más.


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Rubén Patrizi

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