Revista Literaria Periódico Cultural

4.9.2007 GMT

Serie Artículo/ Racionalidad e Imbecilidad/

RACIONALIDAD E IMBECILIDAD


Por Dr. Carlos Raitzin

Publicado originalmente en el boletín
Templespaña


A poco de que se las observe resultan poco menos que increíbles las
contradicciones humanas en lo que hace a racionalidad en los juicios de
valor e irracionalidad en los postulados de partida que condicionan a
aquéllos.

Los ejemplos son cosa de todos los días. Uno de los mejores lo
proporcionan las religiones de Occidente donde individuos que pasan por
lúcidos y brillantes aceptan ciegamente verdaderas tonterías infantiles a
nivel de dogmas y, claro está, todos sus razonamientos y conductas
posteriores se fundan sobre tan endebles bases.

Claro está que, por esta razón, sus construcciones lógicas son gigantes
con pies de barro a los que cuesta bien poco derribar. Pero el miedo atávico
a los castigos pre y post-mortem les impide a tales mentecatos una reacción
enérgica contra tal estado de cosas (recordemos que mentecato significa
precisamente captado por la mente, de modo que nunca se aplicó mejor tal
palabra que en esta oportunidad) . Es esta una primera forma de imbecilidad
de las que hoy revistaremos. Pronto se verá que no es la única.

Otro ejemplo magnífico y bien a la mano es, claro está y entre otros
muchos posibles, la Astrología. Aquí se observa cada día cómo métodos y
técnicas antiguos y modernos muy valiosos son ignorados o desdeñados por
completo mientras que la gente se aferra irracionalmente a tonterías que no
resisten el menor análisis. El miedo a lo nuevo y desconocido les impide el
avance... Y el resultado está a la vista en cuanto al descrédito de que goza
en amplios círculos esta disciplina por culpa exclusiva del bajo nivel de
sus cultores, cuya enorme mayoría no pasan de ser charlatanes de feria sin
preparación técnica ni formación metodológica alguna.

Pero veamos ahora qué hay en el otro extremo. Tenemos ahora los
racionalistas profesionales, hiperescépticos por método y negadores
sistemáticos de cuanto no se halla delante mismo de sus narices y de sus
ojos miopes. Tales personas llegan tan lejos en su afán de negación que su
horizonte espiritual queda limitado a dimensiones totalmente mezquinas.

Típicos en esta última categoría son los científicos especialistas que
sabiendo de una cosa opinan con pretendida autoridad de mil otras que
desconocen totalmente. Y, como si esto fuera poco, lanzan denuestos contra
todo lo nuevo en nombre de todo lo viejo que dicen saber, inclusive dentro
de los límites restringidos y harto provisorios de la Ciencia. Acaso ignoran
que el saber científico de hoy será el error y el hazmerreír de mañana?

Nada tiene cabida en la Weltanschauung de esta gente que no sea
terrenal, material, racional, sensible y comprobable experimentalmente en
forma directa. Pero... y aquí está lo notable: lo que lleva a estos sujetos
al otro extremo de la escala y, precisamente a donde ellos nunca querrían
estar, es el miedo. Esta gente aparentemente tan lógica, tan rigurosa, tan
positivista, tiene profundos miedos de que todo su esquema racional se
derrumbe como un castillo de naipes. Estos "sabios" se transforman así en
verdaderos apóstoles de la ignorancia movidos no sólo por sus miedos sino
por su infinita soberbia... Y así pretenden imponer como límites del saber a
sus propias limitaciones lanzando furibundos anatemas y excomuniones contra
todos los transgresores. En esto se asemejan demasiado a los fanáticos e
intolerantes líderes religiosos. ¿O no serán acaso fallas propias de la
condición humana?

Es de imaginar lo terrible que debe haber resultado para tales mentes
cientificistas" el estruendoso descubrimiento de Kurt Goedel respecto de la
insuficiencia de la lógica en cuanto a la incomplección intrínseca de que
adolecen los sistemas formales (vease al respecto nuestro trabajo
Significado y alcance del teorema de Goedel" aparecido en Signos, Revista
de la Universidad del Salvador, Número Especial 20, año X, julio-dic. 1991,
págs. 103-117, Buenos Aires, si bien dudo que alguien en esa universidad
haya comprendido una jota de mi trabajo).

Lo que más los asusta es, desde luego, la aparición de nuevos hechos
experimentales que destruyan o al menos hagan tambalear sus postulados (y
peticiones de principio). Que tal cosa llegue a acontecer les causa
verdadero terror. Y, para evitarlo, incurren reiteradamente en algo que es
tan infantil metodológicamente como inmoral intelectualmente. Es el negarse
a ver, la negación a priori de todo aquello que escape al exiguo marco
determinado por sus limitaciones.

Ya no sólo se niega el fenómeno sino que se niega además el experimento
que lo comprueba y demuestra. Su dogma es que tales cosas no existen o que
son necesariamente falsas y no es cuestión ahora de que un planteo lúcido o
una prueba experimental contundente les vengan a demostrar que estaban
totalmente equivocados. Ellos, que tanto asco demuestran por los infantiles
dogmas religiosos, resulta que se embanderan con otros dogmas no menos
necios y perniciosos.

En definitiva, estas actitudes torpes sólo consiguen retrasar el
mejoramiento humano pues, so pretexto de que todo debe ser analizado,
tamizado, filtrado y desinfectado por la razón humana los identificados con
tales absurdas filosofías no hacen otra cosa que convertirse en inquisidores
de las ideas y enemigos de toda elevación humana en el orden trascendente de
la existencia. Aquí corresponde hacer una pequeña reflexión analógica. El
saber que nos brindan la fría lógica y la razón es como el sol y la
verdadera Sabiduría es como las estrellas. Y es necesario que el sol se
ponga para que brillen las estrellas...

Lo increíble es que tales personas nunca hayan reparado en lo muy
limitado de las posibilidades de la sola razón humana como instrumento para
alcanzar el conocimiento en todo territorio situado más allá de lo sensible
y material. Desde luego la experiencia metafísica no se brinda a todos y es
un Poder más alto quien decide al respecto. Pero no se puede honestamente
negar lo que a uno no le tocó vivenciar.

Desde luego, la peor minusvalía de esta gente se halla en el orden
espiritual-intelect ual de la existencia. Ahí son ciegos que no quieren ver y
que –como bien afirmaba René Guénon – no solamente niegan la existencia de
los colores sino incluso la del sentido de la vista porque ellos no la
poseen. Y tenemos así la gran paradoja de que la intelectualidad pensante y
racional por excelencia se torna de este modo en la flor y nata de la
estupidez militante. Esto por obra y gracia de una equivocada filosofía y de
los miedos y soberbia de sus representantes que desean sostenerla a toda
costa y temen que se les derrumbe al desembarcar en terra incognita.

Por supuesto existen otros tipos de miedos vinculados a los ya analizados
Uno muy frecuente es el de los niños grandes que se sienten seguros sólo en
territorio conocido y aferrados a Papá y a Mamá. Abandonar ese lugar seguro
para encarar otros horizontes y perspectivas les causa verdadero horror y,
por ello, se niegan tercamente a iniciar cualquier aventura hacia lo
desconocido. Aquí ni siquiera hay normalmente pretensiones de racionalidad.
Hay sólo miedo pánico y sus mecanismos de defensa generan ardides más o
menos ingeniosos para evitarse el mal rato.

Y la conclusión es obvia: para vivir hace falta valor y no todo el
mundo lo tiene. Y de ello se siguen tantas actitudes infantiles y
perniciosas que retrasan la marcha del género humano hacia la Sabiduría y
hacia la maravilla de descubrir lo desconocido.






Graciela E. Prepelitchi
"Las personas no discuten contenidos, apenas los titulos."
Mario Andrade


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