Revista Literaria Periódico Cultural

10.9.2010 GMT

Serie por Nuestros Cerros / Travesía Los Nevados Mérida Por Edilia de Borges

TRAVESÍA LOS NEVADOS- MÉRIDA

Agosto 2010

Hola amigos todos, les cuento:

Salí de Caracas al final de la tarde en un cómodo autobús retrasado, tuve un viaje tranquilo, sin embargo llegué tarde a la hermosa ciudad de Mérida, lo que ocasionó que la salida de mi travesía no pudo comenzar ese mismo día como lo planeé. Me recibió en el Terminal mi amiga, compañera de aventuras y guía Lucy Rondón, aprovechamos lo que restaba del día realizando algunas compras de última hora y terminar de arreglar algunas cosas en su casa, dormí allí esa noche y al día siguiente muy temprano fuimos a la Plaza Las Heroínas, subimos, junto a otros pasajeros, en uno de los vehículos 4x4, los únicos que pueden transitar la vía de allí hasta el pequeño pueblo de Los Nevados. La ruta es una carretera de tierra y piedras sumamente angosta, con precipicios aterradores en toda su longitud que no permiten el paso de 2 vehículos a la vez.

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Cuatro horas dura el recorrido siendo muy pocas las casitas que diseminadas están por aquellos parajes, el paisaje que se observa es bellísimo, las tierras no favorecen la agricultura, salvo algunas excepciones. Bajo el claro y diáfano brillo solar es hermosos pero a la vez inhóspito. Los pocos moradores se movilizan a pié, sobre el lomo de mula o caballo, se ve poco ganado. El río Nuestra Señora se ve muy abajo en la cañada de las montañas.

Nos detuvimos en un minúsculo caserío "Mosnandá" sitio obligado para darnos el gusto de comer pastelitos andinos o empanadas, crujientes y doradas y beber frío jugo de mora o durazno. Proseguimos el viaje, ya desde lejos vemos el pintoresco pueblo de Los Nevados, parece una tarjeta postal, casitas e iglesia de paredes blancas y techos de tejas rojas como una joya dentro de un estuche esmeralda. Llegamos, 2 calles de piedras empinadas flanqueadas por las casitas confluyen en un pequeño espacio romboidal donde hay una minúscula placita con 4 bancos de hierro, la estatua de un prócer, faroles de luz mortecina y muchas vistosas flores, enfrente la pequeña iglesia modesta y sencilla testigo mudo de la devoción de sus visitantes.

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Nos hospedamos en una humilde y limpia posada: "La Campesina" ubicada en lo alto de la colina al final de una de las calles. Su dueña Justina, es un personaje muy especial en el pueblo, alegre y dicharachera, entradita en carnes y de sonrisa socarrona y placentera, con su hospitalidad pronto nos hizo "sentir en casa". Me di cuenta que es "la mandamás del pueblo", propietaria de dos posadas más, de un restorán, de una tiendita que vende pilas y tarjetas para telf., de animales de tracción, de gallos y gallinas. A ella le pide opinión el párroco, la maestra, los enfermos y el médico. Sabe todo lo concerniente a la vida en el entorno, los sitios de interés. Total una enciclopedia ambulante e institucional.

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Esa noche tuvimos la oportunidad de intercambiar ideas con un viajero francés, periodista. Ayudándonos gestualmente nos contó que venía viajando desde el sur, Argentina, Chile, Guatemala, Costa Rica, Méjico, Ecuador y Colombia. Aprendiendo sus costumbres, captando vidas y vivencias en todo ese periplo. Me pareció interesante "como nos ven" los extranjeros desde fuera de nuestro país.

Al día siguiente a las 8.30 a.m. tocaba nuestra puerta el arriero y guía Nerio, acompañado de su perro Scobydoo y el caballo Robín quién llevaría nuestro equipaje. Una última mirada a los alrededores, despedida de Justina y comenzamos nuestra caminata por el norte del Parque Nacional Sierra Nevada, con la idea de subir el Pico El Toro (4.727 m.s.n.m.) y bajar Loma Redonda y La Aguada hasta la ciudad de Mérida. Salimos del "hoyo" donde está Los Nevados y comenzamos a caminar por el "camino de herradura", un sendero de ascenso entre hermosos riscos, bellísimas cañadas. Lagunas en las altas montañas se escurren sobre las rocas y forman collados, gargantas, chimeneas. Arroyos cantarines o bramantes que navegan sobe el fragoso lecho.

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Lentamente "bebiendo" el paisaje con la vista encontramos unas cuantas casitas desperdigadas, saludábamos a sus habitantes alegremente con la mano y ellos nos respondían igual y con gritos eufóricos. Pequeños sembradíos de papas y algunas verduras, toros, vacas, gallinas, perros y hasta un gato de contrabando, agua almacenada en pipotes, sacadas de un pozo escondido en la tierra. Olor a estiércol, brisa suave que acaricia mi rostro, sol clemente nos ilumina. Primero por la las faldas de las crestas una vereda horizontal con pequeñas pendientes, saltamos arroyos y el paisaje cambia. Ahora comienzan las subidas empedradas. Atravieso la quebrada Mostos(3.940 m.s.n.m.) por un pequeño puente de piedra, por cierto detallando la estructura del puente, sus bases y sus paredes, veo que las piedras grandes y pequeñas están insertas unas a otras muy apretadas sin pega ni argamasa, formando un todo rectilíneo vertical y horizontal, al observar esto me pregunto, si las personas que hicieron a mano limpia esta obra son descendientes o tuvieron un mismo arraigo en la cultura incaica, ya que los muros y paredes de piedra, en macro, se asemejan mucho a esto que veo ahora. Comienzo a distinguir la formación rocosa "La Cresta del Gallo", cresterío inmenso cuya cima es el Pico Espejo 4.835 m.s.n.m.).

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A nuestra derecha muy abajo corre un río lo oigo y a veces lo veo. La vegetación menor y pequeños arbustos como el coloradito, chispeador, romerito de páramo, flores multicolores, frailejón verde y plateado, escasa microflora de variados colores, ganado disperso, ríos, cascadas, flores, lagunas, valles, picos, gente sencilla y buena, senderos y caminos. Mis pasos son lentos, trato de captar aquél universo con la lente de mi cámara fotográfica. El arriero Nerio se adelanta y su perro corre y salta detrás de él, Lucy va a su lado. Yo me rezago distraída. En un momento me detengo a beber agua y al darme vuelta tengo frente a mí a 3 toros y algunas vacas, todos me miran fijamente, llegaron sin ruido. ¡Susto!, temblando y muy lentamente me muevo y subo una pendiente paralela entre grandes piedras, pero los dos toros negros me siguen y adelante el otro toro marrón me corta el paso, sus ojazos me hipnotizan, sus colas se mueven espantando los bichos. Hablo bajo con voz trémula: "torito quítate, por Dios quítate". Nada no se mueven, retrocedo cuidadosamente hacia abajo siempre cantandito ahora con mayor volumen. Y de repente le doy velocidad a mis pies para alejarme de allí, no me siguen pero sus miradas sí, lo hacen hasta que me pierdo de vista en una curva del camino. Al alcanzar a Nerio éste me dice que el color violento naranja de mi chaqueta les llamó la atención y luego que al cantarles yo, ellos creyeron que les daría sal, porque es así como proceden los campesinos.

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Comienza a caer una garúa fina, el tiempo se puso gris. Un cambur es todo lo que comido en esta jornada, Tengo hambre y la comida está lejos con Lucy pero no queríamos detenernos hasta llegar al "Alto de la Cruz", acá se despide Nerio y sus animales, ya que el caballo no puede seguir por el camino sumamente accidentado y pedregoso. Me quedo sentada al pié de la cruz mientras Lucy inspecciona el sitio, camina hacia atrás y arriba hacia la base de el pico El Toro, la veo moverse lejos, acá y allá y luego regresa y me dice atónita y desencajada: No es posible, las lagunas desaparecieron, no hay agua por ninguna parte, no podemos quedarnos a pernoctar y al día siguiente subir al pico así, deshidratadas, sin agua sería un error. Continuamos". No me pregunta, sólo lo anuncia, me desilusiono tristemente, yo quería hacer cumbre mañana, hace caso omiso a mi protesta. Pero ella es la guía, ella manda y yo obedezco. Por suerte mi cantimplora estaba llena de agua e igual una botella que llevo dentro del morral, la compartimos.

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Proseguimos el caminar ahora bajando, muchas y diferente piedras dificultan el andar, a veces el sendero es sólo ripio. Pasado un buen rato veo abajo a lo lejos la Laguna del Gallo, comenzamos a entrar en el Páramo de la Media Luna, difuminado vemos los contornos del Pico Espejo, más adelante las lagunas Los Anteojos, pero están muy debajo de nuestra senda para armar campamento allí.

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Sale la luna vemos las luces de la Estación del teleférico Loma Redonda (4.000 m.s.n.m.), ladran los perros desaforadamente detrás de una reja alertando nuestra llegada. Sueno mi pito con estridencia mientras Lucy se identifica ante dos figuras con linternas que aparecen: Alfredo Peña y Gustavo Inciarte. Trabajadores y custodios de la estación, solicitamos abrigo para la noche. Estos señores, personas sumamente amables y generosos hacen gala de la hospitalidad andina, dándonos cobijo, comida caliente, agua fría para beber y caliente para asearnos, mi cuerpo pedía a gritos una ducha, no importaba si la temperatura estaba -5º y el viento ruge furioso. Ahítas y satisfechas tuvimos una muy amena charla con los nuevos amigos, después nos fuimos a dormir bien abrigaditas, sucumbimos al reparador sueño.

Temprano en la mañana me levanté para tomar fotografías en aquél maravilloso escenario, llegaba desde la Estación Mérida una cabina con obreros y operarios, el sistema está en proceso de reparación. Otra subió con bomberos merideños que practicarían ejercicios de rescate a sus compañeros de Maracaibo. ¡Uff, los pobres que violento cambio de clima! la cabina los lleva a la Estación Pico Espejo (4.765 m.s.n.m.), pero los cables del tendido y el pico no se ven, los ha engullido la gruesa neblina. Deleitadas comimos un exquisito desayuno preparado por los amigos, terminado el mismo y después de tomar fotografías nos despedimos para continuar nuestra caminata montaña abajo hacia el sector de La Aguada (3.450 m.s.n.m.).

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Casi todo el tiempo un riachuelo de aguas frías y traslúcidas nos acompañó apareciendo y desapareciendo hasta que definitivamente no lo vimos más. Entramos en una zona de bosque nublado andino siempre verde de árboles frondosos, helechos arborescentes, bromelias y barbas de palo, no es muy grande esta zona, se va espaciando hasta llegar a la famosa casita blanca de Pedro Peña, nieto del famoso Domingo Peña el primero y excepcional guía de la Sierra Nevada de Mérida.

Pedro sigue la tradición del abuelo y nos recibe con un "pocillo desportillado con café caliente" Serio, humilde, sencillo y hospitalario nos ayuda a despojarnos de nuestros morrales e impermeables mojados por la lluvia, mientras sus dos fieles perros, uno de ellos tiene 11 años con él, dan vuelta a nuestro derredor sacudiendo amistosos sus rabos. En la ahumada (cocina con leña en un fogón de piedra) penumbrosa, acogedora y caliente habitación se siente muy agradable. Pedro conversa con nosotras, relata vivencias, anécdotas y experiencias, toda su vida ha transcurrido acá. Nos invita a compartir una rica sopa de arvejas y nosotras retribuimos con algunos alimentos de nuestro condumio.

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Fuera continúa la lluvia y con ella llegan 2 parejas. Una italiana y otra francesa son personas mayores con sus respectivos guías, amigos de Lucy, después llegan 6 jóvenes merideños cuya meta es El Alto de La Cruz, todos pernoctaran acá. Son recibidos con café, buena cara y sobria atención. Pedro nos indica donde dormir, la casita además del baño y la habitación de Pedro, tiene 2 habitaciones con varias camas literas que previo pago de una módica suma, las alquila a los viajeros.

Para conservar mi amplia libertad de la montaña, yo preferí abrir mi carpa sobre la olorosa y verde alfombra vegetal del prado cercano, al aire libre. Esa noche la luna estaba en toda su plenitud, cuando se ocultaba relucían entonces miles de puntitos titilantes y brillantes de las estrellas, fugaz el ojo apenas captaba el zigzag del "Relámpago del Catatumbo". Sola en la carpa, al principio con algo de temor en aquella soledad, oía afuera pisadas y rumores de algún animal grande ¿Una vaca, un toro?, pero de inmediato el ladrido furioso de los perros lo hacían huir, pasó 3 veces, pero me quedé tranquila al oír que los perros estaban muy pendientes de cuidarme, no dejaban acercarse a nadie ni a nada. Así con confianza en ellos me dormí plácidamente.

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Tempranito salí de la carpa no vi a nadie, pero al levantar la mirada hacia la cordillera me quedé extasiada, el Pico Bolívar se mostraba en todo su esplendor, aún cuando apenas dos zonas muy pequeñas cerca de su cumbre estaban cubiertas de nieve . De todas formas se veía imponente, al verlo recordé el impactante momento años atrás, cuando de la mano del amigo José Betancourt coroné su cima y me senté orgullosa al lado del busto de Simón Bolívar.

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Después del tonificante desayuno, agradecimos a Pedro su hospitalidad y nos despedimos de los demás, con nuestros morrales a cuestas ahora menos pesados, comenzamos a bajar el último tramo hacia la ciudad de Mérida, el camino estaba pantanoso y resbaladizo por la lluvia de la noche anterior, bajábamos con mucho cuidado, llegamos a la extensa pradera de hierba alta donde nos encontramos con el amigo Gabo quien nos ayudaría a llevar la carga, saliendo de allí el camino casi desaparecido en la tierra arcillosa. Se han abierto grietas en el terreno, muy anchas y profundas por la erosión, pronto habrá que buscar otro sendero sustituto. Aunque había muchas vistas hermosas, paisajes preciosos, el sendero se me hizo cansado y fastidioso, soportable sólo con los deliciosos caramelos que nos trajo el amigo.

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Luego de mucho caminar llegamos al fin al final del camino, Mucunután zona donde se ubica La Truchicultura, un poco más abajo Gabo se adelantó para buscar el carro que dejó allí anteriormente, que felicidad ruedas para transportarme, unas cervecitas heladas me reconciliaron con la fuerte bajada.

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Al día siguiente regresé a Caracas alegre, feliz y satisfecha porque los aproximadamente 30 km. recorridos en travesía por donde me guió mi amiga, no hicieron ninguna mella física en mi humanidad, al contrario renovaron los deseos de proseguir caminando los hermosos caminos de nuestra geografía.

Nos vemos en la próxima,

Edilia C. de Borges

Fotos. Lucy Rondón /Edilia C. de Borges



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